Gordon – Un relato de Arturo del Río Rodríguez
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Gordon [Relato]
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Gordon
Atardecía. Como era costumbre en aquella época del año, las montañas escanciaban lechosos grumos de niebla. Gordon recorría la misma carretera secundaria que había recorrido mil veces, y lo hacía como un autómata: la curva del barranco, el estrecho paso del Corot que obligaba a los coches a turnarse para atravesarlo, la pendiente hasta el pico de Montegordo, el puente de piedra sobre el río Nilge. Eran los pies y las manos de Gordon, y no su cabeza los que guiaban el vehículo por ese camino de ida y vuelta, de un solo sentido, que tan bien conocía. La carretera estaba tranquila: el único riesgo, aparte de la niebla, era que algún ciervo, o un zorro, invadieran el asfalto, pero hacía muchos años, desde el incendio que desforestó la parte oriental de la montaña, que Gordon no se topaba con ninguna clase de animal, aparte de su tío Paco, que solía circular de madrugada con su vieja furgoneta destartalada, y que era un peligro público.
En sus trayectos de ida y vuelta, Gordon solo se cruzaba ocasionalmente con otros coches. Cuando eso sucedía, uno de los dos tenía que detenerse y apartarse a un lado del arcén. Afortunadamente, los camiones no se aventuraban por esa empinada y bacheada carretera secundaria llena de curvas. Adelantar a otro vehículo era una tarea complicada.
Ya era casi de noche, y ese día Gordon no se había encontrado con nadie en la carretera, lo que significaba que podía pisar tranquilamente el acelerador para llegar pronto a casa. Su buena suerte cambió al atravesar el monte. Al principio solo vio el destello tenue de las luces del vehículo que le precedía curva arriba alumbrando los abetos. Luego, se le hizo evidente a Gordon que el conductor que tenía delante no conocía la carretera, o tal vez acababa de salir de una autoescuela.
En seguida lo alcanzó. Las prisas de Gordon no obedecían a nada concreto, pero no le apetecía perder el tiempo siguiendo la estela pausada y desesperante del coche que tenía delante. Hizo cálculos: a esa velocidad, y con esa niebla, el tiempo del trayecto se duplicaría. Sus prisas se multiplicaron cuando comprobó que el coche no hacía ademán de apartarse a un lado; es más, cada vez iba más despacio; tal vez lo estaba provocando. Lo más seguro es que el conductor no fuera un vecino del pueblo. El Pepe, o el Tomás, ya se hubiesen echado a un lado para dejarle pasar. De modo que debía de tratarse de un forastero, un turista perdido, pues, la carretera secundaria, que en algunos de los tramos más bien parecía un camino de cabras, no tenía ninguna bifurcación; solo conducía al pueblo, a ningún otro lugar.
Cuando Gordon comprobó que “el colega” – así bautizó al lento conductor, en un grito de rabia que también incluyó insultos autóctonos –, no tenía la más mínima intención de hacerle un hueco para dejarle pasar, comenzó a tocar el claxon, pero lo único que consiguió fue despertar a los ciervos que dormían en la espesura del bosque.
Gordon, que se sabía de memoria el recorrido – desde que tenía uso de razón automovilística lo había hecho más de mil veces, ida y vuelta –, se empeñó entonces en que debía adelantar sí o sí a ese coche al que parecía traerle sin cuidado formar una caravana. Exageraba, pues nunca se formaban atascos en esos caminos desiertos, pero comportándose igual que un depredador guiado por el instinto, se marcó como objetivo la larga recta que se encontraba quinientos metros más adelante. Al entrar en ella aceleraría, y el otro coche – su conducir tan torpe, propio de un conductor novato, o tal vez de un borracho, había acabado de irritar a Gordon – no tendría más remedio que apartarse hacia la izquierda para ser adelantado. La neblina era cada vez más espesa, pero sus faros antiniebla no podían haberle pasado desapercibidos al hombre que circulaba delante. Además, el derecho de todo trabajador quemado, avalaba a Gordon y lo habilitaba para hacer todo lo posible para llegar lo antes posible a casa.
Cuando llegó a la recta, que apenas contaba con espacio para que circularan juntos dos coches muy apretados, siempre y cuando uno de los dos se apartara a la cuneta, Gordon soltó un “te vas a enterar”. El coche de delante parecía flotar mansamente, por encima de la gravilla del asfalto. Más que avanzar se bamboleaba entre la niebla; moviéndose cada vez más despacio. Con un movimiento brusco se colocó detrás de él. Le sorprendió comprobar que el coche no tenía matrícula. El espejo retrovisor corría peligro, así que Gordon lo replegó. Acto seguido, pisó el acelerador; se colocó a la derecha del otro coche, y en una maniobra rápida, ejecutada con la pericia de un conductor experto como era él, lo adelantó sin rozar la carrocería.
Gordon se sintió como un piloto de Fórmula 1 adelantando a su rival, y lo festejó con un “¡hasta la vista, colega!” mientras levantaba el puño derecho. Fue solo al mirar por el espejo retrovisor para tratar de comprobar quien podría ser ese conductor tan inepto, que vio que no era un coche lo que había dejado atrás, sino otro tipo de vehículo. Por un instante, Gordon pensó en pisar el acelerador por esos caminos trillados que podía transitar hasta a ciegas, y olvidarse de la escena. Sin embargo, al ver que el otro vehículo echaba humo – ¿o era, simplemente, niebla? –, se vio forzado a detenerse.
Veinte metros más atrás, inclinada sobre el arcén, estaba la extraña carcasa medio azulada, medio rosa, que acababa de adelantar. A Gordon le vino a la mente un O.V.N.I. Una buena historia para contar en el bar. Pero el pensamiento era tan surrealista, que lo descartó por imposible. ¿Cómo iba a tratarse de un platillo volante? ¡Qué escena tan típica!: el conductor que va por la carretera, sin testigo alguno, sin más observadores que los ojos del bosque, que se topa con un visitante de las estrellas. No; debía de tratarse de otra cosa. El coche parecía un patito de goma descabezado, una atracción de feria para lucir en las inminentes fiestas del pueblo; tal vez su conductor fuese un youtuber que, para llamar la atención, recorría el país en un llamativo prototipo fabricado por él mismo.
Sus dudas se disiparon – o tal vez lo contrario – cuando, una vez atravesada la cortinilla de niebla que le caía por los hombros, lo tuvo delante. No había visto nada igual en su vida, ni siquiera en las películas. No era un coche, sino una “cosa” orgánica, que palpitaba y se iluminaba como un ser abisal arrastrado a la orilla del mar por las redes de un pescador. Si era un vehículo, no tenía puertas ni ventanas. Su superficie viscosa parecía transpirar. Su costado había quedado enganchado en un gran zarzal, en el arcén izquierdo de la carretera.
Gordon se quedó perplejo cuando, sin saber cómo, vio salir al “ser” del blando caparazón. Le recordó al parto de un potrillo, escena que había presenciado a menudo en su juventud. Un batiburrillo de tendones plegados, sin esqueleto, envueltos en una especie de membrana transparente adquirió de pronto una forma humanoide. La “cosa” se colocó frente a él. No tenía ni boca, ni ojos, ni por supuesto nariz, o eso le pareció a Gordon, que notó, sin embargo, que el “ser” al que había adelantado con su coche, provocándole el descarrilamiento, estaba enfadadísimo. No se equivocaba. El humanoide alzó su brazo y le golpeó en la cara, partiéndole la nariz. Aparte del crujido de sus propios huesos, Gordon creyó escuchar un bisbiseo incomprensible, un ulular que, pensó entonces, se le quedaría grabado en la cabeza hasta el último día de su vida.
No se quedó a esperar más golpes, ni más ululares. Dolorido, con el hueso de la nariz roto, Gordon echó a correr hacia su coche. El extraterrestre, o lo que fuera que le había golpeado, no lo siguió, se quedó en la carretera, analizando los daños de su vehículo, posiblemente interespacial, que palpitaba como un corazón agonizante. La silueta del alienígena, brillando en mitad del monte, le recordó a la figura de una virgencilla fluorescente.
Gordon condujo como si compitiera en un rally. Ya era noche cerrada en la carretera secundaria que había recorrido miles de veces. Perfectamente consciente, aunque dolorido, y extrañamente sereno condujo prestando la máxima atención a las curvas de esos caminos de ida y vuelta, pero de un solo sentido, que conocía de memoria. Al abandonar la zona de bosque, la niebla desapareció, dejando a la vista los destrozos del fuego del incendio que había desforestado la montaña hacía pocos años, así como las luces de las casas del pueblo, valle abajo.
Al llegar al pueblo, Gordon se dirigió directamente al centro de salud. La enfermera de guardia que lo atendió se asustó al verle sangrando, con la nariz destrozada. El médico tardaría aún tres horas y media en llegar. La carretera estaba cortada pues había habido un accidente, explicó la enfermera. A punto estuvo Gordon de explicarle que el accidente lo había provocado él, pero que no había un coche implicado, sino un vehículo espacial. A punto estuvo de explicarle también que no había sido en una pelea con un borracho como se había roto la nariz, tal y como había explicado en primera instancia. Pero, ¿cómo podía contar su encuentro en la tercera fase sin que no lo tomaran por loco?
“¿Cómo se ha hecho esto?”, le preguntó el doctor que lo examinó. “¿Quién le ha dado esta brutal paliza?” “¿Quiere que llamemos a la policía?” Gordon se encogió de hombros y negó con la cabeza. Para que le creyesen, tendría que demostrar primero la existencia del ovni, y luego explicar el porqué de la paliza. Era mucho mejor no decir nada.
El médico aconsejó una operación de urgencia. Hubo que trasladarle en helicóptero al Hospital General de Segovia, pues la carretera seguía cortada. Cuando Gordon entró en el quirófano, comenzó a sentir miedo. ¿Y si esos seres – aunque él solo había visto a uno, es probable que el vehículo no fuese monoplaza –, no venían en son de paz? ¿Y si, por su culpa, por ese adelantamiento a lo bruto, se desencadenada un conflicto intergaláctico? Pero, ¿quién le iba a creer esas patrañas, que hasta a él mismo le resultaban irreales? Definitivamente era mejor no decir nada. Tal vez otros se habían cruzado ya con el OVNI derrapado en la cuneta. ¿Para qué dar la voz de alarma si nadie lo creería? Tal vez aceptasen su historia en algún sensacionalista programa de televisión, de esos que amarillean todo tipo de noticias, pero no en su pueblo, de modo que Gordon guardó silencio aun después de despertar de la anestesia.
Al cabo de dos días descansaba en su casa. Pasó las siguientes semanas tratando de recordar el rostro del extraño ser que le había partido la nariz, pero, ¿cómo iba a recordar a alguien sin rostro? Sin embargo, cuando se miraba al espejo, con el vendaje cubriéndole la nariz y parte de los pómulos, no podía evitar pensar que el hombre sin rostro era él. El extraño ulular del extraterrestre – sí, Gordon ya tenía la certeza de que había tenido un encuentro cercano con un habitante de otro mundo –, en efecto, se le había quedado grabado en la cabeza, tal y como él mismo había vaticinado.
Pasaron los días, y ni en la televisión, ni en internet, ni en la radio, escuchó Gordon noticias del alienígena. Eso lo alentó a seguir permaneciendo en silencio: nadie creería su historia. Sin embargo, al cabo de unas pocas semanas, llegó la carta certificada con la denuncia:
Diligencia de inicio por denuncia de infracción penal mediante comparecencia.
En LOMAS DE SAMABERO (Segovia), siendo las 20:43 del día 4 de Noviembre de 2025, actuando como instructor de las presentes diligencias el agente de la Guardia Civil con Tarjeta de Identidad Profesional (TIP) 57887268K, por medio de la presente se hace constar que:
COMPARECE ante el instructor, D/Dña. VÖRIAN XPLATZ–76!!!, con número de NIF 05441881862H, nacido en la CONSTELACIÓN DE LEO el 06–02–1976, hijo de JOSÉ LUIS y MARIA DEL CARMEN, con domicilio en EXOPLANETA K2–18b QUE ORBITA LA ESTRELLA ENANA ROJA k2–18.
La persona compareciente lo hace en calidad de Denunciante–Perjudicado.
En cumplimiento de la Ley Orgánica 3/2018 de protección de datos de carácter personal, se le informa que sus datos van a ser incorporados al fichero INTPOL de la Dirección Gral. de la Guardia Civil, cuya finalidad es el mantenimiento de la seguridad ciudadana. Si lo desea, puede ejecutar los derechos de acceso, rectificación, cancelación y oposición, previstos por la ley, dirigiendo un escrito a la DG de la Guardia Civil.
Por la presente la persona compareciente es informada por el instructor de la obligación legal que tiene de decir la verdad y de la posible responsabilidad penal en que puede incurrir en caso de acusar o imputar falsamente a una persona física o jurídica una infracción penal, simular ser responsable o víctima de una infracción penal o denunciar una siendo falsa o inexistente así como faltar a la verdad en su testimonio.
La persona compareciente DENUNCIA la comisión de la siguiente infracción penal:
Delito de daños en vehículo, ocurrida el día 4 de Noviembre de 2025, a las 18:45, en la Carretera X22 Km 5,2 dirección Lomas de Samabero (Segovia), España.
La persona compareciente DECLARA, con relación a los hechos objeto de la denuncia, que han sido dañados los siguientes efectos/objetos:
VEHÍCULOS
Tipo de vehículo: X–UWI. Marca: Argos, Modelo X–444.
PREGUNTADA la persona compareciente para que diga si conoce algún dato o información sobre la posible autoría de la anterior infracción, DECLARA:
Que es EL GORDON, que vive en la calle Arribas Salaberri número 7bis.
PREGUNTADA para que diga cómo se desarrollaron los hechos, la parte compareciente DECLARA:
Que el denunciante conducía su vehículo por la Carretera X22 Km 5,2 dirección LOMAS DE SAMABERO (Segovia), España, cuando el coche del DENUNCIADO, se le pegó a la parte trasera, y con un volantazo le adelantó, en una zona prohibida.
Que el denunciante casi sufre un infarto cuando tuvo que arrojarse sobre el arcén.
Los daños causados, además de los psíquicos (estrés postraumático), son en la puerta trasera izquierda del vehículo, que presenta rayas semicurvas.
DILIGENCIA DE INSPECCIÓN OCULAR:
En LOMAS DE SAMABERO (Segovia), España, siendo las 21:05 horas del día 4 de Noviembre de 2025, en la Carretera X22 Km 5,2 dirección LOMAS DE SAMABERO (Segovia), España, se hace constar por el Guardia Civil con Tarjeta de Identidad Profesional (TIP) 57887268K:
Que se realiza la inspección ocular del vehículo Marca: X–UWI. Marca: Argos, Modelo X–444 y se observa que la puerta trasera izquierda presenta dos rayazos. (Se adjuntan fotografías)
Que preguntado si conoce al autor, manifiesta que sí, sin duda, que es un vecino del pueblo, EL GORDON, HIJO DE LOS DUEÑOS DEL BAR TOLOMEO, y que vive en la calle Arribas Salaberri 7bis.
Se dan por tanto inicio a las presentes diligencias en atención a cuanto disponen los artículos 282 y 284 de la LECrim, con sujeción a las formalidades y principios que fija la referida norma legal.
Y para que conste, se extiende la presente que firma la persona declarante, tras haberla leído por si, en unión de la Fuerza Instructora y demás intervinientes.
Firma de Agentes actuantes:
El agente de la Guardia Civil con Tarjeta de Identidad Profesional (TIP) 57887268K
Firma Declarante:
VÖRIAN XPLATZ–76!!!
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Arturo del Río Rodríguez

