El personalismo de Campoamor [Ramón María de las Mercedes Pérez de Campoamor y Campoosorio] – II – José Biedma López
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El personalismo de Campoamor [Ramón María de las Mercedes Pérez de Campoamor y Campoosorio] – II
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El personalismo de Campoamor [Ramón María de las Mercedes Pérez de Campoamor y Campoosorio] – II
Límites del racionalismo y del intelectualismo
Más que mera razón, la personalidad es, pues, inteligencia [1], “aroma de la flor de la creación”, síntesis de lo ideal y de lo real, mientras que para Campoamor, el “pienso luego soy” es callejón sin salida, tampoco la “ideología pura” o “lógica trascendental” de Kant le complace:
“Descartes toma los pensamientos á la hora en que se levantan [2]; su discípulo Kant, más hábil cazador de ideas, siempre procura sorprenderlas en la cama. Para el padre, la inteligencia es pensar; para el hijo, la inteligencia es la potencia de producirse a sí misma. El análisis de Descartes empieza por la inteligencia en acto; la analítica, ó ciencia del análisis, de Kant, es la descomposición de la potencia intelectual.”
“La psicología y la lógica experimentales de Descartes las ha convertido Kant en ideología pura y en lógica trascendental, investigando lo más a priori de la potencia intelectual, haciendo retrogradar más que ningún otro la dificultad, analizando, no lo que hace el espíritu, sino el cómo es posible que lo haga.”
Campoamor recela también de una inteligencia hipertrofiada que arrebata al espíritu hacia regiones abstrusas, donde si se hacen algunas conquistas intelectuales, son tan inútiles como costosas. Refiere a Kant y sus adeptos: “La ciencia kantiana, sin hallar la última razón de por qué se puede conocer, busca lo primeros cómos de la operación cognitiva”, “el criticismo… no es más que un retro-psicologismo sistemático”…
“El ultra-psicólogo Kant sostiene que el hombre produce todo lo que él ve, y crea el mundo observándolo. ‒Yo bien sé que no existe nada real más que nuestro espíritu, y que todo lo que no es él tiene una existencia accidental; pero eso de producir lo que se ve y crear lo que se observa me parece, como al vulgo, una inconcebible monstruosidad”.
La inteligencia es la personalidad, moral reflexiva, Yo del yo, último término del viaje de la vida, objeto (fin) de la (auto)creación. Roto su lazo con la pasión y la carne, alcanza la plenitud de su existencia: la inmortalidad, así “el polvo del hombre volverá a la tierra como era, de donde fue sacado, y el espíritu volverá a Dios, de donde salió” (Eclesiastés 12:7) [3].
El alma es la personalidad subjetivizada. Con la muerte viene la superpurificación del personalismo, la arcangelización del yo: “el ser realizado, la síntesis de la creación, entra en la esfera del ser real, del Creador”. “Dios formó al hombre a su imagen y semejanza; lo formó, es decir, lo dotó de distinción, de individualidad; a su imagen, espiritual, sensible e inteligente; y semejanza, racional, subjetivo e inmortal”. La inmortalidad no necesita pruebas, según Campoamor, porque podemos sentirla. El objeto de la vida es la redención por el dolor.
Campoamor elogia el catolicismo como filósofo sincero que sube a la fe por el camino de la razón. No defiende el catolicismo por su divinidad, sino por su humanidad.
“El catolicismo no quiere más que la propiedad del espíritu; de la materia no desea más que el usufructo. Lo mismo que los filósofos de la naturaleza, llega a lo ideal por lo real. Si la espiritual Roma católica excede en ostentación a la material Roma pagana, es porque pone la materia al servicio del espíritu”.
No cree que el catolicismo sea bueno porque emane del Cielo, sino que es un culto que emana del cielo porque es bueno. Aun “no siendo católico, lo más seguro en religión, como en modas, es imitar al mayor número”. [4]
Alejandro Pidal dijo de Campoamor que era un “pagano rezagado, que no tenía de cristiano más que a su mujer”, dama irlandesa y católica sincera, hija del cónsul de Irlanda en Valencia, a la que conoció siendo Gobernador Civil de la provincia y a la que Campoamor acompañaba regularmente a misa, porque “gasto menos tiempo oyendo misa que oyendo luego en casa los reproches de mi mujer cuando no la oigo” [5].
Del mecanicismo y el valor de la Metafísica
Campoamor denuncia el liberalismo provinciano español de su época, afrancesado [6], para el cual no hay más ciencias dignas de estudio que las experimentales, naturales y físicas. Y esto lo profesa como artículo de fe. Combate el mecanicismo, esa “gramática de la materia”, insuficiente aunque no carece de cierta elevación. Critica a M. Cousin, “esa abeja de la filosofía que en nuestros días ha elaborado la miel aguanosa del eclecticismo”. Descarta de la filosofía lo apriorístico-ideológico que la reduce a una “especie de mecánica de las funciones racionales”, o sea a un logicismo. Su aspiración metafísica, la de Campoamor, se reduce, no a saber el origen divino, sino el objeto político de la razón [7].
Le indigna ver al “animal mamífero” humano colocado en la serie de los monos, no alcanzando el materialismo mecanicista a ver al hombre como anillo simbólico entre lo visible y lo invisible, entre el tiempo y la eternidad, la materia y el espíritu, la naturaleza y Dios. Las ciencias naturales son dignas de figurar entre las artes mecánicas, “entre las zapaterías, por ejemplo”. Es menester vengar a la filosofía, ciencia del espíritu (que es la personalidad), que es la verdad, contra las diatribas de los naturalistas. “obreros del arte de la materia”, esa objetividad pasajera, porque los naturalistas son “reclutas de Manes” y creen que la materia existirá siempre. Tal vez acaben siendo almas guardianas de este cadáver eterno.
Estilo filosófico
Campoamor confiesa aborrecer todos los disfraces, sobre todo el de la gravedad afectada, ese tono que renuncia a todo sentimiento cándido, a todo gesto de humor… La mayor parte de las veces el estilo no es el hombre, sino un comediante. El corazón del hombre de bien es una fiesta continua y en literatura (incluida la filosófica) no hay nada digno más que lo sincero. Campoamor se considera desertor de todos los ejércitos. También del pensamiento hipercrítico representado en el siglo de las luces por Voltaire y en el XIX por Pedro-José Proudhon, monstruos del sentido común que no resumen sus ideas en un sistema porque reniegan de todos.
Campoamor sólo admite la negación cuando ve al lado una afirmación. Se trata de un pensar que se acredita como constructivo y que no renuncia a ser gracioso: “Para ser gracioso se necesita más que para ser sabio: se necesita sabiduría… y gracia”. Es conocida la influencia de Enrique Heine en la literatura romántica española del siglo de Campoamor, en nuestro filósofo está presente, como en Heine, la vena satírica y, como poeta trata también del arrebato amoroso, aunque desde una perspectiva menos romántica que la del judío-alemán, menos dramática, más distanciada y reflexiva. El eminente poeta y crítico Enrique Díez-Canedo dijo de Gustavo Adolfo Bécquer que quizá represente en la poesía española un “Heine unilateral”, influido en lo puramente romántico. En efecto, Bécquer, superior en lo lírico a Campoamor, le arrebatará a este el liderazgo y carisma de los últimos románticos. Podemos decir de Campoamor, como de Henri Heine, que su obra en general oscila entre los dos polos del humorismo y la sentimentalidad y así, afirmamos que, extinguida la falange de imitadores de Heine ‒casi todos a través de Bécquer, en el que el alemán influye “unilateralmente” [8]‒, la influencia heiniana se vino a enlazar con la escuela más realista de Campoamor, cuyo escepticismo elegante y socarronería fina, recuerdan al Heine que desprecia su propio dolor, aunque no por ello deje de quejarse mediante una ironía desgarrada, próxima a veces a la violencia verbal del sarcasmo [9].
Es difícil encasillar a Campoamor en lo estilístico o en lo ideológico, precisamente porque reniega de toda identidad:
“Yo, que desde el principio del mundo vengo separándome con mil trabajos de mi amada nodriza la materia; yo, que después de una infinidad de dolores he logrado individualizarme, personalizarme, desidentificarme de todo, no quiero que ni la gramática, ni el latín, ni la filosofía, ni la literatura vuelvan á identificarme con nada, no solo con la materia, pero ni con el mismo espíritu.”
Para Campoamor, la filosofía antigua fue cosmológica, la media lógica [10] y la moderna psicológica (Kant, “un ultrapsicólogo” [11]). Esta empezó con Descartes, “Cervantes de la caballería escolástica” que acabó con todos los follones y malandrines de la filosofía medieval, pero el “pienso, luego soy”, el hecho de conciencia de Descartes, “es un ciego que no ve más que su interior, es un prisionero condenado perpetuamente a jugar al escondite consigo mismo” [12]. El “pienso, luego soy” cartesiano será convertido por Fichte en un “quiero, luego soy” [13]. “El psicologismo es la apoteosis del más implacable orgullo, es la adoración de sí mismo por sí mismo”, de quien no hay más objeto que el modo de ver del sujeto.
Y toda la filosofía del siglo siguiente a Descartes le parece a Campoamor, más que una ciencia, una crítica, y más que una crítica, una demolición. Lo innatistas serán idealistas; los “adquiritistas” tenderán al materialismo; los materialistas piensan con los ojos, mientras los idealistas ven con el entendimiento.
Gustavo Bueno ve una cierta semejanza en los estilos filosóficos de Campoamor y Ortega, ya que su implantación en la sociedad de sus tiempos les obligó a expresarse de un modo próximo al «discurso mundano», periodístico y parlamentario…
“Ambos fueron periodistas a escala nacional (Campoamor dirigió o controló, entre otras publicaciones, El Estado; Ortega controló o dirigió El Sol), ambos gozaron de una gran fama o popularidad (la de Campoamor, según los historiadores de la literatura, sobrepasó incluso a la de Zorrilla) y ambos fueron oradores parlamentarios: Ortega durante las Constituyentes de 1931, Campoamor durante casi todas las legislaturas del reinado de Isabel II y de la Restauración”.
Nihilismo panteístico y desesperanza
De “Espinosa” [sic [14]] dice Campoamor que, tomando principios vedantas [15] y combinándolos con ideas cartesianas sobre la sustancia, el pensamiento y la extensión, ha creado el sistema filosófico más compacto, sencillo, consecuente y terrible que se ha podido inventar “para oprobio del linaje humano”. “En el horno egipcio de Espinosa” se han incubado todos los panteísmos de la moderna filosofía alemana [16]… “La consecuencia del sistema de Espinosa es la de suprimir al hombre en este mundo y en el otro”, escribirá Campoamor en el Epílogo de El personalismo (capítulo III).
Del idealismo trascendental kantiano escribe nuestro autor que es “la más clarividente, la más ingeniosa y la más admirable pesadilla que un sueño de los diablos ha podido engendrar jamás en una cabeza humana”… El término del viaje kantiano, después de todo su artificio metafísico es el país de la nada, pues “nosotros no podemos afirmar la realidad objetiva de nada, porque todo lo que está fuera de los límites de la experiencia se nos escapa absolutamente”. No obstante, Campoamor reconoce que Kant tuvo el buen sentido de resucitar a Dios, fundando su fe sobre la crítica de la razón práctica. Niega a Dios por la razón de la Razón y lo afirma por la razón de la Necesidad… “Reniega de Dios en teoría porque no lo necesita, pero lo adora en la práctica porque lo ha de menester. Este modo de ir a Dios por la razón práctica se parece bastante a la voluntad de los forzados a galeras, que nunca conocen ni la conveniencia ni la justicia de su viaje”. La filosofía de Kant concluye por convertir al sujeto en un presentimiento (puesto que como noúmeno nos es perfectamente desconocido), y al objeto en una ilusión sin más realidad que el modo de ver, imaginar y entender del sujeto (ignaro) [17]. El sistema kantiano es un mero análisis del entendimiento, un escepticismo perfeccionado, el más universal y profundo que jamás se ha predicado, pues en él no sólo el alma es una ilusión, sino también el cuerpo una mentira; tiempo [18] y espacio [19], meras suposiciones imaginarias de la mente…
A los “dubitadores de oficio” –escribe Campoamor con sorna‒ hay que hacer que les muerda un perro, pues entonces se verá lo difícil que resulta despojarse de la naturaleza humana por completo, ya que enseguida creerán en su Yo y en el perro. Lo que se supone necesariamente (como el alma libre, el orden del mundo o el Soberano bien de Kant) tiene más realidad que las verdades innecesarias. “Las suposiciones necesarias son unas mentiras ciertas” [20].
Campoamor analiza con claridad y brevedad los sistemas de Schelling y de Hegel [21]. Este último le resulta especialmente antipático y le parece risible contemplar la formalidad de sus adeptos. Para el pensador asturiano, Hegel carece de los dos méritos principales de toda obra científica: originalidad y claridad. “Hegel es el gran mistificador del género humano”, con los principios de este gran embaucador se han creado centros, izquierdas y derechas; en una palabra, de su sistema no se puede deducir nada, porque se deduce todo [22].
Reprocha a Hegel la suposición de que la tenebrosa causa de todas las causas esté dotada de voluntad, tenga un inmenso deseo de producir… “El lector no sabrá cómo puede existir un deseo que tenga un objeto, sin que este deseo se halle radicado en un sujeto; pero yo tampoco lo sé, en lo cual el lector y yo nos parecemos a Hegel”. Para Campoamor, estas quimeras intelectuales son representaciones místicas de la materia eterna e increada de Tales y Anaxágoras. El humanismo de nuestro autor salta indignado…
“No podemos leer sin indignación unos sistemas filosóficos en que el hombre y Dios brotan de una fermentación inconsciente de la materia, lo mismo que de un lago hediondo una generación de reptiles. De los hornos de estos alfareros del espíritu no sale más que un Dios creado, amasado y cocido al mismo tiempo que el hombre, a quien este puede tutear sin respeto, pues juntos han nacido y juntos se volverán á abismar en el sumidero universal, inerte, insubstancial, tenebroso, impersonal, etc., etc., etc. de la causa primitiva.”
Tales sistemas, según Campoamor, merecen la desesperación de la razón ultrajada, que es desprecio y burla. Por eso apostrofa con gracia a la Musa de la comedia, contra su corolario, el nihilismo y el totalitarismo:
“¡Inspira en mi alma algo del espíritu de Sócrates, pues si por término de mis aspiraciones inmortales he de ir a sumirme en la nada cuando muera, al menos iré divertido maldiciéndola mientras viva!”
La vocación socrática de Campoamor está probada, como el héroe socrático asume la posibilidad de cambiar libremente su destino, haciéndose cargo responsablemente de las consecuencias de sus actos [23]. Con ello afirma decididamente, en la mejor tradición humanista, la dignidad de la persona, frente a la arbitrariedad de los dioses, frente a la determinación accidental de la naturaleza o contra las imposiciones del Estado. A estas, especialmente si son totalitarias, teme el poeta septentrional:
“Si el árbol se reconoce por sus frutos, el germen de la idea de Hegel debe ser mortífero, pues después de desarrollada ha producido dos jacobinismos, uno democrático y otro despótico, más amargos que el acíbar.”
En el Estado-Dios hegeliano son más felices los que pacen que los que piensan, pues para Hegel no hay más individuo que el hombre colectivo, eterno contemporáneo de sí mismo y de Dios… De esta antropolatría o culto al hombre colectivo, se deduce el autocratismo más ciego, más irracional y más desenfrenado que puede degradar a la especie humana… “De este modo, desde el Estado-Dios de la derecha, en que el hombre es nada, pasamos al Hombre-Dios de la izquierda, en que el individuo es todo” [24].
Refiere duramente Campoamor a los Anales germánicos [25]como eco de la tropa de verdugos de las esperanzas humanas, quienes se propusieron, y cita: “la extirpación y disolución del principio cristiano, y principalmente, de las tres ideas primitivas que contiene: 1º. La idea de un Dios autoconsciente y distinto del universo; 2º. La idea de un Cristo histórico; y 3º. La idea de una continuación o duración personal después de la muerte. Estos demonios encarnados no reconocen otro Dios, fuera de la humanidad genérica, que esta degradante teoría: “La nada que desde su tenebroso seno produce todo lo que es para reabsorberlo en su abstracción sublime.” ‒ Ya estamos en pleno nihilismo panteístico, responde Campoamor. Estos “Eróstratos desbocados” no sólo pegan fuego al cristianismo; también al deísmo, a la moralidad, al sentimentalismo… Straus [sic] [26] combate la personalidad de Cristo, Bauer quiere destruir la autoridad histórica de los Evangelios, Feuerbach proclama el odio más desenfrenado contra la idea misma de Dios [27]. Campoamor llega a preguntarse qué pensaría “el bueno de Hegel” si, salido de la tumba, presenciase las orgías de estos “estupradores de todos los sentimientos vírgenes”… “El divinizador del hombre ha concluido por convertir a la humanidad en una piara de cerdos”. Y les apostrofa “¡Vándalos del otro mundo!” en nombre de un Dios que remunera, de una esperanza que alienta, de una moral que eleva y de una inmortalidad que sonríe…
Idealismo y sentido común
Sometido al dilema de tener que elegir entre los aquelarres tenebrosos de los brujos de la filosofía alemana (entregados a un charlatanismo dialéctico indigerible) y el empirismo británico (con mucho egoísmo y un poco de filantropía), el cual se burla de lo subjetivo mientras explota para sí lo objetivo, todo con franqueza y alegría… “entre la sociedad de beodos alegres y la de locos lúgubres, prefiero la compañía de los beodos alegres”.
Según Gustavo Bueno, la filosofía de Campoamor se aproxima a la “positivización” (o psicologización) de las formas a priori kantianas desarrollada por J. F. Fries, no muy lejos de la doctrina de J. Müller sobre la “energía específica de los sentidos” [28].
A la vista de los desvaríos idealistas, Campoamor llega a entender por qué pueblos tan inteligentes como el romano, el judío, el inglés o el esparciata fueron tan enemigos de la filosofía especulativa, si esta se vuelve una rancia abstracción sobre principios de nada. Y es que las ciencias, incluida la filosofía, sólo pueden interesar por sus consecuencias y la filosofía parece haber ido acaparando, precisamente y para su desgracia, aquellas cuestiones cuya resolución es indiferente a la libertad, la virtud y la felicidad del género humano…
“¿Qué me importa no conocer las cualidades esenciales de la razón, si conozco las leyes fenomenales por las cuales se rige el ser razonable? (…) Tal ha sido mi norma al escribir este libro. Inaugurar una escuela en la cual se estudien leyes, y no naturalezas (…) Bajemos de la región de las nieves de la inteligencia, y dejando de convertir la filosofía en filosofismo y la superficialidad en sutileza, escribamos con el vulgo y para el vulgo unos sistemas filosóficos que tengan claridad en sus máximas, utilidad en sus consecuencias y dignidad en su carácter. La filosofía pura especulativa es una iglesia sin fieles, y entre los sacerdotes de este culto hay filósofos eminentes que no tienen sentido común.”
Personalismo versus individualismo
De este modo, Campoamor reniega de ser un filósofo a la moderna, es decir “un loco que raciocina”, para ser con los antiguos un mero “aficionado a saber”. Y sus apuntes para una filosofía personalista no son más que actos de rebeldía por los que se ha negado a ahogar su individualidad en ese saco universal llamado género humano. No reivindica con ello un individualismo a ultranza como apoteosis de los sentidos ni apuesta por la materia sobre el espíritu. No apoya un individualismo egoísta; por el contrario, su personalismo es una deificación de la razón que entraña dominio del espíritu sobre la carne, es decir abnegación. El individualismo es para él materialista y, por consiguiente, un epicureísmo degradado. El personalismo es la más elevada expresión de un espiritualismo realista y fenomenal, que apunta a un infinito positivo.
Con la publicación de estos apuntes aspiraba Campoamor a producir en el país lo contrario a lo que en el año 1824 decía cierta universidad a Fernando VII: “Señor, felicitamos a V. M. porque ha concluido con la fatal manía de pensar”. Y es que en los españoles se pueden reconocer todas las manías imaginables, como la de “hacer tiempo”, todas, menos la de pensar.
Toda la obra del asturiano se presenta bajo el lema de la emancipación gradual y absoluta de todo lo personal…
“El personalismo es la negación de todas las sustancialidades generales, lo mismo en física que en política, que en teodicea, y a las cuales tengo un horror tan involuntario, que si supiera que por término de este calvario de la existencia me había de embeber en su sustancia, renegaría de Dios.”
Campoamor cree de todo corazón que, si el panteísmo fuese una verdad, más valiera ser cerdo que Espinosa. Y…
“Ya que Dios por medio de una elaboración de tantos siglos me ha elevado a la aptitud de que pueda arder en mi ese fuego del cielo, esa misteriosa luz del alma, no volveré a dar un paso atrás en el camino del infinito positivo. Y como no sea arrastrado por los cabellos, no me prestaré a volver a ser fundido en ningún conjunto, a retroceder hacia el infinito negativo” [29].
En las obras de la inteligencia, en el arte, el Personalismo recomienda cultivar lo que hay de individual en el estilo (novedad) y lo que se revela de personal en el fondo (originalidad). Se trata de ennoblecer la materia, de acercarse a Dios alejándonos de la ignorancia y la superstición. El personalismo nos muestra, mejor que el rayo de Prometeo, que de las masas inertes en estado de “impensancia” que al parecer de algunos ruedan por el espacio sin causa y sin sentido, podemos hacer grandes laboratorios de volición, de sentimiento y de razón. En política, el personalismo es proporcionalidad y proclamación gradual de la libertad ilimitada contra toda clase de absorción del individuo en el monstruo indeterminado e implacable del Estado. Al acto público, el personalismo prefiere la virtud privada, y en vez de ilusionarse por el poder, esa mentida gloria de este mundo, practica la excelencia, gloria imperecedera del otro [30].
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José Biedma López, Ph. D.
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Notas al texto
[1] Encuentro algunas analogías entre este concepto de inteligencia y el desarrollado por José Antonio Marina en sus ensayos.
[2] En Lo absoluto, Campoamor critica duramente a Descartes por hacer depender las verdades del libre albedrío y de la voluntad divina. Para Campoamor, Dios no puede contradecirse, por eso el todo será mayor que la parte y la justicia será siempre un bien… De modo que “las verdades metafísicas son necesarias, eternas y consubstanciales con Dios”.
[3] “…τὸ πνεῦμα ἐπιστρέψῃ πρὸς τὸν θεὸν ὅς ἕδωκεν αὐτό”.
[4] De judaísmo piensa Campoamor: “este pueblo interesante vive como la ostra, pegado a la roca intelectual de su libro”. Del Islam que es un mal plagio del cristianismo: el mahometismo ha imitado toda la parte imaginativa y ha descuidado la parte racional. “Es secta enemiga de la libertad, como todas las sectas cuyo papa es el César [Califa], vetan el personalismo y deifican la tiranía”.
[5] “Campoamor y Ortega eran liberales; y los liberales españoles solían ocupar una posición no bien definida, la posición de un ‘centro’, capaz de oscilar unas veces hacia la izquierda y otras veces hacia la derecha (Gustavo Bueno en su prólogo ya citado “Campoamor y Ortega”).
[6] Campoamor confiesa que la filosofía francesa (libros prohibidos) fue durante un largo periodo de su juventud exclusivo pasto espiritual… Luego, ya maduro, afirma: “No he buscado en la filosofía, como el ilustre romano, un lenitivo a mi dolor, sino que he hallado en ella el complemento de mi felicidad”. Por filosofía entiende la ciencia del principio de todos los conocimientos morales, del fundamento de todo poder, de la regla de todos los deberes.
[7] En su obra Lo absoluto (1865), diez años posterior a sus “apuntes” de El personalismo, Campoamor se propone ampliar su discurso de entrada en la Academia regalando “su credo metafísico más unificado, más lacónico y más sarcástico, que haya escandalizado jamás los expertos sentidos de los sabios del hecho, y de los adoradores del fenómeno”. Aquel discurso se tituló en 1962 “La Metafísica limpia, fija y da esplendor al lenguaje”.
[8] Y a través de traducciones francesas.
[9] Cfr. Luis Guarner (1934), Prólogo de 1934 a la edición del Libro de canciones (y otras obras) de Henri Heine, Aguilar, 1951.
[10] “Aristóteles y Platón fueron la Roma y Cartago de estas escuelas de niños grandes. Aquí ya no se trata, como en la filosofía antigua, de las cosas, sino de los nombres de las cosas”. El título y el final de la célebre novela de Umberto Eco expresan admirablemente este interés medieval.
[11] Porque no sólo estudia lo que hace el espíritu, sino cómo lo hace.
[12] Campoamor no comprende “cómo un filósofo tan superficial como Descartes ha impreso unas huellas tan profundas en la roca de granito de la opinión pública” (en Lo absoluto).
[13] El Yo moderno, idealista, fitcheano, proudhoniano, tendrá la arrogancia de crear a Dios. Ese Yo, Próteo nouménico y fantasmagórico que lo es todo en teoría, en la práctica acabará por ser nada, “luz y pellejo de sí mismo, el yo de Fichte parece un mono ocioso y solitario haciendo muecas enfrente de un espejo”.
[14] En los tiempos de Campoamor no había inconveniente en españolizar los nombres foráneos: Lebnicio, etc.
[15] Un extracto del sistema vedanta que pudo servir a “Espinosa” como base de su panteísmo: “Solo Brahaman existe, y las demás cosas son mera ilusión”. Por glorificar a Dios, el judío de Ámsterdam ha pegado fuego a la naturaleza. A pesar de sus ditirambos contra Espinosa, en Lo absoluto, diez años después de sus Apuntes sobre el Personalismo, Campoamor reconoce que su deseo hubiera sido imitar a Santo Tomás en el modo de pensar y a Espinosa en la manera de exponer.
[16] “Cuando, después de haber leído a Espinosa, se quieren investigar los sucesivos sistemas filosóficos, parece que se está viendo una colección de monos sabios esforzándose con gesticulaciones ridículas en imitar las hercúleas acciones de un gigante”. “La filosofía alemana no se separa del sistema de Espinosa más que en diferencias nominales”.
[17] Campoamor compara a Kant con el argumento de Gorgias: “Lo que es finito y variable es mera ilusión; lo infinito es incomprensible para el hombre; luego nada puede afirmar la razón humana”… Es decir, quien más mira, menos ve.
[18] Así como la existencia del sujeto supone el espacio, su duración supone el tiempo. “Ningún filósofo me hará disputar sobre su esencia [la del tiempo], como antes no empiece por estrellar su reló por inútil contra la pared de enfrente”.
[19] Del espacio hay cuatro opiniones, que no es nada, que es una cualidad de los objetos, un continente real o una representación subjetiva, explica Campoamor. “Escoja el lector la opinión que más le agrade”. A Campoamor, todas le son indiferentes. Existe para él el espacio porque nos lo parece, “es una cuestión de perspectiva intelectual”… “A donde quiera que va el sujeto se supone contenido en un objeto. Lo real no concibe la nada. El ser inmenso necesita la inmensidad por atmósfera”. Exista o no exista el espacio, la geometría es una ciencia de axiomas ciertos aunque parta de un principio supuesto.
[20] Refiere obviamente a los famosos “postulados” kantianos. Para el autor, la cuestión de la certeza es interminable, como todas las cuestiones capciosas. Cuando alguien ponga en duda, ya la realidad eterna del espíritu, ya la verdad temporal de la materia, manda se le cuente la anécdota del perro y se le diga: “¡Mira que te suelto al perro!”
[21] Los editores relacionaron el sistema filosófico de Campoamor con Schelling, más que con Hegel. En su prólogo a las Obras filosóficas completas de Campoamor, titulado “Campoamor y Ortega”, Gustavo Bueno confirma este dictamen (Pentalfa, Oviedo, 2003).
[22] Campoamor ridiculiza el ideísmo de Hegel con ironía y burla considerables: “La naturaleza brota de la idea como la encina de la bellota. Toda la distancia que hay entre la semilla y el árbol está llena con diferentes grados de la evolución de una misma cosa. En la bellota se halla la encina en un estado de disposición virtual, en germen, en involución, en sí; en la encina se ve la bellota realizada, desenvuelta, objetivada, para sí”…
[23] Sócrates transportó los dioses al santuario de su conciencia personal (demon), instancia personalísima y humanizadora con la que funda la ética como clave de una religión y una política razonables.
[24] Refiere Campoamor a las derechas e izquierdas de su tiempo.
[25] Suponemos que son los Anales franco-alemanes de Karl Marx y Arnold Ruge, en los que colaboró Engels.
[26] David Friedrich Strauss (1808-1874), discípulo de Hegel. Su obra más importante es La vida de Jesús, críticamente elaborada (1836). La izquierda hegeliana negaba la compatibilidad de la filosofía de Hegel con el cristianismo, al contrario que la “derecha”.
[27] Campoamor cita a muchos otros autores, al poetastro Herwegh, al profesor Wilhelm Marr…
[28] Prólogo a las Obras completas de Campoamor (Pentalfa, Universidad de Oviedo 2003).
[29] Epílogo, capítulo VI.
[30] Hay desde luego en el personalismo de Campoamor aspectos periclitados como el patriarcalismo o la caridad (que hoy podríamos traducir por solidaridad) o el elitismo censitario… No obstante, su objetivo principal es humanista e inmarcesible, pues “le dice al Lázaro de la dignidad humana: ‘Levántate y anda’”.
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