Virginia Woolf y la Señora Dalloway – Un relato breve de Rosario Martínez

Virginia Woolf y la Señora Dalloway – Un relato breve de Rosario Martínez

Virginia Woolf y la Señora Dalloway [Relato]

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Natascha Abigail Taylor, Natascha McElhone, como la joven Clarissa Dalloway en un fotograma de Mrs Dalloway [1997 – Marleen Gorris]

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Virginia Woolf y la Señora Dalloway

          Los nuevos tiempos

La señora Dalloway se mostró sorprendida cuando supo que una escritora había robado un día de su vida para convertirlo en literatura.

            Recibió la noticia de labios de su amiga Katherine Mansfield.

            –Clarissa, ya puedes estar orgullosa. Pasarás a la historia. Se ha fijado en ti una de las escritoras más originales y audaces de este país. La conozco bien. Sé de lo que es capaz. Mañana saldrá a la venta el libro en el que podrás verte reflejada. He leído el manuscrito. Es asombroso.

            Si lo dice Catty es verdad –pensó la señora Dalloway. Ella pertenece al Grupo de  Bloomsbury, formado por intelectuales y artistas. Me ha contado que allí ha conocido a Virginia Wolf, una de las fundadoras. Parece ser que sale a pasear por Londres al encuentro de lo inesperado, a memorizar lugares, tiendas, autobuses, gentes. Quizás me he cruzado con ella y captado su atención. Sí, eso pudo ser. Pero, ¿es suficiente motivo para escribir una novela? ¿Qué puede contar de mí? No me conoce.

            La señora Dalloway intentó asimilar la idea. Finalmente aceptó que podía ser sugerente el hecho de que alguien se tomase la molestia de penetrar en su interior. Siempre había creído llevar una vida monótona, ordenada, sin sobresaltos ni actos sublimes o heroicos, los que ella creía que debían estar contenidos en una novela. Tendría que leerla para poder opinar.

            Fue al día siguiente cuando, al pasar por Charing Cross, vio su nombre en la vitrina de la librería: “La señora Dalloway”. Se encontró comprando el libro con una mezcla de estupor, intriga y algo de orgullo contenido. Salió dispuesta a devorar aquel montón de páginas.

            Clarissa  Dalloway entró en el parque. Atrás quedaba Picadilly.

            Esta vez no se paró a contemplar los setos perfectamente alineados ni las flores. Se zambulló en el libro con la avidez de un polluelo.

            Después de dos días de agotadora lectura, Clarissa comprobó que había quedado sumamente complacida. Apenas descripciones. Virginia Wolf entraba en los vericuetos del alma con la minuciosidad de un relojero. Tenía razón Catherine. Esa rara cualidad de penetrar en los rincones más femeninos solo podía ser atribuida a una mujer. Según supo después, se apartaba intencionadamente de escribir con patrones masculinos.

            ¿Seré como aparezco en ese libro? ¿Así me ven los demás? ¿Elegante, generosa, sensible, dueña de mis actos… y un punto frívola con las necesidades ajenas?

            ¿Cómo podía conocer aquella escritora sus disertaciones íntimas? ¿Tal vez era una forma de describirla?  El personaje habla consigo mismo. Un monólogo, una forma de bucear en el interior. Plasmar la realidad a partir de un retrato espiritual. ¡Qué sensación más extraña! –dijo la señora Dalloway. A estas horas ya todo el mundo puede ver mi alma vibrando como un diapasón Ha mostrado mi conciencia mejor que yo misma lo hubiera hecho. Yo, siempre mediatizada por la opinión ajena y las apariencias.

             Por primera vez, Clarissa Dalloway tuvo rara conciencia de haber vivido en una nebulosa de cosas amables e inservibles. La exposición pública de sus recuerdos, impresiones y hasta de los más íntimos sentimientos, la hicieron dudar del cometido de su existencia.

            ¡Me siento desnuda, momificada, algo prescindible! –exclamó. En verdad, la atmósfera que me rodea destila tedio la mayoría de las veces, aunque yo lo haya querido cubrir con el terciopelo de la adorable rutina diaria. Pero, ¿cómo se había atrevido a contar intimidades entre ella y Peter? ¡Naturalmente que no se casó con él! Un hombre interesante, pero que solo le ofrecía aventura y vaivenes, no cabía en los moldes de sus proyectos.

            Imposible no interesarse por la vida de esa escritora. Clarissa quiso asomarse a su particular mundo, conocerla. Y más después de saber su opinión sobre ciertos aspectos de cosas por ella ignoradas. “Ese relampagueo de la imaginación, esa destellante fractura de genialidad en medio de ellos, que los deja defectuosos e imperfectos, pero iluminados de poesía” Hablaba de los méritos de un ensayo, pero a la señora Dalloway  le pareció ver reflejados a los invitados de sus fiestas.

            Hizo indagaciones. Virginia Woolf daba una conferencia en un club feminista. Decidió ir a escucharla. Sería una experiencia mental.

            Aquella mujer delgada, de aspecto frágil y mirada inteligente, esgrimía un discurso combativo contra la invisibilidad de las mujeres en el panorama social. Había que luchar contra la oscuridad de ideas, salir a la superficie, opinar, mostrar las habilidades, intervenir en la vida pública. Hablaba con convicción, reivindicando el papel de la mujer en la sociedad, su espacio propio, su independencia económica. Debía ser una tarea colectiva, pero también individual. No se trataba de batallar contra el hombre. No. Simplemente afirmaba que el reparto de papeles debía ser equitativo entre los dos géneros. Creía firmemente en la enriquecedora posibilidad de ser masculinamente femenina o femeninamente masculina. ¡Es lo más impactante que he oído nunca! –musitó la señora Dalloway.  ¿Era solo eso lo que pensaba mientras escuchaba hablar a la conferenciante?

            No. La memoria la había llevado lejos. Es consciente de que proviene de una educación puramente victoriana. Ha recibido el legado del orden riguroso y ella se aplica en su conservación.

            Ahora, a través de las palabras de Virginia Wolf, descubre que tiene lagunas, dudas, rencores. La frase “infantilización de la mujer” resuena en sus oídos como un aldabonazo.

             Ha sido un encuentro que nunca olvidará. En aquella reunión fue consciente del movimiento a favor de la igualdad de sexos, algo tan extravagante y ajeno que requería  toda su atención. Tendría que meditar sobre su contenido. Necesitaba saber más cosas sobre esa escritora.  

            Su biógrafa de un día nació el 25 de enero de 1882. Su nombre de soltera es Adelina Virginia Stephen. Durante toda su vida– le contó Catherine Mansfield-, estuvo rodeada de intelectualidad. Sus padres, muy vinculados al mundo de la cultura, propiciaron su pasión por los libros, lo que la llevó a convertirse en una mujer de amplia erudición, a pesar de haberle sido negado el acceso a los estudios superiores por su condición femenina, según costumbre de la época. Una clara inteligencia, agudo sentido del humor y fuertes convicciones la empujaban a escribir con pasión, vertiendo en sus páginas todo un caudal de innovadoras ideas, producto de su genialidad.  Su matrimonio con el pensador y editor Leonard Woolf, miembro del Grupo de Bloomsbury, la reafirmó en el camino de la literatura. Entre ambos fundaron la editorial Hogarth Press, a través de la cuál verán la luz sus obras, así como las de otros autores del grupo.

            Cuanto más se aproxima Clarissa a la individualidad de esa escritora, más admiración despierta en su interior. Una trayectoria plagada de controversia que lucha por abrir nuevos caminos en el mundo de la narrativa de la década de los años 20. Sí, es cierto, siempre se negó a escribir como un hombre y eso, a los ojos de la señora. Dalloway, representa un desafío y un acto de confianza en sí misma, de los que se deben sacar conclusiones.

            Ya no la sorprende tanto ver su carácter diseccionado. Va comprendiendo. Reconoce haberse dejado arrastrar por la ráfaga de la vida, donde se mezclan alientos y placeres, sin escuchar los cambios sociales. A partir de ahora verá desdibujarse las normas de la alta sociedad a la que pertenece. La moda y las fiestas dejan de ocupar un espacio privilegiado en su agenda biológica y se hace preguntas. ¿Se hace preguntas? Si. ¿Por qué no mostrarse tal como es, libre de prejuicios y reglas automáticas dictadas por la buena conducta, la educación y la moral? ¿Por qué no poder hablar de su enamoramiento por una mujer, del suave placer que experimenta saber que su marido está celoso de su antiguo novio, de la refinada repulsión hacia la gente de clase baja…?  

             Obligada, voluntariamente, a ver todo a través de los ojos de su marido, olvida que su propia sombra es capaz de proyectarse en otra dirección. Virginia Woolf le ha hecho ver su cara oculta, la que estaba por descubrir pero que, no por ello, dejaba de existir entre los pliegues de su personalidad. A partir de ahora verá su futuro como un paisaje deslizante, inestable, pero atrayente.

            Me estoy aburriendo –sentenció la señora Dalloway. Hace tiempo que anido esa sensación. ¿Y si hubiera otro camino que no fuera la asunción de papel de dama de la alta sociedad?

            Clarissa ya estaba considerando la posibilidad de invertir los términos, romper la coraza exterior hecha de elegancia, buenos modos y frialdad, dejar aflorar su verdadero yo, cargado de insinceridades y misterios. ¡Si no fuera todo tan rígido! Si cada acción no tuviera un tiempo y un espacio predeterminados, inamovibles –pensó.

            Y entre la bruma de pensamientos condensados vio su futuro como algo cargado de iniciativas. Acudiría a esas reuniones de mujeres. Bebería de sus experiencias. Quizás algún día acabase reclamando “una habitación propia” donde poder convertir sus deseos en algo tangible. La idea de la libertad individual, lejos de compromisos familiares y sociales, le pareció deliciosa.

            No sería fácil. Sabía que el cambio le produciría dolor por todo lo que tendría que dejar atrás pero, aún así, se sentía con deseos de intentarlo. Sí, eso haría.

            Las campanadas del Big Ben sonaron huecas. Seguían marcando el ritmo consuetudinario de la ciudad de Londres mientras el corazón de la señora Dalloway ya había comenzado a latir al compás de los nuevos tiempos.

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Rosario Martínez

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