El gabán de Harpo Marx – Por marrana – Una sinfonía de sonidos dislocados de Rafael Guardiola Iranzo

El gabán de Harpo Marx – Por marrana – Una sinfonía de sonidos dislocados de Rafael Guardiola Iranzo

El gabán de Harpo Marx – Por marrana – Una sinfonía de sonidos dislocados de Rafael Guardiola Iranzo

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Por marrana

“¡Señora, la voy a denunciar por marrana!”. Con esta sonora amenaza se rebela el fontanero encarnado por Andrés Pajares en una de las primeras escenas de La hoz y el Martínez, película de Álvaro Sáenz de Heredia estrenada en 1985, año en el que culminé mis provechosos estudios universitarios y comenzó mi vida laboral entre papeles, tizas y desbocadas hormonas adolescentes. Una comedia de título y parientes casposos que no deja de sorprender por su elaborado guion, más allá de la irrupción de pezones sonrosados y erectos, y de generosas posaderas “entangadas” que desfilan, salvajes, ante los ojos viciosos del semental rural a pan y agua. En un alarde escénico solo apto para bigotillos recortados, el fontanero madrileño estrella su cráneo contra la parte inferior de un lavabo del último Plan de Desarrollo como respuesta incondicionada a una compleja situación estimular. La señora de la casa, excitada como una lúbrica odalisca con rulos, obsequia con una caricia posesiva en la entrepierna al alienado proletario, pensando que los glúteos son los de su virtuoso marido. Como resultado, el fontanero debe ser retirado en camilla en medio de una cascada de risas maliciosas de los presentes.

La lujuria ha desmontado en un santiamén los afanes de las fuerzas productivas y el entramado de las relaciones sociales de producción. Me veo obligado aquí a valorar su alcance como tal vez nunca se haya hecho antes. Es el mismísimo Dios el que se encaró con Adán y le espetó: «Ganarás el pan con el sudor de tu frente…» (Génesis, 3:19). El trabajo, como pude leer de niño, es un castigo divino y no hay vuelta de hoja. La expulsión del Paraíso, inducida por el Maligno en forma de serpiente a propósito de una manzana más cegadora que la que narcotiza a Blancanieves, significa también el despertar del pudor y del desenfreno de las odaliscas con rulos. Por otra parte, las descendientes de Eva, fuente constante de tentación y perdición, tendrán que parir necesariamente con dolor y son la causa eficiente del chichón de Andrés Pajares. Pero lo que me importa es rubricar que, nadie en su sano juicio, teniendo la posibilidad de vivir sin trabajar, se ponga a reparar los lavabos, cisternas e inodoros de los demás.

Estaba yo dándole vueltas a estos pensamientos alocados, cuando me encontré en el portal del edificio que comparto con mi vecina Lara. “Esta mañana he limpiado tres culos y ninguno de ellos era mío”, me dijo. Me sonó un poco al enigma que propone la Esfinge al atribulado Edipo. Pero lo cierto es que Lara tiene tres vástagos: una preciosa bebé que gatea con la velocidad del rayo, impulsada por una sonrisa salvaje, un niño de cuatro años al que le gustaría mandar al espacio y sin oxígeno a sus padres, y un zagal de seis años que sueña con llenar una garrafa vacía de Aquaservice con monedas de curso legal para lograr que su madre deje de trabajar como ginecóloga en la Seguridad Social.

“Hola, me llamo Lara y llevo una semana sin beber”. Lara se acababa de presentar ante un público variopinto, sentado en círculo como los Sioux de Las Llanuras. El rostro de la terapeuta de Alcohólicos Anónimos se tiñó con unas tonalidades cálidas y esta apretó los puños con fuerza en señal de victoria. “¡Qué bajo he caído!”, se reprochaba Lara en silencio, apretando mucho los muslos, casi crucificada en el respaldo de una silla también anónima. Añoraba incluso aquella odisea doméstica en la que preparara una presentación informática para una charla sobre suelo pélvico al lado de su fiel amiga, la lavadora. Puede que todo esto lo haya soñado, pero estaba deseando contártelo.

Te escribo, amor, desde una pequeña torre de Pisa. Las patas de la mesa camilla se mueven como las de un camello iniciando la genuflexión. Aquí los días mueren, sin más. Son el aborto de un sueño que nunca germinó, decía un poeta. Sin lamentos, sin estertores, sin rigor mortis, sin un ápice de música. Tan solo se escucha gemir a una sonora plañidera de gestos desencajados. Se rasga entonces el silencio letal dejando en el aire una sombra hedionda que casi se mastica. Lamento es el nombre de este tejido crepuscular con aspiraciones imperiales, propio de otros tiempos. El día se desvanece y muere en mis brazos sin rechistar, sediento y húmedo.

Húmeda tu ingle, palpitante, tersa tu piel, viva y huérfana del deseo que apuntala mis horas entre estos muros en declive. Y formas parte de una procesión siniestra, casi sin saberlo, uniéndote a la queja de los cuerpos deshabitados. “Venga, te dejo un poco”, me decías al oído, ofreciéndome tu pecho dormido. Mis dedos se deslizan entre tus bragas blancas de algodón egipcio siguiendo el perfil encrespado de la carne y siento que te estremeces religiosamente con la fidelidad de mis caricias. Pero yo estoy pensando en Lara. Se ha quedado dormida sin ropa interior, en pleno programa de prendas delicadas, en una incómoda silla de enea. Es que lleva ya una semana sin beber, la pobre y todavía no ha empezado el centrifugado.

Llaman a la puerta. Es el fontanero.

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Rafael Guardiola Iranzo

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