El retrato de San Juan […τὸ μὲν σῶμά ἐστιν ἡμῖν σῆμα…]- José Biedma López

El retrato de San Juan […τὸ μὲν σῶμά ἐστιν ἡμῖν σῆμα…]- José Biedma López

Overview

El retrato de San Juan […τὸ μὲν σῶμά ἐστιν ἡμῖν σῆμα…]

***

***

El retrato de San Juan […τὸ μὲν σῶμά ἐστιν ἡμῖν σῆμα…]

Son casos de providencial azar, sucesos sorprendentes y encuentros con significado… En el ensayo de un filósofo de la ciencia norteamericano, sobre “Brunelleschi y la invención de la perspectiva”, publicado por la universidad de Chicago en 1999, en el que Paul Feyerabend reflexiona sobre la función del arte, halla don Lope referencia ejemplar a los Hechos de San Juan o, por decirlo mejor a los Actos del santo apóstol y evangelista Juan el Teólogo.

En efecto, el arte no siempre se esforzó por ofrecer representaciones verosímiles, sublimadoras o bellas de la realidad; tuvo durante mucho tiempo y en diversos pueblos y edades propósito de ayudar mediante magia al observador, con obras artísticas que valían también por artefactos útiles y reforzaban también cohesiones sociales. Paul Feyerabend, sutil ácrata de la epistemología contemporánea, ensaya demostrar que lo mismo podría aplicarse a determinadas ideas científicas…, pero esto no viene ahora al caso.

El caso es que Lope atinó graciosamente (y gratis) con un ejemplo ilustrativo del conflicto entre la congruencia geométrico-cromática y los valores espirituales en los apócrifos Hechos de Juan, escritos cristianos de Asia Menor durante el segundo siglo de nuestra era. El texto cuenta cómo Licómedes, un importante magistrado de Éfeso, y su mujer de nombre Cleopatra (sí, igual que la famosa reina de Egipto) murieron repentinamente y de qué modo el apóstol y discípulo bien amado de Cristo los resucitó milagrosa y sobrenaturalmente, hecho que (como es natural) llevó a Licómedes a convertirse al cristianismo y a ofrecer su casa al santo y a la comunidad cristiana de Éfeso, a la sazón en crecimiento moderado.

Para mostrar su gratitud, Licómedes quiso que Juan fuese artísticamente retratado y para ello, a sabiendas de que, de proponérselo directamente, se negaría por cristiana modestia (prefiero hablar de “modestia” a decir “humildad”, afección que denostaron Aristóteles y los peripatéticos como autoestima insuficiente), el notable efesio contrató a un profesional de la pintura para que observase al apóstol de Jesús durante unos días y lo pintase en secreto. Una vez retratado el santo varón, el magistrado colocó el cuadro en su habitación sobre un altar y lo adornó con flores y velas.

Sucedió que un buen día Juan vio el cuadro. Como jamás se había mirado en un espejo ni había visto en ningún monitor su propio rostro reflejado, pensó que se trataba de un ídolo y preguntó al fraternal amigo:

– ¿Quién es este hombre? ¿Tal vez, uno de tus dioses?

Licómedes le trajo un espejo y Juan, comparando la figura de sí mismo que veía en el espejo y la representación de la pintura, dijo:

– ¡Como que vive el Señor Jesucristo! Este retrato es semejante a mí. Sin embargo, hijo mío, no es ni retrato ni semblanza mía, sino sólo de mi imagen carnal, pues el pintor que imitó mi rostro usó líneas, geometría y colores para imitar este semblante, las arrugas de esta piel, la posición de mi cara, su silueta y todas las cosas que el ojo ve. Pero tú, Licómedes, serás el mejor pintor para mí, porque tú tienes los colores que Él te da través de mí, Él, que pinta a todos nosotros, incluso a Jesús, que conoce las formas y las apariencias y las posturas y tipos de nuestras almas… Pero eso que tú has mandado hacer aquí es pueril e imperfecto: tú sólo has ordenado dibujar la imagen muerta de un muerto.

¡”La imagen muerta de un muerto”! Eso y no más es todo icono por mucho que lo tomemos por ídolo. “Sombra de sombra, copia de copia”, que podría decir un platónico ortodoxo. La suave riña con que Juan corrige a Licómedes recuerda a Lope la que Sócrates dedica a Apolodoro cuando este le lleva al maestro una veste de lana fina y bien trabajada para que le sirva de elegante mortaja cuando le ejecuten dándole de beber la cicuta. Apolodoro le regala el manto con la mejor de las intenciones, pero Sócrates le regaña diciéndole que no ha comprendido nada si piensa que lo que verá en sus “restos mortales” tiene algo que ver con “el verdadero Sócrates”. O sea, que el Sócrates real es ideal o imaginado, espiritual o sobrenatural, y ya no está en eso que se descompone, el Sócrates-cadáver. El Sócrates real como el San Juan real es pintura de los dioses, criatura divina. En fin, que el alma es otra cosa que el cuerpo. Análogo reproche al del Tábano ateniense formula San Juan, para el cual, como para el orfismo y el pitagorismo, el cuerpo no es más que una cáscara temporal. El cuerpo es un sepulcro; una tumba; “σῶμα σῆμα (sōma sēma)”, era el expresivo laconismo, la letanía que expresaba este dualismo antropológico que marcó el neopitagorismo de Moderato de Gades y el platonismo, el neoplatonismo pagano y, claro, también el neoplatonismo cristiano, el cartesianismo y toda nuestra cultura judeo-greco-romano-cristiana.

En otras palabras –concluye Paul Feyerabend en el ensayo que Lope ha encontrado afortunadamente en La conquista de la abundancia (Paidós, 2000):

“Un realismo óptico que se concentra en los colores y la geometría deja fuera la vida y el alma”. Es decir, “los estereotipos que se concentran en las apariencias visuales de las superficies que definen un rostro humano, no se pueden acomodar a los estereotipos de la espiritualidad”.

Los Hechos de Juan, tenidos porapócrifos, incluyen el viaje del apóstol desde Jerusalén hasta Roma, su encarcelamiento en la isla de Patmos y su muerte en Éfeso. Se asoció a Juan con trascurso o denuncia del docetismo, una temprana herejía de los siglos I y II que negaba el cuerpo de Cristo y afirmaba de la apariencia física de Jesús que, o bien era mera ilusión, o bien un efecto aparente en nosotros de su espíritu purísimo. “Docetismo” viene de la koiné helenística: δοκεῖν/δόκησις, dokeĩn, parecer, aparecer, dókēsis, aparición, fantasma; el nombre plural δοκηταί, dokētaí, ilusionistas, refiere a los círculos que negaron la humanidad de Jesús (“Hijo de Dios”, pero no “Hijo del Hombre”).

El docetismo apareció por primera vez en una carta del obispo Serapión de Antioquía (197-203), que se inspiraba en un Evangelio de Pedro que luego fue tenido por falsificación. El gnosticismo no podía comprender que el Hijo de Dios padeciese la imperfección de la materia ni que el puro espíritu “Hijo de Dios” padeciese las limitaciones y sufrimientos de la carne. Una sentencia clave del Evangelio ​de Juan –tenido por “apóstol del misterio de la Encarnación”– viene a proclamar precisamente que “la Palabra se hizo Carne” (I, 14). Y sin embargo, y paradójicamente, el “Evangelio de la Luz”, aceptado como doctrina verdadera por la Iglesia, texto canónico del autor del enigmático Apocalipsis, es tenido por el más cercano al gnosticismo de los Cuatro Evangelios; de hecho, poco antes, Juan deja escrito que la Palabra (Logos), “luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo” (I, 9), “no nació de sangre, / ni de deseo de carne / ni de deseo de hombre, / sino que nació de Dios” (I, 13), para concluir en I-18 afirmando la espiritualidad inmaterial de Dios: “A Dios nadie le ha visto jamás” (I, 18).

No hay espejo material que pueda ofrecernos figura Suya.

***

José Biedma López

Cerros del Santo Reino, a 1 de Enero de 2026

About Author