El eco del tiempo en la obra poética de José Luis Morante – Pedro García Cueto

El eco del tiempo en la obra poética de José Luis Morante – Pedro García Cueto

El eco del tiempo en la obra poética de José Luis Morante

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El eco del tiempo en la obra poética de José Luis Morante

   El poeta José Luis Morante, reconocido también como estudioso e investigador de nuestra poesía española, tiene una obra donde el paso del tiempo es esencial. De alguna manera, su voz radica en ese espacio donde uno se contempla a sí mismo, viendo la vida en un espejo.

  La recopilación de su obra poética por la editorial La Garúa, sirve para conocer mejor a este poeta que ha preparado las ediciones de Arquitecturas de la memoria sobre Joan Margarit, de Ropa de calle sobre Luis García Montero y de Hilo de oro sobre Eloy Sánchez Rosillo. En ese afán de la creación y de la investigación convive su deseo de acercarse siempre a la palabra poética con su misterio y su revelación.

  En Rotonda de estatuas (1990), Morante confirma esa luz del tiempo, donde la estatua permanece mientras el ser humano siente ya su caducidad. Como dice en el poema “Llegada a las estatuas”:

“Cuando no supe de qué hablar con los hombres, / descubrí una rotonda y me dispuse / a enmudecer, sin más, entre sus piedras”.

  La sensación de ver el tiempo en aquellas estatuas confirma ese espejo en el que se mira el poeta, donde es consciente de su caducidad, pero también hay un deseo pleno de vivir.

   Da un paso más en el siguiente libro Enemigo leal (1992), José Luis Morante reflexiona sobre la soledad y la tristeza, esa que acompaña al poeta, ser ensimismado en muchas ocasiones, que se da al mundo pero que siente ese exilio interior en el que permanece su voz. En el poema “Aún te desconozco” dice:

“No niego la esperanza, / pero nunca me tiende su solidaria mano / y ya me gustaría –como antaño a los pícaros- / cambiar si no de oficio de condición al menos”.

   De nuevo triste el poeta sabe que el optimismo vital se resiente y se desliza en la ladera de la duda. Como si se cuestionase en un espejo, de nuevo se ve en la disyuntiva de vivir o no vivir, envuelto en sombras.

   Hay en la poesía de José Luis Morante un espíritu reflexivo que late en cada momento, un pálpito de amor hacia las cosas y un darse al exterior para replegarse dentro.

  En Población activa (1994), llega la ciudad, ese lugar que es espacio de meditación, donde el poeta y profesor envuelve su laberinto existencia. Como dice en el poema “Ciudad privada”, todo lo que ve lo ha horadado el tiempo y le cuesta recordar esa luz que fue destello y fulgor en el pasado:

“Pero nada es igual, aunque contemple ileso / el dócil deterioro, / antiguos edificios maquillados de tiempo. / No logro adivinar qué signos, qué paredes, / ocultan las hogueras del pasado.”

   Es esa hoguera del pasado la que se niega a volver, en la ciudad busca esa llamarada, esa luz, ese fulgor antiguo que le niega su ensimismamiento. Dirá incluso: “Cuánta mano vacía, cuánta ausencia”, porque en ese afán de recobrar lo perdido solo hay ceniza, ya no hay brasa en el recuerdo.

Como comentaba antes, hay en la poesía de José Luis Morante un afán de volver a ver lo vivido, de encontrar el poso del pasado en el presente, como si de nuevo fuese una aparición que cambiase el curso de la vida.

   Y en Causas y efectos (1997) llega el recuerdo de su padre, lo ve en su tristeza como dialogase de nuevo con él, quizá con miradas solamente, como dice en el poema “Recuerdo de mi padre”:
“Mi padre ponderaba la eficacia / como un tesoro extraño y valiosísimo, / escondido en el vientre de la tierra. / Solía levantarse muy temprano, / con el tic-tac grabado en la memoria, / y dilataba oscuro una jornada / que concluía laso y taciturno”.

   Esa incomunicación viene de la honda tristeza del tiempo, donde padre e hijo se buscan, como si arañasen el pasado, para reencontrar en las miradas la conversación perdida.

   E incluso dirá en este libro, en el poema “Autobiografía”:

“Tanta dulce mentira / advierte que soy otro”.

    Radica ahí en ese otro yo su búsqueda, esa forma de desprenderse del exiliado interior, de abrirse al mundo. Al mirarse en el espejo ese que le contempla lo busca y le habla, en un afán de completar al que es y al que será.

   Y en Un país lejano (1998), Morante hace balance, mira su biografía, como si en ella dejase las briznas del ser. Como dice en el poema “El conformista”:

“El tiempo rellenó su biografía / con parquedad de datos / y un rosario de nombres familiares. / Su vida fue un estático paisaje / mostrándole un futuro / de amables horizontes”.

   Ese “estático paisaje” es, sin duda, la inacción de ese interior que pide salir a gritos, darse y entregarse a los demás.

   Y en Largo recorrido (2001), José Luis Morante sigue esa senda de reconocimiento, de escribir para buscarse y reconocerse, como si la palabra fuera latido y luz que emergiera a un yo profundo. Así dice en “Señas de identidad”:

“Nacen cuando la noche. Son los ruidos / misteriosos de todas las ausencias / que nos hablan en críptico lenguaje / del pasado. Mortifican sus voces / porque orean sucesos sin sentido·.

   Es, sin duda, la conciencia, esa voz que tiene eco y que prevalece frente al tiempo y que le llama para saldar la deuda del vivir.

   Y en La noche en blanco (2005) el poeta se ve al lado de la mujer amada, arañado por el tiempo y la costumbre que todo lo disuelve y lo envuelve en miradas sin palabras. Como dice en el poema “Insomnio”:

“Aprendo a recorrer la noche en vela, / tras el neutro latido / de un reloj digital. / Arañazos de luz fijan la sombra / al desamparo del amanecer. / Al principio eras tú / víctima vulnerable; / ahora somos acuerdo trinitario / porque el cansancio enfría nuestro lecho / y agreste se cobija / espalda contra espalda”.

   Y es la vida entonces un cuadro estático, que apenas se mueve, donde la pareja es un espejo que nos ve y vemos, pero que a veces se nos borra, como si estuviésemos solos de nuevo.

   Y llega Ninguna parte (2013) donde José Luis Morante habla del cuerpo, de su paso ante el tiempo, como podemos ver en “Vista cansada”, título de un libro de Luis García Montero, gran poeta y donde Morante ha hallado un lenguaje para traducir, por ello el poema está dedicado a García Montero:

“Cuando miro, mis ojos / desfiguran el margen. / Lo dice el oculista / en un informe extenso / que subraya presbicia. / Tengo vista cansada; / necesito cristales convergentes / que agranden lo minúsculo / y muestren su eficacia si prolongo / la tinta entumecida”.

   Con la metáfora de los ojos que envejecen, podemos ver también la voz que lleva el tiempo y que se desgasta, sin duda alguna, hay en la poesía de Morante un devenir que nos traslada a la existencia, a su transcurrir, un viaje del pasado al presente, para volver al pasado.

   Y en los inéditos de Nadar en seco sigue presente esa llama que se va extinguiendo, pero que intenta alumbrar, porque nunca pierde el poeta su fe en la vida, pese a que se gasta y se envuelve en sombras.

   En toda la obra poética de José Luis Morante hay resplandor y también oscuridad, pero por encima de todo un deseo de ser, de existir, de mirar al espejo y encontrar su luz, la que el tiempo horada, sin llegar a apagarse del todo.

   Con el título Ahora que es tarde, nos muestra que la vida pasa y nos deja huellas, manchas en el camino, pero ese afán de seguir está presente. Una obra poética con luz que aún deja fulgores.

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Pedro García Cueto

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José Luis Morante. Ahora que es tarde. La Garúa, 2020. ISBN: 978-8412160369.

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