Evolución – María José Edreira Vázquez [Primera Antología breve de cuentos y relatos breves «Jinetes en la tormenta» – Ilustración de Gemma Queralt Izquierdo]

Evolución – María José Edreira Vázquez [Primera Antología breve de cuentos y relatos breves «Jinetes en la tormenta» – Ilustración de Gemma Queralt Izquierdo]

El habitante del Otoño – Número especial

Primera Antología breve de cuentos y relatos breves «Jinetes en la tormenta»

 

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Gemma Queralt Izquierdo – Acuarela [Ilustración para El habitante del Otoño]

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Evolución

Tenía frío y no conseguía dormirme. Necesitaba calor, pero sentía frío en los huesos. Soy incapaz de dormir sintiendo frio. Me giré para cambiar de posición en la cama. En ese momento me pareció ver una ventana abierta. Raro, porque la ventana de la habitación está justo en la pared opuesta de la que estaba mirando en ese momento. No le di importancia, sólo quería dormir. No estaban dispuestos a dejarme hacerlo. Vi movimiento en la ventana, alguien me hacía señas para que fuese. La ventana era diminuta, pensé que sería imposible para mi entrar por esa ventana, pero la figura insistió. De repente me encuentro en un túnel lúgubre, húmedo y frío. No conseguía ver nada y quería salir de allí, necesitaba calor.

Miré hacia arriba y muy, muy lejos se veía algo de luz. Tendría que llegar allí. Toque la pared y se iluminó un poco, parecía estar llena de hormigas. Volví a mirar las hormigas y no, no eran hormigas, ¡eran hombres diminutos del tamaño de una hormiga!; entonces me di cuenta de que en realidad yo no estaba con ellos, sólo era una espectadora.

Cuestión de perspectiva. Yo había salido de la escena y estaba observando. Estos hombrecillos intentaban escalar la pared sin ningún éxito. No tenían medios, parecían desnudos y sólo usaban manos y pies. La mayoría caían al suelo al poco de intentar la escalada. Había varios caminos abiertos por algunos adelantados. Los caminos eran estrechos y sinuosos, además de oscuros. Una multitud de pequeños hombrecillos hacía cola uno a uno para subir por los caminos, muchos resbalaban y caían otra vez al suelo. Mirando hacia arriba pude observar como algunos habían alcanzado ya otros puntos del camino. Pero lo hacían de forma ralentizada, casi no avanzaban, caminaban penosamente unos tras otros. Yo comencé a sentir desasosiego, estaba impaciente, no entendía porqué no caminaban más deprisa. Me daban ganas de gritarles, de ayudarles, de empujarles. ¡Qué penoso era todo! ¿Porqué? Realmente no podían avanzar más rápido. Era realmente necesario avanzar tan lentamente. Empecé a sentirme tremendamente triste por aquellos hombrecillos, sentía su esfuerzo, su fatiga, su pena. Las lágrimas rodaron por mi mejilla izquierda sin saber exactamente por qué.

Pronto me animé. Miré hacia arriba y vi el siguiente tramo. Parecían avanzar un poco mas rápido. Se les veía vestidos, parecía un uniforme. Las mujeres llevaban el pelo largo y suelto; los hombres el pelo corto. De repente, un pequeño grupo caminando con agilidad superó al resto del grupo y se puso en cabeza. Francamente, me llamó la atención que las mujeres de este grupo llevasen falda y el pelo recogido en un moño. No me gustó nada, pero no era cuestión de cabrearme, necesitaba ver en que acababa todo esto.

Seguí mirando hacía arriba viendo como algunos estaban a punto de llegar a la salida de la cueva. Habían conseguido subir por la descomunal pared de la cueva y estaban saliendo a la superficie. No había sol, el paisaje era gris y lunar. Ahora la superficie era horizontal pero llena de grandes rocas. Es más, era un laberinto por el que avanzaban y retrocedían perdiéndose continuamente.
Los veo en ese laberinto con frecuencia y también los he vuelto a ver trepando por la pared, ahora ya no por ese camino sinuoso y oscuro sino por uno luminoso y más fácil, cada vez más fácil e iluminado.

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María José Edreira Vázquez

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Ilustración de Gemma Queralt Izquierdo