El romanticismo de E. T. A. Hoffmann – I – Dolores Alcántara Madrid

El romanticismo de E. T. A. Hoffmann – I – Dolores Alcántara Madrid

El romanticismo de E. T. A. Hoffmann – I

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El romanticismo de E. T. A. Hoffmann – I

En las páginas que siguen se intenta una aproximación al romanticismo de E. T.A. Hoffmann a partir de trece cuentos publicados en dos volúmenes por Alianza Editorial y traducidos por Carmen Bravo-Villasante en 1986. ¿Por qué no incluir o preferir alguna de sus novelas, más conocidas por el público general, y también el cultivado? Probablemente por considerar injusta la valoración que hizo Marcel Brion, gran estudioso del romanticismo, de los relatos breves de Hoffmann, muy desfavorecedora en relación con sus creaciones “mayores”. Sucede que la maestría se muestra con mayor claridad en un relato breve, más que en los grandes espacios, donde corre el riesgo de la dispersión. La autora de estas líneas es una amante de lo fragmentario, en el cual considera que cualquier visión filosófica, religiosa y literaria se expresa con mayor intensidad, aunque sea la intensidad del fogonazo, que deslumbra e impacta la retina durante unos segundos que pueden parecer mucho más…porque lo es. Si se trata de repercusión, la lectura de los cuentos seleccionados apunta a provocar seducción, temor y hasta temblor, si nos atrevemos a darle algún viso de verdad a la realidad en la que penetraremos. No hay desperdicio en un escritor como Hoffmann. Atendiendo a lo que exponen las siguientes líneas espero que os animéis a descubrirlo.

Los hombres y a su alrededor “un mundo misterioso de espíritus”. Una realidad doble, ambigua, que revela una faz oculta y estremecedora, desconocida. Lo diafano no es más que pura apariencia, engaño propio del carácter de todo lo humano. Porque quien cree vivir no lo hace, y quien sueña, vive realmente. La Vida no ha de ser escisión ni desmembración forzada entre razón y sentimiento, conocimiento e imaginación, materia y espíritu. Hoffmann aspira a una Vida que supere las divisiones y, con ello, el dolor por la falta de plenitud que le mantiene en ese estado indefinido entre el sueño y la vigilia. La Verdad sólo es posible en una totalidad de extremos integrados, pues es única y no se ofrece a la reconstrucción racional de un análisis deductivo, sino que se muestra completa e ineludible en un brillante intuir del espíritu, pues es espíritu mismo, y en él permanece con la eternidad patente de la inmortalidad en los hombres.

Al sumergirse en el Inconsciente, ese pozo sin fondo, se liberan de sus angostas profundidades lo divino y lo demoníaco. El vampirismo y lo fáustico son manifestaciones de esa maldad que se instaura en lo humano y que puede llegar incluso a destruir la bondad, o a disolverla en apariencia, siempre falsa apariencia. No importa que el hombre interior permanezca agazapado y durmiente: despertará, aunque puede que demasiado tarde. Tal es el flujo fatal de los acontecimientos. Una misteriosa reunión de casualidades, el mal cubierto de bien o un azar tentador. El torrente tempestuoso y brutal del destino muestra el romanticismo de Hoffmann, tanto como su profunda amargura. Acaso, como diría Calderón, la vida es sueño. Pero un sueño trágico y horrible si niega la libertad de la voluntad, de la creación artística, del amor verdadero. Debe ser un sueño. No es posible una fatalidad tal que anule la fuerza de nuestra voluntad. Por esa razón nos la presenta Hoffmann como una prolongación lógica de nuestros actos y nuestras tendencias, aunque a veces también logre la felicidad soñada. Podemos, sin embargo, seguir ignorando ese mundo invisible, y hasta negarlo, pero irrumpe en los acontecimientos. De nada sirve intentar convertirlos en superficial inconsistencia, como intenta el anciano barón con los sueños. Al temor de la vejez, una versión del miedo que subyace en todas las opiniones ilustradas, opone Hoffmann el atrevimiento de la juventud, su espontaneidad y su capacidad de apertura a una nueva comprensión del mundo.

Constante es la crítica a la Ilustración en la obra de Hoffmann. Si bien no rechaza un marco de racionalidad útil para la explicación de los fenómenos, lo que no acepta es que esa sea la racionalidad ilustrada. Hoffmann quiere ampliar el ámbito de la razón, liberarla de los límites materialistas en que la había encerrado el pensamiento ilustrado, límites seguros, pero parcializadores. De la Ilustración heredan los románticos una realidad escindida y unas facultades aisladas en compartimentos estancos, además de la irreductible oposición de las sustancias. Una realidad material para seguridad del entendimiento y angustia de la razón. El ilustrado reconocía, sin embargo, ese otro aspecto de lo real: el espíritu y sus misterios. Advertía la incontrolada efectividad de los sueños, pero renegaba de su significación e importancia. Con sus explicaciones fisicistas convertía la inteligencia y la imaginación en facultades casi físicas. Le repelía la ausencia de control y de mesura, la falta de reglas, y aplicaba al arte una rígida censura, que lo era para el artista, encauzado siempre en las lindes de lo que tales reglas explícitamente imponían. Todo conocimiento sobre lo fenoménico procedía por erudición y sistematización. Era el sueño del conocimiento, tal y como lo retrata Hoffmann en Datura fastuosa (El bello estramonio).

En este cuento la vida de alguien dedicado al conocimiento científico es vulgar apariencia de verdadera Vida. El protagonista, ese joven de alma romántica y pura como la de un niño, aunque recibe la sugerente invitación de abandonarse a ella, permanece en su error. Pretende negar, sin saberlo, su cualidad propiamente humana: su aspiración espiritual. A la vacuidad de la vida escindida, Hoffmann opondrá lo revelado en los sueños. Para el protagonista, que se reconoce arrojado a los misterios indescifrables de la Vida, el sueño es puerta abierta más allá del conocimiento. El Sueño es la expansiva vivencia de esa Vida que, como río oculto a los ojos de cualquier objetivista, fluye continuamente, deparando al que quiera penetrar en su interior toda suerte de misterios. Sólo una Vida plena tiene la firmeza de una realidad autosubsistente. Sólo en ella desparecen las contradicciones del pensamiento ilustrado. Tal Vida se encuentra en una subjetividad espiritualizada que no se encadena a la materialidad, no en una exterioridad transformada. Acceder al principio espiritual del hombre, al Inconsciente, y desde allí realizar un esfuerzo de la voluntad por romper las aporías ilustradas, es algo que exige el tránsito por el País del Sueño. Por ello el protagonista de Datura fastuosa sufrirá el engaño de un falso sueño: tentado y seducido por la carne, al tiempo que entrevé el ideal del Amor y la Música. Es un error pretender vivir en un sueño, nos dirá Hoffmann. Se ha de atravesar la jungla del sueño para alcanzar una realidad superada. En el Sueño se desvela la mediocridad del pasado y la promesa de un futuro de plena realización. Escisión es apariencia, sea en brazos de la luz de la Razón o de la transparencia del Sueño. En ese juego entre realidad y apariencia la Vida permanece, en su ambigüedad, como el único misterio. La Vida es ideal de espiritualidad que reunifica los contrarios armónicamente. Es comunión entre el hombre y la Naturaleza. Hoffmann comparte con Novalis el deseo de superación de las divisiones y la preponderancia de lo espiritual sobre lo material y, como los románticos alemanes, quedará prendido del espíritu. Uno de los costados de lo humano, el más noble y sublime, más sólo uno de ellos. A diferencia de Novalis, Hoffmann no tenía formación científica. Es característico su desprecio por toda explicación física de los fenómenos del espíritu. Aunque como Novalis y Jean Paul recibió la influencia de Ritter, Hoffmann no duda en mostrar su rechazo hacia cualquier medio físico para explicar el Inconsciente o el Sueño.

Así aparece muy claramente en la repugnancia con que describe a los magnetizadores en sus cuentos. El magnetismo, principio de influencia externo al psiquismo, es considerado como una vulgar manipulación cuyo efecto en las relaciones amorosas es destructivo. El entusiasta joven y romántico que, en su ingenuidad, cree en los buenos usos del magnetismo, desconoce ese ambiguo carácter de lo misterioso y lo espiritual. Hoffmann conocía las leyendas y las historias en las que se narraban los extraordinarios logros de magnetizadores como Swedenbogr, Beireis o Cagliostro. Sin embargo, describe al magnetizador como un individuo siniestro, casi fáustico, que muere de una manera horrorosa. El magnetizador realiza sus prodigios a través de los sueños, un elemento más que nos permite advertir la continua y esforzada demostración de Hoffmann de esa doble naturaleza de todo lo humano. El Sueño no es fuente inviolable de Verdad. El Inconsciente puede ser impuro, manchado o bloqueado por una acción externa que, en el caso del magnetizador, tiene siempre un propósito malvado. Del conjunto de Cuentos nocturnos es en un fragmento de El magnetizador donde nos desvela su auténtico carácter y sus fines. El magnetizador es un personaje que, quizás dotado de unas cualidades innatas, cree en la superioridad del espíritu sobre la materia: su postura anti-ilustrada, su atrevimiento romántico al afirmar la divinidad del hombre. El principio espiritual en el que cree es el magnetismo, pero no duda en disponer de todos los medios materiales a su alcance para conseguir sus fines. La aspiración al conocimiento se transforma en deseo de dominio, de poder. Algo que no puede más que dañar a otros. La respuesta de Hoffmann a estos individuos probablemente pueda identificarse con la del pintor Bickert en El magnetizador.

Hoffmann nos remite al mito de la Edad de Oro: un tiempo remoto y lejano en el que el hombre vivía en comunión con la Naturaleza; un tiempo en el que la armonía se manifestaba en la música de las esferas. Pero ese tiempo quedó atrás y es la causa del terror que experimenta el hombre ante lo misterioso, lo espiritual, perdida aquella sintonía íntima. Hoffmann no defiende volver a esa Edad de Oro, ni siquiera cree en esa posibilidad. Puede que la Música sea la única vía para superar la escisión que, desde aquella separación, nos define. Su rechazo a los medios físicos para realizar esa tarea es absoluto y reniega de las pretensiones de los magnetizadores. Es el espíritu el órgano y es la música el medio que responden ante “el presentimiento de lo infinito” que late en la Naturaleza. No propone buscar un conocimiento que supere al hombre, sino recuperar la unión con la Naturaleza. En este punto incide con particular originalidad el tratamiento hoffmanniano del tema del Prometeo.

Es en virtud de su humanidad que siente el romántico la llamada a sobrepasar su finitud. El Inconsciente descubierto en el Sueño es el oscuro pozo del espíritu: una breve marca de inmortalidad en el hombre. La inmortalidad es un rasgo divino, y el romántico, aun sabiéndose mortal, desmesura su cuasi-divinidad como un renacido Prometeo. El personaje del mito era un semi-Dios que robó el fuego a los dioses. Su soberbia fue severamente castigada. Un frustrado y desengañado Prometeo sólo puede ver en ello lo limitado de las aspiraciones humanas, que debieran permanecer en lo finito. El protagonista de La iglesia de los jesuitas condena toda pretensión ideal y superior, considerándola engaño diabólico. El Prometeo está maldito por sus tentaciones, verdadera locura. Mas la condena de Hoffmann al mito y figura del semi-Dios, centrada en este cuento en un pintor, no es total. Si el pintor ha sido penado, no es tanto por la elevada tentativa de sus fines, sino por convertir a su ideal -como tal, puramente espiritual- en una forma sensible, finita, encerrada en lo material. La ansiedad prometeica creativa del romántico no sería criticada por Hoffmann si no en su realización terrenal: la realización del ideal lo destruye. Cualquier tipo de fisicismo materialista repugna a Hoffmann y provoca su rechazo de los magnetizadores, de los autómatas y sus creadores. También el magnetizador es un pequeño Prometeo que desea la llama del conocimiento de los misterios de la Naturaleza y del hombre. Y como personaje mítico, es castigado por la Naturaleza, diosa y “madre de todos y de todo” que temería de la perversión humana ser descubierta tras su velo. El magnetizador penetra con malas artes, con procedimientos físicos, en el ámbito del conocimiento prohibido. Todo conocimiento, por humano, es imperfecto. Y en la imperfección de los medios empleados por el magnetizador se funda el juicio que de él hace Hoffmann, así como el castigo que para él imagina. Lo prometeico como ansia del romántico es criticado y condenado por Hoffmann cuando supone violación del espíritu o profanación material de los misterios de la naturaleza. Solo unos pocos, y sin ellos saberlo, irrumpen en el mundo espiritual sin ser dañados. Aquellos que se unen en pureza espiritual con la otra realidad, que la recrean o reconstruyen; aquellos cuyo psiquismo rebasa lo racionalmente comprensible y mantienen con constancia premoniciones, presentimientos, sensaciones de “déjà vu”. Estos no trastornan el orden natural de las cosas ni extraen del Inconsciente más que ese flujo, a veces placentero, a veces malignamente tentador, de revelaciones e ideales de ensueño.

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Dolores Alcántara Madrid

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Categories: Crítica Literaria

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