El hombre del bombín – Un relato de Arturo del Río Rodríguez

El hombre del bombín – Un relato de Arturo del Río Rodríguez

El hombre del bombín [Relato]

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Arturo del Río Rodríguez – Sin título

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El hombre del bombín

Fue justo después de que cambiara la ley, y se prohibiera cavar en el pueblo, que el abuelo publicó los anuncios en varios periódicos locales y aunque pensó que sería difícil que alguien llegara a leerlos e interesarse por ellos, el señor del bombín lo hizo, pues hacia el final del verano, ya estaba instalado en la habitación de invitados. Y si es cierto, como piensan todos ahora, que el abuelo creó una realidad paralela hecha de mentiras, y que sus idas y venidas al ayuntamiento, no fueron sino una forma más de despistar al alcalde, a quien, de alguna manera, quería retar, y ya de paso demostrarles también a sus vecinos que su jubilación no era más que administrativa, que sus capacidades deductivas seguían intactas, y que persistiría en sus tareas ilegales hasta el último día de su vida, aunque para ello tuviera que burlarse de todos, entonces esa sería una manera eficaz de explicar así por qué los recortes de periódicos acabaron decorando la pared, así como el resto de los recuerdos inventados, pero no la aparición del idolillo cicládico en el salón de su casa. Lo cierto es que Teresa lo regañaba a diario, pues las tijeras aparecían en los lugares menos apropiados, como dentro de la bañera, aunque ella casi siempre se lo pasara por alto, pues se le olvidaba. Ya por aquel entonces ambos tenían brotes de alzhéimer, y aunque él lo negara, estaba esa vieja película del señor Cotten, en la que interpretaba al tío Charlie, que todavía parecía proyectarse en su memoria como si se tratase del día del estreno, pero también seguía en pie la promesa que le había hecho a la otra Teresa, su bisabuela, cuyos huesos reposaban en soledad, en el cementerio, desde hacía más de treinta años. Unos días más tarde, cuando llegó el hombre del bombín y dijo que el precio del alquiler de la habitación le parecía bien, a la abuela casi le dio un soponcio porque, ¿quién era ese señor y qué derecho tenía a entrar en su casa? Mis abuelos – siempre según la versión de la historia que aún hoy nadie cree – discutieron en la cocina mientras el forastero se paseaba por la casa con su maleta en la mano, escudriñando las paredes como si buscase algo, o le interesara la distribución de los tabiques, o fuese experto en arquitectura ingenua, y cuando la negociación de la cocina terminó, el abuelo, como casi siempre, se había salido con la suya y la abuela miró con buenos ojos el dinero, limpio, recién salido del banco, del extraño. En seguida los tres ancianos se hicieron camaradas, aunque todos sabemos que, en teoría, el inicio de todo – ¿otro inicio en falso más? – no era otro que el manido asunto de las viudas asesinadas: el abuelo quería pillar al anciano que les había alquilado la habitación en un renuncio para resolver el caso y así cubrirse de gloria para poder mirar al alcalde por encima del hombro. Esa al menos era la cortina de humo para, mientras tanto, poder dedicarse a su otra tarea. Pero disculpen. Creo que estoy yendo demasiado rápido, aunque supongo que todos aquí conocen la historia. Fue cosa de hace pocos años que se armó todo aquel barullo por un asesino que solo simpatizaba con las viudas; un misterioso señor que pasaba de ser inquilino a amante, de amante a estrangulador, y de estrangulador a ladrón, una secuencia totalmente lógica por otra parte, según algunos de los más cultos tertulianos del café de la plaza. Siete viudas le habían alquilado las habitaciones tristemente destinadas a los niños que ya no llegarían, a aquel misterioso hombre de avanzada edad que imperturbablemente acabaría siendo su verdugo. Y a pesar de que el indicio del bombín, negro, brillante como el lomo de un cuervo, no encajaba con la descripción facilitada por la policía, el abuelo pensó que bien podía tratarse de una artimaña de despiste. El recién llegado inquilino tenía toda la pinta de ser un bicho raro, y seguro que dentro de la maleta llevaba algo que podía implicarle: un mechón de cabellos de sus víctimas, una carta comprometedora, o una corbata, aunque si por corbatas fuera, él mismo hubiera sido un buen sospechoso. De todos modos, ¡Teresa no era viuda! Si el hombre solo asesinaba a viudas, primero tenía que acabar con la vida del abuelo. ¿De verdad alguien podía estar pendiente de ese plan, que solo existía dentro de la cabeza del abuelo, como una realidad imaginaria cuya única razón de ser solo cobraría sentido cuando le pidiesen explicaciones por el sorprendente hallazgo que aún no había tenido siquiera lugar? Comoquiera que entonces se habló en los telediarios de una nueva serie de estrangulamientos, perpetrados unos cincuenta kilómetros más al sur, el abuelo acabó de convencerse de que aquel hombre, que más que un hombre parecía un lord inglés, no era el asesino imaginado, de manera que tuvo que tragarse su orgullo, y aceptar que él no era el Samuel Spade que habría deseado ser, y le tuvo que pedir al inquilino que dejara libre la habitación de invitados. Por supuesto, no contó nada de esto en el café, pues solo hubiese faltado que se enterara el alcalde, que pensaba que el abuelo ya solo quería llevarle la contraria, y que mejor haría dedicándose a jugar a la petanca, pues no tenía sentido que fuera por ahí investigando cosas que no le concernían, y mucho menos inventadas. Aun así, el abuelo, que nunca había agachado la cabeza, siguió asegurando durante un tiempo que él se las bastaba para atrapar al famoso asesino de viudas y que estaba detrás de una pista definitiva, como si a alguien le importara lo que hiciera con su tiempo libre. De modo que pasaron unos días, los más calurosos del año, y el hombre del bombín, cuya discutible presencia ya no era necesaria, pues quedaba descartado como asesino, al parecer se hacía el remolón a la hora de abandonar la habitación, y acabó rogándoles a mis abuelos que le diesen algo de tiempo para buscar otro alojamiento, y aunque al principio el abuelo le dijo que se buscase un hotel, no existía nada parecido en el pueblo, y Teresa dijo que qué barbaridad, que hasta los perros hoy duermen dentro de las casas, en cómodas camitas hechas a medida, que cómo iban a dejarlo en la calle, habiendo pagado tres meses por adelantado, y además en plena ola de calor, de modo que al final permitieron al largo hombre siempre vestido de negro quedarse en la casa y los tres acabaron haciéndose buenos amigos. Fue entonces, mientras se engarzaba entre ellos una camaradería generacional, cuando el del bombín les contó del resguardo con el número anotado de la combinación que abría una caja fuerte, un papelito que al parecer se encontraba dentro de una cajita de plomo enterrada en las afueras del pueblo, cerca del camino que conduce al cementerio, y que para eso había venido al pueblo, para localizar esa cajita de plomo, y no a otra cosa, en ningún caso, no para asesinar a viudas, y comoquiera que el abuelo le creyó a la primera, le dijo que contase con él para lo que fuera, y del asunto de las viudas ya no se volvió a hablar. Y una noche, ante el fuego de la chimenea, entre el chisporroteo de las ramas, el hombre del bombín les contó que tenía una hija que vivía en Vinaroz, a la que hacía más de cuarenta años que no veía, desde que su mujer lo había echado de casa, y a Teresa se le aflojaron unas lágrimas, y para acabar la velada, el inquilino sacó de su cartera una foto en sepia en la que aparecía una pequeña niña de cara redonda sonriendo al fotógrafo y un perro que parecía que iba a mover la cola. Luego dijo algo acerca de un viaje a América, a Chicago para ser más precisos, que al abuelo le había parecido siempre un lugar que no existía más que las antiguas películas de gánsteres, y aunque no explicó el porqué de aquel viaje, se habló también de un pasaporte falso, y de que le habían declarado culpable de algo, de oídas. De modo que, al cabo de dos semanas, la cosa ya no iba de viudas, sino que giraba alrededor de un resguardo que abría las puertas de una caja fuerte, y al parecer, una tarde el abuelo llevó al antes-inquilino-ahora-amigo, al café de la plaza, que los domingos se llenaba de montañeros vociferantes, y allí se encontraron con el alcalde, quien desconfió del del bombín desde el primer momento. Lo primero que le preguntó fue que por qué no se quitaba el bombín, pero el otro no supo dar una razón convincente y todo empeoró cuando el camarero le preguntó que qué iban a tomar para comer y el anciano pidió un té con limón y un sándwich de jamón y queso, cosa que sacó de quicio al alcalde ya que despreciaba a los remilgados. Meses más tarde, en el atestado policial, el alcalde negó haber conocido al extraño visitante. Lo único que es seguro es que los días comenzaron a hacerse más cortos y cada vez se hablaba menos del caso de las viudas asesinadas, y aunque lo del pagaré, enterrado en algún lugar del pueblo, no dejaba de ser un secreto a voces del que hasta el abuelo empezaba a dudar, una noche oyó el ruido de la puerta que daba al patio de la entrada dando golpazos en el aire; alguien se la había dejado abierta y, evidentemente, no podía ser otro alguien que el hombrecillo del bombín. ¿Hemos de seguir creyendo que el abuelo dudó antes de salir a la calle en pijama para descender hasta la carretera, bajo la mirada suspendida de la uña recortada de la luna llena, y que vio a lo lejos el bombín, flotando, brillando en mitad de la noche como una moneda de plata, y que lo siguió, y pudo ver entonces que el hombre se dirigía con paso cansado por el camino de piedra que conduce al cementerio, cargando penosamente una pala sobre su espalda, y que entonces comenzó a sospechar algo raro, y volvió a pensar en viudas estranguladas, y en nudos de corbata, y que incluso estuvo tentado de correr a la plaza para avisar al alcalde, para finalmente pensar que esto último no tenía sentido, pues hubiese significado otra derrota más en su debe, y además, no eran horas? Decididamente, prefirió apañarse por sí mismo en aquel extraño lance. En la declaración posterior, mecanografiada trabajosamente en la comisaría, explicó que, como empezaba a refrescar y él iba en pijama y no quería pillar una pulmonía, decidió volverse a casa y cuando vislumbró la cama calentita con las sábanas abiertas llamándole y a Teresa resoplando en sueños, no puedo resistirse y se acostó a su lado, y cuando despertó, a la mañana siguiente, lo único que recordó era que había soñado con San Agustín. Aquella noche durmió a pierna suelta, engarruñado sobre la almohada y no fue hasta el día siguiente, precisamente cuando el inquilino, caña en mano, le pidió que le acompañara al río, que se acordó del extraño episodio del cementerio. El abuelo también reconocería más tarde que le temblaron las rodillas cuando el otro le pidió que le siguiera. El sol estaba a punto de ocultarse tras las montañas, y la pesca parecía una excusa más bien burda. ¿Cuáles eran las verdaderas intenciones del hombre del bombín? ¿Cómo se suponía que iba a desenterrar la cajita de plomo que custodiaba un pagaré? ¿Con las manos? Desconfiado por naturaleza, el abuelo echó mano de su viejo revólver, que nadie sabía que guardaba desde la guerra. Afortunadamente no tuvo necesidad de usarlo. Aquella tarde estuvieron pescando en el río, cuando este aún existía – hoy no es sino un camino seco empedrado henchido de maleza seca en verano -, hasta que las estrellas hicieron su aparición sobre sus cabezas, y mientras el hombre del bombín le decía que pensar que hay otra vida después de la muerte es solo un pensamiento, un simple pensamiento nada más, se hizo con una trucha de más de medio kilo que la abuela cocinó esa misma noche con sus mejores artes. En los días sucesivos, las salidas al río se multiplicaron. La camaradería parecía justificarse solamente con peces. Y al final, tras aquel largo y espeso verano, mucho antes de la resurrección carnal y todo lo demás – el camino vuelto a encontrar entre los muslos y el queso, las gallinas, los escarabajos y Gideón -, no se volvió a saber del hombre del bombín, pareciera que nunca hubiese existido, y tal vez así era – o así no era -, pues resultó que todos en el pueblo coincidieron que aquel cuento del abuelo no era sino eso mismo: un cuento, una mentira, que no engañó a muchos, eso es cierto, pero sí dejó perplejos a bastantes ingenuos y a otros que no lo eran tanto. Una mentira no edificada sobre la maldad sino más bien sobre la desesperación, el aburrimiento, o tal vez un arraigado sentido de la estética; una mentira desde luego, patética, frágil y senil, que más tarde se desmoronó con una facilidad ausente en su creación. Porque ni Teresa era la paciente Penélope que destejía por la noche lo que tejía durante el día, y, eso fue lo más evidente desde el principio – todavía resulta increíble que nadie hubiese podido llegar a creerlo -, nunca existió tal inquilino, ni su sombrero hongo, y mucho menos había pagaré alguno que abriese una caja fuerte. Todo era una burda excusa para excavar, no en el cementerio, sino cerca, en los caminos adyacentes, a altas horas de la madrugada. Y a pesar de que el abuelo lo negara todo – “no fui yo, fue el del bombín” -, y que, con unas pocas palabras todo podría haber quedado relativamente bien explicado, una escultura como aquella no era fácil de esconder. Y si la pala nunca llegó a aparecer en los matorrales de camino al cementerio, eso ya no puede achacarse a las estratagemas del abuelo. Lo único indudablemente cierto fue la sorpresa de los más jóvenes, que solo acudían al pueblo para veranear a ratos. Aún hubo testigos que aseguraron haber visto al peculiar individuo con su bombín de fieltro negro paseando erguido por las calles sin barrer de Medranda la Nueva, pero los mismos que afirmaron que lo vieron, el alcalde incluido, fueron los que luego en el juicio afirmaron no saber nada y ahora zampan bocadillos de queso azul en el bar.

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Arturo del Río Rodríguez

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