Bergson contra la idiotez artificial – Antonio Costa Gómez

Bergson contra la idiotez artificial – Antonio Costa Gómez

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Bergson contra la idiotez artificial

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Fotografía de Consuelo de Arco

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Bergson contra la idiotez artificial

Ahora le llaman inteligencia a cualquier cosa, a aplicar mecánicamente unas reglas a partir de unos datos, la verdadera inteligencia siempre fue mucho más, algo más vivo y abierto, pero incluso antes ya era algo limitado e idolatrado, que se anteponía a otras facultades como sensibilidad, imaginación, algo actualmente por encima de toda discusión es la Inteligencia, la inteligencia se considera el valor supremo, nadie quiere pasarse sin ella, incluso si se habla de otros valores se supeditan siempre a la inteligencia, o se consideran otro tipo de inteligencia ,así se habla de inteligencia emocional, inteligencia práctica, lo primordial es siempre la inteligencia.

Y sin embargo, paradójicamente, la inteligencia es tonta, no da cuenta de verdad de la vida, no sirve para conocer la vida, ya lo vieron Bergson y los místicos , lo vieron los santos y los grandes poetas, piensas con rebeldía: en Dostoyevski es el Idiota, aquel que todos desprecian, el que de verdad se da cuenta de todo, o el hombre del subsuelo que se niega a la felicidad tecnológica a costa de la vida, que le importa un pimiento que dos y dos sean cuatro, porque dos y dos nunca son cuatro en la vida.

La inteligencia es una serie de leyes que establecemos con el pensamiento, por ella hacemos deducciones, pero están en el pensamiento y no en la vida, en la vida rara vez funciona la causa y el efecto en sentido mecanicista, y hay procesos que se suceden sin que tengan que ser el uno consecuencia del otro, y la propia ciencia se desmiente a sí misma continuamente desde comienzos del siglo XX, todas sus definiciones la propia ciencia acaba demostrando que son falsas.

Sin embargo en la actualidad tenemos lo científico como sinónimo de lo verdadero, si algo no es científico no es verdadero, y no se admite escapatoria, como cuando los gerifaltes católicos decían: “fuera de la Iglesia no hay salvación”, piensas con rebeldía: la inteligencia,como dice Bergson, explica a lo sumo el funcionamiento de la materia inerte, pero no de la vida, la vida desmiente continuamente todas las formulaciones, es creación incesante, nosotros no conoceremos mejor a un amigo encerrándolo en frases, en clasificaciones, mejor lo conoceremos si lo escuchamos a cada instante, si lo observamos más allá de cualquier prejuicio, si estamos cerca de él, y cualquier conclusión que saquemos de nuestra inteligencia y no de observarlo directamente será una tontería.

La inteligencia se encierra en sí misma, se pasa de lista, no nos deja ver las cosas, por eso dicen los textos sagrados: la sabiduría del mundo es locura para Dios, y también: hay que hacerse sencillos para comprender la vida, la arrogancia y la pedantería levantan un montículo delante del mundo que tapa el mundo.

‟There are more things in heaven and earth, Horatio, Than are dreamt of in your philosophy”, dice Hamlet, y es que la vida no responde a la inteligencia, responde más bien a la paradoja, como decía Chestov, por eso el que construye solo con la inteligencia construye cosas mecánicas, y el que construye con la inspiración construye algo vivo, algo que crece, algo que asombra.

Las creaciones literarias de los listillos dejan ver su propio mecanismo, enseguida se agotan, se les acaba la cuerda, pero cuando uno construye como Cervantes El Quijote,con todo su ser, con sus fracasos, con sus desilusiones, con su pasión escondida, con su melancolía, con sus sueños rotos, sin saber uno mismo todo lo que quiere decir, crea algo vivo que cada generación bebe con un sabor nuevo, piensas con la inteligencia se construyen artefactos, como dicen los modernos que son las obras literarias, pero acaban oxidándose y suenan a hojalata.

Pero con el instinto, con los testículos, con la piel, se escriben libros como Mujeres enamoradas de D. H. Lawrence, El coloso de Marusi de Henry Miller, el Viaje al fin de la noche de Céline.

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Antonio Costa Gómez

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