Situaciones e insinuaciones – I [1. Aterrizaje de Don Lope] – José Biedma López

Situaciones e insinuaciones – I [1. Aterrizaje de Don Lope] – José Biedma López

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Situaciones e insinuaciones – I [1. Aterrizaje de Don Lope]

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José Biedma López – Ventosas de parra virgen [Imagen fotográfica tratada]

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Situaciones e insinuaciones – I

1. Aterrizaje de Don Lope

Dos siglos y pico después de su abducción, sin pedirlo, sin saberlo, sin desearlo, como si le volvieran a nacer pero ya crecido, Don Lope de Bisejo fue devuelto al planeta Tierra, caído en el tiempo por segunda vez, donde no decidió estar esclafado. No le quedaron recuerdos de su paseo por el universo astral, todo lo más vagas sensaciones de luces fastuosas y de sonidos pasmosos, de lenguas extrañas y de contactos obscuros, tal vez obscenos… Sin embargo, no se había descubierto cicatrices como las que dejan intervenciones quirúrgicas y otras marranadas. ¡A saber si cargaría alguna prótesis por dentro, alguna nano-antena o chip identitario, de mascota! Se comprendía náufrago de Cielo o de Nada fecunda, víctima de obscuras potencias en un mundo rastrero, un país que ya no era el suyo, el de sus tiempos, un valle de lágrimas poblado por cachivaches y ruidos, dominado por coches… ¡Y Le costó aclimatarse! Por lo menos, aquellos alienígenas que le habían secuestrado sin permiso lo dejaron en su país de origen, Iberia, Hispania… aunque aquellos reinos de taifas se parecían ya bien poco a su país de origen, aunque seguían en manos de castas y caciques. Otros que él habrían considerado ángeles o demonios a quienes le secuestraron, pero Lope había sido educado en la Razón, hombre del XVIII, ciudadano ilustrado, y no creía en entidades sobrenaturales ni en eventos paranormales. Aceptaba que todos somos sucesos transitorios, dispensándose a sí mismo de monsergas y supersticiones. Como buen ilustrado, Lope odiaba a los reverenciosos, le repugnaban los mágicos y aborrecía toda doctrina irracional. Como criatura de otra época, padecía nostalgias; y como idealista consumado, sufría añoranza de Verdad, de Belleza y de Bondad.

Un ser humano desterrado en el tiempo, extrañado de su época por el hueco de los siglos es suceso estrafalario y acontecer terrible. Mas el caso o situación fue que Lope halló casa y oficio en villa de provincias. Tomaba pluma y lápiz para confesarse y experimentarse verdadero. Para ganarse el pan impartía clases particulares de lengua, de francés, de matemáticas, de solfeo, de grafología, de caligrafía, de anaglifos y de numismática. Lo hacía con gusto, porque se llevaba bien con la gente joven y con las personas curiosas o que ansiaban seguir aprendiendo a pesar de su avanzaba edad. Los cultivos de una pequeña huerta le ayudaban a subsistir; y sus faenas de hortelano y jardinero, a mantenerse en forma. Y tuvo tanto éxito como educador privado que se permitió contratar informalmente de auxiliar o secretaria a Bernardina Tunicia, una viuda sin hijos y de mediana edad que había ejercido magisterio hasta que se cansó de soportar impertinencias de nenes, nenas, madres, padres, delegados, inspectores y altas cargas del Estado, prefiriendo montar taller de restauración de muebles, despacho de objetos artísticos y de pinturas, en el que también arreglaba instrumentos musicales con solera y pericia de lutier, y recomponía cajas de música atascadas.

Anacrónico, a Lope le costaba adaptarse a los nuevos modos de humanarse. Por suerte, tenía su mente repleta de conversación interior ya que no había olvidado sus muchas y variadas incursiones, anteriores a su abducción, en las obras de los clásicos, ni su educación en un colegio de la Compañía de Jesús y sus lecturas clandestinas de Les philosophes, por lo que no le pesaban los grandes paseos ni las horas de soledad. No deseaba sentirse marginado ni huía lejos de actualidades. Por otro lado, siempre se había llevado bien con las cosas primeras y la contemplación de la naturaleza le desaburría extraordinariamente, así que herborizaba como Roussea y se había hecho devoto del nobilísimo y cándido espíritu entomológico de Jean Henri Fabre.

Fácil le había sido comprobar que la historia había acelerado progreso; ¡o desvarío!, porque las noticias rebosaban inmundicias. Pero Lope no ansiaba decantarse por la inexistencia del mundo ni rehusaba su presencia en él, sino que hacía gala de una voluntad más pura aún que la razón y su experiencia, a la vista de lo que había sucedido durante el siglo veinte (al principio no podía creerse lo de Auschwitz y Nagasaki, lo de Hiroshima y el Gulag). Para empezar, le sorprendió el hábito vestimental de las gentes, ya que muchos parecían salir a la calle en pijama y otros se embutían en pantalones gastados y rotos. ¡Y no eran menesterosos!, de hecho, muchos de estos conducían carros potentes, de muchos caballos, y bebían mejunjes importados y carísimos. Concluyó Lope que habíase consolidado en costumbre que los hijos de los ricos se disfrazasen de pobres. Ahora todo el mundo o casi todo el mundo bullía de acá para allá y viajaba mucho, por necesidad, por hambre, huyendo de la violencia, por disfrute, por aburrimiento… La nación de los turistas se había convertido en una de las más populosas del planeta.

Mucha gente se tatuaba pellejos igual que presidiarios y hechiceras de antaño. Sólo en los pueblos se conservaba algo del recato tradicional durante días señalados; sólo en aldeas quedaban fechas consagradas, días de tiendas cerradas por fiesta religiosa, por romerías y procesiones… A Lope le había sorprendido la crisis del cristianismo y la escasez de vocaciones sacerdotales, y no porque hubiese sido antes de su abducción un hombre de fe, más bien se pensaba escéptico, hubiera preferido que a estas alturas del segundo milenio las mujeres oficiaran comunión y sacramentos principales, como en la iglesia husita hízose suceso desde hacía siglos. Bernardina le había confesado que ella estaba de acuerdo con Jacques Ellull: que el comunismo y el anarquismo habían compartido con el cristianismo parecidos fines sociales y que el cristianismo se había disuelto y secularizado en socialismo como azucarillo en tisana ardiente.

Don Lope se percató de que en los nuevos tiempos muchas palabras como «alma», «espíritu», «decoro», «autoridad», «humildad», «piedad», “castidad”, “modestia”, “recogimiento”, etc., vacaban insignificantes o desusadas, y expresiones como «puta madre» o «morbo» agenciaban significaciones dulces al oído y sonaban gratas a la mente. Por ello, Lope elaboró un Vocabulario posmoderno que el vate Cristenio publicó en su revista digital Ibiut con ayuda de Bernardina, auxiliar que manejaba máquinas inteligentes. Luego añadió dicho Vocabulario a una colección de sátiras de costumbres que publicó mensualmente en un pasquín local canallesco, dirigido por un pendolista pícaro llamado Anselmo Bocanegra, antología titulada El Libro de los Cincuenta Lapos. Las ocurrencias de Anselmo consistían en hablar mal de quien no pagaba por publicitarse en su libelo.

Pocas familias cocinaban ya pucheros hogareños; iban escaseando los hogares; mucha gente vivía sola y antes mal consumía pitanzas prefabricadas saturadas de azúcares, sustentos rápidos, tentempiés tecno-facturados. Muchas personas lucían sobrepeso… ¿Lucían? No, ¡nos hemos expresado mal!, no “lucían”, sino que más bien padecían, porque andar oronda o mofletudo había perdido el prestigio y aprecio de épocas pretéritas y se consideraba nefasto para la salud y estéticamente reprobable el exceso de kilos. Ahora las gentes presumían de esbeltez, de flacura e incluso de raquitismo, porque eran precisamente pobres quienes paseaban carnazas y tendían a padecer obesidades mórbidas, mientras que la opulencia pagaba achiques de estómago, gimnasio y dietas personalizadas. En general, exponer panza estaba mal visto y se presumía indecoroso exhibir “michelines” (Berna le explicó a Lope el curioso origen mneumático de la palabra “michelín”).

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José Biedma López – Hormiga sobre hojas de tomatera, zángano o reina alada (olúa) [Imagen fotográfica tratada]

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Todo esto pasaba según la perspectiva anómala de Lope de Bisejo, porque se había formado en el Siglo de las Luces y muchas costumbres habían mutado o desaparecido y en su lugar imperaban otras que apenas podía pensar como racionales. En todo caso, “el hombre es animal gregario y de costumbres”, se decía, y la gente va a donde va Vicente, siendo “Vicente” macho dominante o hembra señera… Fue en aquellos tiempos prerrevolucionarios, mientras Voltaire predicaba tolerancia y se burlaba de los escrúpulos pequeño-burgueses del paranoico Rousseau (pervertido en su adolescencia por Madama Warens), cuando Lope fue abducido. Por motivos desconocidos, tenía ahora la misma edad, casi medio siglo, aunque había pasado dos y pico in albis ¿congelado?, ¿en estado vegetativo? ¡Quién lo sabe! ¡Cosas de la tecnología alienígena y de la relatividad temporal!

Como no entendía estos avatares de la Sociedad global de la información y se sentía perdido en los laberintos virtuales, que no virtuosos, de Tecnópolis, y como le mareaba la Sociedad de consumo de masas y sus gigantescas y macanudas superficies comerciales…, Lope quiso conocer el modo de pensar de los aborígenes del siglo veintiuno, de los indígenas de la telecomunicación sistémica y fieles de Supermercados, arrastradores de carros… Creyó que comprendería algo si estudiaba un manual que le pasó Apolinar, hombre enterado que le regaló una Antología de filosofía contemporánea. Pasaba Apolinar por sujeto culto y sensible que nunca se apipaba de fármacos, rehacio a los analgésicos y contrario al uso de psicodélicos o estimulantes afrodisíacos… Le había costado reconocer que tampoco él podía comprender tamañas jerigonzas de reflexivos y cavilantes, entre otras razones –decía‒ porque estas proclamas obscuras de la antología filosófica contemporánea resultan jerigonzas sobre poca cosa, galimatías  de palabras sobre palabras; o jergas sobre casi nada ‒o eso le parecía‒, pues muchas cosmovisiones recientes tratan directa o indirectamente de Nada, incluso las había que negaban las existencia de Mundo o postulaban que toda realidad es mera interpretación; y toda verdad, falsedad interesada…, visiones propias de individuos aislados de las cosas, que por decir de su vida y justificar su esterilidad hablaban su vacío,  y que por eso tienden a refutar acaeceres y disfrutan reduciendo expectaciones, en lugar de sorprenderse y amar la Gran Situación para comprender su misteriosa y compleja Insinuación…, individuos que se refutan a sí mismos…

‒ Algunos se llaman fenomenólogos, Lope, pero no muestran ninguna expectación ni predisposición de ánimo favorable al fenómeno, su contingente, misteriosa y fluyente comparecencia, incapaces de entender lo que cantó el poeta en modo apreciativo y en auto-sacramental: que “todo por muy pequeño / que entre las cosas sea / tiene sus perfecciones, / y aquello que es perfecto / ha de cumplir reglas”.

Apolinar recitaba con gusto de su portentosa memoria.

‒ Si bien todo es mudable ‒sentenciaba‒, ¡no puede ser vacío lo que muda!

‒ Fruto podrido puede llegar a ser palabra vana.

‒ Filósofos quejicas, son muchos de estos… ¿No te parece que la queja es más bien estética que filosófica, Lope? Tal que una pose…

‒ No es raro encontrar bobos de remate entre la casta pensante, amigo Apolinar.

‒ Y a nadie extraña ya que bigardos, protervos, lunáticos y necios sueltos y desamparados se conjunten para dominar mundo y masa a la sombra de un Amo fraudillo o de una Dueña implacable, entregados a la acción interesada y con justificaciones mendaces.

‒ En efecto ‒replicó Lope‒, el tonto resulta inocuo mientras imagina, pero puesto a obrar se vuelve malvado y opera contra la evolución del Espíritu… Eso siento.

‒ Por eso conviene recelar de los vocablos hinchados y de sus inhibidos progenitores. Busca Hambre la verdad, mientras que Hartazón ficciona mentiras ‒añadió Apolinar.

‒ Sin embargo, el apetito no busca la verdad siempre y como por vocación, sino porque es gratis. Quien cree lo que le da la gana, no cree necesariamente verdades. Y la mentira se compra, y es cara.

‒ Tienes razón, Lope. Con Verdad nada conveniente alcanzan los amadores de Poder; mas arrejuntados con Mentira rigen naciones, resintiendo futuridades.

‒ Lo peor de todo es que un rencor teorizado jamás se debilita. Esto explica el triunfo de libelos y panfletos, como los de Anselmo Bocanegra.

Apolinar bebía cócteles sin alcohol y con granadina llamados “sanfranciscos”, que nada tenían que ver con el santo de Asís. No había que poner en entredicho su lucidez. Jamás se evidenciaba mentiroso. Iba y venía de Francia en aviones y en trenes de alta velocidad porque daba clase de español en el Instituto de una localidad próxima a París. Había abandonado España durante el franquismo alentado a ello por su condición homosexual. Se tenía por bête du theatre y había hecho pinitos como director de escena y dramaturgo. Contó a Lope lo mucho que le sorprendió que Nicomedes, su amigo, íntimo y masón, le hubiese encargado la biografía de un intelectual franco que había estrangulado a su esposa sin penar por ello con cárcel. Apolinar había llegado a lo conclusión de que la mayoría de los intelectuales del siglo pasado habían perdido el bon sens.

‒ Puede que la cosa mejor repartida del mundo sea también la más escasa.

‒ Hay tiempos que son de locura colectiva, Lope.

Apolinar era adicto al sanfrancisco, pero más a la pipirrana, ensaladilla de tomate, pimiento y cebolla, todo ello regado generosamente con aceite virgen y vinagre de vino, enriquecida la verdura, cortada muy menuda, con atún y huevo cocido, plato frío que había merecido exaltación literaria y elogios del general De Gaulle, en la memoria de su paso por el castillo de Santa Catalina en Jaén. Bernardina ejercía a veces de cocinera en casa de Lope y en verano se prestaba generosa a elaborar gazpacho o salmorejo; apañaba ajoblanco y presentaba pipirranas. Ella y Lope invitaban a Apolinar al consumo de estos alimentos y hacían sobremesas, no muy largas, porque los tres gustaban echar siesta. Mantenían los tres amigos criterios muy diferentes sobre lo humano y lo divino, aunque estaban de acuerdo en no estar seguros de casi nada.

Bernardina, la cual se confesaba posilustrada antes que posmoderna, también reconocía no comprender bien lo que estaba pasando en el mundo, por ejemplo no se explicaba cómo se otorgaban tantos premios nobeles a físicos y metafísicos que afirman que el universo se degrada sin remedio… Estaba convencida de que circulaba demasiada basura y bazofia impresa y bodrio infame en la luz de los monitores…

‒ ¡A ver si en este siglo se descubre por fin que la cultura superior tiene que ver con las cortinas, el croché y las magdalenas de la abuela! ‒decía.

–  … Mejor que con el vómito de artista y las patadas de energúmeno ‒añadía Apolinar.

– A eso se refiere Berna ‒remachaba Lope‒. “En el término medio reside la virtud». Vale. Pero, ¿no será aquel término una corrupción de extremos?

– ¡Tú, ponle zancadillas al sabio, Lope! Afirmo que no todo es pravedad.

Apolinar dividía a los escritores humanes (sic) en pensadores y masturbadores; filósofos y lógicos; femeninos y sensuales; apasionados y asexuados. Y consideraba emasculados, eunucos o impotentes, a guerreros, políticos y gente de vanidad y empeño. En una ocasión contó la historia real o inventada de su amigo Sertorio Primo, el cual en nombre de la Lógica se cagó delante de los poderes del Estado: “Os perdono el Ingreso Mínimo Vital (IMV), porque mi condición me exige razonar” ‒decía, mientras apretaba el esfínter bajero y soltaba lastre pestoso. Dejó la función y se fue al campo donde fundó Escuela de lógica sertoriense y escribió Análisis de evidencia. Sertorio sólo admitía por evidencia el Principio de identidad y el Principio de no-contradicción que definía con un laconismo de Lukasiewicz, de este modo:

“Las proposiciones contradictorias no son verdaderas simultáneamente”

A Sertorio debemos un famoso aforismo que se hizo viral en X:

“La Diosa creó la lógica como estructura formal del pensar, su condición terrenal, y esta fue su arbitrariedad”

‒ ¿Cómo lo interpretas, Apo? ‒preguntó Lope.

‒ Con ello quería significar que fuera de nuestro mundo no cabe pensar que hubiese evidencia alguna… Sertorio dividió las proposiciones en interesadas, a las que llamó “configuradoras”, y en desinteresadas, a las que llamó “relatoras”, estableciendo el siguiente principio ético: “No debemos configurar lo que podemos relatar”. Escribió también una Teoría de los posibles. Al discurso que controla lo posible le llamó Dialéctica. Sertorio recomendaba a los retóricos usar pocos adjetivos y reprimir el abundantísimo y manido adjetivo “espectacular”. Él empleaba sobre todo sustantivos y adverbios para escribir nominando.

‒ No parece que se le haya hecho mucho caso.

‒ Ninguno. Pero hizo bien en abandonar La Función. La última vez que lo visité aún se afirmaba en su doctrina de que, exceptuando banquetazos y la suerte de conocer vulvas o méntulas diversas y poliétnicas, las obligaciones del poder son pesadez y tabarra. Uno puede detestar el Poder por tres razones ‒decía‒, porque lo ha sufrido, porque lo entiende irracional o porque lo siente malvado, es decir, por rencor, porque ofende la inteligencia o por escrúpulos morales.

Continuará…

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José Biedma López – Mariposa Gris estriada (Leptotes pirithous) libando en flor de dondiego (o donpedro) [Imagen fotográfica tratada]

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José Biedma López

La Esperilla (Santo Reino), Junio de 2026

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