Defensa de Tersites – Arturo del Río Rodríguez
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Defensa de Tersites [Relato]
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Defensa de Tersites
“Me cago en el itacense y en todos sus muertos”, pienso sin pensar en mí, mientras retuerzo mi pierna desnivelada bajo las sábanas blancas de mi cama de hospital. “Me cago en el itacense, y también en el pelida y en el tidida”, grito. Pero en el pabellón nadie me escucha. Yo, que por inercia rechazo todo tipo de dogmas y que carezco, por nacimiento, de presuntuosidades, confieso para quien quiera escucharme que la terrible agresión que se me atribuye no es ahijada mía, y que el plan original, que luego se demostró lleno de fallos, fue idea de Odiseo. Cada cosa tiene su disculpa, pero yo no tengo disculpas que ofrecer, pues no he cometido crimen. ¡Válgame Diosa! Por favor, dejen a este pobre viejo cojo vivir sus últimos días en paz. El delito del que se me acusó posthoméricamente prescribió hace años. ¿Qué daño piensan que pude hacerle a la aleonada Pentesilea, yo, que la amaba! No eran sus ojos, sino dos piedras preciosas, las que me fueron incautadas. Ah, ¡qué rápido han pasado los años! Los siglos, diría yo. Ahora puedo confirmarlo, pues no soy inmortal, ni semidios ni héroe y por supuesto tampoco tengo los pies ligeros: ¡la vida no es más que lo que percibimos en el intervalo de un parpadeo! Tampoco busco compasión. Soy yo quien siente lástima por Aquiles, por Agamenón, y por el resto de avariciosos que nunca supieron disfrutar de las hidromieles de sus éxitos. ¿Qué les hubiera costado repartir el botín con el resto? Los últimos granos del reloj de arena de mi vida caen cada vez más deprisa. Aquiles yace aburrido en el soporífero Hades. Pronto me reuniré con mi asesino. Qué cortos son los días de este mi invierno, tan cortos como mi pierna más corta, que si bien aún atrae los recónditos instintos morbosos de una de mis siete ninfas, de conductas desviadas, me acomplejó siempre a la hora de hacer otras muchas cosas. Por eso no deja de sorprenderme el renovado interés por mi historia, la salpicadura cruel de estos últimos vehementes interrogatorios, las confesiones obnubilares de los nuevos testigos, los anhelos comerciales por conseguir el definitivo molde en escayola de mi viejo muñón patrocinado por el recién inaugurado museo de los horrores. ¿No sería mucho mejor dejar dormir al dragón en su cueva? ¡Ahora me vienen con esa nueva confesión de cuatro páginas mal mecanografiadas donde quieren que estampe mi firma, ni más ni menos! ¡Yo, que pensaba que mi caso era una canción sepultada por los nuevos repertorios, un estribillo machacado y olvidado, una parcela asfaltada, un campo de trigo asoleado, de pronto soy un robaojos necrófilo! La culpa es mía, pues no debí atar bien los cabos de mi relato a su debido momento. Los ato ahora, milenios después, desde mi prisión eremítica, acurrucado en el lado derecho de mi cama de sábanas blancas recién lavadas y ante las preguntas de un desconocido que dice ser amigo mío, cosa que tal vez esté dispuesto a creer, pues me recuerda a Palamedes, con quien jugaba a los dados entre escaramuzas. Lo que no puedo reconocer son las fábulas parciales de otros. La memoria es selectiva, y una cosa es hablar de vellocinos robados y otra muy distinta confesar lo que solo existe en las sórdidas mentes de unos pocos. Es cierto que la ausencia de fotografías hace de aquella una noche mítica – normal que luego poetas ciegos lo tergiversaran todo al pasarlo a hexámetros -, pero no me gustan las medias tintas y nunca he sido amigo de los dobles raseros. Desde aquí denuncio el trato de favor que se le concedió a Aquiles, de pies ligeros. No tengo reparos en contar la verdad de lo que pasó una vez más, le duela a quien le duela. Los años han pasado, ¡vaya si han pasado!, pero aún recuerdo con excitación el júbilo que precedió a los días previos al asalto de los almacenes de la Cólquide’s Comfort. A Odiseo no le faltaba el valor, ese era el menor de los problemas, la ambición era su fuelle, y Diomedes, que al final se montó su propia historia y que ahora descansa en el ala norte de este mismo pabellón con los nervios destrozados, era el único que estaba advertido de nuestra arriesgada aventura. La noche previa, además, Penélope me abrazó como si me marchara a la guerra. En fin, el plan de Odiseo, que luego se demostró lleno de fallos, puntualizaba muy claramente los trasbordos a realizar en el metro y también tenía en cuenta algún trayecto alternativo. Era una noche clara, de eso no puedo estar más seguro. Hasta hace poco conservaba, junto a mi estampita de Afrodita, el billete de metro cuyo dorso tenía marcada la fecha y la hora en tinta roja que acabó diluyéndose como un azucarillo en el paladar de un caballo escita. Normalmente, de las palabras a los hechos hay una buena caminata, pero a priori, el plan del itacense se adaptaba a la realidad como un guante de seda en las manos de un aristócrata, que es lo que él era. Yo no tuve nada que ver en su elaboración, y si colaboré con Odiseo, fue porque me lo vendió la misión como necesaria para la gloria de Agamenón. Él propuso, y a mí no me quedó otra que acatar sus órdenes. Uno no tiene culpa de haber nacido pobre. “¿Es que vamos otra vez detrás del oro de Ilión?” – hice amago de preguntarle al de Ítaca – “¿Por qué no volvemos al bar? ¿No fue suficiente botín el de Príamo? ¿Es que el alma del guerrero es insaciable? ¿Para qué queréis tú, y Agamenón más botines de guerra, para qué más caballos?” Sin embargo, mi boca quedó sellada. Se me da muy bien hacerme el mudito, y tengo mis motivos. Recuerdo que una vez le canté las cuarenta a Menelao, soberano de hombres, y todas sus huestes se me echaron encima, me llamaron de todo menos bonito, que no lo soy, que cómo me atrevía a poner los nombres de los reyes en mi boca, que si era un parlanchín sin juicio, que si no existía otro mortal más vil que yo, ¡Ay, Zeus, qué ofrendas no te dedicaría si me libraras de la compañía de los mediocres! Si tan mal pienso, si tan malo era en lo mío, ¿por qué seguían llamándome para hacerles el trabajo sucio, como aquella vez que tuve que vigilar a Héctor, matador de hombres? ¿Por qué me quiso de nuevo a su lado el sufridor Odiseo? Por supuesto, yo me callé como un dios mudo, pues mis palabras habrían sido tomadas como desprecios. Sin embargo, en cuanto Odiseo y yo pisamos las aceras de la Gran Vía, mis ánimos se templaron. El itacense se había levantado de la siesta como un animal impaciente por cobrarse una presa. Nadie hubiera podido averiguar nuestras intenciones basándose en la sequedad de nuestros rostros recortados entre la multitud. De manera que cogimos el metro en Noviciado y nos apeamos en la parada convenida, sin contratiempos de trenes retrasados, según lo previsto, aunque aún tuve que soportar las típicas bromitas pesadas de mi jefe. Yo ni me inmuté cuando el itacense hizo como que me empujaba hacia la vía del tren justo en el momento en que el vagón entraba en la estación. Por supuesto, después del empujón simulado, me agarró con su típico abrazo de tenaza y me volvió a dejar en el suelo, igual que había hecho las otras veces. Las mismas bromas, distintos andenes, ¡qué cruz de hombre! Estoy seguro de que no se las gastó igual con los pretendientes de su mujer. Sé que Zeus me perdonará, pero ¡cómo me hubiera gustado decirle cuatro cosas al Ulises en aquel momento, aun cuando nuestras diferencias físicas y de clase lo desaconsejaran! Afortunadamente contuve mi ira. Ya en la calle, una vez abandonada la turbia atmósfera de los andenes, sólo tuvimos que bordear una plaza de cemento y saltar un muro para que el almacén de pieles de la Cólquide’s Comfort se nos ofreciera ante nuestras narices cual esclava etíope recién capturada. Como ven, no tengo inconveniente en reconocer los hechos. Mis anotaciones, realizadas en aquella maravillosa libreta de tapa dura que desgraciadamente se perdió en mi posterior trasiego de pabellones, eran todo lo fieles que se le puede ser a la realidad. El edificio, que no era sino un gran almacén, no estaba vigilado, nunca lo estaba por las noches, y mucho menos los fines de semana. La mayor dificultad pasaba por trepar por la tubería del desagüe hasta el segundo piso, el único desprovisto de ventanas con barrotes, cosa nada complicada para Odiseo, que se movió como un lucio sacudiéndose las escamas, con su altanero porte de atleta, pero harto difícil para mi asimétrico cuerpo de lirón, cuya pierna izquierda aún hoy arrastra la incómoda tara de un pesado zapatón negro de doce centímetros de plataforma. El plan, digo, evitando a toda costa la rítmica pomposidad de los poetas, mientras me deleito contemplando el póster doble de las ruinas de Troya VI que adorna la pared blanca de mi habitación, se amoldaba irreprochablemente a lo previsto inicialmente. Era la noche del sábado y de pronto las calles parecían rociadas con pequeñas bombitas de neutrones. ¡Hasta dónde puede llegar la confianza de los hombres!, convino Odiseo, tan proclive siempre a ver el lado provechoso de los descuidos ajenos, pues no había vigilantes de seguridad. ¡A la dirección de la Cólquide’s Comfort ni siquiera se les había ocurrido clavetear sobre sus paredes de ladrillos rojos el clásico cartel con la cabeza de un fiero perro! Vigilancia cero, recompensa máxima, dijo Odiseo, riendo neurasténicamente, entre cigarrillo y cigarrillo, sacando pecho, pues era él el artífice de esa misión, que luego acabó como la rosada aurora. Yo apenas tuve a bien dedicarle la más altiva de mis miradas, pues él parecía olvidar que la tarea previa de vigilar desde detrás de un periódico, cotejando con el doble esfuerzo de mi pierna más corta las distancias exactas del almacén, y de clasificar el contenido exacto de las cajas – digamos que con dibujitos de focas, osos, zorros, armiños, visones, en fin, animales peludos dispuestos a vestir a damas elegantes después de ser cazados y desollados -, fue mía. En fin, yo solo cumplía órdenes. Ya habíamos atravesado la medianoche de aquel día D, uno de tantos, y yo, Tersites, hijo de Agrio, que tardo cuatro veces más en hacer cualquier cosa que el más común de los mortales, había calculado que antes del amanecer estaría durmiendo tranquilo en mi cama. Para tranquilizarme, Odiseo me aseguró que el primer trabajador no se acercaría a las oficinas de la Cólquide’s Comfort hasta las nueve de la mañana del día siguiente, de modo que no teníamos la urgencia histérica del zorro. El vicio de mi jefe que más me preocupaba era el de su insolencia. No sé si me explico, pues tengo fama de hablar sin orden ni medida. De las alas dulces del pecado a los áridos campos de la virtud hay un trecho que yo he recorrido con creces, pero aún hoy recuerdo perfectamente aquella noche, tantos siglos después, recostado desigualmente sobre el surco del colchón excavado por mi pierna-muñón mientras hago sonar alegremente mi cascabel. Por supuesto, ningún monstruoso centauro vigilaba la zona. Éramos jóvenes sedientos de dinero, aventuras y sexo, y en esto último, y a pesar de las apariencias, no me manejaba del todo mal. Odiseo, que por esa época ya era un hombre casado, separado, y divorciado, coincidía en una cosa conmigo: los dos sabíamos que trabajando no se llega a nada, y yo, que soy experto en negar la evidencia, sigo pensando lo mismo hoy desde mi reclusión hospitalaria. ¡Qué quieren que les diga! Tal vez sea una forma muy simple de ver las cosas, pero uno no sale del vientre de su madre sabiéndolo todo. Yo, señor, no soy un aristócrata. No soy rey de Ítaca, ni de nada. De Odiseo decían que había nacido al sorprenderle a su madre la lluvia de Zeus. Otros aseguran que su padre fue Sísifo. ¡Y luego se extrañan algunos de que haya fake news! Yo no sé mucho del de Ítaca, pero sí sé que tiene un genio que no hay quien lo aguante. Me abroncaba sin fundamento por cosas que, según él, hacía mal. No podía ni abrir la boca, nada le ponía contento al señorito. En fin, las pieles de la Cólquide’s Comfort nos esperaban y contábamos con un interesado, un buen pagador al parecer experto en epidermis recortadas de focas, armiños y osos polares que nos quitaría de darle al coco durante un buen tiempo. ¿Saben? Hoy me dan pena todos esos animales muertos, pero en aquella época ni siquiera se sabía lo que era la capa de ozono. Las cosas han cambiado mucho, es cierto, y un animal era un animal, y una dama una dama; nadie pensaba que el oso o la foca tuvieran reparos en que alguien los despellejara y comerciara con sus cueros; a todos nos parecía lo más normal del mundo, y las damas eran simplemente mujeres que no sufrían por otra cosa que conseguir de sus maridos el anhelado regalo de un abrigo más caro que el de sus vecinas. Que se lo pregunten a Helena, o a Briseida, de hermosas mejillas. Por lo demás – ya ve, señor mío, no tengo inconveniente en admitirlo -, inicialmente, todo se desarrolló según el plan inicial de Odiseo que luego se demostró lleno de fallos. De modo que allí estábamos, en una noche de lujuria soterrada, frotándonos las manos. No hizo falta hacer sonar un silbato para que nos pusiéramos a trabajar. Odiseo, muy fecundo en ardides aunque incapaz de encontrar el camino a su propia casa, trepó por el tubo del desagüe, se aupó a la repisa de la segunda planta y rompió el cristal del ventanal con un golpe seco de su codo protegido con un periódico, que provocó una lluvia de cristalitos que fueron a estamparse contra mi coronilla ya entonces a medio pelar. Bastante tuve con cerrar los ojos y aferrarme a la cañería para no caer al suelo; los cristales hicieron brotar sangre de mis sienes, y mi espalda quedó tachonada de argénteos clavos, heridas superficiales al fin y al cabo pero que no entraban en el plan que Odiseo tenía como perfecto, y que luego se demostró lleno de fallos. Aún hoy, despatarrado desigualmente sobre mi cómoda cama de hospital de paredes blancas, recuerdo esa noche, y me contengo para no hacer sonar mi cascabel. La agilidad no entra entre las habilidades de un cojo, y yo no soy la excepción, de modo que tardé mis buenos veinte minutos en escalar el último tramo de cañerías, acongojado por una posible caída. Una vez traspasada la ventana previamente desvirgada sobre mi cabeza, y después de sacudirme los cristales que se habían instalado en mi nuca logré acomodar la respiración al ritmo de mis palpitaciones. El ambiente arriba era irrespirable para este su humilde servidor. Olía a sangre seca, a jamón rancio, a animalillos despellejados. ¡Eso significaba que todo iba como viento soplado por Eolo! Pero de un modo u otro, Odiseo tenía que dar la nota. Las bromas eran su perdición. Yo había comenzado a apilar el botín de las cajas al lado de la ventana cuando él me agarró de los sobacos y me alzó sobre mis piernas desiguales y comenzó a voltearme como una peonza, haciendo como que bailaba conmigo. “Eres tú el príncipe azul o lo soy yo…” comenzó a canturrear mientras mis piernas tropezaban a cada paso con las cajas llenas de pieles; otra broma de ese fanfarrón abandona mujeres que aguanté estoicamente por el bien de la misión. Para que vean: yo soy quien tiene la fama de indisciplinado, o me definen como un pusilánime hombrecillo de baja estofa. Le tuve que dejar hacer a Odiseo, derrengado como estaba por el esfuerzo supremo de haber trepado por la tubería del desagüe de la fachada del almacén de la Cólquide’s Comfort, trastabillándome a ritmo de vals sobre mi propio desnivel. Aquella irritante danza me dejó exhausto, de modo que cuando al fin di con mis pies desiguales en el suelo, tuve que descalzarme de mi pesado zapatón nivelador y descansar mi pierna descompensada sobre una caja. “Cojo que te cojo, como un palomo cojo”, siguió cantando el cabrón de Odiseo, sonriéndose cada vez que pasaba a mi lado cargando con el botín. Yo aún tardé otros diez minutos en reincorporarme sobre mi pie bueno. No es que me molestara la bromita pesada del baile, ni que sus rimas me ofendieran; nos conocíamos tan bien, y desde hacía tanto tiempo, que ya no teníamos nada que decirnos. “Estate quieto y callado – me dijo, sin embargo -, escucha lo que dicen quienes te aventajan en prestigio, pues eres cobarde y débil y no se te puede tener en cuenta ni en la guerra ni en el consejo.” Será hijo de… En fin; el plan era el plan, su plan, todo fuera por la gloria de Agamenón, no era momento para afearle la conducta al fanfarrón de mi jefe, de modo que, una vez recuperado el aliento y la compostura, me puse a ayudarle en silencio. Él ni siquiera se había fijado en las gotas de sangre que resbalaban por mis sienes, ocupado como estaba cantando y clasificando el contenido de las cajas. Lo digo ahora, que no puede molestarse nadie: su mente era cuadriculada. Odiseo era de esos hombres que si quieren leche prefieren comprarse la vaca. Por lo demás, la parte B del plan A que luego se demostró lleno de fallos, marchaba a la perfección. Las pesquisas de Odiseo habían sido acertadas al ciento por ciento: un camión había descargado su mercancía el día anterior, tal y como yo había confirmado después de vigilar durante semanas desde detrás de un periódico ligeramente agujerado a la altura de los ojos. Aquellas cajas nos harían ricos, aunque a mi compañero no le hacían falta más riquezas siendo como era poseedor de un palacio. Cada caja contenía dos o tres pieles que nuestro enlace del mercado negro de pieles curtidas – que decía surtir a la mismísima Helena – convertiría en abrigos. No puedo negar que ambos estuviéramos sobreexcitados, como cristianos entusiastas del martirio, pero fue mientras Odiseo estudiaba la mejor forma de bajar las pieles a la calle, que descubrí el primer error del plan, que, en efecto, empezaba a demostrarse lleno de fallos. Se trataba al fin y al cabo una equivocación de chiquillos, que es lo que éramos, pienso ahora en el descanso parece que eterno de esta mi cama de hospital, sonrojándome todavía, tentado a cada momento de hacer sonar mi cascabel. Pues era bien obvio que no eran necesarios, ni mucho menos, dos hombres para trepar por la tubería del desagüe; es más, una vez metidos en faena, mi presencia en la planta superior era más bien un estorbo. Una cosa está clara: no se puede ser cerebro y brazos al mismo tiempo. En efecto, una vez apilada la primera hilera de cajas a la manera de las viejas murallas de Troya VI, cuya imagen reproducida en el fondo de pantalla de mi teléfono móvil me alegra aún hoy los días más grises, apenas pudimos seguir maniobrando. Aquella tarea, concluí sobre la marcha, era perfecta para Odiseo, un hombre ágil y fuerte al que no le suponía esfuerzo levantar no una sino una pila de cajas con una sola mano, pero muy arriesgada para un hombre de mi talla física. Yo debiera haberle esperarlo abajo con un coche en marcha, o, llegado el caso, vigilado la zona y ahuyentar a los curiosos, pero nada de eso estaba contemplado en el plan definitivo del cual, al fin y al cabo, Odiseo era el máximo responsable. Sin embargo, en aquellos momentos la cosa distaba de ser grave: sólo después de fumarse un cigarrillo, decidió Odiseo, tal vez inspirado por las palabras de alguna diosa que me había leído el pensamiento, que era mejor que yo volviera a descender por la fina tubería del desagüe de la Cólquide’s Comfort y que le ayudara a ordenar el botín desde abajo. Convenimos que mi compañero de alta estirpe se quedaría arriba, lanzaría las cajas desde la ventana y yo las iría colocando cerca del muro que daba a una callejuela cortada por obras. A minoico pasado se ve todo muy fácil, pero no se me ocurrió pensar, y que conste que éramos dos personas, pero al parecer, visto lo visto, un solo cerebro, que hubiese sido más fácil, teniendo en cuenta mi famosa pierna tambaleante, abrir desde dentro la puerta del almacén. En el nuevo plan, que sustituía al primero, que se había demostrado lleno de errores, el itacense lanzó las cajas desde el ventanal y yo las apilé abajo, tal y como debería haber sido desde el principio. La noche era nuestra, y ¡qué diablos, éramos jóvenes de cuarenta años! ¡Hoy cambiaría toda mi experiencia por una rebaja en mi edad de un par de siglos! Pero que conste – y ahora que se me ha echado la edad encima, sólo puedo sonrojarme desde la blancura de mis sábanas de hospital digamos que treinta siglos después -, que la idea de descalzarme y desprenderme de mi zapato nivelador – con la única intención egoísta de deslizarme más fácilmente por la tubería del desagüe – fue mía, pero, señor mío, Odiseo, el irresponsable padre de Telémaco, fue el ÚNICO responsable de que el zapatón ortopédico que me había acompañado desde la cuna en forma de patuco relleno de gomaespuma se quedara entre las cajas. Alguna que otra vez me había gastado la pesada bromita de esconder mi zapatón después de salir de la piscina, de la ducha, en medio del fragor de la batalla, o peor aún, después de retozar con alguna mujer insensatamente enamorada de mi muñón. Imagínense la escena: yo, Tersites, frente a la fachada de la Cólquide’s Comfort, agotado por el doble esfuerzo de subir y bajar por la cañería – ¿Quién dijo que yo no entraba dentro de la categoría de héroe? -, carcomido como estaba por la rabia, a punto de perder los estribos, descalzo, sin mi salvador zapato nivelador. Tengo una mentalidad completamente abierta, pero nunca he comprendido ese tipo de bromas, de escorpión sobre rana. Aquella era la tercera bromita de la noche – después de la del andén del metro y la del baile grotesco entre las cajas – y se producía en el peor momento; algo muy típico en Odiseo, Ulises para los amigos. No era, ay, señor, la primera vez, ni mucho menos, que mi jefe hacía desaparecer mi zapatón, y aunque es cierto que descalzo pude bajar con facilidad por la tubería del desagüe, no hubo forma de que entrara en razón: por más que le gritara desde abajo que lanzara el zapatón ortopédico de cuádruple plataforma a la calle, él cantó aquello de “Tersites el cojo no quiere siesta, cha-cha-chá, Tesites el cojo se va de fiesta, cha-cha-chá”. Aún resuena en mis oídos el dichoso soniquete “cha-cha-chá; cha-cha-chá”; ganas me dan de sacudir mi cascabel mágico, tomar mi medicina y olvidarme de todo, pero en aquel momento no tuve otro remedio que resignarme. ¡Odio a Odiseo, y conozco también a muchos que lo odian, pero qué cara de niño que no ha roto ánfora puso en el juicio! Ahí representó el papel de hombre prudente, sagaz, dotado de inusuales dotes persuasivas y narrativas, que sabe pensar mejor que nadie; padre. Pero no. El itacense es de esas personas que van a recibir a sus familiares al aeropuerto y los recibe con algarabía, y al cabo de tres días de estar juntos no los puede ni ver. Una de sus gracias favoritas consistía en dar un paso al frente en los pasos de cebra, con el semáforo en rojo; de diez peatones, digamos que, de media, dos le seguían; de esa manera provocó unos cuantos atropellos, cosa que a él le parecía de lo más divertida. En fin, volviendo a la historia que nos ocupa, el prudente Zeus, que ya nunca se apea del monte, sabe que hice un buen trabajo recogiendo las cajas al vuelo y apilándolas – aun a paso de cangrejo descalzo -, de forma que desde lejos se confundieran con la ciclópea muralla de Tirinto. Y bien sabe también Zeus, el que amontona nubes, si es que aún reina en los cielos y es verdad que lo ve todo, y si es así tendrá que tragarse infinitos videos de tik tok en bucle, cuántas veces le grité a Odiseo desde la calle, aupado en el último escalón de mi muralla de cajas, que me devolviera el zapatón. Como toda respuesta se puso a lanzar con más brío las cajas con las pieles de los animales muertos, que para mí, en esa época eran sólo eso: pieles de animales muertos y desollados, cosa que entonces no me parecía mal pero que hoy considero un C-R-I-M-E-N, con todas las letras. No hubo manera: por más que le pidiera que me devolviera el zapato, Odiseo – un tipo que se las da de ingenioso pero que se perdería hasta en el centro de Dublín en un Bloomsday, aunque eso no le impediría visitar sus pubs -, no hacía otra cosa que bramar risotadas e ignorar mis gritos que, confieso hoy, apenas eran como graznidos. Entonces ocurrió la desgracia que usted, señor mío, ya debe saber, o suponer, y en eso poco o nada tuvo que ver el plan de su propio ejecutor, pues cuando las cosas se escriben en el taller de las inmigrantes moiras es difícil cambiarlas. Ha pasado demasiado tiempo y ya nada tiene remedio, puede que tampoco lo tuviera entonces, y al fin y al cabo, esta cama blanca de hospital ha reconducido mi vida. No señor, no puedo quejarme. Estoy enamorado de las siete enfermeras que me limpian y entretienen, Aretusa, Egle, Eritia, Héspere, Hesperetusa, Hesperia y Hestia, ninfas traviesas, auténticos espíritus venidos del cielo, llanura elísea que, tal vez, en ningún caso se merece este majara paticorto. En fin, estoy seguro, señor, que no le interesan los desvaríos sexuales de este anciano desdentado, de modo que proseguiré con mi historia. Aunque a los que dicen la verdad les llamen groseros, no me cansaré de repetirlo: después de que Odiseo lanzara a la calle la última caja, y sólo un poco antes de volver a suplicarle a gritos que me devolviera mi bota reguladora, el desgraciado, tan avaricioso como un fabricante de reliquias falsas, tuvo la desdicha de tropezar con un saliente del ventanal y cayó de bruces contra el suelo. Habría unos ocho o diez metros de altura, supongo que usted bien lo sabrá si es que durante sus pesquisas ha visitado el viejo almacén de la Cólquide’s Comfort, hoy abandonado para regocijo de las lechuzas y alguna que otra diosa yonqui. Odiseo podría haber igualado mi récord de desnivel pernil, incluso podría haberse matado, pero en lugar de eso se rompió varias costillas. Ya puede usted conectar a la corriente su polígrafo eléctrico, si es que lo ha traído consigo, o amenazarme desde la incomodidad de una silla de madera vuelta del revés: yo no lo empujé. Aunque ya lo sé: no es ese el motivo de mi encarcelamiento en este sanatorio mental. Tampoco me importa lo que contara Menelao muchos años después: él no estaba allí aquella noche. La confesión firmada según la cual yo dije una cosa muy distinta a la que firmé en el atestado policial es falsa. No tendría por qué convencer a nadie, ahora que con Internet las cosas han perdido su valor y todo está disponible a cualquier hora y en cualquier formato. Puede usted googlear el tiempo que quiera. Intente encontrar pruebas. ¡Pentesilea dormía en otro continente la noche del robo de las pieles! Tampoco me wasapeé con ella. ¡Si en aquella época ni existían aún los teléfonos inalámbricos! Yo, por mi parte preferiría no detenerme más en ese asunto. ¿Acaso cree usted que este ancianito de mejillas sonrosadas pudo cometer maldad? No me haga reír, por favor; ¡no conviene ir por ahí creyendo a diestro y siniestro! La vida es un regalo; un regalo venido del cielo, que no hay que tomarse en serio. ¿Cómo iba yo a tener el valor de…? Por supuesto, usted puede suponer lo que quiera, que este simple lechón cojo se limitará a zanjar el tema contándole a su modo la historia verdadera. En breve será la hora de mi cena y dudo que quiera estar presente cuando lleguen mis enfermeras con el maletín de las inyecciones: además, hace tiempo que acabó la hora de las visitas. En fin, como digo, Odiseo yacía en el suelo inconsciente, pero no estaba muerto, y es difícil resucitar si no se está muerto, no sé si me entiende. ¿Qué hubiera hecho usted? ¿Llamar a una ambulancia? ¿Salir corriendo, cojeando sin mi zapatón izquierdo, que el mismo Odiseo había dejado olvidado a propósito en el almacén, dos pisos arriba, a modo de broma? ¿Volver a trepar por la fachada de la Cólquide’s Comfort por la tubería y recuperar mi zapato para, una vez encajado en mi pie desequilibrado, volver a deslizarme tubería abajo, recoger las cajas con las pieles, poner a salvo el botín y asistir a mi jefe? No puedo llamar amigo a Odiseo, a pesar de todas las veces que he luchado codo a codo con él, pero sepa, señor, que ambos tuvimos nuestras aventurillas en las afueras de Troya. ¡Todas esas guerras no tenían otro fin que acrecentar el honor de Menelao, pues yo, señor mío, siempre que he marchado a la batalla ha sido por honor, no sé si me explico! Vuelvo a pensarlo hoy desde la apatía de mi blanca cama de hospital mientras encojo penosamente mi pequeña pierna izquierda, y no puedo evitar cabecear. El hombre no se guía más que por dos instintos básicos: el erotismo y la violencia, y yo soy un hombre, no un héroe, mucho menos un semidios, y vuelvo a declararme inocente de todos los cargos, salvo que codiciar con la mirada sea delito. Yo, que desde mi cama no mido el tiempo de forma convencional, sino a través de las lucecitas rojas y verdes que marcan los turnos de mis siete ninfas, no sé el tiempo que pasé tirándome del pelo, indeciso, en aquel oscuro callejón, a merced de las tortuosas intenciones de Crono. Intente imaginar la escena: el botín de las cajas quedaba a mi izquierda, el Ulises un poco más allá, estampado contra el suelo, inconsciente. Tal vez, usted hubiese intentado arrancar una de las furgonetas que estaban aparcadas a pocos metros para llevarle a un hospital, pero por mi parte me era imposible hacerlo descalzo de mi pierna más corta: no hubiese llegado siquiera al pedal del embrague. Aparte, no habría sabido arrancarla sin llaves; sé hacer muchas cosas, como rodar por una ladera, pero no puentes de batería. La propia bromita de Odiseo se le volvía en contra, ya lo creo que sí. ¡Pero maldita la gracia que me hizo que mi jefe se estampara contra el empedrado! ¡Él, que se creía demasiado importante como para comerse la corteza del pan de molde! ¡Fueron auténticos momentos de zozobra! Pensé que Odiseo moriría allí mismo y que yo cargaría con las culpas, como así ha sido, aunque por otros motivos, pero no hay asesinato sin cadáver, ni cielo sin infierno. Se lo repetiré antes de que vuelva a preguntármelo, por si no ha quedado lo suficientemente claro: aún en el caso de que yo hubiera empujado a Odiseo desde el ventanal de la segunda planta del almacén – cosa que confieso haber admitido en alguna ocasión, pero sólo bajo los efectos de unas copas de ambrosía de más -, Odiseo fue el único responsable de su propia desdicha. El plan había fracasado, y punto. Aún hoy en día el asunto me pone la piel de gallina. Porque ahora viene lo bueno, y lo malo de la historia. La luna estaba en lo alto de la negritud infinita del cielo estrellado. La sangre palpitaba en mis venas como agua en ebullición. Solo después de tres cigarrillos logré amansar mis nervios y decidí, para empezar, volver a por mi zapatón, porque lo primero es lo primero, y no me gusta ir por ahí andando a la pata coja, no sé si me explico. Debió llevarme más de una hora volver a trepar por la fachada del almacén de la Cólquide’s Comfort, agotado como estaba por el esfuerzo previo, una tarea doble pero azuzada por mi obsesión por recuperar el zapato ortopédico, que me motivó a la hora de trepar con más fuerza. Al fin lo encontré después de mucho voltear las cajas revueltas, pues Odiseo, que en esos momentos yacía moribundo dos pisos más abajo, lo había escondido, para hacerme rabiar. ¡Ah, en qué estado de nervios me había dejado ese fanfarrón con fama de astuto! Si no se hubiera caído al vacío como consecuencia de su propia torpeza, en verdad debiera haberlo empujado con mis propias manos. A esas horas de la noche, el único plan consistía en mantener la calma, cosa que por supuesto no supe hacer, pues, después de dar con el zapatón de cuádruple suela y calzármelo al vuelo sin necesidad de calzador, este bípedo paticorto volvió a caer en el error de descender tubería abajo en lugar de abrir la puerta desde. En efecto, todo habría sido mucho más fácil si en lugar de volver a descender por la tubería del desagüe cual bombero en prácticas, hubiese tenido la ocurrencia, no tan compleja, de bajar más cómodamente por las escaleras, o ¡válgame Hera!, por el ascensor. Pero no fue así. Sepa usted que, tras agarrarme por cuarta vez a la tubería, ya con mi zapatón nivelador bien encajado en mi diminuto talón, resbalé de mala manera y caí al suelo, y que en los días sucesivos, mis posaderas se convirtieron en protagonistas de un martirio más. En fin, las acusaciones se hacen de una en una. Mi caída no fue, obviamente tan grave como la de Odiseo, pues aun dolorido, pisando ya como es debido, pude desmontar las cajas que acabaron formando mi particular muralla de Tirinto, de modo que, con todo lo que daba de sí mi voluntad, me puse a reordenar las pieles una a una, como si aún creyese posible salvar algo del material. Así fue cómo di con el famoso vellocino de oro, codiciado por argivos de largas cabelleras. ¡Nunca había visto nada igual! Nada más verlo me lo eché sobre mis hombros desalineados. El plan inicial había sido definitivamente abandonado, pues el único que hace y deshace planes es Zeus, pero de pronto se presentaba ante mí una oportunidad única. ¿O es que Odiseo había sido consciente desde el principio de lo extraordinario del botín? Ahora trabajaba no por la gloria de Agamenón, ni de Menelao, sino contra Crono y desde luego, Odiseo no estaba en condiciones de mandarme callar: seguía inconsciente, revolviéndose espasmódicamente en sus propios dolores, como un perro callejero atropellado por un dominguero, o como Héctor, el del tremolante penacho, arrastrado por Aquiles, ese psicópata y homicida parido por una diosa que luego me arrastró a los brazos de los más bajos designios de Eros. Usted, señor, es libre de pensar y creer lo que quiera. La noche comenzaba a clarear, pero yo ya no tenía prisa: las oficinas de la Cólquide’s Comfort no se abrirían hasta las nueve de la mañana del lunes siguiente, de modo que me detuve un rato para contemplar mi silueta en el brillo del chasis de una de las furgonetas de repartos: tenía que haberme visto usted, vestido con mi bonito vellocino. Nunca he vuelto a sentirme tan glamuroso, ni tan hombre. Ni todo el oro de Agamenón me hubiera hecho sentir más rico. El resto de la noche lo recuerdo con dificultad. De pronto, al ver cómo los primeros rayos de sol comenzaban a desparramarse por los tejados de la ciudad, entré en pánico. A lo lejos sonaba la sirena de un coche de policía; Odiseo no podía oírla, aunque ya estaba más que acostumbrado a ellas. Lamentablemente soy de esas personas que, solo por tener delante a la autoridad se sienten culpables. Fue escuchar la sirena y echarme a temblar. Pero no fueron policías quienes aparecieron en el callejón, sino Aquiles y Pentesilea. Se diría que caminaban por la alfombra roja de la ceremonia de los Oscar de Hollywood. “¿Qué haces aquí?”, me soltó Aquiles nada más llegar. Yo no tengo mito, y si lo tengo es un mito zarrapastroso, pero a pesar de que la realidad lo contamina todo – el glamour, el erotismo; todo se desintegra cuando la realidad los roza con sus mugrientes dedos -, les puedo asegurar que nunca había visto una mujer tan hermosa como Pentesilea. Eros, Eros, que por los ojos instilas deseo. Qué bien le quedaban el carcaj, con qué elegancia portaba la libris y el escudo de medialuna. Me enamoré en el acto de esta reina salvaje, de su olor y su porte – una amenaza constante al orden masculino, orden que a mí me importa un bledo -, su sola presencia me zarandeó y a punto estuve de volver a caer de culo al suelo. Esta mujer, me dije, no es como la Penélope; el Odiseo se las dará de lo que sea, pero en cuanto a mujeres las prefiere dóciles, aunque se rumorea que estuvo con Nausicaa, otra amazona de armas tomar. Si por Pentesilea fuera volveríamos a una sociedad matriarcal, y yo, la vergüenza de los dánaos, quedaría encantando, pensé en ese momento. Para mí, el culto a Adrodita nunca es un trabajo. Así que ahí estaba yo, vestido con una prenda diseñada para diosas, o reinas, como la de las amazonas, que ahora se me presentaba como un fantasma de extremada hermosura, hipnotizándome con su mirada arrebatadora, y yo no sabía muy bien qué hacer y qué decir, además tenía las manos manchadas con la sangre de mi coronilla descascarillada y temblaba como un niño que tiene que explicar su travesura a la maestra. Odiseo seguía en el suelo, dormido, doblado por la mitad. Aquiles se le acercó, ensoberbecido, y lo agarró del brazo, y le tomó el pulso, y al ver que vivía lo dejó tranquilo; el brazo de Odiseo volvió a desplomarse sobre el asfalto, como el de un muñeco de trapo. El glamour, que había sentido en toda su apoteosis instantes antes con el vellocino sobre mis hombros, fue reemplazado por una estrepitosa sensación de ridículo que yo asumí agachando la cabeza frente a tan poderosa mujer. Tal vez Aquiles y Pentesilea me veían como a un dragón, o a una serpiente custodia del vellocino; tal vez yo era el enemigo a batir, un rival fuerte, apuesto y formidable. Pero no creo que pensaran nada de eso. Entonces Pentesilea, hija de Ares, monstruosa en su belleza y casi centaura, me miró con sus ojos azules enmarcados por los reflejos dorados de su cabello, y desarmado e hipnotizado por su mirada, dejé la piel de oro sobre la tapa de uno de los cubos de basura que adornaban ese callejón oscuro que a partir de esa noche se convertiría, ya para siempre, en el escenario de mis sueños. Para mí que las botas de cuero de Pentesilea resonaron por toda la Gran Vía. Yo no podía sino admirar los movimientos bizarros que cimbreaban su poderoso cuerpo y repelían las sombras. No dijo una sola palabra. Una suave brisa removió sus bellos rizos, iluminando todavía más su rostro. Pentesilea recogió el vellocino con sus manos de estatua de Bernini. El reflejo de la lana sobre su rostro alumbró la acera, y por un instante las sombras se replegaron, y ella volvió a mirarme, con las cuencas de sus ojos en llamas. Caí en un sopor complaciente, un amaneramiento barroco – estoy convencido de que, a pesar de mi bajísimo estatus, nos casaremos en vidas futuras -, y cuando quise reaccionar, fui testigo de cómo Aquiles le arrebataba el vellocino a mi amada amazona, y cómo, en un abrir y cerrar de ojos, llevado por su recurrente cólera, acalorado como un centauro borracho, la hería con la espada. Pentesilea, vestida de coraje, dejó caer al asfalto su hacha. Negra sangre le brotó del pecho. La noche se hizo aún más oscura. El alma de Pentesilea se escapó de su cuerpo, pero aun muerta, seguía siendo bella, semejante a una inmortal. Entonces vi, y no podía dar crédito, cómo Aquiles se echó a llorar, aunque más lloró por Patroclo. Él, que había sido el causante de su muerte, ahora que había perdido a Pentesilea, se daba cuenta de cuánto la amaba, y el dolor convirtió el maldito vellocino en cenizas. Ya nada valía. No me pude contener y acabé maldiciendo al tontacas de Aquiles, enamorado de pronto de la mujer a la que le acababa de quitar la vida. Demasiado se deleitaba su ánimo amando a quien ya no necesitaba amor. “¿Dónde están ahora tu vigor y sensatez?”, le grité, y seguí increpándole hasta que Odiseo recuperó el conocimiento, y comenzó a darme patadas en el estómago, y a hacerme preguntas que en ese momento yo no entendía, pero que básicamente se referían al paradero de la codiciada prenda dorada. Dicen que nunca tuve criterio, pero no me hubiese importado morir a manos de Pentesilea. He estado muerto durante siglos, pero escuchar la voz de pito de Odiseo rompió el silencio trágico de la noche. Él, pero también Diomedes y el colérico Aquiles me han odiado desde siempre por no ser de los suyos, pero ¿quién cree a los pobres? Le juro, señor, que el vellocino se lo llevó Aquiles, que salió como perseguido por licántropo; no se quedó para que el itacense le viera derramando lágrimas por la amazona caída. Sin embargo, prefieren creer las aladas palabras de Odiseo. ¿Es que no ven que no tiene sentido? ¿Si no confiaba en mí, por qué me eligió Odiseo para estar a su lado? En cuanto vio que el plan había fallado del todo, me golpeó con su cetro – no era la primera vez, ya lo había hecho otras veces -, y amenazó con denunciarme, cosa que finalmente hizo. “¿Dónde está el puto vellocino? ¿Dónde está el puto vellocino?”, me gritaba al ritmo de los golpes, ya lo ven, fecundo en palabras e ingenio, pero en cuanto veía que se le escapaba lo que había venido a buscar se le llenaba la boca de palabras malsonantes, y recurría a la violencia, y a esa pregunta, tan suya de muerte o destrucción, que le hacía a sus enemigos antes de asestarles el golpe definitivo. Pero yo no soy enemigo de nadie, si acaso de mí mismo, y cada golpe con el cetro me dolía como una cascada de desamor, un desamor distinto al que Pentesilea había inyectado para siempre en mis venas, como un veneno. Porque yo seguía amando a Pentesilea, aun muerta. Me hice el muerto, como ella, hasta que al fin, Odiseo se largó, sin más botín que cinco costillas rotas, dejándome a solas con el cadáver de la reina caída. La brillante sangre le resbalaba entre los labios. Yo la limpié. Los dioses del inframundo hubieran aprobado mis actos. Olía a flores, a inmortalidad, su belleza era perfecta, no podía compararla con nada que hubiera visto antes, era la más bella de las reinas, radiante aun en la muerte. Tenía frente a mí a aquella que una vez entabló combate con el mismísimo Heracles. Una mujer que, aun muerta, daba miedo a los hombres. Normal que Teseo fuera detrás de ella, sus muslos valen lo que las siete maravillas del mundo. Al inclinarme sobre ella y la miré a los ojos vi la profunda muerte, y quise morir yo también, y lloré, y fui testigo de cómo sus mejillas encarnadas se volvían pálidas, y entonces la cogí en mis brazos, y sí, la besé, antes de seguir llorando por ella, como había llorado antes Aquiles. Pero yo nunca había buscado gloria, ni fama, sino el amor de las mujeres, y Pentesilea era la mejor de las mujeres, aunque ya no era de este reino. Cuando desperté, lo hice en esta mi eterna cama de hospital que todavía habito. Tenía varias llamadas perdidas de Penélope, y de Menelao, pero no de Odiseo. Escribí a mis amigos para explicarme ante ellos antes de que lo hiciera el itacense. Odiseo ni siquiera se tomó la molestia de contestar mis llamadas y mis wasaps. Otra gorgona hubiera cantado si me hubiese quedado con el vellocino, o si Aquiles no hubiese acabado con la vida de la amazona, cuya belleza, aun cadavérica, rivalizaba con la de Iscómaca, la heroína, valorada en muchos bueyes. En cuanto tomé la palabra en el posterior juicio se me echaron encima. Inventaron todo tipo de historias para desacreditarme. Me gusta el vicio, ¿a quién no?, pero no puede usted creerse todo lo que aparece en Internet, no señor. ¿Qué daño podía haberle hecho yo a Pentesilea, si la amaba más que su asesino, Aquiles, el de los pies ligeros? ¡Válgame Zeus! Esa fue la única manera que encontraron para inculparme, pues del vellocino no existía siquiera prueba de su existencia, pero de la reina de las amazonas quedaba un hermoso cadáver. ¡Qué aburridos deben estar esos que no dejan de inventar chascarrillos posthoméricos y de echarle fango a mi nombre, ya de por sí tan depauperado! ¿De qué sirvieron todos mis años de servicio al lado de esos déspotas? Si al final se demostrase que… ¿Pero, qué interés podía tener yo en…? ¡Si ni siquiera pude poseer mi bonito vellocino más que por unos minutos! ¡Todo sucedió tan rápido…! A la postre, condenaron al que era más fácil acorralar. Para colmo, Odiseo me ofendió en el juicio. “Tú cállate, que más difícil es ser héroe”, me dijo cuando llegaron los turnos de las interpelaciones. “¡Itacense!” – dije yo – “¿De qué te quejas si de casi nada careces? Tienes tu palacio, tus porcentajes, tus dividendos, tus beneficios fiscales, ¿es que también necesitabas la lana dorada, grande como la piel de un buey, suave al tacto, como el vientre de una virgen? Yo sí que puedo decir que quedé prendado de la belleza, pues por unos instantes que valen por la vida entera del universo, me sentí un hombre poderoso, y bello. ¿Por qué no regresas de una vez a casa, odioso Odiseo?” Y, ¿sabéis qué me contestó después de levantarse del banquillo de los demandantes, y alisarse el chaleco y la corbata?: “¡Deberías moderarte, patizambo envidioso, y no pretender la nobleza de los héroes! No conozco a mortal más vil que tú. Al noble aquí sentado injurias ahora haciéndole recordar que está lejos de su hogar. Haces mofas, y te crees igual a los viejos héroes dánaos. Mas te voy a decir algo: si vuelvo a escucharte desvariar como en este momento, ya no tendría entonces Ulises la cabeza sobre los hombros ni sería llamado padre de Telémaco si no te cojo y te arranco la ropa, la capa y las sábanas blancas que cubren tus vergüenzas y te mando fuera de este juzgado, apaleado con ignominiosos golpes.” Así habló Odiseo, y el público le aplaudió, la mayoría pataleó de alegría. ¿Qué le parece, señor mío? En fin, ellos, mis jefes, se tienen en posesión de la palabra. Al menos quedó claro que el plan, que luego se demostró lleno de fallos, fue idea de Odiseo. Aquiles, que ni era dios ni inmortal – un poco como yo -, no se presentó el día que le tocaba declarar. Para colmo, durante las presentaciones en el juicio, se me describió por omisión: se me bautizó por todo lo que no era: sin protección de Dios, ni de Diosa con ojos de lechuza que me infundiera valor o me susurrara opiniones, mi libre albedrío era mi única pertenencia y no servía de mucho; yo solo era una más de las criaturas agonizantes que pueblan la tierra, no tenía una bonita voz, ni, por supuesto, los pies ligeros. Me criticaron, me cancelaron. Pero no por el vellocino, sino por lo otro. No sabía lo que me depararía el futuro, pero sabía en manos de quién estaba. Había trabajado por cuenta ajena toda mi vida, y eso me había convertido en un esclavo que había entregado la mitad de su alma en servidumbre. Mis orígenes eran humildes, no conocía palacio, según algunos en lugar de hablar graznaba, no era Héctor, domador de caballos, ni siquiera era nadie; los cíclopes tampoco me hubieran creído. Para la opinión pública yo era un ultrajador que solo disparaba palabrería y perversión necrófila. El único que me defendió fue un tal Kirk, quien dijo de mí que yo, simplemente, era un aristócrata que habla demasiado. Sí, hablo demasiado, sobre todo para mí mismo, murmuro bajo las sábanas blancas de mi deformado colchón de hospital, pero más habla Odiseo, que será rey, pero no es ni dueño de sus palabras. Durante el juicio, y después, se siguieron publicando absolutas barbaridades sobre mí. No me diga, señor, que está usted aquí para jugar a los dados conmigo. A usted solo le interesa el morbo, ¿me equivoco? Solo quiere saber cómo era el cadáver, aun caliente de Pentesilea, guerrera ardorosa en la batalla, única reina de las amazonas, amorosa en la guerra y en la muerte. Quiere que le cuente sobre ella, ¿verdad? Usted ha creído a pies juntillas todo lo que dijeron los psiquiatras que me trataron, y el fallo del juez – uno de esos tipos despreciables que en su tiempo libre viste suéteres de cuellos de pico estampados con rombos y juega al golf -, que me atravesó con su mirada y me lanzó su amonestación a través de su ayudante, la rubia Deméter: “Déjeme que le hable claro. ¿Puedo hablarle claro?”, me preguntó. Y comoquiera que le contesté afirmativamente, dictó de carrerilla todo ese catálogo de depravaciones que yo al principio tomé a broma. Porque yo no había empujado a Odiseo desde la repisa del segundo piso del almacén de la Cólquide’s Comfort; ni había robado el vellocino, ni mucho menos lo otro. Mis abogados se rompieron los cuernos revisando mi historial sin darle la importancia debida a mi inseparable zapato ortopédico que al principio yo consideraba como el origen de todos mis males. Tampoco supe defenderme, yo que conozco las palabras, pero no sé cómo ordenarlas. Odiseo fue absuelto de todas las acusaciones, cuando él había sido el único artífice de ese loco plan que luego se demostró que estaba lleno de fallos. Para la prensa quedó como un caballero. El fallo fue inmediato. No se trataba de una simple varicosis, sino algo mucho más grave, dijo el juez, amparándose en la falsa respetabilidad de la toga: a lo máximo que podía aspirar era a atenuar mi calvario desvelando el paradero del vellocino de oro. Hacia mí todo eran acusaciones, sin embargo, a nadie le parecía mal que Aquiles hubiera acabado con la vida de Pentesilea. A los presentes solo les interesaba lo de después. Para entonces, el cadáver de la reina de las amazonas ya había sido incinerado, se había convertido en polvo, mas tendrá sentido, porque polvo será, mas polvo enamorado. Yo, que, como implume bípedo cojitranco, atesoro desde niño una total falta de respeto por las opiniones oficiales, me eché a reír. Tal vez en los Estados Unidos de América me hubieran tratado de otra manera, pienso ahora, desde la familiaridad de mis sábanas blancas recién cambiadas, pero seamos sinceros: siempre he opinado que lo mejor del sueño americano son los donuts. A posteriori, mis rarezas me permitieron lograr cierto grado de soledad, que he comenzado a apreciar, pero mi propiocepción anda de capa caída. El juez no se había enterado de nada. Puedo confirmarlo ahora, afeado como estoy por la vejez, casi saponificado: ese hombre con toga estaba completamente equivocado; era esa pierna más corta, o mi otra pierna más larga, según se vea, hija de mi condición obrera, mi único e indeleble pecado original, aunque yo siga siendo pagano. Esa condición de clase fue lo que convenció a los juristas, sigo pensando hoy, aun cuando, efectivamente, mi vida haya cambiado completamente y no pueda decir tajantemente que para mal. He perdido la cuenta de los años que llevo postrado en esta cama de sábanas blancas de este sucio pabellón de higiene mental esperando mi destino telediagnosticado, con el único entretenimiento de imaginar guerreros aqueos en la pintura de gotelé de la pared y la única compañía de mis ninfas y de un cascabel que hago sonar cuando necesito que me rellenen el vaso de agua. He tenido tiempo de sobra como para escribir dos biografías de Homero completamente distintas. Desde mi cama provista de sábanas blancas veo acercárseme la sombra de Crono, el de la curva hoz. Fíjese lo que le digo, yo, que no soy nada presuntuoso, me siento como un dios de barrio rodeado de ninfas, recién caído del Olimpo, no sé si me repito. Ni una sola de esas ninfas puede rellenar una sola queja del libro de reclamaciones en mi contra, pues mi cojera no es tal en la calidez de mi cama, todo lo más, puede imaginarse a partir del surco excavado en el colchón por mi pierna más corta a lo largo de todos estos años. Ninfas enfundadas en batas blancas que no me hacen desear otra cosa que permanecer para siempre en esta habitación únicamente adornada con la ilustración de mis queridas ruinas de Troya VI, que ocupa casi una pared entera. Yo amo a las mujeres, a las guapas y a las menos agraciadas, y a veces me niego a creer que el amor consista en algo más que en sexo. Los dioses en los que creo, mis dioses, se pasan el día follando. Sin embargo, fue la mujer más bella de todas, Pentesilea, mi perdición. Lo reconozco ahora que solo me quedan unas pocas líneas de vida. Me la imagino ahora, vestida con la dorada lana rizada, la Venus de las pieles, o mejor dicho, la Afrodita de las pieles. Ya nada importa. Mi vida está para siempre unida a esta cama, les digo a mis cuidadoras, y eso juega a mi favor, pues, ¿qué mujer necesita atarse a un desahuciado? Pregúntenle si quieren a Eritia, la de los labios rojo amapola, mi enfermera del turno de mañana. Ella les contará con qué pasión lava mis piernas desiguales. Desde luego, en todos estos siglos no me he movido del sitio, no señor, pero ahora que he leído de cabo a rabo la obra de Einstein y sé que no existe el reposo absoluto, veo que no he malgastado el tiempo. El mundo gira, amigo mío, y yo con él. ¡Ah, qué desagradable es sin embargo el resto! Imagínese qué no habrá rondado por la cabeza de este viejo patizambo durante cincuenta o sesenta siglos, que ya he perdido la cuenta, postrado en la cama de este manicomio. Pero no se engañe: lo tengo todo en este mi refugio; no me he perdido nada. Me las he apañado, y llegado el caso sabría hacer una fogata con unas simples virutas. ¡Ah! ¡Yo solo quería ser como ellos, un héroe más! Ya descansaré en mi tumba de mármol. Estoy tranquilo. En estos tiempos que corren de Sodoma y Modorra, Napoleón no volvería para reinar solo cien días. Por lo que a mí respecta, a nadie le importa mi clase social. La vejez lo iguala todo: la belleza y la fealdad, el valor y la cautela, la riqueza y la pobreza; así lo afirmo desde estas mis sábanas blancas de esta prisión que casi no es tal; lo afirmo ahora que, en definitiva, las pieles sin curtir robadas tiempo atrás han comenzado a brotar, como crócurs en primavera, y están a la venta en Wallapop; se lo confirmo ahora que todos me miran de reojo. Dicen que el vellocino se subasta mañana en Christie’s: finalmente, me he quedado solo en mi particular lucha contra la mediocridad. No señor, no me gusta airear los trapos sucios de nadie, ni zambullirme en las moralidades absolutas de los demás, pero, aunque no me considere tan conservador como una abuela castellana, si quisiera usted realmente investigar mi caso, no debería creer todo lo que se publica por ahí. Siempre he rehuido de la fama. Pregúntele, señor, a cualquier joven de hoy si sabe quién fue Jean Harlow. Además, en estos tiempos que corren, ¿cómo puede usted creer nada? Soy viejo, pero a través de mis ojos sigo siendo joven, y sé leer entre líneas. El estómago vacío es el mejor amigo de los desocupados. Estoy cansado. Vivir en estas condiciones me parece de mal gusto. Te dan la vida, la juventud, que enseguida se transforma en decrepitud, la gloria – en mi caso, mi encuentro con Pentesilea, semejante en belleza a la áurea Afrodita – y luego te lo quitan todo. Si no hubiese conocido la dicha de la juventud, tal vez no me importaría subsistir ahora a base de esta decadencia agria en la que me han sumido internautas, jueces y abogados. Pero este es el destino del que algunos dicen es el hombre más feo y malvado de los griegos. Mi último deseo es que el surco excavado en el colchón a lo largo de estos últimos años por mi pierna más corta de lo habitual, sea el único recuerdo que perdure de mi paso por este mundo.
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Arturo del Río Rodríguez
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