A Rafael Guardiola Iranzo, «in memoriam» – XII – Buenas nietzsches, Rafa – VI – Los graciosos – Antonio Báez Rodríguez
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A Rafael Guardiola Iranzo, in memoriam – XII – Buenas nietzsches, Rafa – VI – Los graciosos – Antonio Báez Rodríguez
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A Rafael Guardiola Iranzo, in memoriam – XII
Buenas nietzsches, Rafa – VI
Los graciosos
Tengo algún flash. Mientras Rafael Guardiola cumplía con sus obligaciones catalogadoras como bibliotecario en el IES Jacaranda de Churriana, al que con frecuencia ha aludido en sus artículos, yo en otra mesa leía Moby Dick. En lo que él llegó a llamar, con toda la razón del mundo, secadero de jamones en invierno y sauna cuando llega el calor, o sea, la biblioteca, compartimos algunas horas y en un ocasión grabamos un vídeo para unas jornadas de no sé qué historias del Centro de Profesores, que a mí me la pelaban, y en las que el aliciente era hacer nuestras gracias. Las suyas con una seriedad absoluta, vestido impecablemente con chaqueta y corbata y con un discurso formal, bajo el que colaba bombitas lapa que dinamitaban la jerigonza educativa y administrativa. Yo, que nunca fui permeable a la jerga, me limitaba a asentir con cabezazos al aire y a poner caras haciendo ruiditos. Cada uno se cachondeaba a su manera. En el café que hubo después de la proyección alguien nos bautizó como Los graciosos, término que nos satisfizo por completo, porque cubría el amplio espectro que va desde el piropo a la ofensa. Rafael Guardiola era muy generoso, me puso en contacto con Café Montaigne donde he publicado algunos relatos, y cada vez que encontraba espacios nuevos, revistas, editoriales, etc., los compartía con sus amigos. No podíamos ser más diferentes, pero una cosa nos unía, el placer de leer y escribir. En el año 2016 le pedí que presentase en el CAC de Málaga mi novela La magia de los días, lo hizo y cerramos el acto con un discreto beso como si selláramos unos esponsales. A Rafael le gustaba ponerse en el centro de la conversación, no hay nada más que leer sus artículos, y creo que las palabras de sus amigos el otro día en su despedida le hubiesen gustado. Se destacó su bondad, su profunda humanidad, esa generosidad de la que hemos hablado, su confianza en los valores de sus alumnos y discípulos, que siempre fueron importantísimos para él. Su excéntrico sentido del humor provocaba situaciones chocantes para muchos compañeros: cuando era secretario le dijo al inspector que el director no se podía poner al teléfono porque estaba haciendo caca, así como apuntar a alumnos díscolos con una pistola de plástico o proponer su propio nombre para el instituto. Sus votos por la salud, la alegría y la picardía, aderezados con el disfraz de obispo o la nariz de payaso eran la pantalla de un hombre muy tímido y yo diría que con una parte de sí infranqueable para los demás. A mí me dejaba siempre con las ganas de una conversación más personal, no tan parapetada en el personaje. No solía dar pistas de aspectos concretos de su vida cotidiana. Eso me hacía echarlo de menos inmediatamente después de cualquier ocasión compartida. Pero uno se acostumbra. Otro flash. En una fiesta de cumpleaños él estaba sentado en una silla observando. X, impecable, se preparó un mojito con mucho tino y cuidado, le dio un buche, lo apoyó en una mesa, se dio la vuelta y se lo robé. Guardiola me vio y se rio divertido. Cuando X buscó su copa no la encontró y fue a preparar otro, un poco con el mismo proceder volví a robárselo y se lo ofrecí a alguien con grandes adornos que me hicieran quedar bien. Guardiola siempre como testigo. Me están robando las copas, dijo X. Y Guardiola y yo nos miramos para celebrar el chiste. En sus artículos hacía referencias filosóficas que para mí eran inextricables, le gustaban las citas, mencionaba a poetas, pensadores, artistas, pero también salían sus amigos, sus compañeros, Churriana, su mujer Carmen, su hijo Hermes. Agitaba en la misma coctelera a Luis Aguilé, con el que compartía esa elegancia de vendedor del Corte Inglés, y Raffaella Carrà con Simone de Beauvoir y Johann Wolfgang von Goethe, escrito con el nombre entero. Yo lo llevé a mis cosas, él me llevó a las suyas. Cuando se acababa lo que fuese y llegaba el momento de relajarse con un café o una cerveza, Rafael Guardiola se escabullía de alguna manera y uno lo echaba de menos después de haberlo tenido tan cerca. Se me quedan muchas cosas afuera, tengo pésima memoria, al contrario que él, que recordaba detalles de ciertas anécdotas que en mi cabeza son retazos. En la despedida alguien puso la canción de la Carrá. Era una de sus proclamas de madrileño trasplantado. Para hacer bien el amor hay que venir al sur. Y de repente me viene otro flash. Cuando me fui del Jacaranda por concurso de traslados me regalaron un bolígrafo. En el último claustro me levanté y protesté airadamente porque me regalaban, después de quince años, el mismo bolígrafo que a los que llevaban allí un curso, el mismo también que Guardiola anhelaba infructuosamente tener, porque no entraba en sus planes pedir traslado, así que exigía que todo aquel que por cualquier motivo regresase al centro lo devolviese. Y es que sí que éramos muy graciosos.
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Antonio Báez Rodríguez

