Fortalezas – Un poema de Gloria Jimeno Castro
Overview
Fortalezas [Poema]
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Fortalezas
El vuelo de las gaviotas,
su graznido estruendoso
sobre el Atlántico azulado,
resuena sobre nuestras cabezas,
llamando nuestra atención,
reclamando alzar el rostro hacia el celaje
luminoso de verano, apreciando que
mar y cielo se confunden en el
mirar del turista anhelante.
Desde un fuerte rocoso y centenario,
vigilante de una ría y una
población marinera, mis ojos
se pierden mirando al mar,
soñando con perderme en
un bergantín de blancas velas,
hinchadas por el aire fresco que
golpea el rostro desde una
atalaya del Castillo de San Felipe.
Camino entre restos de piedras
legendarias, entre arcos que sostuvieron
cañones, que cobijaron a luchadores,
a soñadores de paz, de gloria, de vuelta
al ayer cotidiano, al hogar hurtado
por el deber y por el imprevisible azar;
soñadores del amor que aún esperaba
tras el oleaje, tras la estrecha ría
que moría en el anchuroso mar
que llevaba al descanso, a la infancia,
a la seguridad, al anhelado
tedio de la familia y el hogar.
Las gaviotas con sus gritos
proclaman que hay almas entre
esas piedras, y las elevan
para llevarlas con los suyos,
para recordar que sus huellas,
sus manos, sus roncas voces
ahí aún resuenan, aunque
no las oiga nadie, pero sí las escucho,
sí las siento y percibo yo,
e invitan a contemplar el mar,
que es libertad, que es un sueño
azul que suena a látigos sobre un
rudo roquedal, que huele a agua
bravía, que se rebela por subir,
por seguir un destino, nuestro destino.
Mi alma también se eleva
con las gaviotas, vuela y
ameriza sobre las arenas que
circundan el fuerte, y admira
la perdurabilidad del castillo,
de sus murallas, de las manos recias
que lo levantaron piedra tras piedra,
para proteger, para defender un pueblo,
una familia, una vida, un sueño,
muchos sueños…
El mar susurra nombres, vidas idas,
tiempos fenecidos, e invita a vivir,
a gozar ese instante, el único presente real;
impele a abrir los ojos y a aspirar
la salinidad del inmenso océano,
y a tomar conciencia de que ahora
somos, y mañana puede que no.
Sigo elevándome, subiendo por las almenas
para otear el Ferrol, sus puertos,
sus playas, para atender al eco
de risas infantiles que provienen
de las playas, y entonces respiro
y en mi respiración se funden en
un instante las de quienes en otra hora,
en otro siglo, pero en ese centímetro
en qué me sitúo, posaron sus pies,
sus vidas, sus anhelos, su ser,
soldados, marineros, presos de la vida…
Y quiero volar sobre el mar,
quiero ser fuerte y dura como esas
piedras y roquedales imbatibles,
quiero flotar sobre el rumoroso oleaje,
nadar sobre mudables mareas,
empapar mi rostro con el acariciador
roce salobre del Atlántico,
que condujo a marineros, a aventureros,
y proseguir yo también con la mayor
de las aventuras vitales:
vivir y resistir más embates.
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Gloria Jimeno Castro

