El dramaturgo Joaquín Dicenta y su aportación al género novelístico: sus colaboraciones en las colecciones de novela corta. Análisis e importancia de su narración «El pasaporte amarillo» – II – Gloria Jimeno Castro
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El dramaturgo Joaquín Dicenta y su aportación al género novelístico: sus colaboraciones en las colecciones de novela corta. Análisis e importancia de su narración «El pasaporte amarillo» – II
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El dramaturgo Joaquín Dicenta y su aportación al género novelístico: sus colaboraciones en las colecciones de novela corta. Análisis e importancia de su narración «El pasaporte amarillo» – II
Tiempo del relato
La acción de esta novela se sitúa a principios del siglo XX en la Rusia del zar Nicolás II, que caminaba inexorablemente hacia una revolución.
En este relato, Joaquín Dicenta, que conocía perfectamente la situación rusa, recrea esa Rusia dominada por una autocracia de tipo oriental, y encarnada en la persona del zar. Muestra un país que poseía a principios de siglo una población que vivía en la miseria, toda vez que la mayoría de los rusos eran campesinos. El descontento entre el campesinado era generalizado, como también lo era el de los obreros contratados en las industrias explotadas por el capital extranjero, que cobraban sueldos irrisorios y trabajaban hasta la extenuación.
A estos años convulsos, en que algo grande se estaba gestando en Rusia, en que la revolución estaba fraguándose, se circunscribe la acción de la novela. Recordemos que Iván Petrovitch, el temible comisario que hará la vida imposible a Débora, fue destinado a aquella ciudad universitaria, precisamente, por“andar revueltos los estudiantes y temerse que algunos, en connivencia con los revolucionarios, esparcidos por la frontera, tramasen un complot o encendieran con sus predicaciones el espíritu, siempre levantisco de las masas” (p. 31).
Esta historia, narrada linealmente, cuenta los cambios experimentados por Débora durante un año, el tiempo que permanece en la universidad intentando cursar su carrera, truncada por la aparición del despiadado comisario.
El capítulo I ubica la acción del relato en la noche en que Débora decide comunicarles a los suyos su firme intención de cursar una carrera universitaria. Pese a que el narrador presenta una historia pasada, éste emplea el presente de indicativo para exponer estos hechos, para acercar al lector este momento del ayer actualizándolo, logrando que el receptor del texto se sienta al lado de Débora, que comparta sus alegrías y pesadumbres. Advertimos, asimismo, la presencia de un signo de mal augurio que adelanta que la vida de Débora lejos de su familia no será ni mucho menos un camino de rosas. Muchos serán los peligros que asaltarán a la joven en una ciudad, en la que no estarán los suyos para defenderla de los contratiempos surgidos:
La judería es en esta noche, museo de alabastros […] Por encima de esos cristales resbala, con homicida cuchicheo el viento de la estepa. Refugiado en el quicio de un portalón, próximo a la casa de Isaac, aúlla un perro la muerte (p. 5).
En estas páginas se procede fundamentalmente, a presentar a la familia de Débora, a describir a la protagonista, así como a reproducir los diálogos, con los que las hermanas afrontan el futuro.
El capítulo se cierra del mismo modo que se abrió, con ese signo de mal agüero, cuya reiteración e insistencia intranquiliza al lector, que se mantiene atento al curso de los hechos:“El can, refugiado en el quicio del portalón sigue aullando la muerte” (p. 16). En los capítulos II y III, la acción avanza hasta el inicio del curso académico. Con el uso del pretérito imperfecto se refiere el acontecer diario de Débora:
Iba por la mañana a la Universidad, donde tomaba apuntes, oyendo las explicaciones del profesor; paseando con sus amigas, aguardaba la hora de comer, y, luego de hacerlo, se metía en su casa para repasar las lecciones (p. 18).
El concurso gramatical del pretérito indefinido sirve para subrayar un cambio acaecido en la vida de la protagonista, el conocimiento de Miguel, con quien la emprendedora muchacha se prometerá:“Conociéronse Miguel y Débora en la fonda donde ella se abonara a comer” (p. 21). El noviazgo se forja en la estación primaveral, durante un bello día, a la hora del crepúsculo, cuando la campiña rusa adquiría las tonalidades más encendidas, más hermosas y sensuales. Fue una tarde, “en que un tibio sol de primavera había calentado la campiña y las almas” (p. 24). En esta parte del texto, el tiempo fluye lentamente, los sintagmas, merced a los cuales van pintándose los paisajes campestres rusos, coloreados con los matices a los que los juegos de luces del ocaso dan lugar, van sumándose poco a poco, en las oraciones. Ello está en consonancia con la actitud de los protagonistas, que se niegan a dejar este entorno campestre y a separarse, a que acabe el día, por ende, “iban caminando despacio, cada segundo más despacio, con lentitud mística” (p. 25).
La lectura del capítulo IV nos lleva a notar cómo se ha producido una elipsis. Ha pasado ya un año de lo descrito en los anteriores capítulos. Es invierno, Débora cursa ya el segundo año de Medicina, y la llegada de un nuevo comisario, Iván Petrovitch, viene a alterar su vida. El indefinido es el uso verbal que prevalece, con este se van reseñando los hechos más sobresalientes, los cambios que se suceden en la vida de la protagonista desde el mismo momento en que el policía entra en escena.
En los capítulos V y VI se detalla el acoso al que fue sometida Débora por parte del comisario, quien la amenaza y le concede un plazo de cuatro días para decidir si quería ser su amante y seguir con sus estudios, o, por el contrario, rechazar sus proposiciones deshonestas y ser conducida a un lupanar. El imperfecto es el tiempo del que se vale el narrador para poner de manifiesto la tortura diaria que suponía para la universitaria sentirse perseguida por el comisario: “Todos los días desde el siguiente al de la entrevista de Débora con Iván Petrovitch, salía este al paso de la joven, cuando se encaminaba a la ciudad” (p. 47).
En los capítulos VII, VIII, IX y X se ofrecen los datos acerca de cómo se desarrollaron los acontecimientos cuando se cumplió el plazo dado por el comisario. Al cuarto día, el comisario, de súbito, irrumpió en casa de Débora, cuando Miguel se encontraba allí, para de este modo advertirle de la catadura moral de su novia, quien estaba en posesión del ominoso pasaporte amarillo. El joven se marcha disgustado de su casa. Iván trata de forzar a Débora, quien se defiende y asesina al tirano déspota.
Tras el crimen, la protagonista huye en busca de su enamorado para darle a conocer la verdad y presentarle las pertinentes explicaciones. Miguel cree a Débora, y ambos determinan partir en un vapor para eludir a la justicia.
El pretérito indefinido es el tiempo que prevalece en esta parte de la novela, en que los acontecimientos se precipitan y que imprime dramatismo a estas páginas.
Cabe llamar la atención, no obstante, sobre el capítulo X, en el que se refiere el comienzo de la nueva vida de Débora. El joven prometido lanza al mar y con rabia el pasaporte amarillo de su enamorada, un gesto que simboliza dejar atrás el pasado. El ayer queda ya borrado, por ello, el narrador, como al inicio del relato, vuelve a utilizar el presente de indicativo. La historia de Débora y Miguel comienza a ser reescrita, el pasado está anulado, ellos ahora son puro presente:
La judía oprime entre sus manos un papel amarillo. Miguel se lo arrebata y lo lanza con desprecio a las olas. Estas, escupiendo contra él los salivazos de su espuma, lo empujan hacia la tierra de los zares (p. 61).
Espacio
Rusia es el telón de fondo de la historia de Débora, ese país que se hallaba en manos del zar Nicolás II, quien había sembrado el descontento y la discordia entre sus súbditos, los cuales hartos de la pobreza y del hambre que se derivaba de su incapacidad para gobernar la nación, comienzan a rebelarse.
Joaquín Dicenta conduce al lector en primer lugar, a una población esteparia, donde la familia de Débora residía. Los abuelos y las dos nietas moraban en la judería, en un barrio muy humilde, en el que vivían agrupados todos los miembros de la comunidad judía, constantemente perseguida y vigilada por los hombres del zar.
El paisaje de este pobre rincón de la estepa es ennoblecido con la nieve, que dibuja hermosas estampas, que parece presentar las humildes casas como construidas con las suntuosidades de los albos mármoles que decoran los grandes palacios:
La judería es, en esta noche, museo de alabastro. Cayó en ella la nieve, y congelándose después, ha realizado el prodigio. Gracias a la nieve parece el barrio miserable iluminado por la luna, un capricho arquitectónico de gnomos. Los cristales del hielo relumbraban como piedras preciosas (p. 5).
Este será el escenario del primer capítulo, aunque en los restantes será la ciudad de Kiev, que poseía una prestigiosa universidad, en la que la importancia concedida a las ciencias la convertía en uno de los centros culturales más destacados de Rusia, el espacio novelesco privilegiado. Museos, bibliotecas y teatros, todos ellos frecuentados por Débora, hablaban de la rica vida cultural de Kiev.
Para la protagonista, “ansiosa de aprender, de ganar un puesto entre las mujeres independizadas por el estudio” (p. 40),esta ciudad representa un sueño hecho realidad. Es un templo del saber, donde le podían proporcionar todas las enseñanzas y las herramientas del conocimiento que la convertirían en una médica, en un ser útil para la humanidad.
La razón de elegir como escenario Rusia, buscando hablar de los deseos de una joven de superarse con los estudios universitarios, así como para defender la igualdad de la mujer, y desechar la idea de ambientar la historia en España, se debe a que el autor tenía presente la estolidez mental de muchos españoles de aquella época, incapaces de superar la concepción de la mujer como un ser inferior, y a la que suponían carente de raciocinio, sin habilidades intelectuales para llegar a las aulas de las universidades.
Narrador
En este relato surge un narrador omnisciente, que, valiéndose de las notas a pie de página, explica al lector la razón de ser de algunas costumbres de los judíos rusos, así como la implantación de una serie de leyes discriminatorias para este grupo social; informaciones, de las que no estaban al tanto todos los lectores de la colección.
El locutor del relato, a través de los adjetivos encomiásticos que atribuye a la protagonista, muestra su admiración hacia esta y a las mujeres con inquietudes culturales y ansias de ser independientes económicamente: “indomable” (p. 9), “valiente” (p. 15), “fuerte” (p. 16). Por otra parte, es perceptible cómo el narrador toma partido a favor de Débora, cómo expresa su apego hacia ella con los diminutivos, la mayoría de los cuales figuran en la descripción de su habitación, a la que supo imprimir un aire netamente femenino: “comedorcito” (p. 17), “mesita” (p. 18), “fondín” (p. 17), “ojillos” (p. 42).
Muy por el contrario, al caracterizar y presentar tendenciosamente al comisario Iván Petrovitch, predispone al lector en contra del villano del relato, que “venía precedido de una fama de cruel” (p. 29). Este es animalizado, retratado como “impiadoso”, con extremidades semejantes a las de las aves carroñeras, pues sus manos tenían “crispaciones de garra” (p. 29).
Personajes
Los personajes que Joaquín Dicenta crea para esta novela poseen la misma fuerza dramática que aquellos que surgen en sus obras teatrales.
La protagonista es la “reencarnación de su par en nombre, la mujer fuerte de la Biblia” (p. 16), recuerda a Débora, la profetisa de Israel, que se sentaba en la palmera situada en el monte Efraín a juzgar a su pueblo. Como este personaje bíblico, Débora es una mujer de carácter fuerte, muy resuelta, segura de sí misma e independiente, cuya inteligencia y buen juicio la capacitaban para valerse por sí misma.
La universitaria era la antítesis de su hermana Sara, ambas eran radicalmente opuestas, distintas físicamente, y de idearios muy diferentes. Sara era rubia y delicada, de apariencia frágil, muy creyente y muy conformista ante los padecimientos de la existencia; Débora, por el contrario, poseía un rostro recio, de rasgos muy definidos, que ponían de manifiesto su fortaleza de ánimo, esa rebeldía que movía a esta a luchar por su futuro, que la hacía enfrentarse a su hermana por su pasividad, por dejarlo todo en manos de Dios, por resignarse.
Para caracterizar a los personajes, el autor les deja hablar, así el lector completa el retrato de estos, no solo con los datos suministrados por el narrador, sino también con la información que va obteniendo, a través de los juicios que se derivan de sus palabras:
– ¡Resignación1 –replica la otra hermana con ironía desdeñosa […] ¡Ya es esperanza y ya es paciencia!
– Sobradas serán para ti, que llevas en el corazón el espíritu de la rebeldía.
– Como son cortas para ti, que llevas el de la servidumbre.
Las dos hermanas callan, mirándose de hito en hito. La menor, Sara, es rubia, de ojos berilianos, frente baja y labios sensuales. Falta en ellos el pliegue enérgico de la voluntad, como falta la sangre en su piel de blancura lechosa. Débora es morena, de pálido y nervioso cutis, sus pupilas brillan con firmeza indomable, entre el pestañal, recio y corto; sus labios son finos; alta su frente, dibujada en forma de torre (p. 9).
Sara esperaba vivir bajo la protección y el amparo de su marido, que para ella había de ser de su misma religión, un hombre judío con sus mismas convicciones. Se promete por ello con Nathán, junto a él deseaba permanecer el resto de su existir. No le importaban las penalidades, se conformaba con poco:
– Siempre, aun en la más horrible existencia, en el más duro sino, hay horas felices. Pocas nos aguardan […], pero estando juntos Nathán y yo, con las pocas tendremos suficiente. Esas pocas horas felices nos dará resignación para sufrir las muchas horas malas (p. 9).
Débora, en cambio, dotada de un espíritu luchador, de una mente mucho más liberal, merced a su bagaje intelectual, opinaba que no era necesario que su esposo fuese de su misma religión, no creía en distinciones de ninguna clase. Para ella, todos los hombres eran iguales, el amor no distingue barreras de ningún tipo.
Si bien su deseo de culminar la carrera de Medicina era su primordial anhelo, y no permitía que nada ni nadie se interpusiese en la consecución de su fin, se enamora de Miguel, un muchacho apuesto y servicial, un contable muy respetado, que congenia con ella, debido a sus mismas inquietudes por el conocimiento, por sus inclinaciones hacia todo lo artístico. Débora desea unirse a Miguel, no obstante le recuerda que sus estudios eran lo primero:
Hasta concluir mi carrera, ni puedo ni quiero contraer compromisos formales. Después…Cuatro años faltan, a más de este, para que finen mis estudios. Si al término de esos cuatro años viene usted a buscar la compañera de su vida, la encontrará, Miguel. (p. 27).
Amén de ser una mujer de clara inteligencia, alabada por el rabino que la educó y la animó a aspirar a algo superior, era una joven de recta moral, que valoraba por encima de todo su honra, por ello es capaz de asesinar antes de ver mancillado su honor: “–Matar antes que perder la honra. Porque soy honrada, Miguel.” (p. 59). Ciertamente, el asesinato que comete Débora lo llevó a cabo en defensa propia, demostrando con ello, que no solo era una mujer de fuertes convicciones morales, sino que también era valiente y decidida, no temía a nada. Por su condición de mujer no se creía un ser inferior a los hombres, ni estaba dispuesta a someterse a varón alguno. Es un ejemplo de fortaleza, una heroína de tragedia que se enfrenta a su sino, pero que no se resigna a él ni mucho menos.
El abuelo Isaac, así como Miguel, son las dos fuerzas benéficas que ayudan a Débora para que sus planes de futuro tengan pronto cumplimiento. El anciano no duda en entregarle sus ahorros para que costee sus estudios y sacie su sed de conocimiento, deseando que ganase“un puesto entre las mujeres independizadas por el estudio” (p. 40).
Miguel le aporta tranquilidad, llena sus momentos de ocio, le apoya en sus estudios, le entrega su amor y le promete un porvenir juntos muy venturoso, que anima a esta a seguir adelante con ilusión.
Cuando Débora asesina al comisario, el joven no duda en dejarlo todo para huir con ella y salvarla.
Una fuerza negativa irrumpe en el relato, Iván Petrovich, brutal y sin escrúpulos, por esta razón, el comisario aparece animalizado, es descrito como un fiero animal, carente de razón y de sentimientos, cuyos actos se rigen por bajos instintos. Como los animales carnívoros, Iván poseía“la mandíbula inferior prominente” (p. 29), con unos dientes que parecían prestos a clavarse en la presa más propicia, con ojos enrojecidos de ira que “brillaban con fulgores de incendio” (p. 29), con unas manos rudas, que, cuando alguien le contrariaba sufrían “crispaciones de garra” (p. 29),se contraían como las extremidades de las aves de rapiña. Como su físico era harto desagradable, y su carácter insoportable, Iván tenía que tomar por la fuerza, con violencia y engaños todo lo que no podía tener.
Estilo y lenguaje
Es esta una novela de carácter sentimental o folletinesca, en la que se vislumbra la calidad como escritor de Joaquín Dicenta. La prosa del dramaturgo en estas páginas resulta elegante, sus oraciones están construidas con habilidad, con vocablos escogidos.
Dicenta tiende a anteponer los epítetos, a destacar las cualidades, y este recurso no hace sino dotar de cierta musicalidad a su prosa: “blancas y despeinadas barbas” (p. 7); “pálido y nervioso cutis” (p. 9);“valiente cabeza” (p. 15);“afectadamajestad” (p. 21); “negros cabellos” (p. 22); “sordo quejido” (p. 58);“gallarda línea” (p. 21); “rojizo pabellón” (p. 35); Advertimos, asimismo, su predisposición a la anástrofe, gusta de adelantar el atributo en sus oraciones, lo cual da un empaque solemne y melodioso a su prosa: “orgullo eres de nuestra casa” (p. 11); “dueña eres de ti”, (p. 14).
Recursos como el políptoton y la derivación, con los que se acentúa la emoción que embarga a los personajes por diversos motivos, contribuyen también a crear un cierto ritmo poético en la novela:
Si muero antes que tú, Raquel, hallarás intacta la porción que en los ahorros te corresponde, como hallarán intacta mis nietas la herencia de sus padres (p. 11).
Cuando exhibas el papel envilecedor, por envilecida te darán. Si tú propia vas por el mundo mostrando un padrón de deshonra, ¿quién verá tu honradez? (p. 14).
La habilidad de Joaquín Dicenta como dramaturgo se vislumbra también con tan solo advertir la fuerza pasional presente en estas páginas tan efectistas, y que siempre caracteriza a sus criaturas teatrales. Como en sus obras, sobre un fondo romántico, que es el que alienta sus personajes, aborda problemas sociales, en este caso, defiende el derecho de la mujer a equipararse al hombre, a estudiar.
Es fácilmente perceptible que algunas escenas de esta novela, que es básicamente dialogada, y que bien podría pasar por teatro leído, tienen mucho de folletín. Las escenas flébiles, el lenguaje lleno de melosidades y los oscuros presagios vinculan esta narración con aquel tipo de literatura. La escena más meliflua de la novela es, sin ningún género de duda, aquella en que Miguel declara su amor a Débora:
- De amor hablan esas estrofas –contesta Miguel–. Las oigo sonar dentro de mí y experimentan mis labios el deseo de reproducirlas.
- Una usted su voz a la del coro […]
- ¿Verdad que lo sabe, que conoce el sentimiento profundo y leal que me inspira?
- Lo conozco y lo comparto – responde Débora […]
- La esperaré.
- También yo esperaré, pensando y viviendo en y para usted solo. Hombre alguno puso en mi frente un beso de amor. Recibiéndolo ahora de usted, consagro mi promesa. Débora presenta su frente a Miguel. Este pone sus labios en aquella frente, no rozada por hombre alguna con caricia de amante (p. 27).
En definitiva, con el análisis de esta novela apreciamos el talento y la calidad narrativa de uno de los grandes autores teatrales de nuestra literatura: Joaquín Dicenta.
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Gloria Jimeno Castro
Doctora en Lengua Española y sus Literaturas
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