José María y las tres derechas – Una fábula político-festiva de Javier Sagastiberri

José María y las tres derechas – Una fábula político-festiva de Javier Sagastiberri

José María y las tres derechas

Una fábula político-festiva 

 

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Fueron años oscuros y aciagos y no podía afirmarse que la culpa fuera sólo de la izquierda o de los vascos hirsutos, pues era consciente de que él también tenía su parte de responsabilidad en aquella catástrofe, ya que Mariano era una elección soberana de su dedo.

¿Cómo pudo errar su dedazo hasta ese extremo? En unos pocos años su sucesor, con aquella pinta más de inspector del timbre que de verdadero gobernante, había puesto a la derecha contra las cuerdas y España se rompía y eso era algo que José María no podía sufrir, porque a él España le dolía y ese dolor le atormentaba por las noches, y daba tantas vueltas en el lecho que su fiel compañera, incapaz de conciliar el sueño, terminaba bajando a la Plaza Mayor en busca de una relaxing cup of coffee, porque no quería discutir con su José Mari y ninguno de los dos concebía una existencia común en camas separadas.

Los años se sucedían a una velocidad de vértigo y casi sin que nadie supiera cómo había sido posible, los pacíficos tenderos, habitantes de las provincias catalanas, a los que hasta entonces les bastaba para desfogarse con la práctica de aquellas aburridas danzas denominadas sardanas, amenazaban con romper la sagrada unidad de los pueblos y tierras de España. Aquello le dolía a José María como si alguien le estuviera arrancando, sin anestesia y sin piedad, los brazos y las piernas.

Y lo peor no era eso: le dolía mirar hacia las tierras catalanas, pero aún sufría más contemplando la metamorfosis de su añorada Génova, en la que los dirigentes ya no eran los patriotas que sufrían a España en sus carnes, ni siquiera los aguerridos liberales que cantaban como loritos las excelencias del mercado libre que tan grandes beneficios proporcionaban a sus amigos y a su querido yerno, sino los oficinistas grises, sin sangre rojigualda en las venas, los cuales eran capaces de contemplar los violentos tumultos de las tierras catalanas sin llamar a consulta, ni una sola vez, a los generales.

Él venía advirtiendo esa decadencia de los valores del partido que había refundado y, al principio, creyendo en la buena fe de Mariano, había aconsejado algunas medidas y la vuelta de ciertos líderes, hasta que se percató de que aquellos grises oficinistas, que parecían escuchar con reverencia sus discursos, se guiñaban el ojo y se repartían codazos de complicidad en cuanto él se alejaba, como si los valiosos consejos que él impartía desde el púlpito fueran las necedades de un abuelo demente y trasnochado.

A tanto llegó el desapego que terminó declarando públicamente que no tenía partido. Porque para él su partido, el partido que dirigió con sabia mano, era como un hijo. Pero así como Abraham no dudó en sacrificar a Isaac cuando así se lo requirió el Señor, él tampoco habría de vacilar en sacrificar al partido si ello fuera la condición necesaria para salvar a España.
A su pesar, casi se alegró de que salieran a la luz los papeles de su tesorero, y que fueran aireados en programas de tertulianos por sujetos como aquel periodista que, cuando se reía, recordaba en su aspecto a una hiena con alopecia, porque aquello debería servir, y no se equivocó en su vaticinio, para que algo se moviera y el oficinista socarrón y gallego que le había robado el partido temblara y fuera removido de su puesto.

Ha llegado tu momento, le dijeron sus fieles, el partido y España toda te necesitan. Pero él miraba a los que tales cosas le decían y les recordaba que había prometido que su tiempo en política estaba acabado y para él, después de la idea de España, no había nada más sagrado que su propia palabra.

Pero entonces una idea surgió en su atormentada y poderosa cabeza. Estaba leyendo “Las ruinas circulares”, de su admirado Borges, y la idea se le presentó con una claridad deslumbrante: si él no podía volver, siempre podía intentar lo que el protagonista del relato había conseguido. Como decía el narrador: “El propósito que lo guiaba no era imposible, aunque sí sobrenatural. Quería soñar un hombre: quería soñarlo con integridad minuciosa e imponerlo a la realidad.”.

Cuando la idea le sobrevino, le poseyó enteramente; decidió prepararse a conciencia para su propósito. Lo que sucedió a continuación, aunque difícil de creer, forma parte de nuestra historia reciente: José María se propuso soñar un hombre, pero su amor por España y la fuerza de su voluntad fue tal que no soñó un hombre sino tres.

No me considero digno de cantar este prodigio. Ingenios más altos ya lo cantaron y yo no puedo ir más allá de una burda imitación de su canto. Homero nos narró el nacimiento de Palas Atenea, que no nació de mujer, sino que surgió de la poderosa frente del Supremo, de Zeus Olímpico, quien amó a su hija por encima incluso de su propia carne. Algo parecido hemos de conjeturar del parto de José María. No hubo testigos del prodigio, porque sabemos que tuvo lugar en absoluta soledad, pues ordenó a su fiel compañera que se alejara e intentara relajarse nuevamente en la Plaza Mayor.

Sabemos que se preparó a conciencia: su mente se alimentó de lecturas sobre España; su frente fue ocupada exclusivamente por la idea de su patria. Para evitar distracciones y para proporcionar la mayor intensidad a sus propósitos abandonó toda otra actividad. Se afeitó el bigote para evitar que la existencia de ese apéndice pudiera retraer en alguna medida la actividad de su frente y redujo la frecuencia de las flexiones abdominales únicamente a trescientas diarias.

No sabemos cómo advirtió José María que el día del alumbramiento había llegado. Quizás observara una cierta hinchazón o un cambio de color en su despejada frente. Quizás se desnudara, ya que en el último momento pudieran entrarle dudas sobre el órgano de su cuerpo que debía participar en el nacimiento: quizás no fuera la frente sino otra parte menos noble de su anatomía. Lo que sí podemos asegurar es que se posicionó enfrente del espejo de cuerpo entero en el que acostumbraba a admirar sus abdominales esculpidos por el duro ejercicio, ya que la señora de la limpieza hubo de eliminar restos orgánicos que se adhirieron a su superficie una vez que el prodigio fue consumado.

Porque se trató de un verdadero prodigio. De la frente de José María no brotó un único ser, como en el caso de Zeus Olímpico, sino tres: Albert, Santiago y Pablo.

José María contempló su obra y sonrió complacido. Albert, Santiago y Pablo eran muy distintos entre sí, pero entre los tres salvarían a su pueblo y evitarían la catástrofe.

Tuvieron lugar las elecciones andaluzas y, cuando nadie lo esperaba, la derecha arrebató el poder a la doliente Susana y España contuvo el aliento, pues las elecciones decisivas, las que servirían para abatir al malvado Pedro y a sus aliados, los hirsutos catalanes y vascos y los desaseados podemitas, se vislumbraban ya en el horizonte.

Nadie entendía nada; siempre se había sostenido que el fraccionamiento del voto entre partidos similares era contraproducente, pero lo que no sabían los analistas era que los tres líderes habían brotado de la misma frente y eran, por tanto, distintos avatares de un mismo destino. A José María, católico fervoroso, le gustaba comparar el fenómeno con el de la Santísima Trinidad, “Tres personas distintas y un solo Dios verdadero”.

Qué equivocada estaba aquella ministrilla socialista, bocanegra y pizpireta, que llamaba maricones a los bujarrones de toda la vida, y que se atrevió a adjetivar a la derecha de trifálica. José María y su fiel compañera bien sabían que el falo no había intervenido en absoluto en aquel fenómeno y que nunca había sido más apropiado el calificativo de tricéfala, pues eran tres cabezas, nacidas de la misma poderosa frente, la cual pretendía dirigirlas en su actividad, porque José María aprendió una dura lección con el comportamiento de Mariano: no podía relajar el cuidado, pues incluso aquellos líderes nacidos de su propia carne y sangre no podrían nunca ser tan perfectos como su progenitor.

Albert resultó el más elegante. Aportaba a la derecha el glamour que repartía en la izquierda el malvado Pedro. Su esbelto cuerpo soportaba bien la prueba de la bandera: podía fotografiarse desnudo y cubierto únicamente por la bandera rojigualda sin que nadie sintiera vergüenza ajena. Además, le dolía España como a él y a José María le servía incluso para practicar catalán en la intimidad. Pero tenía memoria de pez y era muy veleta, por lo que la hemeroteca le podía jugar malas pasadas.

Lo contrario que a Santiago, rudo hombre del norte, granítico, incapaz de conservar en su cabeza más de una idea a la vez, y que jamás cambiaba de opinión, pues el esfuerzo mental necesario para ello estaba fuera de su alcance. Representaba además los valores tradicionales del hombre español sin complejos. Esto siempre había atraído a ciertos votantes de la derecha. También tenía sus defectos: se empeñaba en acudir a las reuniones con su montura y después se negaba a recoger las abundantes deyecciones de su jamelgo, “para eso están los inmigrantes legales, no les quitemos su pan”.

Pablo era el más parecido a él, aunque había descubierto que no estaba tan dotado para el aprendizaje memorístico como su curriculum académico parecía demostrar. José María le explicó cómo debía preparar las intervenciones ante los medios. La mejor técnica era la preparación de temas orales, como si de una oposición de Inspector de Hacienda se tratara. Le animó a preparar varios temas antes de la campaña, que debía cantar en presencia de su progenitor, el cual actuaba como Tribunal. Con esfuerzo, adquirió cierta soltura con los temas “Artículo 155 (I a III), Rebelión y golpe de Estado (I a IV), Podemitas (I y II), Bilduetarras (I a III) y las crónicas completas de “Pedro el felón”, pero José María no pudo evitar cierta decepción con las escasas habilidades de su retoño: le costaba entender cómo había aprobado dos cursos de derecho en apenas un semestre.

La campaña inició su andadura. José María pudo descansar, la suerte estaba echada. También comprendía que su compromiso por España podía llevarle a romper su promesa. Sus fieles le exigieron el regreso a la política en el caso de que la derecha trifálica no pudiera gobernar. Y José María era consciente de que su amor a España era lo único que podía animarle a traicionar su palabra sagrada.

Fin

 

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Javier Sagastiberri

Autor
Categories: Literatura