En época de rosas – «El sueño de la Primavera» [Primera antología breve de poesía] – XII – Francisco Layna Ranz

En época de rosas – «El sueño de la Primavera» [Primera antología breve de poesía] – XII – Francisco Layna Ranz

En época de rosas

El sueño de la Primavera – Primera antología breve de poesía – XII

 

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Marc Chagall – Le poisson volant [1956]

Los viejos que flotaban

I

(suelo)

Subieron por los aires aquella mañana de llovizna casi textil, hilo de flor en el nimbo.

Los que tenían los paraguas abiertos

nunca descendieron

nunca volvieron.

Los demás fueron cayendo, algunos en un escalofrío de la luz, otros cayeron sobre una pradera de pájaros que se acercaban a ver, recién llegados, tendidos como penínsulas enteras.

Y contaron su altura.

Nos dijeron: el pasado es una probabilidad. Hagámoslo despacio. Pidamos café y hablemos de las opciones. El pormenor es cosa nuestra, el polvo y la gravedad que flota.

Déjenme decirlo: todo aquello que fuimos flota sin tiempo y puede caer sobre cualquier suelo.

Eso es lo que en verdad vimos: suelo.

Mientras, otros buscaban pero sabemos que nunca cayeron. Los que tenían paraguas abiertos no volvieron con nosotros, no fueron devueltos. Para siempre se quedaron en la altura lenta.

No barcos fantasmas, sino esqueletos que cuelgan del firmamento, empuñadura, varillas, huesos vestidos y calzados. Muertos en los confines del oxígeno.

Los otros contaron su altura y nos dijeron.

He aquí la importancia del testimonio: según la veleta, el cataviento, fuimos el arbitrio y el instante,

todos nosotros cayendo

sobre una pradera de pájaros recién llegados.

II

(sitio)

Mira: la manada ahí de gacelas negras.

Abrevan en paz bajo la barbilla de la luz. Parece Dios conforme con lo que sucede.

Hasta que caen los primeros cuerpos, en lento dejarse, aquí mismo, detrás de las aguas, allí a lo lejos, donde suena la claridad y las mujeres se peinan unas a otras.

Un muchacho grita con la voz en llamas: ¡han caído los viejos, han caído los viejos!

Las gacelas corren en dirección a Dios, y todo deja de ser lo que era.

Caen como plumas, como plumas abrasadas por la nieve.

Vienen para decirnos el error. La nueva enunciación Yo escucho detrás de las puertas. Parece un miedo al menos sin cuerpo. Un miedo sin principio.

El infinito es anterior, nos dicen los caídos. El misterio está en lo sucedido. Y solo crece sin fin aquello que abandonó el instante. Nos dicen: la esperanza está en lo que sucedió, incluso antes.

Los que se acercan a observar lo hacen con velas en las manos: quieren reconocer gestos, voces, quieren verificar el color de la mirada.

Pero nadie cayó en su sitio.

Esa es la verdad: nadie cayó en su sitio.

 

III

(mientras)

Mientras es la única opción que ofrece seguridad.

Así hablan día tras día los que imponen consecuencias. Tú sabes bastante de esa primitiva labor.

El pájaro muere y en el suelo queda la sombra perenne de su muerte.

Ahora está aplastado en la calzada, en un mediodía voraz, según la luz cenital de lo que concurre. Es carne muerta, se vocean los que caminan.

Nadie te escucha, nadie te espera. Solo es martes de poquísimo organismo y escasa altura. Cuando cayeron los viejos, te acercaste con velas y corrías sin orden buscando el encuentro.

Era un martes de invierno y ninguno cayó en su lugar de origen, ajenos a cualquier elección.

Hábito, constancia en el aire, hasta que leyó en la encrucijada el oficiante mayor: no son los nuestros, no lo son.

Algunos cayeron en febrero, otros en el mar, los últimos en la planicie.

Cayeron antes de cualquier momento, en un calendario abandonado a la suerte del temporal.

Momentos, sin duda, que no son nuestros. Ni la duración ni la edad, ni siquiera la mueca o el acento.

Todo aquello que fuimos flota sin tiempo y puede caer sobre cualquier suelo.

Eso es lo que en verdad vimos: suelo.

 

IV

(ocasiones)

Ruega el invierno acercarse a mis hijas.

Así hablaba cuando fallecía el primero de los caídos.

La esperanza está en lo que sucedió, incluso antes.

Ahora entenderás que el infinito sea anterior, al menos en ocasiones.

[de Tierra impar] [1]

*

Los detalles del pez

1

No quiero adentrarme.

Es agradable seguir fuera y borrar lo que tenga que ver con la aspiración. No hablo de la desobediencia de la letra “h”.

No quiere ser muda, nunca quiere ser intercalada, nunca por imposible se ve en final de palabra. No se conforma, pero es inútil. Sucede y casi nadie se percata.

Escuché en la calle que alguien decía: no me interesan los kilómetros.

¿Qué quiso decir? ¿La distancia incurre en exageración cuando se sufre?

¿O te adoro y es un capricho de la edad eso que llaman espíritu, cautela, ayuda?

Mientras estemos vivos los detalles siguen siendo importantes. ¿O no crees que una buena pronunciación ayuda en los trámites?

Mañana, a estas horas, en Amsterdam compraré lo necesario.

Conmigo vienen Marta y Elia. Leo en el libro que las dos son conclusión y no causa.

Algo parecido suele ocurrir con la lluvia, excepto en caso de catástrofe.

Todo cuanto allí suceda será en mi beneficio.

Sucederán al mismo tiempo las ganas de llor

 

ar y las ganas de cambiar de nombre, hasta que se forme algo parecido al barro. A veces creo que se trata de la misma cosa.

La costumbre dice que alguien demanda sencillez porque el relato es en exceso una miniatura.

Jamás pretendo que el sentido atraviese como si fuera indulgencia, pero arriesgo y declaro que me causa horror convertir el beso en separación.

¡Qué pobreza, insisto, hablar de la familia porque ya no queden olas o se las hayan llevado muy lejos! ¿Más claro ahora? ¿Mejor?

Sí da la impresión que al final todo se reduce a una cuestión de distancias. Esta es una gran idea.

Dadas las circunstancias se reinicia el relato sin saber dónde y cuándo.

Estarás conmigo en que siempre nos preocupamos de la continuación. ¿Por qué no hablar de su contrario? Continuar es tarea pendiente. No tiene mayor mérito.

Pocos son los que se manejan bien ante lo que les es negado. El sabor en las encías, se lamenta la vieja. También vale la axila que se abre y poco a poco se llama Islandia, agua que se sabe agua, Natalia.

Nadie lo mira y un hombre enciende una cerilla de fósforo. Es un gesto atávico. Se trata tan solo de pulsar: la cámara de fotos, la máquina de escribir, el teléfono. Un dedo y algo sucede: el francotirador acierta en la frente iluminada por la frágil llama.

Aunque también dos mujeres pasean bajo el mismo paraguas y en sus zapatos no cabe mayor belleza. Cada charco que pisan se transforma en una sábana gaseosa. Ovidio Nasón se hubiera dado cuenta.

Yo tampoco quiero ser la letra final de una palabra. Mi mudez no es gramaticalmente perfecta, y el cuerpo que soy, es y será papel carbón. Otro atavismo.

Tan solo un golpe de gracia y los antepasados vuelven a maquillarse.

Una de mis abuelas era de baja estatura. La otra muy alta. No se gustaron, pero se preguntaban por sus cosas y usaban la misma colonia.

Eso hacía difícil diferenciarlas. Yo jugaba a intercambiar partes de sus cuerpos y las convertía en tren y en bodegones del XVII flamenco. Perdices, cebollas y ramos de escobas. La luz, claro, adornada de perlas.

¿No era señal de pobreza traer a colación la familia?

Publio Ovidio Nasón era el mayor experto en los cuerpos nuevos.

Otra vez un chasquido de dedos y el zepelín se remonta sobre las fábricas abandonadas. Los fotógrafos municipales pulsan el disparador.

Domingo por la mañana a pesar de que las fotos digan lo contrario.

Así transcurre mucho tiempo y entre una semana y otra apenas hay cabida.

Por eso acumular no conduce a nada, a lo sumo un permiso especial sin saber muy bien el significado y alcance.

El propietario de la tabaquería le ha dicho adiós con la mano, el universo sin prototipo ni esperanza, pero clava una sonrisa en el hombre que se despide.

Yo también estuve ahí, esperando gesto, respuesta, algo que diera a mi vida forma o procedimiento.

Hay quien reconoce que disfruta el discurso de un pájaro sobre un tendido eléctrico… ¿Es envidiable o es indicio de muerte?

En mi caso es bastante más complicado porque no acepto que las palabras remitan a la paciencia o a la salud.

Me desespera la calma de los ancianos.

 

2

Quizá si escribiera una carta a mis padres…

Están muertos y sabrán entender todo lo que no cuento.

Esa es mi propuesta: convertir lo inexpresado en la única categoría de verdad.

Es algo más seguro que confiar en el placer y en las buenas intenciones.

Porque en el último momento dos hombres se encuentran y cada uno reconoce en la mirada del otro que ellos leyeron desnudos.

El mayor admite que una vez llamó caballo mortal al pecho de una mujer.

Les causa tristeza. No aprenden nada y deciden intercambiarse los abrigos.

Observo la escena, hago del pormenor una molécula que se muere.

Las cosas se están marchando y yo siento una mezcla de vergüenza y pelusa caliente en los ojos.

Me pregunto si es el momento de encender la cerilla.

Supongo que ahora todo el mundo entenderá que no quiera adentrarme.

¿Por qué cuento esto? Porque son las doce y veintinueve y no es secreto que Natalia es nombre de axila recién surcada, excepto en caso de catástrofe.

Para evitar malas lecturas es recomendable algún detalle:

Uno: discutir a carcajadas es una trampa para liebres que saben correr de espaldas.

Mary Ruefle se desnuda para mí y yo doblo y guardo su ropa en un armario de Manila, colonial.

Le suplico que no se saque los pendientes eduardianos, pero abandona la habitación

y es entonces cuando veo correr de espaldas a la liebre. Alguien me nombra y yo cuido que no se acerque.

Dos. En aquel cementerio todas las lápidas tienen el mismo nombre. Un joven se resiste y muere en los ojos del cuervo que vigila. Es fundamental que la eternidad sea siempre la misma.

Tres. Por la noche la mujer llena de azúcar sus zapatos. Canta en portugués. Después de todo, tener miedo es tan probable como cualquier alimento.

Con estos tres ejemplos se pretende demostrar que en la lujuria las ideas sirven de poco.

Cuando llegue a tus manos, la impaciencia y el error florecerán en el estiércol. Fin

 

[Oración en 17 años] [2]

 

***

Francisco Layna Ranz

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Notas

  1. Francisco Layna Ranz. Tierra impar. RIL Editorial, Santiago de Chile / Barcelona, 2018. ISBN: 978-956-01-0611-7.
  2. Francisco Layna Ranz. Oración en 17 años. RIL Editorial, Santiago de Chile / Barcelona, 2019 [En prensa].
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