La batalla por la Ilustración. Lectura de «Nueva Ilustración Radical», de Marina Garcés, y «Enlightenment Now», de Steven Pinker – Jesús Zamora Bonilla

La batalla por la Ilustración. Lectura de «Nueva Ilustración Radical», de Marina Garcés, y «Enlightenment Now», de Steven Pinker – Jesús Zamora Bonilla

La batalla por la Ilustración

Reseña de Nueva Ilustración Radical, de Marina Garcés, y Enlightenment Now, de Steven Pinker.

 

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1. ¿PROGRESO O DECLIVE?

Recuerden la palabra “Ilustración”, porque es muy probable que se vaya a convertir en uno de los conceptos de moda en los próximos meses. A nivel global, el nuevo libro de Steven Pinker, Enlightenment now, se llevará la palma en términos de ventas, reseñas y críticas. Mas, por una afortunada coincidencia, su publicación ha sido precedida en España por otro libro de la filósofa Marina Garcés, titulado Nueva ilustración radical. Estos dos libros son muy diferentes, tanto en lo superficial como en su quintaesencia. Por una parte, el de Pinker es un “tocho” de casi 600 páginas, lleno de argumentos y de detalles, mientras que el de Garcés es más un pequeño panfleto que un tratado. Por otra parte, tanto los diagnósticos de los problemas como los remedios sugeridos por sus autores, y que en ambos casos les merece el nombre de ‘Ilustración”, no pueden ser más dispares. Pese a estas diferencias, creo que resulta interesante, e incluso excitante, reflexionar sobre los temas comunes en ambos libros, comparando los enfoques y afirmaciones de cada autor, quienes, después de todo, son dos de los intelectuales públicos más prominentes en la actualidad en sus respectivos contextos geográficos. Voy a dividir mis comentarios en tres partes. La primera es una introducción al “debate virtual” entre ambos libros. La segunda parte se concentrará en la exposición de los hechos sobre nuestra situación histórica, intentando decidir cuál de los dos enfoques es más aceptable. La tercera y última parte la dedicaré, en cambio, a discutir algunas de las ideas más filosóficas que están a la base de los enfoques tan diferentes de Pinker y Garcés.

Ciertamente, la lectura de ambos libros da la impresión de que sus autores viven en mundos totalmente distintos. Pinker dedica el grueso de su obra (14 capítulos de 23) a ilustrar con minuciosidad un impresionante número de aspectos en los que las generaciones actuales de gran parte del mundo tenemos la suerte de vivir en una situación mejor (y a menudo mucho mejor) que la de nuestros antepasados. Sólo por mencionar una de las cifras más relevantes que ofrece Pinker: respecto a la llamada pobreza extrema (que se define estadísticamente como aquella situación de las personas que viven con menos de 2 $ USA al día, estandarizada esta cantidad de dinero de acuerdo con la paridad internacional de poder de compra que tenía dicha moneda en 2011), la proporción global de personas viviendo en esa situación ha pasado de ser el 90% hace dos siglos, ha ser ahora menos del 10 % de la población total. La reducción ha sido espectacular durante las últimas décadas, pues incluso en una fecha tan reciente como 1970 era prácticamente la mitad de la población mundial la que vivía en esa situación. Las cifras son aún más sorprendentes si no consideramos la proporción de gente que vive en extrema pobreza, sino su número: pese a que la población total se ha doblado durante el último medio siglo, la cantidad de personas viviendo en extrema pobreza se ha dividido por 3, pasando aproximadamente de 2.200 millones en 1970 a unos 700 millones hoy en día. Si consideramos que la miseria económica absoluta es el peor de los males, entonces, si lo único que supiésemos a priori es que tenemos la misma probabilidad de nacer en una época que en cualquier otra, entonces resulta evidente que estos son los mejores tiempos para vivir de toda la historia humana hasta el momento.

El despliegue de datos que Pinker hace sobre el progreso humano en los últimos tiempos no es, de todas formas, la visión de un mundo de color de rosa. Darse cuenta de lo que ha mejorado la vida humana no impide al profesor de Harvard reconocer que “los problemas a los que se enfrenta el planeta son aún formidables. El mundo tendrá que acoger a otros dos billones de personas en el próximo siglo; cien millones de hectáreas de bosque tropical se talaron en la década precedente; la población de peces marinos ha declinado en casi un 40 por ciento, y miles de especies están amenazadas de extinción; (los gases contaminantes) amenazan con incrementar la temperatura del globo entre dos y cuatro grados centígrados; y el mundo tiene aún más de diez mil armas atómicas. El progreso no es una utopía, y aún hay mucho espacio para luchar porque el progreso continúe. Seguro que, además, encontramos aún muchos daños que rectificar. La ilustración es un proceso continuo de descubrimiento y de mejora” (cap. 20). Lo importante es que, según Pinker, estos problemas no son en sí mismos “catástrofes”, sino simplemente eso, problemas, a los que tendremos que aplicar las virtudes humanas de la razón, el ingenio, la cooperación y la negociación, como hemos hecho para ser capaces de producir otros fenómenos que ilustran la magnitud del progreso humano, y que me detendré en describir con algo más de detalle en la segunda parte.

Por su parte, Marina Garcés pinta, o más bien esboza con unas pocas pero efectivas pinceladas filosóficas, un paisaje lúgubre y desolado, que denomina con la siniestra etiqueta de “la condición póstuma”: “Nuestro tiempo es el tiempo del todo se acaba (…) Hemos ido viendo cómo se acababa el progreso (…). Ahora vemos cómo se terminan los recursos, el agua, el petróleo y el aire limpio, y cómo se extinguen los ecosistemas y su diversidad (…) Dicen, algunos, que estamos en un proceso de agotamiento o de extinción. Quizá no llegue a ser así como especie, pero sí como civilización basada en el desarrollo, el progreso y la expansión. El día a día de la prensa, de los debates académicos y de la industria cultural nos confrontan con la necesidad de pensarnos desde el agotamiento del tiempo y desde el fin de los tiempos” (p. 13). “Ya no estamos en la condición postmoderna, que había dejado alegremente el futuro atrás, sino en otra experiencia del final, la condición póstuma” (p. 16).

Quizá el debate entre estas dos visiones tan opuestas del mundo contemporáneo sea nada más que un ejemplo de la dialéctica, tan vieja como la civilización, entre los optimistas y los pesimistas, del aburrido y secular conflicto entre los que ven la botella medio llena y quienes la ven medio vacía. Pero no deja de resultar impactante que la diferencia entre las dos posturas sea tan inmensa: es como si Pinker no solo viese la botella medio llena, sino también un nuevo surtido de botellas sin abrir llegando ahora mismo desde la tienda, y como si Garcés no viese la botella medio vacía, sino rota en pedazos contra el suelo y con sus últimos milímetros cúbicos de vino dejando su mancha en la alfombra. ¡Venga, chicos: las cosas no pueden ser tan diferentes! Resulta como si, más que un problema de que ambos autores interpretasen los datos desde distintos puntos de vista, cada uno fuese ciego a algunos datos que el otro sí que ve. En este sentido, es una pena que Marina Garcés no se haya molestado en presentar al menos algunos datos susceptibles de medición estadística (todo lo debatibles e interpretables que queramos), pues eso habría hecho algo más fácil la comparación entre ambas concepciones. La filósofa española parece simplemente asumir que “es evidente que estamos viviendo en tiempo real un endurecimiento de las condiciones materiales de vida, tanto económicas como ambientales. Los límites del planeta y de sus recursos son evidencias científicas. La insostenibilidad del sistema económico también es cada vez más evidente” (p. 26; cursivas mías). ¡Cuánto echo de menos aunque solo fuera una pequeña referencia bibliográfica o de internet para poder confirmar esas supuestas “evidencias”!

Antes de entrar en más detalles, en las secciones segunda y tercera, permítanme confesar un par de impresiones personales y anecdóticas. La primera es que es al menos tan evidente como lo que dice Garcés que las proclamas apocalípticas no son nada nuevo en la cultura occidental: en los años sesenta del siglo pasado estábamos seguros de encaminarnos hacia un “invierno nuclear” y hacia una “bomba demográfica”; en los setenta, la moda de los “límites del crecimiento” nos aseguraba el colapso absoluto de la economía y del planeta no más tarde del fin del siglo XX; en los noventa íbamos todos a morir abrasados por la destrucción de la capa de ozono; y esto solo es para mostrar algunas de las fiebres apocalípticas de las que he podido ser espectador a lo largo de mi vida. Como con el pastor que ha gritado tantas veces “¡que viene el lobo!” cuando el lobo no venía, reconozco que me cuesta aceptar las supuestas “evidencias” de un futuro inmediato catastrófico, sobre todo si lo único que se aporta como prueba son lamentaciones literarias. Solo con comparar las condiciones materiales de vida de mi familia cuando yo nací (1963) con las de la mayor parte de la gente en los países occidentales hoy en día (y mucha gente en otros lugares), resulta razonable pensárselo dos veces antes de describir a nuestra época como “póstuma” o algo parecido: entre las muchas cosas que mis padres y sus familiares cercanos no tenían cuando yo nací había cosas que nos parecen tan básicas ahora como un teléfono, televisión, lavadora, frigorífico, cocina eléctrica o de gas (la que tenían era de carbón), coche, viajes de vacaciones, tocadiscos, estudios de bachillerato, ducha o bañera, libros, cenas en restaurantes… por no mencionar billetes de avión, estudios universitarios, y, por supuesto, las muchas cosas que el progreso tecnológico nos ha traído (o que la competencia económica ha abaratado extraordinariamente) y con las que entonces era incluso difícil soñar: teléfonos móviles y todo lo relacionado con internet. Y eso que yo no nací en una familia especialmente pobre, pues calculo que nuestra renta estaría por entonces cerca de la mediana, ni tampoco vivíamos en un pueblucho remoto y primitivo, sino en el mismo corazón de Madrid.

La segunda anécdota es la siguiente. Recuerdo asistir a un curso de doctorado a mediados de los noventa con uno de los economistas más importantes de España en aquellos momentos. Hablando sobre la probable evolución de la economía mundial en los años siguientes, me atreví a expresar mi convicción de que estábamos al borde de una devastadora crisis energética, pues China había estado creciendo de manera espectacular durante la década anterior, y aproximar mil millones de personas a los estándares de consumo típicos de los europeos occidentales o de los norteamericanos (por no hablar de la transición de las repúblicas ex-soviéticas a una economía de mercado) seguramente acabaría por agotar las reservas mundiales de petróleo. Mi profesor se limitó a decir “no veo ninguna sombra de preocupación por eso en el futuro próximo”. Dos décadas y media más tarde, cuando la capacidad adquisitiva de la población china se ha multiplicado por más de cuatro (de unos 2.000 $ a unos 9.000 –base 1999-), y cuando el PNB de la República Popular China se ha multiplicado más o menos por diez (de unos 2 billones de $ a unos 24 billones), y mientras podemos seguir llenando los depósitos de nuestros coches sin mayores problemas en la gasolinera… en fin, tengo que confesar que ahora pienso que mi profesor estaba mucho más en lo cierto que yo. Son evidencias como esas las que me han hecho ser mucho menos crédulo ahora que en mi juventud ante quienes nos profetizan desastres catastróficos.

2. LOS DETALLES.

En fin, ¿estamos en el mejor de los mundos (no “posibles”, sino de entre los que han existido), como afirma Steven Pinker, o vivimos en una sociedad “póstuma”, como dice Marina Garcés? Como para responder a esta cuestión hacen falta datos, y los datos los aporta básicamente el primero de estos autores, ofreceré a continuación un resumen de los más importantes, según la lista de temas cubiertos por el libro de Pinker. Datos, ciertamente, que con ellos en la mano se hace difícil negar que el progreso de la humanidad en las últimas décadas y siglos ha sido espectacular.

Vida y salud: A nivel global, la esperanza de vida ha pasado desde algo más de 30 años en el siglo XIX en la mayor parte de los países occidentales (y a mediados del XX en los demás) a más de 70 años hoy en día. La mortalidad infantil (la proporción de niños que mueren antes de cumplir los 5 años) ha pasado de más de una cuarta parte a ser una cifra casi insignificante en casi todo el mundo salvo en los países más pobres (p.ej., algo más del 10% en un puñado de estados africanos). Pero el aumento de la esperanza de vida no se debe solo a la reducción de la mortalidad infantil, pues se ha incrementado a todas las edades: por ejemplo, una persona de 40 años podía esperar vivir otros 25 a mediados del siglo XIX, mientras que ahora puede esperar llegar casi a los 80. Obviamente, una gran parte de este formidable incremento en los años de vida se debe a las mejoras en el ámbito de la salud: la erradicación de muchas enfermedades infecciosas y contagiosas, los antibióticos, la asistencia médica generalizada en muchas partes del mundo, y también a cosas tan simples como tener espacios vitales más limpios, la difusión de prácticas higiénicas, la cloración del agua, las mosquiteras para las camas, etc., etc., además de otros datos mencionados a continuación.

Reducción de las hambrunas: Una de las experiencias más terribles (y por desgracia, recurrentes) a lo largo de la historia de la humanidad ha sido la de las hambrunas, la mera falta de sustento para la mayor parte de los habitantes de una región. El hambre ha tenido causas naturales como políticas, pero la “maldición maltusiana” de que la población tienda a crecer más deprisa que la tierra cultivable, junto con la irregularidad del clima y la pasión de nuestros antepasados por la guerra, ha sido muy probablemente el mayor asesino en serie de la historia. Cuando yo era pequeño, el crecimiento exponencial de la población mundial se veía como algo que irremediablemente nos iba a conducir a una carencia universal de alimentos. En cambio, desde entonces, aunque las tierras de cultivo han crecido un ridículo 10%, ¡la producción total de alimentos se ha multiplicado por cuatro!, gracias sobre todo a la llamada “Revolución Verde” de los años 60, junto con otras mejoras científicas, políticas, económicas y tecnológicas. La expansión de la democracia y de las redes de ayuda internacional también a servido para prevenir las hambrunas en muchas situaciones que, en el pasado, habrían llevado inexorablemente a ella. La desnutrición también se ha reducido en dos tercios en los países menos desarrollados, desde más del 35% de la población hace medio siglo, hasta aproximadamente un 15%, de modo que la obesidad es ahora un serio problema de salud en muchos países pobres.

Crecimiento económico y desigualdad: Como vimos en la primera parte, la pobreza extrema (vivir con menos del equivalente a 2 $ USA por día) afecta en la actualidad a aproximadamente un 10% de la población, dando la vuelta por completo a la situación histórica, que consistía en que eran un 10% los humanos que no vivían en extrema miseria. Pero, por supuesto, la situación de gran parte del otro 90% también ha mejorado, más allá del hecho de haber “salido de la miseria extrema”. Hoy en día, la mediana de la distribución mundial de la renta es aproximadamente el cuádruple del nivel de renta que define la extrema pobreza (o sea, entre 7 y 8 $ al día), es decir, la mitad de la población vive con esa cantidad o menos, y la otra mitad con más. Naturalmente, 8 dólares al día no son mucho: la renta mediana en el Reino Unido, por ejemplo, es de unos 30 $ diarios, unas cuatro veces más. Pero, de todas formas, se trata de un salto espectacular si lo comparamos con los datos de hace solo unas pocas décadas: en los años 70 del siglo pasado, la renta mediana mundial era de unos 70 centavos de dólar al día (en dólares constantes), o sea, diez veces menos que en la actualidad.

Es cierto también que la desigualdad a tendido a crecer dentro de los países (aunque no entre países, ni a nivel global), pero en casi ningún país esto ha llevado a que una gran proporción de sus ciudadanos hayan vuelto a un nivel de miseria como el que era normal hasta hace pocas décadas. Hablaremos algo más sobre la desigualdad, de todas formas, en la última sección.

El medio ambiente: De todos los temas de los que estamos hablando, este es probablemente aquel en el que el progreso ha sido menos claro. Es evidente que la industrialización, la urbanización y el crecimiento demográfico han tenido lugar a costa de derivar enormes áreas de terreno a usos “no-naturales” y de generar enormes cantidades y variedades de polución. El calentamiento global y el agotamiento de los ecosistemas marítimos son quizá los problemas más preocupantes a los que la humanidad tendrá que enfrentarse en el futuro próximo. De acuerdo con Pinker, el daño medioambiental es, en cierto sentido, una consecuencia inevitable de cualquier tipo de progreso material, debido a la segunda ley de la termodinámica, de modo que la cuestión correcta a plantear no es si el daño medioambiental puede ser evitado por completo, sino más bien qué magnitud de daño es un precio razonable a pagar por qué magnitud de progreso (y, podemos añadir, quién es razonable que tenga que pagar ese precio, y cómo conseguir que lo pague). Pero también podemos señalar el hecho de que, desde que la “conciencia ecológica global” emergiera en las últimas décadas, la mayor parte de las formas de polución se han empezado a reducir, ningún recurso natural esencial se ha agotado, y además, según más y más países van experimentando una transición hacia niveles económicos más avanzados, más y más gente en ellos empieza a exigir a sus gobiernos que tomen medidas radicales para preservar su medio ambiente.

Violencia: Otro reciente libro de Steven Pinker estaba dedicado en exclusiva a este problema (Los ángeles que llevamos dentro, 2011). En esa obra, Pinker mostraba que todas las formas de violencia física habían experimentado una reducción sistemática y profunda en Occidente desde la época del Renacimiento, y muy en especial en las últimas décadas. Una tendencia parecida se observaba también en el resto del mundo. Por supuesto, las dos Guerras Mundiales eran la mayor anomalía en dicha tendencia, como también lo fue, en menor medida, el aumento de la violencia callejera en muchos países occidentales entre los años 60 y 80 del siglo XX, y quizás la guerra de Siria, que comenzó después de la publicación del libro, podría ser otro contraejemplo. Pero la verdad es que, incluso teniendo en cuenta esos episodios, la probabilidad de morir violentamente es hoy en día, en gran parte del mundo, una pequeña fracción de lo que fue llegó a ser en pasadas centurias. Carecemos de una explicación convincente y definitiva de esta tendencia, y tampoco podemos asegurar que vaya a ser permanente, aunque, de cara al tema que nos ocupa en este artículo (la influencia de los valores de la Ilustración en el progreso secular de la humanidad) conviene que no perdamos de vista el hecho de que en la mayor parte de las áreas afectadas por la guerra en el presente, y en la mayor parte de los ataques terroristas, es un factor muy destacada la presencia de un movimiento tan anti-ilustrado como el fundamentalismo islámico, algo que debe recordársele a quienes intenten convencernos de que la violencia actual es fruto de la Ilustración.

Seguridad: Las sociedades contemporáneas son mucho más seguras que las anteriores, no solo gracias a la disminución de los actos de violencia directa, sino también a la reducción de muchos tipos de accidentes. Por ejemplo, en los EEUU la tasa de mortalidad por accidentes de coches ha disminuido en un siglo (desde que el automóvil empezó a ser el principal medio de transporte) en un factor de 24: desde aproximadamente 24 muertes por 100 millones de millas recorridas, a una sola muerte (por cierto, que la tasa de mortalidad del transporte en caballo era históricamente mayor que esas 24 muertes por 100 millones de millas). Se trata solo de un ejemplo, pero la tasa de mortalidad por casi cualquier otro tipo de accidente ha experimentado una reducción similar en las últimas décadas: atropellos de peatones, accidentes aéreos, ahogamientos, incendios, caídas, envenenamientos, etc. Una mayor  conciencia pública de importancia de las medidas de seguridad, una mejor asistencia médica, progresos tecnológicos y legislativos, etc., todo ello ha contribuido, sin duda alguna.

Democracia y derechos humanos: Pese a que el hecho de que un país sea gobernado mediante un proceso democrático no hará levantar una ceja a los “progresófobos” (usando el término pinkeriano), y aunque filósofos como Adorno y Foucault hayan enseñado a mucha gente a desconfiar del respeto “aparente” de los derechos humanos que un estado pueda exhibir, no se puede negar que el incremento en el respeto a los derechos humanos en todo el mundo, y hacia una mayoría de gobiernos más o menos democráticos, es, cuando menos, “aparente”. Más países que nunca son ahora “democracias” (incluso teniendo en cuenta los diferentes niveles de democracia que establecen las agencias observadoras internacionales), y también observamos que cada vez se condenan más y más cualesquiera formas de discriminación, y que estas son más difíciles de implementar por parte de las autoridades, empresas o grupos que intenten hacerlo. La aceptación de los derechos de los homosexuales, por ejemplo, aunque esté aún muy lejos de ser universal, ha alcanzado niveles en muchos países que simplemente no se habrían creído hace solo cincuenta años (o sea, la duración de un parpadeo en términos históricos).

Calidad de vida: Podríamos seguramente preguntarnos si el progreso en todas las dimensiones que hemos examinado hasta ahora no ha sido más bien solo cuantitativo que realmente cualitativo, es decir, si, a pesar de que vivamos más que nuestros bisabuelos, ganemos más dinero, suframos menos formas de violencia y de discriminación… tal vez no vivimos en realidad “mejor” que ellos, quienes quizás eran más sabios que nosotros y sabían cómo obtener más felicidad a partir de la mucho más escasa riqueza material de la que disponían. Steven Pinker se hace esta misma pregunta, y dedica varios capítulos a refutar ese argumento. Estas son sus razones:

En primer lugar, la gente tiene ahora mucho más educación: el analfabetismo es casi inexistente en los países desarrollados, y ha disminuido espectacularmente en los demás en el curso de las últimas décadas; los años de escolarización también se han incrementado en todo el mundo; y el acceso a la información no solo ha crecido, sino que ha experimentado un auténtico Big Bang gracias a internet (p.ej., se calcula que más de la mitad de los habitantes de África poseen smartphone). Cierto, información no es lo mismo que sabiduría, pero la falta de información (es decir, la ignorancia forzada) es un tipo extremo de pobreza, mientras que la sabiduría… ejem, la verdad es que nadie sabe realmente lo que realmente es.

En segundo lugar, muchos otros datos medibles que tienen que ver con la calidad de vida han experimentado asimismo una mejora sensacional: datos como el tiempo total de vida no necesariamente dedicado a trabajar (tanto porque las jornada semanal de trabajo sea menor, como por que haya más días de vacaciones, y más años de educación y de jubilación); el tiempo que se pasa con la familia y los amigos (sí, también ha aumentado, al menos en los países que llevan estadísticas de estas cosas); el porcentaje de la renta y del tiempo que se puede no gastar en bienes básicos como la comida, luz, calefacción o trabajo doméstico; el tiempo dedicado al turismo, etc.; todo ello se ha incrementado. Quizá el dato que no ha mejorado mucho, sino a veces incluso lo contrario, es la proporción de la renta que se destina a la vivienda, pero eso es sobre todo porque el espacio edificable en las ciudades es intrínsecamente mucho más incapaz de aumentar al ritmo que lo hacen otros bienes.

En tercer lugar, también han mejorado significativamente en casi todo el mundo las mediciones de bienestar realizadas no solo sobre la base de factores estrictamente económicos, sino sobre variables más “ilustradas”, como p.ej., las “capacidades fundamentales” de Amartya Sen o Martha Nussbaum, o las medidas de “desarrollo humano” del economista español Leandro Prados de la Escosura.

En cuarto y último lugar, las mediciones psicológicas de bienestar, en los países donde hay estadísticas disponibles, tampoco apoyan la existencia de lo que se conoce como la “paradoja de Easterlin” (que dice que el crecimiento económico no está acompañado por un aumento en los niveles de felicidad): la tendencia a largo plazo parece ser justo la contraria, pues cada vez más gente responde en las encuestas que está “satisfecha” o “muy satisfecha” con su vida, y esto se correlaciona estadísticamente con las medidas de crecimiento económico. También están disminuyendo a nivel global las cifras de suicidio, y en muchos países no hay evidencia de que estén aumentando de manera significativa otros síntomas de “malestar” mental (el “malestar de la cultura” del que hablaba Sigmund Freud), pese a que la opinión pública tiene justo la opinión contraria.

En resumen, es muy probable que, para esa gente cuya opinión pueda verse reflejada en la de la filósofa Marina Garcés, todas estas dimensiones del progreso humano que acabo de exponer no cuenten lo más mínimo. Según Garcés, lo que hay a nuestro alrededor es una “explosión del desencanto ante los efectos destructores de la modernización y su fraude a la hora de construir sociedades más justas y más libres” (pg. 44), aunque, por desgracia, la filósofa no se molesta en detallarnos cuáles son esos “efectos destructores” o por qué piensa que las sociedades actuales no son “más justas y más libres” que las del pasado. Para ella, la expansión de la cultura, de la educación y del acceso a la información tampoco cuentan nada en absoluto, porque “lo sabemos todo y no podemos nada (…) Vivimos en tiempos de analfabetismo ilustrado” (pg. 45; cursivas mías). Lo que sí que menciona Garcés son algunos factores que contribuirían a esa supuesta inutilidad de nuestros conocimientos: su gigantesco volumen, que impediría la integración y la intercomunicación entre sus campos segmentados; su “estandarización” (en el sentido de ser producido y evaluado mediante procedimientos meramente formalistas que no tienen en cuenta el contenido mismo del conocimiento); y por último, lo que Garcés llama la “delegación de la inteligencia”, la idea de que todos los problemas podrían llegar a resolverse mediante alguna aplicación informática o algo así. Me confieso incapaz de ver en ninguno de estos tres “problemas” una amenaza existencial auténtica para la civilización (y no solo una melodramática exageración intelectual de unas dificultades más bien poco importantes), pero, incluso si fueran más graves de lo que me parecen en comparación con los enormes otros progresos experimentados por la humanidad en los últimos tiempos, insistir en estos “problemas” me hace sentir un poco como cuando, tras disfrutar de una maravillosa interpretación de una sonata de Beethoven, alguien se quejase de que el pianista llevaba un calcetín de cada color. De hecho, es fácil darse cuenta de que la humanidad tiene aún que enfrentarse a problemas mucho más graves que los tres que acabamos de mencionar, como veremos en la última sección.

3. ¿QUÉ HUMANISMO NECESITAMOS?

En esta última sección, como indicaba más arriba, sugiero que nos fijemos en algunos de los aspectos más filosóficos sobre el debate acerca de los valores de la Ilustración que suscita el cotejo de los libros de Pinker y Garcés. Es inevitable recordar que la catástrofe de las Guerras Mundiales, y en especial de la segunda, con la sombra del Holocausto (y en distinta medida, del Gulag), inspiró a varios intelectuales una profunda desconfianza en la capacidad de los valores y las instituciones ilustradas para hacer buenas las promesas contenidas en los escritos de pensadores como Diderot, Adam Smith o Kant. El libro Dialéctica de la Ilustración (1944), de los dos líderes de la Escuela de Frankfurt, Max Horkheimer y Theodor Adorno (dos judíos alemanes que por aquella época vivían en el exilio en California), es seguramente el mejor ejemplo de tal escepticismo. Me parece evidente que el libro de Marina Garcés comparte mucho del recelo de aquellos viejos frankfurtianos hacia el capitalismo y la democracia liberal, como “criaturas monstruosas” de la Ilustración, aunque tal vez no comparte el inerradicable pesimismo de aquellos autores hacia el poder de la razón para llevar a los humanos a una sociedad libre y emancipada. No creo equivocarme demasiado si digo que, para Garcés, algo que podríamos llamar “liberalismo” sería el principal culpable de haber creado esa “condición póstuma” que mencionábamos más arriba. También sospecho que un autor como Pinker sería para nuestra filósofa el prototipo de “intelectual liberal” (Pinker tal vez no lo negaría, aunque habría que andar aquí con cuidado por el sentido tan distinto que “liberal” tiene a cada lado del Atlántico), o incluso algo peor: un pensador “positivista”, y por ello un ejemplo de aquello a lo que radicalmente se opone esa “Nueva Ilustración Radical” que reclama Garcés. Añadamos, en justicia, que la filósofa española podría también ser un ejemplo de lo que Pinker denomina “progresófobos de izquierda”, una especie tal vez no tan peligrosa como la de los de derechas (entre los que se encontrarían Donald Trump y los movimientos nacional-populistas de varios países europeos), pero muy responsable de mucha de la desconfianza que gran parte de la sociedad experimenta hacia el progreso.

Más allá de la cuestión sobre de parte de quién están “los hechos” en este debate (cuestión sobre la cual, tras el examen de los datos, es difícil no conceder que Pinker tiene la mayor parte de la razón), pienso que lo más probable es que las lectoras y lectores sientan curiosidad sobre cuáles pueden ser los motivos profundos de una diferencia tan radical entre los puntos de vista de nuestros dos autores. Naturalmente, sobre esta última pregunta no puedo ofrecer más que algunos argumentos conjeturales, pero, caramba, eso es en lo que siempre ha solido consistir la filosofía, ¿no? Una hipótesis quizá plausible, aunque personalmente no creo que sea muy acertada, sería que la diferencia se debe al grado de simpatía que cada autor siente hacia los “perdedores”. No es que Pinker esté incondicionalmente con los “ganadores” y Garcés con las “víctimas”, por supuesto: tanto los “progresófilos” como los “progresófobos” tienen una elevada simpatía hacia estas últimas (con independencia de si las catalogamos como “víctimas del progreso”, o de lo que sea); ¿quién no iba a tenerla? Seguramente es más bien una cuestión de grado: ¿cuántas “víctimas”, cuanto sufrimiento, o quizás, qué balance entre “perdedores” y “ganadores”, considerarías suficiente como para repudiar el sistema que ha llevado a ello? (Teniendo en cuenta, en especial, que cualquier sistema alternativo que pongamos en su lugar tendrá también su propia cantidad de víctimas y de sufrimiento, quizá menor, pero quizá mayor que el actual). Por un lado, la gente que simpatice con Garcés puede muy legítimamente decir que las cifras tan optimistas desplegadas por Pinker están muy bien, pero que el sufrimiento real de los millones de personas sin empleo, o con trabajos precarios, o que han sido expulsados de sus hogares, o las víctimas de violencia de género, o los refugiados, etc., etc., etc., son la prueba viviente (y a menudo no viviente) de que el sistema liberal-capitalista aún sigue condenando a una gran parte de la sociedad a una vida miserable y alienada. Por otro lado, quienes simpaticen con Pinker pueden responder que el sufrimiento de esas víctimas merece toda nuestra solidaridad y todos nuestros esfuerzos por suprimirlo, pero no debe cegarnos ante el hecho de que muchos más millones aún han sido “salvados” en las últimas décadas de sufrir un destino similar, y ante el hecho de que desbaratar las dinámicas económicas, políticas y tecnológicas que han permitido que esos millones se “salvaran” es poco probable que produzca beneficios tangibles para otros tantos seres humanos, si es que no lleva a repetir los antiguos desastres.

Un aspecto en concreto de la presente situación mundial que sí que permite explicar, en mi opinión, la simpatía de mucha gente hacia posiciones como la de Garcés es la manifiesta elevación de la desigualdad en la distribución de los beneficios del progreso económico. Esta es, seguramente, la cuestión sobre la que Pinker pasa más de puntillas en todo su libro. Su explicación de que la gente no se preocupa demasiado sobre su posición económica o social relativa, en comparación con lo que la preocupan sus niveles absolutos de renta y de riqueza, no es demasiado convincente, como muestra la actual preocupación sobre el tema de la desigualdad. Tal vez la verdad caiga entre ambos extremos, y lo que ocurra sea que los humanos damos mucha importancia a la desigualdad en tiempos de recesión o estancamiento económico, pero nos preocupe bastante menos cuando hay más y mejores trabajos disponibles, mejores servicios públicos gracias a una recaudación fiscal abundante, y sobre todo, cuando hay mejores expectativas para nuestro futuro y el de nuestros hijos. Si esto es verdad, entonces lo más probable es que, una vez que la larga crisis económica actual llegue a su fin en los próximos años o décadas, lo que veamos sea que el tema de la desigualdad deje de preocuparnos tanto como ahora, incluso si los niveles de desigualdad no se reducen, y vuelvan a ser un asunto polémico en la siguiente gran crisis. También hay que tener en cuenta que, como dije más arriba, la desigualdad ha aumentado dentro de la mayoría de los países, en efecto (en algunos casos, porque los más ricos han acumulado la mayor parte de los frutos del crecimiento; en otros, porque los ingresos de los más pobres han experimentado una fuerte caída), pero a nivel global la desigualdad económica ha disminuido considerablemente. Esto puede sonar paradójico, pero es muy sencillo de explicar: el enorme aumento de la renta per cápita de miles de millones de personas en los países en desarrollo ha hecho que hoy en día la distribución mundial de la renta se parezca más al lomo de un dromedario (con una sola joroba en el centro, es decir, con casi toda la población concentrada alrededor de la renta media mundial) que al de un camello (con dos jorobas, como había sido normal desde el despegue económico de los países occidentales tras la revolución industrial, y con una gran diferencia entre la renta de los países más avanzados y la de los demás). Es decir, el enorme crecimiento económico mundial de los últimos cuarenta años se ha dirigido principalmente a disminuir la gran brecha que existía entre los ciudadanos de los países pobres y los de los países ricos: la renta de los primeros ha crecido espectacularmente, y ya no hay tanta desigualdad entre, digamos, chinos e indios por un lado, y europeos y norteamericanos por otro, como la que había hasta hace poco tiempo. Así, es verdad que la desigual distribución de los costes y beneficios de la crisis económica ha hecho, justificadamente, que mucha gente esté muy enfadada con “el sistema” desde que comenzó la recesión, sobre todo en los países más desarrollados. Quienes ya tenían un importante sesgo en contra del sistema capitalista de libre mercado y contra la democracia liberal lo verán como una confirmación de sus puntos de vista. Pero creo muy probable que, una vez que pase esta situación (transitoria, como todas), la popularidad actual de estas visiones anti-capitalistas tengan, a largo plazo, tan poquísimo impacto sobre el desarrollo de la economía y la política mundial como el que tuvieron las quejas anti-capitalistas de sus predecesores de hace cincuenta años.

Otra cuestión filosófica que subyace a las profundas diferencias entre Garcés y Pinker se refiere a los supuestos “beneficios” que el progreso tecno-científico, el crecimiento económico y la mejora de las condiciones materiales de vida nos han proporcionado. Sospecho que para Marina Garcés que no serían tan “beneficiosos” como puede parecer a primera vista, no solo porque haya aún mucha gente que los disfruta demasiado poco, sino también porque tienen un excesivamente elevado coste medioambiental, y sobre todo, porque según esta filósofa no serían realmente una forma de “emancipación” efectiva. Esto recuerda, por supuesto, a la crítica frankfurtiana del capitalismo y la ciencia modernas: la mayor parte de la supuesta “mejoría” en las condiciones de vida se habría dirigido hacia un hiperconsumismo paranoico que no nos ayuda a salvarnos del “analfabetismo ilustrado” al que se refería Garcés (recordemos su lapidaria frase: “lo sabemos todo y no podemos nada”). El problema, para mí, es que siglo y medio de similares homilías marxistas o psicoanalíticas sobre la “alienación” y la “emancipación” (y, para ser más justos, tras muchos siglos de jeremiadas filosóficas sobre la felicidad “verdadera” y la “falsa”, y otras cosas así) han chocado frontalmente contra la cabezonería de millones y millones de personas que ponen en duda, en general por muy buenas razones, que una vida dedicada a actividades supuestamente “emancipatorias” merezca de verdad el esfuerzo. El ya mencionado Theodor Adorno soñaba con que una humanidad liberada de la prisión del consumismo mandaría a la basura a Elvis Presley y empezarían a venerar a Arnold Schönberg, o algo por el estilo. Confieso que este tipo de manifestaciones me parecen mucho más un síntoma de arrogante paternalismo desde la élite intelectual, que formas útiles de mejorar la vida de la gente común y corriente, y que lo que suelen traslucir es más bien un profundamente prejuiciosa y anti-ilustrada (en el sentido de no estar debidamente apoyada por el conocimiento científico) visión de la naturaleza humana. Por desgracia, como Marina Garcés no se molesta en mostrarnos ni siquiera en rasgos generales de qué modo una “vida emancipada” sería sustancialmente distinta de las vidas de los seres humanos contemporáneos (o, al menos, de las vidas que vivirían si hubiera empleos más abundantes, más seguros y mejor pagados, y si hubiera una mejor provisión de servicios públicos), sus afirmaciones sobre la necesidad de una “Nueva Ilustración Radical” son difíciles de valorar. Habríamos deseado que, más allá de algunas frases crípticas como “lo que necesitamos es elaborar el sentido de la temporalidad (…), relaciones significativas entre lo vivido y lo vivible” (pg. 74; cursivas en el original), Garcés nos hubiese ofrecido una descripción detallada, comprensible y explícita de qué cosas seríamos exactamente capaces de hacer una vez que hubiésemos logrado “elaborar” todo eso, cosas que (se supone) no podemos, o no queremos, hacer ahora mismo. Y por supuesto, también necesitaríamos una explicación clara de la manera como se supone que tal “elaboración de sentidos” contribuiría causalmente a la consecución de los supuestos objetivos, para así poder discutir si quizá no habría algunos medios diferentes de lograrlo.

Una última fuente de las diferencias entre Garcés y Pinker se refiere al significado que para cada uno de ellos tiene el concepto de humanismo; curiosamente, el concepto con el que ambos autores cierran sus libros. Pinker lo entiende como “el ideal de florecimiento humano – que es bueno para la gente disfrutar de vidas largas, saludables, felices, ricas y estimulantes”, y lo asocia con una visión utilitarista y consecuencialista de la ética, basada en la capacidad de deliberación racional e imparcial, pero también basada en mecanismos evolutivos (o “sentimientos morales”) de la mente humana, tales como “la simpatía, la confianza, la gratitud, la culpa, la vergüenza, el perdón y la justa indignación” (cap. 23). Los dos principales oponentes de este tipo de humanismo serían, para Pinker, las ideologías anti-ilustradas, como el teísmo y el nacionalismo, que se basan en la idea de que los humanos tenemos una necesidad fundamental de someternos a una autoridad superior e incontestable; ideologías, por tanto, que desconfían profundamente del valor principal asociado a la Ilustración: la autonomía personal.

En cambio, para Garcés “el humanismo es un imperialismo, un imperialismo eurocéntrico y patriarcal, (…que) se basa en la concepción que tiene de sí mismo el hombre masculino, blanco, burgués y europeo” (pg. 67; cursivas mías). Por desgracia, de nuevo el oscuro lenguaje con que Garcés explica lo que debería reemplazar este “humanismo imperialista” hace muy difícil ver hacia qué está apuntando exactamente, y cuáles serían las diferencias discernibles entre el “nuevo humanismo” que ella propone y el que, sin ir más lejos, defiende Pinker según acabamos de ver.  Por ejemplo, Garcés afirma que un humanismo apropiado, no patriarcal, colonial, o (peor todavía) tecno-capitalista no debería “borrar en nosotros la capacidad de vincularnos con el fondo común de la experiencia humana (…,) la capacidad que tenemos de compartir las experiencias fundamentales de la vida, como la muerte, el amor, el compromiso, el miedo, el sentido de la dignidad y la justicia, el cuidado, etc.” (pgs. 68-69). Tal vez yo sea demasiado obtuso, pero esa “capacidad” me parece exactamente la misma que Pinker y otros pensadores “liberales”, “naturalistas” o “positivistas” toman como el fundamento ético sobre el que una sociedad sana debería construirse. Y, quizá más importante aún, tampoco veo ninguna garantía en absoluto de que adherirnos a la marca del humanismo preferida por Marina Garcés, una marca no dominada por un “universalismo expansivo”, sino un “universalismo oblicuo” que elabora “universales oblicuos” (pg. 69), fuese a tener la más pequeña ventaja sobre alguna otra marca más “tradicional” de humanismo en cuanto a su capacidad de resistirse a ser manipulada por cualesquiera fuerzas políticas, económicas o tribales que la pudieran utilizar como un instrumento mediante el que ejercer la más brutal opresión sobre millones de personas. El hecho de que Garcés no se tome la molestia de expresar en ninguna parte de su breve libro ni la más leve crítica a las abundantes y despiadadas fuerzas de dominación y de violencia que infestan nuestro mundo pero que no tienen como su causa principal la expansión del capitalismo me hace temer que el “humanismo oblicuo” de la filósofa catalana podría ser fácilmente hackeado por cualquiera de esas muchas formas de dominación (desde los populismos antidemocráticos hasta los fundamentalismos religiosos, así como sectas anticientíficas o postmodernas, e incluso por múltiples formas de capitalismo aún más abyectas que la actual… digamos un “capitalismo oblicuo”), formas de dominación que sin duda estarían tentadas a instrumentalizar retóricamente una filosofía tan poco proclive a la argumentación en términos diáfanos.

Terminaré comentando un error que me parece que las obras de Pinker y Garcés comparten por igual: su (al menos aparentemente) ingenua creencia en el poder del discurso intelectual. Este es un fallo que afecta probablemente más a la estrategia argumentativa de Pinker, pues, como la mayor parte de sus argumentos consisten en ilustrar mediante estadísticas empíricas el progreso histórico del bienestar humano, en el fondo, y en definitiva, no está nada claro en qué medida ese progreso ha sido causado por la expansión de los ideales de la Ilustración, o si quizás la relación de causa y efecto haya sido justo la opuesta, o más probablemente, haya ido en ambas direcciones y haya contado con muchos otros factores, algunos incluso casuales, como suele ocurrir en la historia. Podemos imaginar, por ejemplo, que las afortunadas tendencias que Pinker nos expone vayan a continuar en el futuro con independencia de cuántos “progresófobos” clamen en contra del liberalismo, pues quizá la influencia de estos sea siempre demasiado pequeña como para detener el desarrollo de la ciencia, de la tecnología, del libre mercado y de la democracia (en cuyo caso, el libro de Pinker sería inútil e innecesario). Pero también podemos imaginarnos un futuro en el que todos los Pinker del mundo juntos sean incapaces de evitar una serie de catastróficas desdichas que pongan un súbito fin al progreso humano. A priori, comparto con Pinker y Garcés la esperanza en que la creencia en el valor de la discusión libre y racional es mucho mejor para la humanidad que lo contrario; pero, salvo que ello se pueda demostrar mediante un estudio científico robusto de los mecanismos que determinan la evolución social (lo que me parece muy improbable), esa creencia no puede ser más que una esperanza, no un “principio filosófico de la razón”, ni mucho menos algo que podamos tomar como un hecho objetivo.

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Jesús Zamora Bonilla

Facultad de Filosofía – U.N.E.D.

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Notas

Esta reseña es traducción de la que el autor ha publicado en inglés en mappingignorance.org: https://mappingignorance.org/author/jesus-zamora/

Referencias bibliográficas

  1. Garcés, Marina. Nueva Ilustración Radical. Editorial Anagrama [Nuevos Cuadernos Anagrama], Barcelona, 2017. ISBN: 978-84-3391-614-3.
  2. Pinker, Steven. Enlightenment Now. New York: Viking [Penguin Random House Group], 2018. ISBN: 978-0-5255-5902-3.
  3. Pinker, Steven. Los ángeles que llevamos dentro: el declive de la violencia y sus implicaciones. Ediciones Paidós [Colección Contextos], Grupo Planeta de Libros, Barcelona, 2012. ISBN: 978-84-4933-464-1.
  4. Adorno, Theodor y Horkheimer, Max. Dialéctica de la Ilustración. Fragmentos filosóficos. Editorial Trotta [Estructuras y Procesos. Filosofía], Madrid, 1998. ISBN: 84-876-9997-9.
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