«Despertar en la aurora», de Alicia Aza – Fuensanta Martín Quero

«Despertar en la aurora», de Alicia Aza – Fuensanta Martín Quero

Overview

Despertar en la aurora, de Alicia Aza

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Despertar en la aurora, de Alicia Aza

Despertar en la aurora (Editorial Valparaíso, 2026) es el sexto libro de poesía de Alicia Aza, poeta madrileña, abogada en ejercicio y coach de profesión. Sus poemarios anteriores han recibido diversos premios y reconocimientos: en dos ocasiones, finalistas del Premio Andalucía de la Crítica, y su libro El viaje del invierno (Ánfora Nova, 2011) obtuvo el Premio Internacional de Poesía «Rosalía de Castro». Asimismo es autora de textos líricos para la ópera de Mozart Thamos, con la producción de la Fura dels Baus bajo la dirección de Carlos Padrissa, estrenada en Salzbusgo en 2019.

Mediante una manera concisa en la expresión poética, nos encontramos con un libro lleno de matices. La concisión en los títulos de las composiciones (casi todos excepto tres están formados por un solo vocablo) y la comedida extensión de las mismas nos sitúan ante una obra en la que la autora prescinde de lo anecdótico y se centra en la médula del decir poético, recordándonos con ello el famoso poema de Juan Ramón Jiménez «Intelijencia» de su libro Eternidades, en el que dice: «¡Intelijencia, dame/el nombre exacto de las cosas!», perteneciente a su etapa de poesía pura y desnuda. Los poemas de Despertar en la aurora no son extensos y carecen de circunloquios y recargamientos; sin embargo, no por ello se encuentran desnudos de artificios, sino todo lo contrario, porque la afluencia precisa de imágenes y metáforas cede continuamente su espacio a un lirismo sugerente a menudo, colorido siempre.

Los poemas vienen precedidos por un texto introductorio de Remedios Sánchez, catedrática de la Universidad de Granada, ensayista y crítica literaria, donde afirma que «Con esta nueva obra, sus lectores se adentran en esta etapa de madurez en la escritura de Aza, en la que aquel primigenio tono confesional se ha reformulado desde una reflexividad simbólica que manifiesta una conciencia profunda y serena de su yo como mujer dentro de una sociedad que sigue marcada por las inercias patriarcales». Se trata de un simbolismo no recargado que permite una lectura amena de los poemas en los que la sensibilidad y la reflexión coexisten.

El libro se estructura en tres partes: «Despertar en la aurora», «La conquista de la memoria» y «El secreto de los signos», cada una con sus matices y énfasis.

De manera transversal, el sujeto poético-mujer siente la herida, el abatimiento y la derrota del amor, pero también el encuentro y la memoria de este. La complejidad de la vida la empuja hacia un camino de autoconocimiento donde se puede elegir entre sucumbir o avanzar; se trata de un camino de aprendizaje en el que los límites se abren y se difuminan («He aprendido/de los secretos y del agua/y que un río puede ser mar en la mirada», poema «Quebrada»). Ante esas plurales formas del trayecto vital siempre se puede optar, porque siempre queda la libertad individual y la esperanza dentro de la búsqueda hacia el encuentro consigo misma: «Hay puertas que ofrecen o quitan» y «En cada uno está avanzar hacia luz/y saber que esta no es previsible» (poema «Huellas»). Esperanza que en el libro se metaforiza en una ventana abierta («pero siempre hay un lugar/donde la música permanece/y alguien abre la ventana», poema «Viaje»), o se encuentra en el silencio como forma de lenguaje y en la espera, expresada esta en los bellísimos versos del poema «Cama»: «He aprendido a que la espera/sea una forma de besar».

La transformación que deviene del autoconocimiento es la alternativa ante la herida, el desamor o la soledad. Por ello realiza una búsqueda de sí misma, de una autoafirmación imprescindible en una realidad que en el presente cuestiona: ¿qué verdad la define y al mismo tiempo existe sobre un “nosotros”?, pero también ¿qué verdad es aquella que los demás han hecho suya y que no deja de ser una interpretación? Por ello la autora dice en el poema «Verdad»: «A veces me pregunto/cuál es nuestra verdad/(…)/A veces me pregunto/qué dicen las olas/al batirse con mi cuerpo/(…)/A veces me pregunto/si somos algodón o cianuro/si no tenemos rostros/y solo somos alimento para los demás»).

Asimismo, el lenguaje y la memoria se articulan como medio y como identidad en ese trayecto de transformación que culmina en autoafirmación y en plenitud de sí misma. Y el silencio como forma de lenguaje, y la nostalgia como expresión sinérgica de la memoria.

La nostalgia del tiempo pasado, de su infancia, de la imagen paterna en aquel contexto irrecuperable, de la casa que junto a ella estuvo habitada por otros seres queridos y que ahora constituye «oquedad» donde se encuentra con su tiempo («acierto a comprender/que el tiempo es lo único/que hago mío», poema «Casa»). Un tiempo que concibe como «árbol milenario» con el «haz y envés/de sus hojas renovadas». Y en esta bipolaridad es donde siente la soledad («Me quedé sola/con mi soledad como certeza», poema «Soledad») y la transformación hacia su propio encuentro.

El sujeto poético reconoce el dolor y las palabras que hieren, «palabras precipicio» dice en el poema «Penumbra», y sabe de la distancia del gesto («¡Cuántas veces la caricia,/borrada por los límites del gesto!», del precioso poema «Luna») y del amor consumido y transformado en cenizas, metaforizado de forma sublime en la «rosa negra» del poema «Fuego», así como del consecuente abatimiento expresado con una elocuente imagen en los versos finales del poema «Susurro»: «como el amor/que se aleja sin mirar atrás/y la mañana espera abatida/con la boca abierta».

También el amor vivido o recordado recorre diversas composiciones del libro. Así, el poema «Coger tu mano» constituye un canto al amor y al deseo: «Coger tu mano/es atravesar un bosque/saltar una hoguera/descender por un río». Pero el amor tiene sus límites y sus oscuridades de los que procede la derrota, y, sin embargo, para la autora «Pérdida es valentía»; es decir, punto de inflexión, lugar desde el que se inicia la transformación hacia el sí, ese renacer o amanecer en un espacio temporal nuevo y luminoso donde el sujeto poético encuentra su sitio y su renovación.    

Ya desde el título observamos un movimiento temporal que acompaña al emocional y que constituye el centro sobre el que gravitan los poemas. Movimiento que se produce por el paso de la noche al inicio del día o amanecer, del letargo nocturno a la claridad donde la vida se activa y cobra otra dimensión. A través de esta simbología se expresa una traslación emocional o «despertar» del sujeto poético que, a medida que avanza el poemario, va aproximándose a un estado de autoafirmación al que llega después de desprenderse de aquellas nebulosas que ha ido encontrado en su trayectoria. Por ello dice en el poema «Aurora»: «Náufraga avanzo en la barca/a la deriva por un mar desconocido,/remo para alcanzar suelo firme/para sentir la arena cálida/abrazando mi cuerpo,/beber el agua y despertar en la aurora». Verso último de donde parte el título del poemario.

En esta estrofa observamos aspectos que son recurrentes en el libro y que lo definen. Por un lado, la utilización con carácter simbólico de imágenes pertenecientes al entorno marino y del agua se produce en más de una composición; por otra parte, las emociones se canalizan fundamentalmente a través de la percepción sensorial, imbricando así el mundo interior espiritual del sujeto poético con el mundo exterior. Y en tercer lugar, cabe destacar la importancia que el cuerpo adquiere en la construcción del discurso poético que aquí se desarrolla.

A través de las distintas partes del cuerpo la emoción cobra sentido. El cuerpo no es solo un lugar físico, sino que es expresión de la vida y del mundo subjetivo del yo poético. En él siente la experiencia del amor («y supe en ese instante/que había besado tu boca», poema «Aurora»), del desaliento («Extender el brazo y abrir los labios/escaparse de mí/la estrella/como un susurro», poema «Susurro»), de la superación («y mantenerse/en el vuelo indómita/con la única guía de mis ojos», poema «Vuelo»), de la pasión («las uñas rojas en llamas», poema «Manos»), de la maternidad («la piel de la maternidad», poema «Manos»), de los miedos («los surcos [de las manos] de los fantasmas en los sueños», poema «Manos») o del erotismo («Coger tu mano/(…)/Es abrazar las olas del mar/entrelazar nuestros dedos/y sucumbir los cuerpos/a la sombra del deseo no pronunciable», poema «Coger tu mano»). Vemos en el poema «Manos», como sinécdoque poderosa tanto en el título como en los versos, una declaración lírica sobre el peso emocional que el cuerpo canaliza y representa y que aflora a lo largo de todo el poemario. «Mano frente a mano/me invitas a explorar mi interior», dice en el poema «Jardín».

Este protagonismo de la corporalidad que define la relación entre la experiencia corporal y el mundo interior del sujeto poético-mujer como vía para la comprensión, la renovación (o «despertar») y la autoafirmación, presenta conexiones con una concepción del cuerpo como vehículo de liberación que aparece en filosofías orientales más allá de su dimensión estrictamente física. De hecho, encontramos en el libro términos como «mudra» y «mantra» (o sonidos repetidos practicados como técnica de meditación o como ritual dentro de la espiritualidad de liturgias orientales); los mudras son gestos realizados con las manos que se practica en el yoga y en el hinduismo mediante los cuales se canalizan y equilibran las emociones. Hay que recordar que en este poemario las manos adquieren un valor simbólico reiterado a lo largo de muchos versos.

Al mismo tiempo, la poética de este libro se enmarca en una línea de descubrimiento personal en la que lo sensorial y lo reflexivo conviven desde una perspectiva de la feminidad, entendida esta no como defensa del género, sino como identidad. El sujeto poético se pronuncia desde la conciencia de mujer. A través del cuerpo y la feminidad se llega a la identidad y al autodescubrimiento. Binomio (cuerpo/feminidad) que, desde una perspectiva y una poética diferentes, nos trae a la memoria parte de la obra de Chantal Maillard, poeta y filósofa cuya escritura ha bebido, entre otras fuentes, del hinduismo.

Como hemos indicado antes, destaca Remedios Sánchez en la introducción esa conciencia que la autora tiene como mujer dentro de una sociedad «con inercias patriarcales». Algo que ya se reflejaba en su libro Al final del paisaje. Es desde esta conciencia desde la que hay que entender el poemario porque en el mismo la feminidad como identidad marca el tono del discurso poético en lo concerniente al amor/desamor, a la autoafirmación, al erotismo, al olvido del abismo y al renacer. La propia autora proclama la feminidad como identidad en el bellísimo poema «Luna» con el que cierra el libro y al que aludiremos más adelante («¡Oh luna! ¡Feminidad mía!»).   

Como mujer ama, siente la herida y el desamor, soporta la nostalgia y la pesadumbre, evoluciona y se autoafirma, y como mujer insinúa o expresa el lenguaje físico del amor en versos en los que la evocación del erotismo se produce a través de elementos simbólicos pertenecientes casi siempre al ámbito de la naturaleza («estambres reposados/en el deseo de sus pétalos/que hago míos en tu boca», poema «Magnolia»). No se trata de un aspecto definitorio y reiterado del poemario, no estamos ante un tema primordial del mismo como ocurre, por ejemplo, en la obra de poetas como Ana Rossetti en la que el erotismo constituye uno de sus pilares fundamentales, o de Gioconda Belli como materialización de la liberación femenina, sino que Alicia Aza lo expresa como un rasgo, entre otros, de una feminidad que forma parte de su ser y de su manera de sentir. Lo erótico aparece de manera evidente en ciertos poemas como «Magnolia» o «Meandro», se deja caer en determinados versos de otras composiciones («las manos que no te sueltan/porque solo tú supiste perderte en ellas», poema «Manos») y se intuye en la utilización de sustantivos cuya significación simbólica nos remite al deseo físico, como «llamas» y «cerezas» (fruta evocadora de la pasión) en los versos «y las llamas/abriendo paso/hacia la cadencia de los ángeles/que vendrán a rescatarnos/y alimentarnos con cerezas», del poema «Ángeles».

En estrecha relación con el cuerpo, lo sensorial se abre paso de forma exquisita a lo largo del libro a través de frutas y flores, de colores y percepciones por los sentidos. Entre los diversos recursos estilísticos empleados por la autora, cabe mencionar además de las imágenes y metáforas ya citadas, recursos de repetición como anáforas y paralelismos con los que se pretende intensificar una idea, enumeración, epítetos, adjetivos que amplían la significación del poema o de un vocablo («montaña azul», «tiniebla infinita», «terrible turbulencia» referida al olvido, «invencible beso»…). Y entre ellos, destaca la exuberancia de un mundo sensorial que constituye vehículo para manifestar las sensaciones y las emociones y que da colorido y belleza lírica al conjunto: «un pez puede oler a mango», «los sonidos de aves me arrastran», «aquel cuerpo nacarado/cubierto de claveles/blancos y rojos», «la flor del granado», «Agua que todo lo embriaga/sonido pacificador», «un aroma a pino y jara»…

A este mundo sensorial pertenece la simbología de la rosa, la significación que esta adquiere en la poesía de Alicia Aza, ya manifiesta en su poemario Al final del paisaje. En Despertar en la aurora las rosas tienen un doble sentido simbólico: por un lado representa el amor en su máximo esplendor, también la belleza y la plenitud de la vida; por otro, metaforiza la herida: «Pétalos cuyo aroma te alza/a la cumbre del sueño/espinas poderosas que hieren el corazón/hundiéndolo en la tierra para siempre», expresa de forma sublime en el poema «Rosas».

Por otra parte, el tono general que predomina en el libro no es desgarrado ni de una oscuridad incisiva, sino que la desazón y la pesadumbre se manifiestan como punto de partida de una superación, de un fluir indagatorio en mitad de las turbulencias con la mirada puesta siempre en las posibilidades no clausuradas que el destino pudiera ofrecer. Solo en algunos poemas puntuales el abatimiento no parece dejar paso a la esperanza como en el poema «Verso», cuando dice «Hoy se ha roto un verso entre mis manos/sus letras oxidadas/han arrasado la pena por mi cuerpo». La insistencia en la esperanza y en la autoafirmación es manifiesta por parte de la autora sobre todo a través de anáforas con las que se intensifican los mensajes (por ejemplo, «Ahora me siento yo», en el poema «Lenguaje») y fundamentalmente mediante la ausencia de afectación y de vehemencia en los versos finales de la mayoría de los poemas, con los que los cierra con lirismo y eficacia.

Este lirismo llega a su punto álgido en la última y bella composición del libro titulada «Luna», en la que, de manera sorpresiva, la emoción alcanza cotas elevadas dejando atrás el tono sosegado anterior. Todo el poema se expresa mediante la ecfonesis como forma de manifestar la intensidad de aquello que el sujeto poético-mujer siente y piensa. En él exalta su feminidad mediante la luna como símbolo («¡Oh luna! ¡Feminidad mía!») y a continuación se lamenta de la negación que ha recibido de los gestos de amor («¡Cuántas veces se me ha negado el beso,/labios sostenidos en el vacío!», imagen esta última de elevada calidad poética). Al mismo tiempo, el amor, no suficiente, la conduce al espacio de la espera en el que se encuentra plenamente consigo misma con la posibilidad latente como esperanza: «¡Cuántas veces el amor no es suficiente/y vuelvo a la espera/donde está mi ser completo/y la posibilidad siempre brillando!».

El ser completo que la autora manifiesta es resultado de una evolución personal no incompatible con el estado de latencia que toda espera conlleva; o lo que es lo mismo, de esperanza. En la espera se siente plena: «Y el todo sé ahora/que fue un lugar de espera» (poema «Todo»). La evolución transformadora es camino y meta, por eso dice en el poema «Estrella»: «y llego a una constelación propia/donde hay una estrella/que lleva mi nombre».

Ese camino y esa meta constituyen la síntesis de Despertar en la aurora, un libro en el que la poesía, concisa y rica al mismo tiempo, actúa de manera eficaz como medio y como revelación para una transformación necesaria, para un despertar en un horizonte propio lejos de la herida, cerca de la esperanza. Síntesis que Alicia Aza concentra en un precioso verso de su poemario Al final del paisaje, con el que cierra este espléndido libro citándose a sí misma en un claro acto de autoafirmación: «Soy un cuerpo desnudo en el agua transparente que no recuerda y espera». O dicho de otro modo, como expresa la autora en unos profundos y bellos versos del libro que nos ocupa: «Despejarás el enigma del dolor/porque sé que siempre serás raíz y fuente,/sin nombre, sin tiempo/pero tú».

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Fuensanta Martín Quero

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Nota

Alicia Aza. Despertar en la aurora. Valparaíso Ediciones [Colección de poesía], Granada, 2026. ISBN: 979-1388007507.

Categories: Crítica Literaria

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