José María Valverde Pacheco: un ser de palabras [Con motivo del centenario de su nacimiento – 26 de Enero de 1926 / 26 de Enero de 2026] – Sebastián Gámez Millán

José María Valverde Pacheco: un ser de palabras [Con motivo del centenario de su nacimiento – 26 de Enero de 1926 / 26 de Enero de 2026] – Sebastián Gámez Millán

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José María Valverde Pacheco: un ser de palabras [Con motivo del centenario de su nacimiento – 26 de Enero de 1926 / 26 de Enero de 2026]

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José María Valverde Pacheco: un ser de palabras [Con motivo del centenario de su nacimiento – 26 de Enero de 1926 / 26 de Enero de 2026]

a Félix de Azúa

Se cumple un siglo del nacimiento y treinta de la muerte de José María Valverde Pacheco (Valencia de Alcántara, 1926 – Barcelona, 1996); ambas, vida y muerte, se dan simultáneamente, como veremos en el poema que he elegido a modo de despedida. A pesar de que Dámaso Alonso esperaba de él que se convirtiera en un gran filólogo, José María Valverde estudió Filosofía y se doctoró con una tesis sobre Humboldt y la filosofía del lenguaje. En realidad, no traicionó la esperanza de Dámaso, sino que la llevó a cabo a su manera. Porque la vida y la obra de Valverde oscila entre la filología y la filosofía, teniendo como denominador común la palabra. En todo caso, él se consideraba un poeta metido a filósofo. Desde luego, hizo contribuciones más que notables en los tres ámbitos: poesía, filosofía y filología.

Entre 1950 y 1955 residió en Roma. Con veintinueve años obtuvo la Cátedra de Estética de la Universidad de Barcelona. Colaboró en revistas y periódicos al tiempo que se dedicó a la historia de las ideas. En 1964, por razones políticas, en solidaridad con Aranguren, García Calvo y Tierno Galván, expulsados de la universidad de Madrid por el régimen franquista, renuncia a su cátedra: “Nulla estetica sine etica” (“No hay estética sino ética”), es el latinismo con el que se expresó y que condensa la integridad con la que vivió este maestro. Se exilia: primero en Estados Unidos, luego en Canadá, en ambos países como profesor universitario. Más tarde regresará a España (1977), donde muere en 1996.

Respecto a sus trabajos como historiador de las ideas despuntan sus monografías sobre Nietzsche y Antonio Machado, Vida y muerte de las ideas (1981), Breve historia y antología de las ideas estéticas (1980), que a mi parecer ha sido precursora de otras obras que han tenido una considerable recepción en España: me refiero a Historia de las ideas estéticas, de Valeriano Bozal, y Diccionario de las artes, de Félix de Azúa, a quien le dirigió su tesis doctoral, Aspectos de la estética de Diderot: el doble modelo neoclásico y romántico (1982). Asimismo, debemos resaltar su titánica labor emprendida con Martín de Riquer: Historia universal de la literatura (1986) en diez volúmenes, obra ya clásica que en su género hasta donde me consta aún no ha sido superada.  

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Es uno de los traductores más prolíficos de nuestra lengua: destacan sus traducciones del alemán (Goethe, Hölderlin, Rilke, Brecht) y del inglés (el teatro completo de Shakespeare, Dickens, Melville, Whitman, Joyce, Faulkner y T. S. Eliot), por lo que mereció, entre otros, el premio Nacional a la obra de un traductor (1990). José Manuel Caballero Bonald escribió en Examen de ingenios un retrato suyo en el que declaraba que “su labor como filólogo, traductor y crítico de la cultura fue ingente y supone a ciencia cierta una de las más fecundas aportaciones a los estudios literarios en España (…) Realmente no se sabe cómo repartía Valverde su tiempo para ser tan extremadamente fecundo”.

Como poeta recibió el premio Nacional (1949), el de la Crítica (1962) y el Ciutat de Barcelona por su poesía reunida (1945-1990). Fue asociado a la poesía desarraigada, pero evolucionó hacia un cristianismo marxista, siempre con un acentuado carácter humanista. Su estilo busca la difícil sencillez. En 2019 se publicó una antología suya realizada por Jesús Aguado, La bendición de la lluvia. Lo he llamado un ser de palabras: su trayectoria vital es un ejemplo esclarecedor de ello. En “Oración por nosotros los poetas” escribió: “Tú no nos das el mundo para que lo gocemos, / Tú nos lo entrega para que lo hagamos palabra”. ¿De qué otra forma si no podríamos comprenderlo, conocerlo y comunicarlo?

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Elegía para mi muerte

I

Ya, Muerte, estás en mí.
Ya tu hielo me ha entrado al corazón
y tu plomo a mis pasos.
¿Adónde iré, si todos los caminos
llevan a tu horizonte?

Hoy sentí de repente
Mi cabeza apoyada en una tabla.
Anticipada tierra me subía a la boca.
Mi cuerpo era atraído hacia el hambre del suelo.
… Sí, moriré; despacio,
desnudo de lo que hoy hace mi vida,
quedándome, en la lucha con la muerte,
sólo con lo que es mío.
Y sentiré tu piedra
congelando mi carne poco a poco.
Y sentiré tu mano atándome pausada.
… Y de repente, ¡oh muerte!, al otro lado.
Dejaré aquí mi cuerpo como un caballo herido.
Sí, me aterra dejarlo, aunque vaya a volver.
Tengo miedo a la muerte de las cosas,
a ese abismo ignorado en que al fin todas caen.
¡Tantos vientos mordiéndolo,
y, para disolverlo, tantas lluvias!
Mis pies, hoy tan lejanos, sin la postrera amarra
serán como dos piedras
arrojadas a un pozo de vacío.
Y se erguirán mis miembros, toscos, vanos,
como torres al aire.
Humores desbridados sin la ley de la vida
galoparán mi cuerpo corroyéndolo.

II

Se quedarán mis cosas sin mí desconcertadas.
Seguirá mi tristeza paseando
por rincones de sombra.
En mi amada ventana del sillón y la mesa
seguirán los ocasos cayendo como siempre,
y el chopo del jardín, crecido ante mis ojos,
morirá y volverá como cuando yo estaba.
En penumbra, mis versos hablarán en voz baja.
Se secarán mis libros poco a poco,
oliendo a fruta vieja.
Diminutas reliquias de mi vida
-una flor en un libro, un verso en alguien-
seguirán, como piedras disparadas,
conservando mi fuerza en este mundo
cuando yo me haya ido.
… Y os quedareis vosotras, muchachas, pero un día
os marchareis también
y en el mar de la muerte se hallarán nuestras olas.
Morirán vuestros labios, vuestra piel, vuestra carne.
Pero siempre habréis sido.
Ser una sola vez, ¿no es ya bastante?
Mientras dure el espacio guardará vuestros huecos,
mientras quede una brisa llevará vuestro aroma.
… Pues habéis sido un día, seréis siempre.


III

¡Señor, Señor, la muerte!
Se me cuaja la boca al pronunciarla,
se me amarga la lengua, se me nublan los ojos…
Nadie la puede ver de frente, por fortuna,
Cuando llega a buscarnos.
Es lo mismo que el sueño.
La muerte es superior a nuestras fuerzas.
¡Si no estuvieras Tú!…
¡Si Tú no nos cruzases el abismo en tus brazos…!

¡Pero es inútil todo; tengo miedo!
¡Tengo el miedo del perro junto al hombre,
porque nunca le entiende!
Miedo de no saber,
miedo al país de donde nadie ha vuelto…
¡Tengo miedo a ese pozo de vacío,
a esa noche sin fondo, aunque esté Dios atrás!
Con el instinto oscuro
del animal, del árbol, de la piedra,
tengo miedo a la muerte…
Oh Señor, anestésiame la muerte
como a tantos les haces con la vida.

… ¡Oh, ser sólo una vez, y sin remedio!

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Sebastián Gámez Millán

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