Ensayo sobre la cueva, o la «habitación propia» de los hombres – II – Fabio Vélez Bertomeu
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Ensayo sobre la cueva, o la «habitación propia» de los hombres – II
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Ensayo sobre la cueva, o la «habitación propia» de los hombres – II
Antes de continuar, me gustaría concentrarme en la dimensión arquitectónica y espacial de la cueva. Y, para ello, voy a tomar como punto de partida una consideración de Pierre Bourdieu expuesta en La dominación masculina (2006 [1998]).
Bourdieu, en las primeras páginas de este importante libro para los estudios de género, señala que el género es una suerte de hábito sexuado. Si extrapolamos el concepto de “habitus” al de habitar, podríamos decir que habitar no es sino un proceso por el que aprendemos (e interiorizamos) una serie de hábitos que luego reproducimos (y reconocemos en otros y otras) a lo largo de la vida y con los que, puntual y excepcionalmente, podríamos también romper. Pues bien, en un momento concreto de este ensayo, Bourdieu ofrece un ejemplo concreto:
La división de los sexos parece estar en el orden de las cosas, como se dice a veces para referirse a lo que es normal y natural, hasta el punto de ser inevitable: se presenta a un tiempo, en su estado objetivo, tanto en las cosas (en la casa, por ejemplo, con todas sus partes sexuadas), como (…) en los cuerpos y hábitos de las gentes (2006: 21).
La reflexión es potentísima. La división de los sexos parece imponerse, además de en el orden subjetivo, en el orden objetivo de las cosas y los cuerpos. De esta última parte, han dado buena cuenta diversos autores y autoras [1], por lo que me concentraré en las cosas.
Volviendo a la casa, a las partes sexuadas de la casa, a los géneros como hábitos sexuados, resulta de interés detenerse en una reflexión planteada por uno de los teóricos más incisivos en este momento de la arquitectura; me estoy refiriendo a Juhanni Pallasmaa. En su libro de ensayos, Habitar (2016), el autor lanza una propuesta fenomenológica de la arquitectura que puede resultar pertinente para el objeto de este análisis. Señala lo siguiente:
Las experiencias arquitectónicas profundas son acciones, no objetos (…) Interactuamos con un edificio: nos lo encontramos, nos enfretamos a él, nuestro cuerpo se relaciona con él, deambulamos por él y lo utilizamos como contexto y como condición para objetos y acciones (…) Las construcciones arquitectónicas materializan y dan concreción al orden social, ideológico y mental (96).
Mi interpretación de este pasaje es que la arquitectura no es lo que vemos, o mejor, no es solo ni antes que nada lo que vemos, sino lo que hacemos con ella. Y, precisamente por ello, de nuevo con Pallasmaa, la arquitectura tiene que ver más con verbos que con sustantivos, con acciones más que con objetos (23)[2].
Hecha esta digresión de carácter teórico, es momento de aterrizarla al caso concreto que estoy intentando analizar: la cueva. Lo que así intento señalar, ayudándome de estos autores, es que al analizar la cueva deberíamos dejar a un lado, al menos por un momento, el espacio físico en sí (dónde se ubica, cómo se articula, arma y adorna, etc.), para reflexionar sobre las acciones y los hábitos que tienen lugar en ella. Si en la cocina solemos cocinar, alimentarnos, (en contextos católico-mediterráneos) socializar con la familia y los amigos, etc., ¿qué hacen los hombres en la cueva?
3. Conclusiones
Mi hipótesis es que la cueva es un espacio que algunos hombres se apropian en el interior de los hogares como consecuencia de la desaparición paulatina de los espacios tradicionales de socialización y legitimación masculina, antes ubicados en el espacio público, donde se practicaba abierta e inopinadamente la homosociabilidad. A su vez, este desplazamiento estaría motivado por el crecimiento progresivo y la aceptación cada vez más generalizada de las reivindicaciones feministas, y cuya eclosión coincidiría con la cuarta ola feminista y el #MeToo. Este doble movimiento de reclusión (de algunos hombres) y expansión (del feminismo), encontraría una vía de desahogo en un tercer espacio virtual, donde la masculinidad hegemónica [3] habría descubierto un nuevo entorno en el que poder forjar complicidades, cada vez más ausentes, por políticamente incorrectas, en el espacio público aunque no solo. Estamos en la cueva 2.0, machosfera mediante.
Contrariamente a lo que podría parecer, el ejemplo más dolorosamente punzante y cuestionador de esa masculinidad tradicional y hegemónica no es el que curiosamente podría venir de las mujeres, sino el que, inesperadamente, surgiría de los propios hombres, ahora en mayor o menor medida reconvertidos en “aliados”. Iván Repila, en su sátira distópica sobre un presunto aliado que, en un ejercicio megalómano de mansplaining prepara el caldo de cultivo desde la lógica del “cuanto peor mejor” para acelerar y detonar una revolución feminista de carácter violento, ilustra con un ejemplo este tipo de cortocircuito en un diálogo de su novela, El aliado (2019):
Al principio era divertido. Tres tíos en un sofá hablando de la vida, de sexo, de política. No les hablaba de mi trabajo, porque tampoco tenía mucho que contar. A cada chiste cruel le seguía un chiste aún más cruel. Todas las mujeres de la televisión eran sometidas a un exhaustivo análisis de sus atributos femeninos. O eres de tetas, o eres de culos (…)
Mi ánimo corporativo empezó a torcerse cuando el Sujeto A nos envió un vídeo dirigido por él mismo. Se deducía claramente que había sido grabado sin el consentimiento de la protagonista (…)
Aquello me molestó, y se lo dije. Al principio intentando mostrarme moderado, razonable, un buen compañero de piso que entiende los vicios, pero también las virtudes, de su interlocutor.
—No le des importancia —me dijo.
Argumenté que grabarlo era una traición a la confianza de aquella mujer, pero que enviárnoslo era probablemente un delito.
—Ya no me acuerdo ni de su nombre, así que no me preocupa traicionarla. Y no es delito si no se entera la policía —me dijo.
Argumenté que no le gustaría que se lo hicieran a su hermana. Yo tengo una hermana. Argumenté que estas cosas pueden hacerse virales y acabar en internet.
—¿A ti qué coño te pasa? —me dijo.
La discusión subió de tono. El Sujeto B se puso del lado del Sujeto A y yo perdí los papeles. Cuando reventaron todas mis explicaciones, si es que esgrimir «¿Estás seguro de que te gustan las mujeres?» es una forma razonable de contraargumentar en un debate, me puse agresivo.
—Sois unos hijos de puta —empecé mi discurso.
A partir de ese día ya no nos saludábamos cuando coincidíamos en la sala o la cocina, y desde luego dejaron de contar conmigo para sus reuniones caseras. A mí no me importó (…)
Hasta que hace dos meses me los encontré en la sala, delante de la televisión, comentando un partido de fútbol. Cuando pasé a su lado, ignorándolos de la forma más elegante posible, el Sujeto B dijo:
—Mira cómo huye el feminista (19-22) [4].
Por lo tanto, y retomando el cabo suelto, a la pregunta de qué hacen los hombres en la cueva conectados a la machosfera, podríamos responder que lo mismo que antes hacían en los “bares” (además de beber y comer) y “vestuarios” (además de ducharse y cambiarse de ropa), esto es, reafirmar y confirmar su masculinidad con sus congéneres, ahora cuestionada en el espacio público, con las ventajas añadidas que confiere por lo demás el anonimato de la virtualidad.
Más específicamente, lo que hacen estos hombres es tratar de demostrar de manera constante que i) no son mujeres, ii) que son heterosexuales y iii) que son uno más entre sus iguales, recibiendo así la respectiva y necesaria aprobación del resto (Ranea, 2021: 35-49). No en vano, como señala acertadamente Celia Amorós, “la autopercepción por parte de los varones de su virilidad no se produce nunca in recto -¡Qué macho soy, soy un hombre!- sino que, contra lo que podría parecer, se agota en la tensión referencial hacia los otros varones -Soy un hombre porque soy como ellos-” (1992: 45).
La primera consideración que, tal vez, podría concluirse es que la masculinidad hegemónica se reinventa buscando nuevos espacios homosociales ante el avance imparable del feminismo y los reclamos de igualdad. Y lo hace incluso contraviniendo uno sus principales tabúes, a saber, habitando el espacio doméstico, un espacio tradicionalmente femenino.
En este punto, creo también que deberíamos ir más allá de los estudios sobre la machosfera más misógina -objeto de estudio de Laura Bates (2023) y Julia Ebner (2024)- para empezar a englobar estas “adaptaciones” en un sentido más amplio, es decir, en términos de una “refundación del machismo”, en palabras de Miguel Lorente (2023), que estaría sirviéndose de los media y las redes social -copiando las estrategias del feminismo de la cuarta ola- para dar una “batalla cultural” de tipo conservador.
Es por ello que, a mi juicio, la primera precaución que deberíamos poner en práctica es no confundir el sexismo [5] que, en mayor o menor medida, abunda y fluye a sus anchas por la machosfera, con la misoginia [6], también presente en esta, pero no extraplolable a toda ella -aunque, es importante indicarlo, en aumento imparable y preocupante.
Como han puesto de manifiesto las investigadoras Asunción Bernárdez y Yanna Franco (2023), a la hora de hacer un mapa integral de los grupos que conforman la machosfera,
La respuesta no es sencilla ya que es imposible delimitar un fenómeno que se encuentra en múltiples sitios web en los que colaboran sobre todo varones, que comparten y debaten en torno a temas masculinizantes: el gusto por los coches, por el bricolaje, por los deportes o por los juegos online. En principio, no son espacios dedicados a hablar de masculinidad de forma explícita, pero la realidad es que en muchos de ellos es fácil que se deslicen hilos de conversaciones sobre el tema, con comentarios misóginos (12-3)
De hecho, como recuerdan las propias autoras, el término “machosfera” se acuñó finales de la primera década del siglo XXI, y en uno de los primeros libros donde se daba cuenta de este fenómeno, The Manosphere (2013), su propio autor, Ian Ironwood, estratégica e indulgentemente, ensalzaba las virtudes de estos espacios para hombres en los que se pudiera conversar sobre la necesidad de adaptarse a las reivindicaciones del feminismo.
En clave española, en una investigación realizada por Charo Lacalle (2023) sobre Forocoches y Burbuja.info, los dos espacios más importantes de la machosfera en este país, la propia autora recordaba que en estos foros se hilvanan comentarios que van
Desde la cuestiones relacionadas con el mundo del motor y la economía, hasta las conspiraciones, los consejos prácticos de todo tipo o el apoyo moral. Pero, aunque el sexismo sea una característica generalizada en los discursos que circulan por ambos foros, solo una parte de las conversaciones se dedican a denigrar a las mujeres en unos términos tan peyorativos con en los Reddit más radicales (119).
Desde mi punto de vista, la cueva 2.0 representa, en un contexto occidental y fundamentalmente de clase media [7], un nuevo espacio -físico y virtual- en el que relocalizar la homosociabilidad, dados los recientes avances y conquistas del feminismo. Esa que hasta hace no mucho, conviene recordarlo, tenía lugar sin aparente resistencia fuera del ámbito doméstico: en plazas, bares, gimnasios, lugares de trabajo, etc., es decir, espacios en los que la masculinidad hegemónica solía tomar forma y se legitimaba grupalmente, generando sentimientos de pertenencia e identidad.
Sería muy ingenuo afirmar que unos espacios han sido sustituidos por otros. Salta a la vista que los primeros conviven con los segundos, entre otras cosas, por un aspecto tan evidente como que en este momento, como en cualquier otro, conviven generaciones distintas. No es mi objetivo predecir el futuro, de manera que no me atrevo a señalar si la cueva 2.0 se impondrá en las próxima décadas como espacio hegemómico de homosociabilidad. Lo que sí sospecho que es que es una realidad desde hace unos años y que debemos prestarle atención y seguirle la pista más de cerca. Espero que este ensayo haya contribuido a este propósito.
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Fabio Vélez Bertomeu
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Notas al texto
[1] Tengo que reconocer en este punto la deuda con las investigaciones de Fausto-Sterling (2021).
[2] Sobre este punto, me he extendido en “Arquitectura. Historias de un equívoco” (2022), en la entrada titulada Estética.
[3] En esta denominación extensiva estoy incluyendo la propuesta de Connell (2005 y 2009).
[4] Esta anécdota, nada extraordinaria, es un reflejo también de lo que señala Zabalgoitia (2022), siguiendo a DeKeseredi (1990), es decir, que mediante estas “formas de asociación masculina suelen otorgarse modos simbólicos y prácticos de apoyo, es decir, guías, consejos, tácticas y justificación de actitudes y acciones violentas. También se aplican formas de presión para que cada miembro del grupo manifieste una masculinidad férrea, cuya energía radica en el ejercicio de una sexualidad temprana, dominante y violenta. Esto confirma una estructura de ‘subculturas masculinas’ que pueden estar más lejos o más cerca de la violencia sexual explícita, pero siempre producen y reproducen modos de dominación y opresión que se basan en el sometimiento o la degradación de las mujeres y de los ‘hombres menos hombres’. Ser agresores -aunque sea ‘en potencia’ o en un nivel aparentemente bajo, como el que otorga el humor sexista- los provee de legitimidad y respeto”
[5] Me sirvo de la definición que adopta Mingo (2015), a su vez tomada de la web del Inmujeres, entendiendo por “sexismo”: «todas aquellas prácticas y actitudes que promueven el trato diferenciado de las personas en razón de su sexo biológico, del cual se asumen características y comportamientos que, se espera, las mujeres y los hombres actúen cotidianamente. Las prácticas sexistas afectan principalmente a las mujeres dada la vigencia de creencias culturales que las consideran inferiores o desiguales a los hombres por naturaleza».
[6] Por misoginia me refiero al “odio, rechazo, aversión y desprecio de los hombres hacia las mujeres y, en general, hacia todo lo relacionado con lo femenino (…) que tiene frecuentemente una continuidad en conductas negativas hacia ellas” (Ferrer y Bosch 2000: 14)
[7] Sobra decir que para acceder a la machosfera solo haría falta un dispositivo móvil, y que la cueva 2.0 presupone condiciones materiales de clase que determinados hombres no podrían permitirse. Dicho lo cual, i) la homosociabilidad virtual que se busca en la machosfera puede combinarse en sendas modalidades (es decir, que puede haber continuidad entre la cueva 2.0 y el acceso a la machosfera por dispositivo móvil) y ii) hay condiciones de “zulo” que todos los hombres fácilmente podrían improvisar en sus hogares con un portátil, apropiándose temporalmente del algún espacio (salón, dormitorio, etc.).
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