Ensayo sobre la cueva, o la «habitación propia» de los hombres – I – Fabio Vélez Bertomeu
Overview
Ensayo sobre la cueva, o la «habitación propia» de los hombres – I
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Ensayo sobre la cueva, o la «habitación propia» de los hombres – I
- Introducción
Hace unos meses, la escritora croata Slavenka Drakulic, publicaba Mileva Einstein, teoría de la tristeza. Mileva Einstein no sólo fue el primer amor, la esposa y la madre de los hijos de Albert Einstein, sino también una prometedora científica que colaboró decisivamente en los descubrimientos de su marido, desde su campo de especialidad: las matemáticas. Como solía ser el caso, su historia y su persona quedaron opacadas por el éxito arrollador de su esposo.
En esta novela, Drakulic ensaya un ejercicio de reparación histórica sirviéndose de la ficción para ello. Sin embargo, hay dos elementos, sobre los que pivota este artefacto narrativo, que tienen que ver con dos cartas reales que se envió la pareja.
En la primera, datada el 18 de julio de 1918, se transcribe una carta de Albert Einstein en la que se puede leer lo siguiente:
Condiciones:
A. Te vas a ocupar:
1. De que mis trajes, ropa interior y sábanas estén limpios.
2. De que reciba tres comidas diarias en mi habitación.
3. De que mi dormitorio y estudio estén limpios y, especialmente, de que mi escritorio lo utilice sólo yo.
B. Te abstendrás de cualquier relación conmigo, salvo que sea necesario por motivos sociales. En especial, renunciarás a:
1. Que yo pase tiempo contigo en casa.
2. Los viajes juntos.
C. Al tratar conmigo, cumplirás estas reglas:
1. No esperarás de mí ninguna intimidad ni me lo reprocharás de ninguna forma.
2. Si lo exijo, dejarás de dirigirte a mí.
3. Si lo exijo, saldrás de mi dormitorio o estudio enseguida y sin protestar.
4. No me harás de menos frente a nuestros hijos, sea con tus palabras o tu comportamiento. (2023: 8, cursivas mías)
Más allá de las condiciones vergonzosas y machistas que rezuman cada de las claúsulas de lo que parece más un contrato que una carta entre una pareja, llama la atención la cuestión espacial. Más en concreto, tanto la demanda de privacidad por parte de Einstein, como el hecho de que se destinara uno de los cuartos existentes en el hogar al trabajo y a la intimidad puramente masculinas. Esta cuestión, sin duda, invita a la reflexión.
Un contrapunto a esta estampa lo puede poner Una habitación propia de Virginia Woolf (2008 [1929]). En este multicitado texto, Woolf se interrogaba acerca de las condiciones necesarias para la creación artística e intelectual y se respondía como sigue:
La libertad intelectual depende de cosas materiales. La poesía depende de la libertad intelectual. Y las mujeres siempre han sido pobres, no sólo durante doscientos años, sino desde el principio de los tiempos (…) Por eso he insistido tanto sobre el dinero y sobre el tener una habitación propia (2008: 78).
Aunque el tema de la autonomía de las mujeres, desde mi punto de vista, está mucho mejor tratado en Tres guineas (1999 [1938]), donde el acento se pone más en el trabajo remunerado que en el propio dinero, lo importante en cualquier caso es la doble dimensión material imprescindible para la libertad intelectual, a saber: independencia económica y un espacio propio dentro del espacio doméstico para poder pensar y crear.
Huelga hacer una parada para empezar a dimensionar la importancia de estas lecturas y estos presuntos hallazgos, así como de sus posibles interrelaciones. Todas estas lecturas resultan sintomáticas si se leen con perspectiva de género. Es decir, si se interpretan teniendo en cuenta la socialización de los géneros y la distinta distribución de los espacios en función de estos [1].
En este sentido, es importante advertir que tanto disponer de un estudio (para el trabajo intelectual masculino), como reclamar uno propio (para el trabajo intelectual femenino [2]), supone una suerte de cuestionamiento a las delimitaciones tradicionales de los géneros en su relación con el espacio. Y, aceptado esto último, conviene no olvidar que este reparto tiene aplicación, sobre todo, en contextos occidentales. Pues esta división tan nítida de los espacios, con sus respectivas divisiones sexuales del trabajo (trabajo productivo y reproductivo) y sus esferas de poder [3], no encajan en otros contextos ni en otras clases sociales [4].
Itziar Ziga, por ejemplo, ha sido una de las feministas que han cuestionado las condiciones que reclamaba Woolf para la creación libre. En su ya célebre texto, Un zulo propio (2009), señalaba lo siguiente:
No pretendo despreciar a la gran escritora [Woolf] por el hecho de que fuera una burguesa blanca acomodada. La habitación propia de la que habla Virginia no es sólo física. Sobre todo hay que dotarse de una estancia interior inexpugnable, o al menos saber que tan sólo se alquilará a proyectos ajenos por horas, nunca a tiempo completo. Se puede escribir sin una habitación materialmente propia pero no se puede escribir sin este precioso zulo interior, es imposible (entrada de septiembre).
Ziga pasaba revista a los espacios en los que había escrito sus textos y que, dada su situación personal, había ido improvisando en circunstancias no precisamente acomodadas: desde el mueble-bar de casa de sus padres, pasando por un piso hacinado y rodeado de vecinos ruidosos y violentos, hasta un balcón, entre otros. La crítica no era menor: el dinero (por debajo de un mínimo para la supervivencia) no era condición sine qua non para crear y escribir, como tampoco lo era la necesidad de un cuarto propio habilitado para ello. Un “zulo” bastaba.
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Heredera del zulo, aunque aterrizándolo con una gran sagacidad a otros territorios, en este caso a México, destaca la reinterpretación de la joven escritora Dahlia de la Cerda, en un texto titulado “Feminismo sin cuarto propio” y recopilado posteriormente en el volumen Desde los zulos (2023).
Lo primero que llama la atención de su texto es que la tradicional división sexual del trabajo y del espacio no resulta aplicable, esto es, carece de sentido, en su entorno más inmediato. Son sus palabras: “En mi contexto no había esa dicotomía entre lo público y lo privado porque las mujeres que me rodeaban siempre habían estado en la calle y en el campo y en casas de otras mujeres trabajando” (82-3). No era baladí, entonces, que De la Cerda se apoyara en Gloria Anzaldúa, para ensayar otra manera de habitar los espacios. De ahí las palabras de Anzaldúa seleccionadas por De la Cerda: “Olvídate del cuarto propio. Escribe en la cocina, enciérrate en el baño. Escribe en el autobús o mientras haces filas en el departamento de Beneficio social, o en el trabajo durante la comida, entre dormir y estar despierta. Yo escribo hasta sentada en el escusado” (63). Descartada pues, por inviable, la estancia propia para escribir, todo espacio público o privado era susceptible de convertirse en cuarto propio, aunque tuviera que darse en condiciones de zulo.
Y aquí es donde De la Cerda hace una reinterpretación brillante fusionando las dos condiciones materiales que Woolf había distinguido para la creación intelectual, y que Ziga se había limitado a apuntar:
Un cuarto propio no tiene por qué ser una habitación exclusiva para que una mujer escriba. Un cuarto propio también son los privilegios que ayudan a que la mujer escriba. Una jornada laboral de menos de ocho horas es un cuarto propio. Dinero y tiempo para ir a un café a escribir, es un cuarto propio. Silencio en casa es un cuarto propio. Una mesa y una computadora, es un cuarto propio. No compartir la vivienda con diez personas, es un cuarto propio. Tener quién te cuide a las crías para arrastrar la pluma, es un cuarto propio. El zulo es la antítesis del cuarto propio. Un zulo es la banca de un parque. Es la computadora prestada. Es la taza del baño y es la azotea de la casa. Un zulo es el lugar desde donde escriben las desposeídas (64).
Hagamos una breve recapitulación de la marcha previa: los hombres pertenecientes a clases acomodadas han solido contar con una habitación propia en el hogar y las mujeres, también acomodadas, han reivindicado un espacio similar, resignificando así el espacio doméstico como un espacio más allá del trabajo reproductivo y de los cuidados, y como condición, a su vez, para lograr su autonomía y una igualdad efectiva con los hombres. Esta reivindicación, empero, ha sido cuestionada por mujeres de otra condición social y de otras regiones, que no solo trabajaban en el espacio público y privado, sino que carecían también de las condiciones materiales idóneas para la libertad intelectual y la creación que prescribía Woolf.
En este juego de espejos, sin embargo, han quedado fuera los hombres que no gozan de privilegios de clase, es decir, aquellos para quienes el único espacio de acción identitaria era el espacio público y que, en consecuencia, no estaban en condiciones de reclamar o disponer de una habituación propia dentro del hogar (dejemos por el momento el zulo). Creo que algunos de estos hombres, al menos desde mediados del siglo pasado, tras la IIGM y al socaire del boom demográfico y económico de la posguerra (dando lugar al crecimiento y asentamiento de las clases medias), han reivindicado también un espacio propio dentro del hogar. A falta de un nombre mejor, es lo que con posterioridad ha recibido el nombre de “cueva”.
2. Desarrollo
Antes de reflexionar sobre la existencia de las cuevas masculinas, con similitudes con la habitación propia y el zulo, sería conveniente evidenciar cuáles son los cambios sociales que estarían detrás de este fenómeno relativamente reciente.
Aunque hay artículos que identifican el antecedente de la cueva en textos y en fechas más tempranas (Tschorn, 2012), el primero que sin lugar a dudas lo populariza es John Gray −no confundir con el filósofo homónimo del LSE− a raíz de su best-seller Los hombres son de Marte, las Mujeres de Venus (1996 [1992]).
En este libro, mezcla de terapia de pareja y autoayuda, y plagado de sexismo y estereotipos de género, Gray dedica el tercer capítulo al desarrollo del siguiente tema: “Los hombres se retiran a su cueva y las mujeres hablan”. La teoría de este “terapeuta” es que los hombres necesitan la “cueva” para resolver sus problemas, incapaces de compartirlos tanto con sus parejas (en el libro se supone que estas son siempre mujeres), como con el resto de sus congéneres (hombres, resalta el autor, con quienes buenamente podrían compartir esas mismas inquietudes y desazones); las mujeres por el contrario, concluye Gray en una dicotomía clásica, buscarían alivio y soluciones a sus problemas en el diálogo con otras mujeres. Por si esto no bastara, en esta necesidad de refugiarse en la cueva para encontrarse consigo mismos y así poder dirimir sus problemas y cuitas existenciales, añadé Gray secundando un biologicismo esencialista por la puerta de atrás, “mandaría el instinto” (1996: 53).
Ahora bien, ¿a qué espacio del espacio doméstico nos estamos refiriendo con la cueva? Lo primero que cabe decir es que el libro de Gray es una proyección de la clase media norteamericana de posguerra, residente en las zonas suburbanas, y por regla general en casas y/o comunity gates. No en vano, el prototipo de esta cueva es un sótano rehabilitado como cuarto que hace las veces barra de bar, salón con fines deportivos (nunca falta una pantalla de televisión de amplias dimensiones), exposición de coleccionismos varios (desde reliquias deportivas, trofeos de caza, hasta armas), y espacio de descanso (un básico imprescindible es un sofa confortable y acolchado) y recreo (una mesa de billar o futbolín). Con el tiempo, como se puede aventurar, este espacio irá actualizándose con las modas e intereses de consumo de las nuevas generaciones (equipos de música videoconsolas, etc.).
He aquí algunos ejemplos extraídos de una página web (mancavesite.org) en la que anónimos suben fotos de sus “cuevas”, se conceden premios y, por supuesto, se venden productos:
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Ejemplo de cueva 1
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Ejemplo de cueva 2
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Ejemplo de cueva 3
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Ejemplo de cueva 4
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Volvamos al cabo antes apuntado: a las condiciones sociales necesarias para su aparición. A mi juicio, la perdida de la vida en comunidad y del espacio público como consecuencia de este desplazamiento del centro de las ciudades a zonas residenciales en las afueras[5], está detrás de la aparición de la cueva. Si lo analizamos con detenimiento, la cueva no deja ser un sucedáneo mezclado de aquellos espacios tradicionales de la socialización másculina que tenían precisamente lugar en el espacio público de los centros de las ciudades: plazas, bares, estadios, clubes, etc.
Pues bien, aunque el caldo de cultivo de la cueva tiene que ver con el crecimiento demográfico, los nuevos modelos de urbanización y la riqueza que acompañaron a la posguerra (sobre todo, en suelo estadounidense), falta otro elemento decisivo para poder completar esta historia. En efecto, falta mencionar la popularización y normalización del feminismo, permeando todas las capas sociales y con un claro impacto, como no podría ser de otra manera, en los espacios tradicionales de socialización e identidad masculina.
Michael Kimmel recoge en su excelente ensayo, Hombres (blancos) cabreados (2019 [2013]), el testimonio de un hombre que resulta sumamente esclarecedor a este respecto. A pesar de su extensión, creo que me merece la pena citar todo el relato:
Mira, el lugar de trabajo era como un vestuario: zona de tíos. Y lo mismo la sala de juntas, el bufete o el quirófano del hospital. Qué decir ya de las trincheras, comisarías de policía y parques de bomberos. Dondequiera que fueras, tenías ese desarrollo tranquilo de tíos… ya sabes, pasar el rato, decir paridas y hacer cosas de tíos sin tener que andarnos con remilgos todo el rato.
“Bueno, ¿y qué ha ocurrido?”, le pregunto.
¡El feminismo, eso ha ocurrido! ¡Ahora ya ni el puto vestuario sigue siendo un vestuario! ¡Las mujeres lo han invadido todo! ¡Ya no hay lugar al que un tío pueda ir y echar un buen rato, como esa escena de “Lío embarazoso” en la que salen unos tíos sentados, fumando cachimbas y hablando de porno. Es como si, ahora, el único sitio al que pudieras ir fuera tu cueva para hombres -y si no tienes una… bueno, pues te queda Internet, esas páginas porno gratis, los sitios solo para tíos, esos lugares donde los hombres podamos rascarnos los huevos y echar pestes sin que las tías nos griten todo el tiempo (2019, 176-7, cursivas mías).
He aquí la clave: el feminismo lo ha invadido todo, según el entrevistado, hasta tal punto que no queda ningún espacio clásico de socialización masculina al que poder acudir, salvo la cueva e internet [6].
Ahora bien, cueva e internet no son excluyentes, sino que pueden perfectamente ensamblarse. Si a la cueva le añadimos la posibilidad de conectarse a internet, podemos perfectamente hablar de una “cueva 2.0”, y de una reconfiguración más de los espacios destinados a la homosociabilidad. En este sentido, siguiendo con la analogía del entrevistado por Kimmel, podemos ver una evolución sin solución de continuidad entre el vestuario, la cueva y la “machosfera” (o “manosfera”)[7].
Laura Bates, especialista en la misoginia virtual (es decir, en “incels”, “artistas de la seducción”, “hombres que siguen su propio camino”, “activistas por los derechos de los hombres” y otras calañas), coincide en su exhaustiva investigación (2023) con este diagnóstico al señalar que “el crecimiento [de la machosfera] coincidió, en parte, con la generalización de internet, junto con un similar aumento de la popularidad y visibilidad de un movimiento feminista progresista, en Europa y Norteamérica” (25). Es más, como reconoce la propia Bates, en sintonía con el pasaje antes traído de la entrevista de Kimmel, “la mayoría de los hombres que participan en estos movimientos lo hacen desde el dolor y el sufrimiento y porque no son capaces de entender por qué no son lo que creen que deberían ser (…) descubrir los movimientos de la machosfera es como una gran liberación o un bálsamo calmante” (348).
Bates destaca, a este respecto, el crecimiento exponencial producido en los últimos cinco o diez años. Y esta delimitación no me parece baladí, pues conicide tanto con el #MeToo (2017) como con la pandemia de COVID-19 (2020).
Sobre este aspecto, creo, además, que el confinamiento que sobrevino como consecuencia de la pandemia fue un inesperado catalizador de esta cueva 2.0, trascendiendo las condiciones urbanas y arquitectónicas de la cueva originaria antes descrita.
En efecto, durante la pandemia pude comprobar cómo muchos hombres habilitaban en sus hogares de los centros (y de las afueras) de las ciudades (no necesariamente casas) una cueva 2.0 con la que aplacar el “estrés” derivado del teletrabajo y la reclusión en casa de toda la familia. Esta cueva 2.0 normalmente solía consistir en una apropiación de una parte del salón, del “cuarto de trastos” o del, hasta entonces compartido, escritorio o estudio.
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Ejemplo 1 de cueva 2.0
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Ejemplo 2 de cueva 2.0
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Fabio Vélez Bertomeu
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Notas al texto
[1] Como señala la arquitecta y urbanista feminista, Zaida Muxí: “El género, en el contexto occidental, es la construcción social y cultural de roles, conformada históricamente, que atribuye capacidades específicas, asigna espacios y da prioridades diferentes a cada sexo. El interior, lo cotidiano ha sido considerado secundario y relativo; el exterior, lo público se pretende principal y absoluto. La experiencia masculina queda formulada como neutral, objetiva, racional y universal, frente a la subjetividad, irracionalidad e irrelevancia de la experiencia femenina. Esta valoración discriminadora tiene su formalización en el orden doméstico y en el orden urbano, lo privado y lo público, pares complementarios e inseparables, pero que sin embargo se han construido como antagónicos” (2018: 20).
[2] Se suele por lo común olvidar que el reclamo woolfiano de un cuarto propio era, en tiempos de Woolf y entre mujeres acomodadas, más un deseo que una realidad. En Tres guineas, escribe la autora: “las hijas de los hombres con educación siempre han ejercido el pensamiento sobre la marcha; no bajo lámparas en mesas de estudio, ni en claustros de aisladas universidad” (1999: 111).
[3] Como señala Rita Segato: “al mismo tiempo que el sujeto masculino se torna modelo de lo humano y sujeto de enunciación paradigmático de la esfera pública, es decir, de todo cuanto sea dotado de politicidad, interés general y valor universal, el espacio de las mujeres, todo aquello relacionado con la esfera doméstica, se vacía de su politicidad y vínculos corporados de que gozaba en la vida comunal y se transforma en margen y resto de la política” (2016: 20).
[4] No encajan ahora (como veremos de inmediato en el testimonio de De la Cerda), ni en nuestro propio pasado occidental, como, por ejemplo, ha estudiado Silvia Federici (2022: 135).
[5] Sobre este tema la literatura es abundante, y la Sociología del urbanismo ha realizado excelentes trabajos. Pienso, por ejemplo, en la obra de David Harvey o Mike Davis.
[6] Esta queja encuentra perfecto sentido, como señala Iván Gómez (2021) a propósito de las relaciones homosociales, en “esa búsqueda de una mirada cómplice, de una resonancia identitaria: de un ‘estoy contigo, tío’”.
[7] Algo que llama la atención al comparar las imágenes de la “cueva” con la “cueva 2.0” es que la cueva, que en muchas ocasiones es el sucedáneo del bar-salón de juegos traído a casa, está preparada para poder recibir a otros posibles invitados, no sucede así con la cueva 2.0, más parecida a la de un gamer/youtuber, donde el espacio está habilitado normalmente para un uso individual.
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