El habitante del Otoño – Sexta antología de cuentos y relatos breves – VIII – Madame Calambur – Manuel Mestral
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El habitante del Otoño – Sexta antología de cuentos y relatos breves – VIII – Madame Calambur
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El habitante del Otoño – Sexta antología de cuentos y relatos breves – VIII – Madame Calambur
Madame Calambur
A Madame Calambur,
que padece paranomasia,
por coger un alambre
le dio un calambre.
Eso le hizo estornudar:
Catacrás, catacresis!,
su preciosa melena desanudar
y sobre Góngora escribir una tesis.
Como no existía aún,
hube de inventarla.
¡Qué sería del mundo sin Marcela Calambur!
¡Así que manos a la obra y agur!
Nació y fue nacida bajo el signo de Leo,
y debajo de un guisante;
por eso no para quieta un solo instante.
Y como quería una Pandora histórica
utilicé para modelarla mi Manual de Retórica,
que siempre me acompaña y releo.
Entre terca y tersa
un nombre apropiado busqué para ella.
¡Y me salió Teresa!
¿Qué será? ¿Quesera?.
No, hombre, quesera será o no,
pero dos hermosos luceros
Teresa ha de tener.
Ya los tiene, mira: detrás de la T y después de la R.
Eh?!
Eso: ee
¡Qué hermosura tan grande!
Porque grande es ella.
Tres eran, entonces?
No, dos luces del firmamento,
y atento al argumento:
Se mueve como un agitado pleonasmo.
Mira: sale para afuera, sube para arriba
y sin rumbo, pero con gula, deambula.
¿Al albur?
Sí, ya sabes, porque es Marcela Calambur.
Cuando tiene aerofagia…
¿Eso de montar en globo?
Sí, bueno…
¿Qué le pasa?
Que le molesta la lítote derecha.
¡Vaya!
Sí, pero menos mal.
Sí, es verdad, no es mala cosa.
¿Y se le pasa?
Cuando se casa.
¿Y cuándo se casa?
Si no tuviera que ir al dentista,
el sábado que viene.
¡Qué cuentista!
Pero ese sábado ya ha sido.
Siempre está siendo, ¿no lo ves?
O sea, que eran tres…
Te repites más que las anáforas en aceite.
Pues son ricas en proteínas y, además, un deleite.
Escucha, acémila:
Dejé por ti mis bosques, mi perdida
arboleda, mis perros desvelados,
mis capitales años desterrados
hasta casi el invierno de la vida.
Dejé un temblor, dejé una sacudida,
un resplandor de fuegos no apagados,
dejé mi sombra en los desesperados
ojos sangrantes de la despedida.
Dejé palomas tristes junto a un río,
caballos sobre el sol de las arenas,
dejé de oler la mar, dejé de verte.
Dejé por ti todo lo que era mío.
Dame tú, Roma, a cambio de mis penas,
tanto como dejé para tenerte.
¡Precioso!
Eso suele decir ella.
¿Quién?
Ella.
Ah, claro, “la bella”.
¿Ves como eran tres?
Tres eran.
Tres eran y serán Teresa.
Tres consonantes con sus vocales:
de la mano van la e y la a con la T, la R y la S.
Suena a vals.
Sí, pero a ella no le gusta bailarlo.
Pues es muy bonito.
Ya lo sé, amiguito,
pero hacen falta dos.
Pero, ¿no eran tres?
¡Mira que eres borrico,
asno de Buridán!
¿Es eso un retruécano?
No, jumento, atiende:
¿Cuál mayor culpa ha tenido
en una pasión errada:
la que cae de rogada,
o el que ruega de caído?
¿O cuál es más de culpar,
aunque cualquiera mal haga,
la que peca por la paga
o el que paga por pecar?
Pues, ¿para qué os espantáis
de la culpa que tenéis?
queredlas cual las hacéis
o hacedlas cual las buscáis.
¡Ver para vivir y vivir para ver!
Eso.
O eres miope o te falla a veces la sinécdoque.
Explícate, Teófilo.
Quieres que todo te lo sirvan en bandeja de plata.
¡Eres un Nerón!
¡Y Marcela un bombón!
A ver, metomentodo, que la cosa no es nimia:
ahora te explico la metonimia.
No hace falta, mira:
Anteayer compré un Picasso.
Escúchame, no me haces ni caso.
No está mal, nada mal.
¿Cómo era, “lingote”?
No, “lítote”.
¡Qué difícil!
¿Qué te parece hipérbaton?
¡No fastidies, Baldomero!
Lee, merluzo:
Donde espumoso el mar siciliano
el pie argenta de plata al Lilibeo
pálidas señas cenizoso un llano
del duro oficio da […]
Estás bebido, ya te veo.
Ni que decir tiene.
Atónito me dejas.
Pues a “Dafne ya los brazos le crecían”.
Vas aprendiendo.
Es del de la Vega
¿De quién?
De Garcilaso:
Escrito está en mi alma vuestro gesto,
y cuanto yo escribir de vos deseo;
vos sola lo escribisteis, yo lo leo
tan solo, que aun de vos me guardo en esto.
En esto estoy y estaré siempre puesto;
que aunque no cabe en mí cuanto en vos veo,
de tanto bien lo que no entiendo creo,
tomando ya la fe por presupuesto.
Yo no nací sino para quereros;
mi alma os ha cortado a su medida;
por hábito del alma mismo os quiero.
Cuanto tengo confieso yo deberos;
por vos nací, por vos tengo la vida,
por vos he de morir, y por vos muero.
¡Qué hermoso, qué bonita es la poesía!
¡Mira que es fea!
¿El qué?
La palabra bonita.
¡Quita, quita!.
Antes no terminaste
de explicarme la catequesis.
¿Qué la?
Ah, no, la catacresis, perdón.
Es complicado y difícil para tus entendederas.
Vamos a acabar con la reina de las figuras,
y a ver si esta vez te enteras.
¿Es cuál?
¿Sabes que le has cogido el punto?
No te enredes, que son las tres en punto.
Disfruta, Marcelino:
sus cabellos son oro, su frente campos elíseos, sus cejas arcos de cielo, sus ojos soles, sus mejillas rosas, sus labios corales, perlas sus dientes, alabastro su cuello, mármol su pecho, marfil sus manos […]
Cómo se nota que te gusta.
¿Quién?
Pues, Marcela.
¡Vaya tela!
Anda, Rigoberto, terminemos,
que de miope has pasado a tuerto.
Ya, pero te gusta:
porque sus ojos son dos estrellas errantes,
y su cabello la noche desvelada.
Bonita metáfora.
¿No decías que bonita era fea?
Sí, pero no en este caso, Tommaso.
Apaga y vámonos.
Vamos, pues, maestro.
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Manuel Mestral
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