Reinos irreales & Horizontes plásticos – José Biedma López
Overview
Reinos irreales & Horizontes plásticos
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Reinos irreales & Horizontes plásticos
[…] All changed, changed utterly:
A terrible beauty is born.
William Butler Yeats, Easter, 1916
[…] Todo ha cambiado, cambió por completo:
una belleza terrible ha nacido.
William Butler Yeats, Easter, 1916
Una literatura sin aparentes pretensiones intelectuales ni morales, fragmentaria, reiterativa (repeticiones marcan ritmo), en promiscuidad de géneros, docu-ficción, donde la realidad se toma por ficción colectiva y la imaginación por ficción personal, sin truculencias, sólo en situación de espectáculo y sorpresa como collage de información… Proyecto Nocilla, de Agustín Fernández Mallo nos habla de un presente marcado por marcas y logotipos, como la Nocilla (¡qué merendilla!) que califica la serie: Nocilla Dream (2006), Nocilla Experience (2008) y Nocilla Lab (2009), esa pasta de apariencia cárnica o cáquica con textura espesa y suculenta, procesada a base de grasa de girasol, leche desnatada, cacao, avellanas y azúcar, “¡qué merendilla!”.
En el jardín de plástico de la posmodernez hallaréis sólidas raíces crecederas y aforismos estimulantes:
“El amor es un trabajo difícil…, amar es lo más difícil que he hecho en toda la vida”.
Sí, es increíble, dadas las dificultades y contradicciones del querer, lo que los clientes amadores pueden dejarse olvidado en hoteles: cenizas de un ser querido (¿querido?, ambivalencia freudiana de sentimientos; ¡no sería tan querido!), muñecas hinchables e hinchadas (muñecos, no), lencería cara, baratijas de toda índole… ¡Gentes descuidadas!, la misma gentuza que roba toallas y albornoces. Da pena también enterarse de que hay señoras en la Quinta avenida que se mutilan meñiques de los pies para poder calzar afiladísimos zapatos con punta de Manolo Blahnik. ¡Serán fashionas!, fanáticas de Moda, esa “máscara de la muerte” (Unamuno). Hoy las necesidades de religación se satisfacen con cualquier bagatela. El día que se estile llevar caca de yak en la cabeza a muchas señoras les arderá el moño, tal que la copa alta de gitanas salerosas.
No se han enterado de que el Yo consiste en una hipótesis, o en una figura –diría Eugenio D’Ors– que obtura la corriente líquida del devenir, el Yo una conjetura, la cual en gran medida, no en toda, se nos asigna al nacer y que hasta el final, sin éxito, intentamos demostrar mediante inducciones incompletas, las más dudosas y comunes, que llevan a generalizaciones arbitrarias. Esta suposición del Yo es congruente con la doctrina hinduista de la reencarnación, de que todo muta y a cada segundo morimos y nos reencarnamos, morimos y nos reencarnamos, morimos y nos reencarnamos, etc. La rueda de reencarnaciones (samsara) puede llegar a ser tan eterna que hastíe. Por su mortalidad envidiaron los dioses, aburridos, a los humanes. Tan fastidiosa puede ser la eternidad, que Guillermo Fernández Rojano exclama en uno de sus versos, con San Pablo (Filipenses 1:23): Cupio Dissolvi. “Quiero disolverme”. San Pablo quería deshacer su Yo en Cristo; Rojano, derretirlo en “el tiempo que agavilla los lugares” por pura apatía existencial, porque peor sería “caer sin llegar nunca”. El Yo desaparece muchas veces durante nuestra vida terrena, mucho más frecuentemente, por desgracia, en el sueño que en el sexo, aunque en el éxtasis del “cesó todo y déjeme, dejando mi cuidado entre las azucenas olvidado” también se diluye el Yo, absorbido por el Amado. Antes fue pura abnegación y dura mortificación.
Caer sin llegar nunca al fondo del pozo es como vivir sin horizonte. “Horizonte” es símbolo infalible que obsesiona a Agustín Fernández Mallo lo mismo que a Silvia Bardelás. Es horrible no poder mirar un horizonte. Es como “existir desnortado”, feliz expresión que debo a Ana Rosa Carazo, autora de A Contramuerte, canto del sentir dolorido por la pérdida imprevista de una nieta, con prólogo de Luis Alberto de Cuenca y epílogo de Aurora Salvador, sobresaliente sonetista “amando en la memoria y en el llanto”, según suele… A Silvia Bardelás no le importaba dejar de existir –eso ha dejado escrito– cuando lo pasó fatal ingresada en hospital, ¡pero lo de morirse tenía que ser con horizonte delante, al fondo! En el horizonte se encuentran y a veces se funden o confunden Cielo y Tierra, la trascendencia con la inmanencia, la finitud que besa con gracia Sánchez Vadillo, con la infinitud que suponemos plus ultra. Como recuerda Silvia Bardelás en su estímulo para una conciencia nueva, el horizonte es una especie de relación perfecta, de conexión sin figura. “No existe materialmente, es un temblor estético”, como el arco iris (arcobaleno) quizá, ante esa línea muchas veces borrosa en la que ya no hay cosas, por eso aparece recurrentemente en el arte. En la ciencia llaman los cosmólogos “horizonte de sucesos” al punto más allá del cual no podemos conocer lo que ocurre, pero también es punto de no retorno. Nuestros muertos atraviesan ese horizonte, no obstante, como intrusos, van y regresan como Sombras de Rosalía de Castro. Acuden al coro de la memoria viva. Por lo visto, en encuestas realizadas a suicidas frustrados, se ha comprobado que la visión de un horizonte justo antes de tirarse al vacío es lo que les regala renovadas ganas de vivir. Y abortan la mala idea. Sin embargo, diga lo que diga uno de los personajes del Proyecto Nocilla, el horizonte no se puede cocinar. Alguno de los dibujos con que acaba es puro y lineal horizonte. “En el cine Europeo –escribe Fernández Mallo– el horizonte significa pérdida o melancolía; en el cine usamericano, esperanza, imán de pioneros; y en el cine chino o japonés, significa muerte”. No me extraña esto último porque los físicos escriben cómo los objetos que suponemos materiales no son más que grumos de catástrofes ocurridas en un espacio plano, neutro e isótropo, el genuino, el que había en la Génesis atemporal de la temporalidad, antes de que el Demiurgo, “Dios o Azar” –como dice Aurora–, qué más da Casualidad o Necesidad si ni la podemos medir ni interpretar, ¡misterio tremendo! Es posible que lo más importante o valioso de la vida (y hasta de la ciencia) dependa de chiripas y contingencias accidentales, “azares significativos”, decían los surreales, destinos con buena estrella o astrosos. Pero no nos pongamos ni negativos ni dramáticos ni azarosos. Prefiero hablar de Misterio, porque Azar es nombre de diablo o demiurgo que juega a los dados, pero también el misterio nos ofrece a veces su cara más sórdida, la del absurdo. Puede que, como en la milicia, redefinir el absurdo en beneficio propio sea la base de nuestra supervivencia. Para los otros animales, aunque sean los llamados “seguidores culturales” (que proliferan asociados a nuestras formas de vida), no hay absurdo. ¿Por qué? Porque no son seres racionales o –seamos justos–, porque ni siquiera lo pretenden. Nosotros aspiramos a ser más de lo que somos; eso nos define trágicamente como transhumanos (dioses frustrados).
Agustín Fdez. Mallo define el transhumanismo como “el movimiento del potencial humano llevado a su último extremo: un humanismo tecnófilo, capitalista y radical”. Quien quiera conocer todos los perfiles del transhumanismo, prometedores, inquietantes y temibles, tendrá que ir al libro de Antonio Diéguez que lleva por subtítulo: “La búsqueda tecnológica del mejoramiento humano” (Herder, 2017). ¿Quién puede negarse a ser mejor? Quien se negare, será peor. En cualquier caso, por mucha salvación que prometa la Tecnología, lo que da con una mano nos lo quita con la otra, según Gregor von Rezzori, genial dandi cínico. Tampoco se puede esperar mucho de una Tecnociencia que incluye entre sus elementales, no la tierra ni el agua, no el aire ni el fuego, sino esas partículas fantasmas de masa casi nula llamadas neutrinos. ¿Qué se puede esperar de duendes subatómicos que atraviesan cuerpos y nuestras más reservadas intimidades sin pedir permiso y viajando a velocidades cercanas a las de la Luz, record universal de velocidad y gran tema del evangelio de San Juan? A mí, ya (más exactamente “no, si ya…”) los 120 kilómetros por hora de nuestras autovías me afectan vértigo y mareo sordo. Ni soñar que tengamos alguna vez sensibilidad para catar los tres sabores de los neutrinos: electrónico, muónico y tautónico, aunque suenan muy poéticos (épicos, mejor que líricos).
En aviones, más veloces aún que automóviles que explotan humanes, no existe horizonte y también el tren de alta velocidad se traga el paisaje y lo reduce a línea llana, la del encefalograma plano que no presagia nada bueno. A la renovada escenografía de la Sociedad de la Información, que también podríamos llamar Sociedad de la Sorpresa, porque los pasmos y asombros cotizan en el mercado mediático, ya no sólo le corresponde la oferta agobiante y ansiógena de productos de consumo, novedades electrónicas y analgésicos reparadores, “¿te los vas a perder?”. Eso está superado. Ahora se inventan realidades paralelas, fingimientos insidiosos, en redes sociales saturadas o insaturadas, poliinsaturadas o trans (a pesar de su buen nombre, estas últimas son las más peligrosas porque se forman en procesos industriales de hidrogenación y abundan en snaks procesados o piscolabis halagüeños). La sorpresa de escenografías innovadoras (por ejemplo, las de Las Vegas) es escasa porque es inversa a la cantidad de presencia, ella, la pura información sólo se representa, allí no hay torre Eiffel ni pirámide, sólo simulacros consumibles, cómodos. Lo paradójico es que cuanta más información, menos presencia real, y viceversa. Pero se equivocan los filósofos posmodernos al calificar los grandes centros comerciales, aeropuertos, centros hospitalarios, campus universitarios o estaciones férreas, como no-lugares; son los verdaderos espacios de la humanidad en su universalidad nómada y en su globalidad terrenal consumadora. No hay ninguna imposibilidad que impida implementar en estos colosales invernaderos, enormes burbujas que proporcionan inmunidad y bienestar complacido, técnicas situacionistas como la deriva (el paseo sin rumbo), el desvío (détournement) o la subversión de la publicidad mediante una práctica zen de indiferencia, ya que el mejor desprecio es no hacer aprecio.
“Cuando seas dueño de ti mismo, te volverás uno con todas las situaciones y serás tan ilimitado como el espacio”, Maestro Yuanwu.
Si deseas rezar una oración franciscana, recitar un mantra o recordar un koan iluminador puedes hacerlo como mi amigo Marcos, que suele dejar para ello su mente en blanco tras leer el nombre de las salsas, una por una, en la góndola correspondiente del Súper, todos los domingos y fiestas de guardar.
¿Qué estás solo, a pesar de tus intervenciones e interacciones cotidianas en redes sociales? No importa, la soledad, según Fernández Mallo es una propiedad, un estado connatural a los humanes superiores… (No sé, no sé…, muchos depredadores, grandes gatos mayormente, también acaban cazando solos en las espesuras de esas selvas de Dios en las que todo se pudre muy rápidamente)… No sé qué tan segura sea su distinción (en Nocilla) entre “fermiones” y “bosones”. Llama Agustín fermiones a las personas solitarias que soportan a duras penas las presencias del prójimo; y bosones a las que, como estas partículas, se arraciman en cuanto pueden en asociaciones, cofradías, partidos políticos, congregaciones, clubes de fútbol, conciertos multitudinarios, iglesias, sectas… “y demás apiñamientos a fin de enmascarar en la masa su genética mediocridad”. Tras este soberbio comentario, no cabe duda de que Fdez. Mallo (físico de formación) se cree Fermión. Cree que su teoría de la Soledad Fermiónica es ejemplo “casi en estado puro de narrativa transpoética”, lo cual es muy afterpop.
Desde luego, he de reconocer que si abandonamos el Súper y miramos el paisaje sin pensar en industrializarlo, arrancando, por ejemplo, olivas centenarias y plantando setos de olivo por abaratar costes, si abandonamos esta mirada económica y ahorradora, tal vez podamos descubrir de repente cantidad de espacios indecisos y criaturas extraordinarias, desprovistas de función, en balates y majanos, barbechos remotos, en espacios incultos y solares abandonados, lugares para los que el urbanita carece de nombres, ámbitos donde brilla todavía una biodiversidad superviviente. “Es un espacio que no expresa ni poder ni sumisión al poder” (Mallo), que no alimenta disputas, indiferente al concepto de victoria o derrota e incluso –como hubiese querido el maestro Yuanwu– impasible a los conceptos de verdad y mentira, bien y mal (cfr. La esencia del Zen, by Thomas Cleary, 1989). No olvidemos que en esos espacios limítrofes también se mata, se apresa, se muere y se devora. Gilles Clément, profeta de lo verde, jardinero mayor del Reino Irreal, le llama Tercer Paisaje y es como tercera España, ni azul ni roja.
Está visto que, como a este vuestro seguro servidor, a Fdez. Mallo le van los bichos raros, como la Margarita surreal citada (Margaret Marley Modlin, prodigio de colores chirriantes) o como Henry Joseph Darger (1892-1937), artista marginal chicagüense extremadamente “fermiónico”, conserje de hospital que dejó un tesoro olvidado a su muerte en su humilde cubil. Su obra cumbre es una epopeya fantástica titulada The Story of the Vivian Girls, in what is known as the Realms of de Unreal, of the Glaudeco-Angelinian War Storm, Caused by the Child Slave Rebellion. Simplificando: Reinos de lo irreal, un mecanoscrito de 15.143 páginas que Darger ilustraba con collages y acuarelas de gran formato. Dibujaba niñas con genitales masculinos, lo que ha dado mucho que hablar. Asistía regularmente a misa, a veces hasta cinco veces al día y recolectaba periódicos callejeros para recortar y componer iconos para su novela. Se consideraba un protector de niños porque creía que estos son más importantes para Dios que los adultos, según explica en su autobiografía.
La suprema banalidad de la vida contiene información cuando sorprende como un anuncio de teletienda al que le han eliminado el producto anunciado. Sin embargo, nada más banal que el adjetivo “banal”. Para Antonio Escohotado (que Dios lo tenga en su Supermercado Celestial), todos los adjetivos son superfluos si uno quiere ir a lo sustancial. Lo sustancial hoy, la información, o su huella en la Sociedad del Registro (Maurizio Ferraris), es el tigre sorpresa que no puede estar detrás de ninguna de las cinco ventanas que abres en el ordenador portátil o en el teléfono inteligente, porque si estuviera en la última que abrieres ya no sería un tigre sorpresa y, por consiguiente, tampoco lo sería ya en la penúltima convertida en última por mor de la conjetura…, ni en la primera. ¡Y esa es la sorpresa! Pero en cualquier caso el tigre te come, ¿no es lo que tú quieres, que te coma el tigre? ¡Zánatos!, tan potente como Eros.
Es como el vacío del que habla el profesor portorriqueño Francisco José Ramos en su estudio de Dogen, maestro zen. Consciente como Platón de la insuficiencia de los nombres, recalca no obstante que despreciar las palabras es una manera de seguir aferrado a ellas (pasa lo mismo con el odio), porque representan una oportunidad para rebasar las barreras que impone el propio lenguaje. Es el Barón de Münchhausen sacándose a sí mismo del lodazal con caballo y todo. Prerrogativa del espíritu. Vale, porque el lenguaje respira. Y ya lo entrevieron Chomsky y Eugenio D’Ors, para el cual todas las lenguas son dialectos de una protoglosa angelical. El profesor Ramos insiste en que el vacío (la vaciedad de la mente) nada tiene que ver con el nihilismo, nada tiene que ver con la nada tal vaciamiento. Abnegación que propone el Zen con su despensar meditativo, y la mística de San Juan de la Cruz con su adamar o reflexión del amor. Yo, sin embargo, opino como Mallo que en contra de lo que entienden por estar vivo las blandas filosofías orientales, el estrés occidental ayuda a generar entropía, desorden, o sea, vida. ¡Qué sería de la dulce gacela (elevada a Azenaia Parzenós por Miguel Espinosa en su Escuela de Mandarines) si no se estresara cuando acude a comérsela el guepardo!
No obstante, me gustan los koan, no más que la paradoja de Epiménides que refinó Eubúlides de Mileto, o las de Zenón de Elea, “padre de la dialéctica” según el Divino ateniense. La vida misma como la entiende Prigogine es paradojal, porque la paradoja es también una forma de desequilibrio. Es una paradoja compartir tics de rockers, mods y grunges, todos ellos más bien tipos bosónicos, ¡y luego creerse un fermión! Los mods en los sesenta buscaban distinguirse de la canalla y por eso se entregaban a un consumismo selectivo y comprometido con el futuro, a distancia de la rudeza de los rockers. Pero todos gregarios, por mucho que “los modernos” vistieran chaquetas de solapa estrecha, calzaran botines chelsea, montaran motoretas y oyeran modern jazz. La estética posmoderna hace bien en romper jerarquías y en ironizar, pero corre el riesgo del pastiche y del mal gusto. ¡Tanta pose hiperreal cansa y tanta deconstrucción y diferimiento marean!
Contra el tópico bohemio, neofranciscano o paleocomunista, Fernández Mallo escandaliza a la tropa romántica:
“El dinero es pura poesía porque en cualquier moneda, por humilde que sea, se concentran millones de posibilidades de compra”
El Zen nos previene de reducir todo, incluso los sentimientos y emociones a su esqueleto o estructura teórica; también, de reducir todo valor a utilidad económica. El uso del lenguaje como dislocación de la “sorpresa” publicitaria o propagandística es una buena estrategia neosituacionista porque el lenguaje, si es voz segura y clara, vuelve importante lo que se piensa y dice, incluso a propósito de lo vulnerado, débil y diminuto. Hoy parece microcéfalo insipiente el poeta que no se desespera, pero la ventaja de cierto nihilismo consolidado, consumible, es que a fuerza de negarlo todo, nada niega. También el nihilismo muta en su contrario, el realismo. Ni siquiera Heráclito fue siempre el mismo según nos recordó Borges, lo cual no lo vuelve del todo irreal.
Proyecto Nocilla es “novela artefacto” como la Rayuela de Julio Cortázar (a la que nombra y cita). Ensambla con ligero y fácil estilo textos procedentes de aquí y allá, de canciones, películas, revistas, eslóganes… Todo parece ocurrir allí por lo menos dos veces con ligeras variantes, en onda periódica que acaba sugestionando y embaucando según la “Ley del símil” en un espacio de actualidad desbordada. Y menos mal que se desborda, porque Actualidad es paupérrima simplificación mediática de Lo Real, mediatizada por el poder de mandamases públicos y privados.
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José Biedma López,
Cerros de Úbeda (Santo Reino),
13 de mayo de 2026, día de San Pedro de Regalado,
patrón de Valladolid y de los toreros, conocido por su caridad y vida ascética…
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