Escher: Arte y Matemáticas – Sebastián Gámez Millán

Escher: Arte y Matemáticas – Sebastián Gámez Millán

Escher: Arte y Matemáticas

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Maurits Cornelis Escher – Prentententoonstelling [Mei 1956 – Litographie]

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Escher: Arte y Matemáticas

A pesar de que al menos desde Pitágoras existe un vínculo indisociable entre la realidad y los números, las matemáticas y el arte, salvo contadas excepciones teóricas, a lo largo de la historia no se ha puesto suficientemente de relieve el estrecho parentesco que guardan entre sí estas disciplinas, como si la imaginación del arte fuera incompatible con la lógica precisa de las matemáticas. La hipnótica y cautivadora obra de Maurits Cornelis Escher (Países Bajos, 1898-1972) es un ejemplo paradigmático de ello. Ambas disciplinas humanas requieren tanto de la imaginación como de las lógicas, en suma, de creatividad, si bien persiguen por lo general distintos fines: mientras que las artes procuran transfigurar nuestra visión del mundo, las ciencias nos permiten tener mayor dominio sobre la naturaleza y cuanto nos rodea.

En el Congreso Internacional de Matemáticas de 1954, celebrado en Ámnsterdam, se expusieron algunos trabajos de Escher que magnetizaron la mente de algunos científicos con perspectivas insólitas que desafían las leyes de la percepción. Este encuentro dio lugar a un fructífero diálogo en el que Escher, deslumbrado por los juegos de líneas, las composiciones matemáticas, las repeticiones y el infinito, concibió obras que ofrecían otra vuelta de tuerca a cuestiones ya abordadas, como Galería de Grabados (1956), donde apreciamos a un espectador delante de una pintura –quizá nosotros mismos ante una pieza de Escher–, y en la que asistimos, perplejos, a múltiples perspectivas simultáneas, pero no a la manera del cubismo, sino de otro modo propio del mundo de Escher.

Desde el 29 de abril hasta el 26 de septiembre de 2021, el Museo Marítimo de Barcelona acoge una retrospectiva de Escher, artista del grabado, intelectual y matemático, compuesta de 160 obras. Se trata de un recorrido por la trayectoria vital y artística de Escher, desde sus primeras etapas, en las que participa en corrientes de la época, como el Art Nouveau, hasta que encuentra su propia voz, su singular estilo de paradojas geométricas, representaciones que apuntan hacia el infinito, construcciones imposibles e ilusiones ópticas, reconocido internacionalmente con obras como su memorable autorretrato, Hand with reflecting globe (1935), Relativity (1953), Three worlds (1955) o Beldevere (1958). Cualquier espectador desea encontrarse con estas obras maestras, ya que al fin y al cabo desea contemplar las originales que ha visto extrañado y maravillado antes en libros sobre su obra gráfica.

Sin embargo, lo que nos sorprende en el recorrido es cómo se va gestando y transformando su estilo a la par que su vida. Con apenas 30 años crea Tower of Babel (1928) desde una perspectiva inusual en la historia de la pintura y con el obstinado rigor que le caracteriza. En 1922 viaja a Roma, ciudad en la que se establece dos años más tarde. Desde allí realizará numerosos viajes en los siguientes diez años a los Abruzos, la costa de Amalfi, Calabria, Sicilia, Córcega y España. De esta etapa en la exposición se muestran abundantes obras no muy conocidas en las que destacan visiones pintorescas de construcciones humanas rodeadas de una naturaleza entre exuberante y sublime, como si los seres humanos se refugiaran de la monstruosa irracionalidad de la naturaleza en esas pequeñas y ordenadas construcciones racionales.

Me emocionan las fotografías, cartas y postales de estos viajes, en los que se revela su espíritu, como apreciamos en este fragmento de una carta escrita en Ravello: “Deseo encontrar la felicidad en las cosas más diminutas, en una pequeña planta de musgo de dos centímetros que crece en una roca, y quiero intentar hacer lo que llevo tanto tiempo deseando hacer: copiar esas cosas infinitesimalmente pequeñas con la mayor precisión posible…”. ¿No es este el espíritu de su obra? En sus dibujos sentimos una atención y concentración extraordinaria hacia aspectos de la realidad que comúnmente pasan desapercibidos, tratados casi milimétricamente, como si a fuerza de contemplarlos y dibujarlos hubiera llegado a maravillarse de todo cuanto le rodea, y como si por arte de magia, o por la magia del arte, su obra hubiera suplantado su existencia.

En España visitó la Alhambra de Granada y la Mezquita de Córdoba en 1922. El despliegue de formas y colores de estas arquitecturas le hechizaron. De hecho regresó a la Alhambra en 1936. No es casual, pues, que en la Capilla del Palacio de Carlos V y en el Parque de las Ciencias de Granada se le haya dedicado una exposición a la obra de este pintor con alma de matemático. Del encuentro con esta arquitectura tan minuciosa como prodigiosa surgen obras que repiten teselaciones que apuntan a lo infinito, algo, por cierto, que no existe en la naturaleza. Las estancias se dividen por etapas de su vida y procesos de creación: trampantojos, metamorfosis, cruce de mundos entre las dos y las tres dimensiones, perspectivas y arquitecturas imposibles…

Junto con paneles que nos informan de las etapas de su vida y de su creación, hay otros paneles que nos invitan a descifrar de qué técnicas y estrategias se sirve el artista para suscitarnos tales efectos visuales, puesto que Escher es un ilusionista, un mago de la percepción. Algunas de ellas son las descubiertas por la corriente psicológica de la Gestalt: como que la percepción es globalizadora, es decir, que tendemos a percibir de forma conjunta, cuando la visión del conjunto no se corresponde con las partes; la ley de la figura y el fondo, esto es, la percepción se organiza por unas líneas que delimitan un espacio que destaca sobre un fondo de otros colores; la ley de la proximidad, de acuerdo con la cual la percepción tiende a integrar los objetos más próximos como si formaran parte de lo mismo; la ley de la semejanza, que tiende a que la percepción se concentre en las figuras similares; o la ley de la continuidad, que acostumbra a organizarnos la percepción como si hubiera una continuidad entre unas figuras y otras, cuando no tiene por qué haberlas…

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Maurits Cornelis Escher – Hand met reflecterende bol, ook wel Zelfportret in bolspiegel [Januari 1935 – Litographie]

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Como cualquier otro artista o científico, su obra debe mucho a la naturaleza y a la tradición. Por ejemplo, su célebre autorretrato, Hand with reflecting globe (1935), se encuentra en la estela de El matrimonio Arnolfini (1434), de Jack Van Eyck, Autorretrato en espejo convexo (1524), de Francesco Mazzola, el Parmigianino, o Las Meninas (1656), de Velázquez. Si bien al que más se asemeja sin duda es al segundo, que se encuentra en el Kunsthistoriches de Viena. Menos célebre que El matrimonio Arnolfini y Las Meninas, Autorretrato en espejo convexo ha inspirado otras obras, como un poemario de John Ashbery con el mismo título que la obra del Parmigianino que en 1975 obtuvo el Pulitzer, el National Book y el National Books Critics. Pero como en todo artista que merezca ser llamado así, y Escher lo es, su dominio técnico y la inspiración logran trascender la copia imitativa. Su influencia ha traspasado el ámbito de la pintura y las matemáticas y ha alcanzado a la música (David Bowie, Pink Floyd…) y el cine: Origen (2010), de Christopher Nolan, por no hablar de la moda o de objetos cotidianos.

Decir Escher es decir el nombre de alguien que juega con la percepción, que es uno de los instrumentos cognitivos humanos con los que nos aproximamos y relacionamos con la realidad. “Mi obra es un juego, un juego muy serio”. Crea un mundo que no existía antes de él, y que a fuerza de contemplarlo nosotros, el público que asiste perplejo y maravillado a sus creaciones, se incorpora poco a poco a nuestro mundo, el real (¿qué es real y qué no lo es?), de manera que pasamos a reconocer ese mundo, suyo y nuestro, con su nombre, Escher.

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Maurits Cornelis Escher – Waterval [Oktober 1961 – Litographie]

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Sebastián Gámez Millán

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