«El final del desfile», de Ford Madox Ford – Fuensanta Niñirola

«El final del desfile», de Ford Madox Ford – Fuensanta Niñirola

El final del desfile, de Ford Madox Ford [1]

 

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No more hope, no more glory, not for the nation,
not for the world I dare say, no more parades.

No más esperanza, no más gloria, ni para la nación,
ni para el mundo, me atrevería a decir: no más desfiles.

 

Ford Madox Ford [1873, Surrey,(Inglaterra)-1939, Deauville,(Francia)], novelista, poeta, crítico literario, editor, y uno de los padres fundadores del Modernismo Británico como Conrad, Joyce, V. Woolf y D.H. Lawrence, (entre otros), cuyo verdadero nombre era Ford Hermann Hueffer, cambiado en 1919 ,de resultas de un conflicto entre su mujer y su amante. De origen alemán por la parte paterna, su abuelo era el pintor pre-rafaelita Ford Madox Brown, y su tío W. M. Rosetti. Naturalmente, se movió en un ambiente artístico y literario excepcional. Poseedor de una excelente memoria, estaba capacitado para recitar largos fragmentos de obras clásicas. Ford escribió muchas otras novelas, así como ensayos, poesía, memorias y crítica literaria. Colaboró en un par de novelas con Joseph Conrad, de quien era amigo personal, aunque Conrad tenía cuarenta años y Ford, veinticuatro. En los años de la Gran Guerra, sirvió como oficial en el cuerpo de Reales Fusileros Galeses. Tomó parte en la batalla del Somme, y fue gravemente herido, siendo repatriado. Ford publicó alrededor de ochenta obras. Su leit motiv es el conflicto entre los valores tradicionales británicos con los de la emergente sociedad industrial moderna. Los Modernistas se decantaban, frente a la novela clásica de su época, por una ficción innovadora más interesada en los flujos de conciencia que en las largas descripciones de acciones objetivas. La obra de Ford representó una avanzadilla de la vanguardia literaria de su época, a pesar de estar entroncada en el suelo literario victoriano.

El final del desfile se compone de cuatro novelas: Hay quien no… (Some do not, 1924), No más desfiles (No more parades, 1925), Se podría estar de pie (A Man Could Stand Up, 1926) y El toque de retreta (Last post, 1928), publicadas independientemente, siendo agrupadas por primera vez en un solo volumen en 1950. Asimismo, esta edición es la primera que se publica en España, y la traducción de Miguel Temprano es muy esmerada, teniendo en cuenta las dificultades que plantea un texto tan difícil. Al parecer recibió la inapreciable colaboración del máximo especialista en Ford, el profesor Max Saunders.

La obra trata del desmoronamiento de una concepción del mundo: la de la sociedad victoriana, que se hunde en el barro con el estallido de la guerra del 14 y sobre todo, con su final. Si todos los países sintieron esa conmoción, Gran Bretaña, exportadora del concepto de victorianismo a toda Europa, del mismo modo que la Reina Victoria expandió su numerosa prole por todas las monarquías e imperios europeos, sintió profundamente la herida producida en sus más firmes convicciones por el caos bélico.

El protagonista principal de la tetralogía, en cierto modo alter ego del autor, encarna en su persona el drama que se extiende a su alrededor y que invade y desgarra Britania. Su vida se ve paulatinamente destrozada a la par que la sociedad que le rodea. Perteneciente a una antigua y poderosa familia de terratenientes, Christopher Tietjens es un inteligentísimo alto funcionario del Gobierno, victoriano hasta la médula, defensor del orden vigente, los modales, las costumbres, las diferencias de clase, tan marcadas en su sociedad en esa época. De físico torpón y voluminoso, (que nos recuerda al propio Ford), nada especialmente atrayente para las mujeres, sin embargo ha de luchar contra la fama que se le ha creado de mujeriego. De familia económicamente poderosa, sin embargo su ausencia de interés por el dinero y su liberalidad le convierte en un insolvente. Sus enormes cualidades intelectuales le marginan de las relaciones sociales que, moviéndose en niveles muy inferiores a él, le envidian y le detestan por ello. Fiel y honrado hasta la médula, ha de soportar las infidelidades continuas de su esposa, Sylvia, elegante y aristocrática, pero una arpía, que le odia a muerte por ser -según ella- perfecto. Y ha de soportar que todas sus amistades, incluso su propio padre y sus hermanos le marginen, creyéndolo un lascivo y un manirroto. Macmaster, su mejor amigo, al que le ha prestado casi toda su fortuna, es un pusilánime trepa social, que se avergüenza de los favores recibidos y, manejado por su mujer, también trepadora y pérfida, desdeña al amigo que le ha favorecido durante años y le hace el vacío social.

“Y Tietjens, que era incapaz de odiar a nadie, al ver a aquel tipo simpático y sencillo con aspecto de colegial, se preguntó por qué la humanidad, que resultaba casi agradable descompuesta en unidades, era, como masas, un fenómeno tan odioso. Si se cogían doce hombres, ninguno de ellos detestable ni carente de interés, porque cada uno de ellos tenía detalles técnicos que aportar sobre su especialidad, y se formaba con ellos un club o gobierno, en el acto, las opresiones, las inexactitudes, el cotilleo, las venganzas, las mentiras, las corrupciones y las vilezas, los convertían en esa combinación de un lobo, un tigre, una comadreja y un mono cubierto de piojos que era la sociedad humana”.

Asistimos, pues, a un verdadero linchamiento moral de Tietjens, el cual lo soporta con un temple y flema inigualables, refugiándose en sus cálculos matemáticos y en los caballos, en un mundo solipsista inevitable. En esas condiciones estalla la guerra y nuestro hombre se alista, ya que el último sitio donde quiere estar es en Inglaterra. Tras una primera etapa en Francia, regresa para reponerse, algo perturbada su mente, por el impacto de los bombardeos en su cerebro. Ford describe así el escenario de la guerra:

“ Un intenso desánimo, una confusión interminable, una locura inagotable, vilezas sin cuento. Todos esos hombres entregados a manos de los intrigantes más cínicos y despreocupados que pululan por los largos pasillos donde se urden las tramas que surcan el corazón del mundo. Todos esos hombres eran meros juguetes y sus agonías meras ocasiones para poner una frase ocurrente en los discursos de unos políticos sin corazón. Cientos de miles de hombres arrojados aquí y allá en ese sórdido, gigantesco y parduzco barrizal invernal…, por Dios, exactamente igual que si fuesen nueces recogidas y arrojadas por las urracas por encima del hombro… Pero eran hombres. No sólo poblaciones. Hombres por los que uno se preocupaba. Cada uno con una columna vertebral, rodillas, pantalones, tirantes, un rifle, un hogar, pasiones, fornicaciones, borracheras, amigos, alguna concepción del mundo, callos, enfermedades heredadas, una verdulería, una lechería, una papelería, mocosos, una furcia por mujer…”

Sin embargo, su vida colisiona con una joven, Valentine Wannop, perteneciente a una clase social inferior, hija de una excéntrica novelista con grandes dificultades económicas, que le produce perturbación y atracción, desconocidas en él, acostumbrado a ocultar sus sentimientos y afecciones. ¡Una mujer con la que puede y con la que desea hablar! Y además, ¡buena latinista!
Lo que se cuenta no es realmente original, de hecho apenas si hay una acción, y las situaciones las hemos encontrado en otros autores victorianos. Pero la forma, el estilo novedoso de Ford es lo que nos resulta francamente llamativo: un continuo ir y venir de pensamientos en el tiempo y en el espacio, pero ligado de modo tan asombroso que casi ni somos conscientes de ello. Monólogos pensados, paralelamente a conversaciones, tramos de descripciones objetivas, mezclados con saltos al pasado o al futuro. No es de lectura fácil esta novela; de hecho, los primeros capítulos del primer libro desaniman y desconciertan al lector, que ha de hacer un verdadero esfuerzo para seguir adelante. Pero el esfuerzo se ve altamente recompensado cuando consigue entrar en la narración, y darse cuenta de los continuos saltos temporales, de los cambios de punto de vista y de que las explicaciones para hechos inexplicables o absurdos al principio, se nos ofrecen más adelante.

Todo el primer libro, Hay quien no... trata de situarnos al protagonista y a todo su contexto, complicadísimo, ya que ha de introducir un elenco de personajes secundarios pero relativamente importantes para comprender la trama de mentiras y engaños que se cierne sobre Tietjens. Toda una gama de situaciones aparentemente inverosímiles y en algunos momentos enloquecidas, donde se presenta al personaje en el ambiente que le rodea.

En el segundo libro, No más desfiles, se sitúa en plena guerra, en Francia, cerca de la línea de fuego, donde el protagonista se mueve, con relativo margen, hasta que le llegan las salpicaduras de su situación familiar, en la forma de Silvia, cual moderna Aracne, tejiendo sin parar su tela de infortunios y mentiras que no le deja en paz . Asombra la capacidad para el mal de esta mujer vana y fútil. Por otra parte, muestra el absurdo de esa guerra que nadie comprendía pero a mucha gente entusiasmaba, hasta que se veían con el barro en los tobillos y los proyectiles zumbando en sus oídos. Su conversación con el general Campion, viejo amigo de sus padres, es memorable.

En el tercer libro, Se podría estar de pie, aparecen otros puntos de vista, como el de Valentine Wannop, en la primera parte, al acabar la guerra; en la segunda parte vuelve atrás, a los últimos meses de la guerra, donde sigue Tietjens en primera línea. Las partes dedicadas a la lucha en el frente son terribles. Son las propias vivencias de Ford las que está compartiendo. Escuchamos los obuses y casi sentimos el sabor del barro en la boca. Tietjens va descubriendo que se lleva mejor con sus compañeros, e incluso con sus subalternos que con toda la odiosa gente que le espera en Londres. Vuelve a pensar en Valentine. La guerra no son desfiles y honor, ni tampoco es un partido de críquet; el protagonista reconoce que esta guerra ha cambiado los conceptos de guerra al uso hasta el momento, así como las relaciones sociales, e incluso las nociones básicas de socialidad: el matrimonio, la familia, las relaciones de clase. Y todo ello conlleva un caos, un desconcierto en las personas que antes tenían unos pilares fijos en los que apoyarse, y ahora descubren que son de barro. La tercera parte del libro describe el reencuentro de ambos, Valentine y Christopher, en su piso vacío el día del armisticio, rodeados luego de los compañeros supervivientes de su batallón.

Y en la parte final, El toque de retreta, quizás la más débil literariamente, recapitula sobre los conceptos valorados a lo largo de la obra. Vuelve un poco el caos de la primera parte. Está contada por los demás actores de la historia: su hermano Mark, paralizado tras una apoplejía y su mujer francesa, Marie Leonie. Valentine espera un hijo de Chistopher, Sylvia trata de perjudicarles al máximo; su hijo Michael, el heredero de Groby, el general Campion, Lady Macmaster, etc. desfilan por estas páginas finales. Christopher es el referente, pero no protagoniza el libro más que en segundo plano. La tala del gran árbol de Groby, simboliza la caída de una dinastía, aunque la espera de un vástago -bastardo- supone que la vida sigue, aunque ya no igual.

 

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Fuensanta Niñirola

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Nota

  1. Ford Madox Ford. El final del desfile. Traducción de Miguel Temprano. Editorial Lumen, Barcelona, 2009. ISBN: 978-84-2641-693-3.

 

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