El olvido de los durmientes – XIII – La pesadilla – María Elena Arenas Cruz

El olvido de los durmientes – XIII – La pesadilla – María Elena Arenas Cruz

Overview

El olvido de los durmientes – XIII – La pesadilla

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Dorothea Tanning – Eine Kleine Nachtmusik [1943 – Tate Modern – London – UK]

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El olvido de los durmientes – XIII

La pesadilla

Las representaciones imaginarias de los sueños son muy heterogéneas, pero pueden reducirse a dos los esquemas utilizados: o bien se pinta un personaje dormido y por encima de él se recrea una proyección fantástica del contenido de su sueño según simbólicamente lo conjetura el artista; o bien, directamente se representa un sueño de alguien que no aparece  en el cuadro. En cuanto a su contenido e intención, los sueños pueden ser apacibles o terribles (en este caso alcanzan la dimensión de pesadillas); pueden ser enigmáticos (oneiros llamó a estos Macrobio) o de diáfana interpretación, sobre todo cuando su inmediata finalidad es didáctica, ya sea de orden profano o religioso. Empezaré por los sueños malignos. En la memoria de todos está “La pesadilla” de Füssli (1781), que sigue el esquema tópico de representación de los malos sueños, es decir, un personaje dormido con un monstruo sobre el pecho. El hecho de que la protagonista sea una mujer añade un componente de sensualidad, acentuado por las ropas de noche, que no caen vaporosas sino que se ciñen al cuerpo para subrayar las bellas formas que ocultan. El personaje femenino remite además al horror del poder de los íncubos medievales, esos demonios malignos que poseen a las mujeres mientras duermen de una manera tan profunda que no es posible despertarse. De hecho, aquí la fuerza y maldad de ese horrible ser es advertida también por el espectador del cuadro, que se siente observado descaradamente por este, como si con esa mirada le estuviera reprendiendo por atreverse a presenciar una escena secreta, oculta a cualquier otra mirada que no sea la de esa especie de caballo de ojos saltones que atisba insolente desde las sombras del ángulo izquierdo. Las dos figuras animalescas tienen una actitud desvergonzada, casi cínica, como si solo ellos poseyeran el secreto del miedo de esa mujer que duerme tan desapaciblemente:

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Johann Heinrich Füssli – Nachtmahr [1781 – Detroit Institute of Arts – Detroit – Michigan – USA]

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Recuerda Borges que el poeta Coleridge pensaba que “en los sueños las imágenes figuran las impresiones que pensamos que causan; no sentimos horror porque nos oprime una esfinge, soñamos una esfinge para explicar el horror que sentimos” (El Hacedor, 1960). En este sentido, creo que el hecho de que en las pesadillas aparezcan animales extraños, monstruos o seres deformes es más un tópico literario o pictórico que un reflejo de los sueños reales que tenemos los seres humanos. Quiero decir que es el arte el que ha buscado, entre la riqueza infinita de experiencias soñatrices, aquella expresión simbólica o visualmente impactante que pudiera ser fácilmente compartida por el mayor número posible de personas. Nace así la imagen del monstruo como representación universal del miedo, independientemente de cuál sea el origen de este. Puede tratarse de miedo a sufrir una violación, miedo a la oscuridad, miedo a la soledad, miedo a quienes ejercen feroz autoridad, etc., pero, sea cual sea la fuente del horror, este es sintetizado, hecho evidente (evidere es ‘hacer ver’) mediante la figura de un demonio que ejerce una presión sobre el vientre del que duerme.

La etimología resulta de gran utilidad para entender esta figuración poética e iconográfica. En general, y en casi todas las lenguas, este sueño malo está producido por el peso de un duende o demonio que oprime el pecho del dormido. Este demon se llamaba efialtes en griego y en inglés mara, de ahí nightmare. El francés es mucho más explícito, pues la palabra cauchemar incluye tanto la noción de ‘pisar con furia’ (calcare) como la alusión al demonio o duende (mar). El castellano, en cambio, la palabra pesadilla solamente alude al ‘peso’, incluso con esa curiosa connotación de ‘peso pequeño’ que aporta el diminutivo. Era la pesadilla una opresión en el pecho o el estómago producida por la alteración de la bilis negra o humor relacionado con la melancolía, opresión que las creencias populares a menudo personificaban en la figura de una vieja que oprime el cuerpo del que la sufre. Por eso en el divertido episodio del Quijote en el que Maritornes se acomoda en el jergón de Sancho para evitar los mamporros del arriero, nos dice Cervantes: “En esto despertó Sancho y, sintiendo aquel bulto casi encima de sí, pensó que tenía la pesadilla” (I, XVI).

Hay un famoso cuadro de Dalí en el que la durmiente sueña con la picadura que inminentemente va a sufrir: Sueño causado por el vuelo de una abeja alrededor de una granada un segundo antes de despertar:

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Salvador Dalí – Sueño causado por el vuelo de una abeja alrededor de una granada un segundo antes de despertar [1944 – Museo Nacional Thyssen-Bornemisza – Madrid – España]

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Se trata de un cuadro onírico complejo y virtuosamente pintado, en el que la protagonista es Gala, la esposa de Salvador Dalí, que yace semiflotando, desnuda y dormida sobre una costa irreal. La superficie del agua luminosamente azul es casi sobrenatural de lo tranquila y plana que está, como subrayando el silencio mágico del acontecimiento que sobreviene desde el cielo. De una granada surge un pez y de su boca, la cabeza y las patas delanteras de un tigre, de cuyas fauces, a su vez, salta otro tigre. Finalmente el cuerpo del segundo felino, en disposición de ataque y lanzado hacia la durmiente desnuda, se prolonga en un fusil con la bayoneta calada cuya punta se clava en el brazo de Gala. Como muy bien intuía Coleridge, son las sensaciones, las emociones las que nos llevan a construir las apariencias fantásticas que generamos en los sueños. En este sentido, no es difícil conjeturar el origen de las imágenes: cuando la protagonista se ha quedado dormida, sentía que la picadura de la abeja era un peligro real; ese leve miedo ha sido transformado en el sueño en una picadura virtual extraordinariamente compleja, pues en ella aparecen complementados símbolos opuestos de violencia extrema: la salvaje e instintiva de los animales junto al criminal fusil de los hombres. Pero, ¿por qué nos visitan las imágenes del horror precisamente cuando nos olvidamos del yo que nos identifica y del cuerpo que nos alberga? Esta es la pregunta que Borges deja sin respuesta después de aludir a sus particulares pesadillas en el poema que precisamente titula Efialtes (La rosa profunda,1975):

En el fondo del sueño están los sueños. Cada
noche quiero perderme en las aguas obscuras
que me lavan del día, pero bajo esas puras
aguas que nos conceden la penúltima Nada,
late en la hora gris la obscena maravilla.
Puede ser un espejo con mi rostro distinto,
puede ser la creciente cárcel de un laberinto,
puede ser un jardín. Siempre es la pesadilla.
Su horror no es de este mundo. Algo que no se nombra
me alcanza desde ayeres de mito y de neblina;
la imagen detestada perdura en la retina
e infama la vigilia como infamó la sombra.
¿Por qué brota de mí cuando el cuerpo reposa
y el alma queda sola, esta insensata rosa?

En ese primer sencillo verso ya Borges juega con ese carácter polisémico de la palabra sueño en castellano, que alude tanto al acto de dormir (en singular) como a las muchas y multiformes imágenes generadas por el inconsciente. A su vez, carga la metáfora del agua de densos y claros significados: por un lado, el poder lustral del sueño, que limpia de los confusos torbellinos del día y gracias al que descansamos, y, por otro, su poder, llamémoslo filosófico, esto es, esa posibilidad de olvidarnos del yo y del mundo convierte al sueño en un anticipo de nuestra condición mortal, en un ensayo de lo que puede ser la muerte, de ahí que nos ofrezca la “penúltima Nada”. Pero, una vez dormidos, soñamos, y entonces es cuando aparece la “obscena maravilla”, la pesadilla, que en Borges es recurrente, ya sea en forma de espejos duplicados, de laberinto o de jardín. Las imágenes, en sí mismas inofensivas, generan, sin embargo, miedo, un miedo oscuro y ancestral, asociado aquí al terror que late en los mitos antiguos. Y es de tal magnitud ese horror sentido en el sueño, que su estela sigue viva en la vigilia. La pregunta final es retórica y sin respuesta, pero formularla es casi una exigencia.

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María Elena Arenas Cruz

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