Juan Larrea. Razón poética de la Historia – III – José Biedma López

Juan Larrea. Razón poética de la Historia – III – José Biedma López

Juan Larrea. Razón poética de la Historia – III

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Tiempo del Verbo

Bergson descubre las limitaciones de la inteligencia que incomprende la vida a causa de su vocación instrumental [1], espacial, corpuscular, por eso muchas de sus ideas resultan formulaciones concebidas instrumentalmente conforme a la constitución psico-somática, y –tal vez por los valores trascendentales de su ascendencia israelita- se interesa por el misterio que encierra esa energía o élan vital que perdura creadoramente sobre la vida y la muerte de las individualidades corpóreas. A la vida le importa más la lógica del tiempo que la del espacio. Tal es la lógica del lenguaje, la lógica del relato. El tiempo es el enemigo acérrimo del hombre psicosomático, y el mejor amigo del hombre-conciencia-espiritual. De ahí que las filosofías de la historia –Agustín, Fiore, Bossuet, Vico, Hegel- hayan sido concebidas bajo la norma y a la medida del Espíritu.

El existencialismo psicosomático dominante ha entregado el mundo a la espacialización de una conciencia absorbida por los intereses del espacio con sus ciencias y técnicas de orden material, cuantificantes y cosificantes. El hombre se siente así ser algo idéntico a su cuerpo, con todas sus co-idolatrías y con-maquinaciones [2]. El instinto de dominio lo agita y aturbiona. Queda la esperanza de que poco a poco todos los pueblos espaciados de la tierra vayan incorporándose a la noción de un solo tiempo. Una sincronización de la humanidad, una globalización temporal en suspensión celeste. En este sentido es evidente que la cuenta de la cultura occidental ha ganado el consenso de los pueblos. ¿A qué debe la cultura occidental su superioridad? A haber sido ella la descubridora de la redondez planetaria así como de la ciencia y técnica necesaria para deshacer los aislamientos territoriales. Telecomunicaciones y –esto Larrea no lo alcanzaría a ver- telemática, o sea, telecomunicación e informática.

Ahora, como en los tiempos de Augusto, el gran problema es la integración palingenésica de los pueblos, que en los tiempos de Roma y en el plano espiritual culminó en el monoteísmo judeo-cristiano que predicaba un reino que no era de aquel mundo, puesto que aspiraba a la universalidad o catolicidad absoluta. La biología creadora por la que apuesta Larrea es una teo-antropogonía. Como en el tiempo de los césares, compiten hoy un existencialismo filosófico, psicosomático, y una Sabiduría del Espíritu envuelta en misterio y que descansa sobre todo en la revelación del tiempo, en el enigma de la zarza ardiente, del Verbo en la cruz… Larrea cita a Judah Halevy, sefardita del XII:

No te seduzca la sabiduría de los griegos,

que sólo produce flores bellas, mas no fruto.

¿Cuál es su esencia? Que Dios no creó el mundo,

el cual, desde el comienzo, estaba amortajado en mitos.

El poeta da en la clave: La razón de ser suprema de la Vida es el Espíritu creador, en cuya faz camina el hombre. La cuarta dimensión la aporta la cuarta causa de Aristóteles, la causa final, o sea, el Bien. Su incógnita, la incógnita del soberano bien, es ese punto que añadido a los tres del triángulo le consiente convertirse en tetraedro. Ese Ser que –según Schelling- se eleva por encima del Existente. A la Omega.

Filósofo de la Razón extática, Juan Larrea ve en el símbolo de este vértice tetradimensional el poder que sublima nuestros valores conscientes de la superficie del mero existir a la enjundia plenipotenciada y compacta del Ser.

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Itinerario metafísico colectivo

“La vía normal del creador no es la línea recta, es el laberinto” (Gustave Thibon)

La entelequia fundamental del judeo-cristianismo es la encarnación del Logos. Cuando Filón (el Platón hebreo) y luego el Cuarto Evangelio y con él el cristianismo modificaron el valor del término griego Lógos que significaba Razón para identificarlo con Lenguaje, trasladaron el acento cultural de lo individual a lo universal colectivo, de lo existencial a lo esencial, de lo humano a lo divino. Por Lenguaje entiende Larrea el desarrollo histórico del Verbo, lo que distingue al hombre de la bestia, el instrumento esencial de la cultura.

Larrea cita la Égloga Cuarta de Rubén Darío:

Nuestro siglo eléctrico y ensimismado,

Entre fulgurantes destellos,

Verá surgir a Aquél que fue anunciado

Por Juan el de suaves cabellos. [3]

El poeta-profeta reconoce con sus acentos palingenésicos que “nuestra época ocupa las vísperas de la revelación que ha de ponerle en presencia del Espíritu absoluto”.

El hecho de que el judeo-cristianismo se distinga por su conciencia teleológica de una vida modalizada por el futuro universal, proyectada en esa entelequia que se define enigmáticamente como Verbo de Dios confirma la diferencia de valor que existe entre el judeo-cristianismo y otras culturas. En el ente judeo-cristiano anida ese sentido creador hacia el porvenir mediante la palabra que se expresa en la idea providencialista de progreso, “realidad en la que las otras sociedades hoy vivas han demostrado no tener ni interés ni voz ni voto”. La cultura judeo-cristiana es espiritual en su tendencia, cualitativa; mientras las otras son psico-somáticas, cuantitativas en mayor o menor escala. La cultura griega, como la hindú o la china son estáticas, sin dinamismo trascendental, sin Espíritu creador. El crecimiento de la vida planetaria se proyecta así, gracias a la cultura judeo-cristiana, hacia una situación entitativamente nueva, universal, de “ciudad” de “cielo” y “tierra” tan radicalmente distintos que implican el “fin del mundo” o desaparición de los estados preliminares.

Aunque coincide con Toynbee –cuya pulcra erudición admira- en que a la religión le corresponde en la historia la primacía [4], y en que es en el círculo de las grandes religiones donde se elabora la conciencia metafísica indispensable para el entendimiento del Espíritu siendo como es la religión “el negocio más serio de la raza humana”,  Larrea no se conforma con pretender la unificación de las cuatro grandes religiones en pie de igualdad, convencido como está de la superioridad de esa razón del Espíritu absoluto que constituye la diferencia última del judeo-cristianismo. Cita a Hegel: “La religión judía es la primera en que el Espíritu es concebido de un modo universal” [5].

Sigue la intuición de Toynbee: La Cristiandad nació de los sufrimientos de un mundo grecorromano que se descomponía. Puede que el conocimiento que proviene del dolor, causado por el fracaso de las civilizaciones, sea el medio soberano del progreso, como un plan divino cuyos detalles desconocemos [6]. Así pues, el misticismo judaico posee la presciencia de una progresión dinámica a lo largo del tiempo, que le confiere la dimensión espiritual de Dios vivo, como sentimiento renovado del devenir progresivo del pueblo en compañía del Espíritu creador. La historia se preña así de sentido, como revelación de la voluntad dinámica de Dios.

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Sobre los ríos de Babilonia. Escatología y mesianismo [7]

De los desplazados, de los exiliados, de los refugiados, de los que viven fuera de sí, puede esperarse una visión privilegiada. Tal es el caso del filósofo Nikolai Berdyaev, expulsado de Rusia en 1921, que “filosofa en profeta”. Berdyaev define al hombre como ser espiritual. “Espíritu es sujeto, subjetividad. Es libertad y acto creador”[8]. Al contrario que Hegel, que se ocupa sobre todo del pasado, para Berdyaev “la filosofía de la historia sólo puede ser profética, reveladora del misterio por venir”. Su mente se impregna de los valores escatológicos que distrajeron a Roma del pensamiento tradicional para integrarla al cristianismo. La filosofía de la historia, en efecto, no puede ser científica, sólo profética. Berdyaev personifica para Larrea cuanto de universal reprime y pone al margen el ideario materialista bolchevique. Su espíritu profético nada tiene que ver con el institucionalismo eclesial ni con la cápsula esclerosada del catolicismo; lo que predica es la constitución del reino material-espiritual de la meta-historia, el advenimiento mesiánico del Dios-Humanidad (Soloviev) en la “persona” del Espíritu, la Nueva Jerusalem a la que tiende, según Berdyaev, la ansiedad mesiánica del pueblo ruso y cuyo amén es la comunidad del Amor, fin de la Encarnación.

Igual que De Maistre [9] representa la contrapartida espiritual de la revolución francesa, Cieszkowski y Berdyaev representan la de la revolución soviética. Para De Maistre, lenguaje y pensamiento nacieron a la vez. Y el lenguaje es Espíritu, razón teológica, y el pensamiento humano no es sino la palabra del Espíritu que se habla a sí mismo. Su concepción de las lenguas está entretejida de expectaciones quiliastas (milenaristas). De la Palabra viva surge el cosmos como un poema de Dios [10]. No del puro azar que junta los átomos, como quería Epicuro, pues con razón arguyó contra él Cicerón que esto sería tan absurdo como suponer que un poema emergiera de un puñado de letras arrojadas al aire.

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El simbolismo de la historia

Así, la historia no es más que la espera activa de un gran acontecimiento (mesianismo): el fin de la esclavitud, el reino de la bienaventuranza, hacia el que nos proyecta la fuerza del sufrimiento. El mito mesiánico pagano estaba vuelto hacia el pasado, es la concepción regresiva de la filosofía de la historia de Platón. Ni en él ni en Aristóteles se percibe una verdadera filosofía de la historia.

Todo habla con sentido porque todo está creado en función del Verbo. De ahí, en la concepción providencialista de De Maistre que se llegue a concebir al hombre como “herramienta de Dios” [11]. Un instrumento que por tener conciencia de su libertad se cree autor directo, igual que las naciones. Sin embargo, en De Maistre se da ya una conciencia lúcida de la unidad espiritual del planeta, que preveía con motivo de la traducción de las obras de Newton al árabe, al persa, al bengalí, es decir, con motivo de la universalización del conocimiento científico. También Léon Bloy se desgañitó proclamando el Advenimiento del Espíritu [12]. El mensaje de Bloy parece coincidir con el de De Maistre, Heine, Baudelaire, Rimbaud, Rubén Darío y, en fin, con el de todos aquellos que suspiran en su jerga católica por la Epifanía del Espíritu Santo [13], “augures sensibles al misterio del dolor”.

La Escritura y la Historia son complementarias. También la Historia contiene una revelación mediante símbolos capaz de corroborar la otra. La Historia es un criptograma y los hechos históricos son jeroglíficos divinos en los que podríamos desentrañar el plan divino si, como los ángeles, pudiéramos aprehender en una sola mirada todos los aspectos de un suceso. Para Léon Bloy la historia universal es una prefiguración misteriosa y profética del Drama de Dios, análoga a la Revelación bíblica, impenetrable hasta la gran misa del Calvario. La profecía judaica tocaba a la Redención, mientras que la historia universal concierne el cumplimiento de la Redención por el advenimiento triunfal del Espíritu Santo [14].

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Filosofía venceja vs. Filosofía áptera

“¿Quién me librará del cuerpo de esta muerte?” (Rom. VII, 24)

Si bien las previsiones científico-culturales parecen claras y razonables; las proféticas se distinguen por la precisión de sus escorzos a vuelo de pájaro. Y es que –como dice Taine- si “el filósofo se corta las alas para robustecer las piernas”, el visionario sacrifica a veces las piernas en beneficio de las alas. He aquí el gran símbolo en que se afirma el gran sueño innato de la humanidad vuelta siempre hacia el Cielo con la esperanza de poder desprenderse de la tierra en que yace caída, bajo el signo espiritual de la paloma o el águila, superior al hombre áptero, se desarrolla el drama apocalíptico de la Revelación, del Verbo. Y es que el Verbo, la Palabra, es tan esencial al hombre como el vuelo lo es al ave. Del laberinto –como sabía Dédalo- sólo es posible escapar por la vía transformativa, semejante a la de la crisálida, sólo puede uno desprenderse aladamente, por arriba, por el Espíritu.

La salvación es negocio del Verbo de Dios. Y Larrea cita a este propósito la teología de Karl Barth, aunque critica su individualismo, a la vez que se muestra distante de cualquier reconciliación con el institucionalismo eclesial:

“imaginar que con los elementos de que dispone la Iglesia existe la posibilidad efectiva de convertir la conciencia del mundo ingente y complejísimo que nace al cristianismo literal, es decir, meter a la humanidad dentro de la Iglesia y de sus dogmas angostos, es un sueño tan desvalido como el de la crisálida que pretendiese insacular el universo en su capullo”.

De hecho, el Apocalipsis muestra en su capítulo XIX al Verbo de Dios viniendo a destruir al falso profeta de Roma. El único campo adecuado para el suspirado Reino es la colectividad humana universal. A juicio de Larrea, las iglesias cristianas han perdido el sentido judeo-cristiano de sus orígenes, para transformarse en la religión de una cultura dada a partir de Constantino, con lo que se fue descartando la esperanza en la Parousía y en su Milenio consecutivo, por los que suspiraba el cristianismo genuino. En las últimas palabras del Apocalipsis, “Erjou, Kyrie Iesou” (Ven, Señor Jesús), ve Larrea resonancias más hondas que las idiosincrásicas del cristianismo.

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La religión del lenguaje español

Babel y la Ciudad de la paz

“La religión del lenguaje español” es el título de una conferencia que Larrea pronunció en la Universidad San Marcos de Lima el 4 de septiembre de 1951 y que pude comprar en una librería de la India con la exótica portada de un templete hindú. ¿Cómo llegó hasta allí? Buena pregunta para una imaginación novelesca.

Como dice José Rubio Navarro, el españolismo de Larrea es por lo menos tan raro como el de Unamuno. Ambos bilbaínos le atribuyen a España una misión especial, y al español, lenguaje ideal para hablar con Dios, un papel principal en Utopía. No olvida Larrea que el barco que condujo al descubrimiento de la Nueva Atlántida pintada por Francis Bacon partió de Perú.

“En España se concreta geográficamente el finísterrae, y donde se da el fin de lo material comienza el más allá (el plus ultra) del espíritu. España es signo de trascendencia. Descubrió un nuevo mundo, en sentido material, y habrá de iluminar otro nuevo mundo de condición trascendente, a través de la palabra (del Verbo) que traduce la voz del Espíritu [15].”

El lenguaje, en efecto, es la religión natural del hombre, pues es lo que permite a los particulares reunirse (“religarse”, de donde “religión”) en una Razón común, salvándose así de la cerrazón zoológica. Faculta a los vivientes de una época el acceso a la memoria escrita de la especie. Las religiones –ese ámbito en el que brega la Imaginación creadora con la divinidad- no ignoran este valor trascendental del lenguaje, pues también sirve para entrar en comunicación vertical con la idea más o menos entificada de Dios. Aunque Él carece de nombre.

Jesús es el verdadero “Pontífice”, el Verbo que hace de puente, que media entre la humanidad y la divinidad, la existencia y el Ser. A la luz del psicoanálisis que enseña a comprender los sueños como realización imaginaria de deseos orgánicos insatisfechos, el mito de Babel revela cómo el espíritu monoteísta manifiesta la intención profunda de construir la Ciudad Verbal. El sujeto soñante no puede ser sino el Verbo mismo, el lenguaje en su acepción integral, representativa de la naturaleza celeste y terráquea del ser humano.

La Nueva Jerusalem o Ciudad celeste de la paz, en oposición a Babilonia, la ciudad mentirosa y guerrera de la confusión de lenguajes, será la clave de la revelación apocalíptica de donde arrancan la filosofía agustiniana y hasta kantiana de la historia. Los sistemas materialistas, apropiándose de los símbolos espirituales, tratarían luego de someterla al absolutismo cuantitativo de la fuerza.

La religión es la calidad natural del lenguaje [16]. Todo lenguaje es en sí una religión [17]. Vivimos en el seno de una logomaquia. Necesitamos hoy más que nunca un Verbo cuya razón domine la de los lenguajes particulares para la construcción de la Ciudad de la paz en la que las dimensiones del existir y el ser, humana y divina, se coentrañen orgánicamente, se entiendan y no contiendan.

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Vocación universalista del español

El español es, en cuanto lenguaje, una religión de primer grado que vincula entre sí a cuantos lo conversan: los colaciona, los coanima, como algo que está por encima de la biología física, pues la cabalga. Y el desarrollo de nuestra lengua está impulsado desde el principio por una intencionalidad intrínseca universalizante, antibabélica. No es una lengua de confusión, sino de entendimiento general, primero en la península ibérica, y luego es la lengua que ha venido a ser la hablada por el mayor número de entidades políticas en el orbe.

Esta tendencia unitaria y universalizante está asociada con su vocación religiosa de sentido universal y católico. De hecho el imperio construido por la difusión de nuestro idioma a partir de los Reyes Católicos fue el primero donde no se ponía el sol, siempre luz, símbolo esencial de la divinidad [18]. Para el entendimiento poético, en el que lo casual o concertado por sabiduría orgánica es superior frente a la causal o concatenado deductivamente, el Nuevo mundo es también el reino de la Vera Paz.

Nuestra lengua contiene ese enjambre de propensiones e impulsos de naturaleza religiosa que se orientan sin saberlo a la colonización de la cualidad intrínseca de lo humano o conciencia de la Razón universal de Ser. Entre dichas propensiones destaca el misticismo sustanciado en un magno cuerpo literario, testimonio cualificado de nuestro introvertimiento general, de nuestro destino peregrino en busca de ese centro del alma que San Juan de la Cruz atribuía a Dios. La conciencia del lenguaje español se sublima en su afán de unirse a la divinidad. De ahí el carácter de realidad de Finisterre, de fin de mundo del español que comunica con la conciencia de Ser universal. Es un lenguaje teóforo, portador de Dios, de su Verbo.

El español imperial se cuajó de vocablos, giros, modismos, implicaciones semánticas, adagios y refranes de intención teológica que garantizan su vocación trascendental de lengua para hablar con Dios –según dejó dicho el emperador Carlos-, lo que muestra su compromiso decisivo con la universalidad.   

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Lenguaje existencial y poético

Para Larrea, los atentados recientes contra el sentido común y la coherencia inmediata, a base de distorsiones, quebrantos, rupturas y atomizaciones del lenguaje poético, de que han hecho gala el cubismo literario, el dadaísmo y otras vanguardias poseen un valor sintomático grande, de oposición a “la sindéresis cuantitativa del lenguaje” para afirmar otro orden cualitativo, sustancial y universal, propio de una conciencia poética superior. Dicho impulso se ve aclarado por los postulados del superrealismo que afirman la posibilidad de una conciencia de la realidad de orden superior: conciencia de Ser.

El pensador hispánico tiene ante sí el hecho insólito de que los más cualificados de sus poetas (fruto quintaesenciado de la cultura de un pueblo) se hallan transterrados, fuera de Europa. Machado, Juan Ramón, León Felipe, Salinas, Guillén, Alberti, Prados, Cernuda, Altolaguirre…, todos ellos salieron de su tierra por la puerta trágica del asesinato atroz o sacrificio de Federico García Lorca, para esparcirse por el universo. Esas almas, venidas a reconocer el ámbito del nuevo imperio donde no se pone el sol, son –al decir de Unamuno- el producto que España ha dado al orbe, a diferencia de las cosechas materiales de otros pueblos. La consigna unamunesca de hispanizar el mundo es la expresión del contenido latente de ese impulso regenerativo español del que Ganivet fue testigo.

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El imperio sin ocaso tras la noche mística

“Si la Madre España cae –digo, es un decir-,

Salid, niños del mundo; id a buscarla!…

César Vallejo [19]

“¿Qué es España?”. A ninguna otra nación del mundo se le ha ocurrido inquirir por su propia esencia de ese modo. Y es porque España es algo más que un territorio catastrable, algo más que un censo de gente. En Meditaciones del Quijote, Ortega se dirige directamente a Dios cuando se hace la misma pregunta: “¿Qué es esta España, este promontorio espiritual de Europa, esta como proa del alma occidental?”. Larrea le contesta:

“España es el destino hecho para conducir al reino de la conciencia universal, para hablar con Dios”.

En la aparente sinrazón y disparate unamunesco de soñar una España celestial y eterna, un Dios español, el de Nuestro Señor don Quijote: “un Dios que piensa en español y en español dijo: ¡Sea la luz! Y su Verbo fue verbo español” [20], ve Larrea un loable impulso intuitivo que encierra una verdad indirecta. En su “energumenismo profético”, la evidencia de la divina universalidad de un Verbo hecho para hablar con Dios y sustanciar la conciencia universal; y en el éxodo hispanizador de sus mejores poetas, una misión milenarista.

La conquista de la Razón de la sinrazón contra bachilleres, barberos, curas y duques, afirma la posición supervidente de Rubén Darío, superreal de André Breton, superracional de Gaston Bachelard.   

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Mitología religiosa [21]

Beato de Fernando I y doña Sancha [también conocido como Beato de Facundo] – El Dragón da su poder a la Bestia [fº 191 v – Vitrina 14 – 2 de la Biblioteca Nacional, Madrid]

La figura central de la mitología española es la de su patrón Santiago Apóstol [22]. En América Santiago Matamoros sobre un caballo blanco es un héroe epónimo sobre todos, y no existe aldea o pueblo en que no haya iglesia o altar consagrado a personaje tan formidable. Santiago va a donde llega el español. En verdad, cierra España. Santiagueño fue el Libertador por antonomasia (Bolívar), nacido en la ciudad nombrada Santiago de León de Caracas y en cuyo escudo nacional galopa un caballo blanco. Igual que José Martí.

Algunos afirman que la ascendencia inmediata del mito de Santiago esté en los Dioscuros [23], pero Larrea disiente. La figura de Santiago Matamoros, posterior al año mil, no procede de la mitología clásica, procede de ese repertorio judeo-cristiano de imágenes maravillosas que es el libro del Apocalipsis.

La España atlántica, finis terrae, era el trasunto geográfico-histórico del fin del mundo apocalíptico. En efecto, mientras en otros países, la canonicidad del Apocalipsis estuvo en entredicho durante mucho tiempo, en España estuvo admitida y fue objeto obligatorio de predicación desde Pascua a Pentecostés, según consta en los cánones del concilio IV de Toledo que presidió San Isidoro. Siglo y medio más tarde se escribirían los celebradísimos comentarios del Beato de Liébana, el monumento artístico más importante de la bibliografía española medieval. Ningún libro excitó tanto la imaginación de entonces como este Comentario escatológico escrito a fines del VIII y del que, según algunos, procede nada menos que el estilo de la escultura románica. Los caballeros de Galicia, Asturias, León y Castilla se atribuyeron la representación de las huestes capitaneadas por el personaje ecuestre del Apocalipsis a fin de vencer a los agarenos, personificación del Anticristo. Blanco será luego el hábito de la Orden de Santiago, como la Vía Láctea por donde imaginativamente galopan los ejércitos siderales.

La figura apostólica de Santiago Matamoros es la figura del Verbo de Dios que conduce al triunfo de la Nueva Jerusalem con el disfraz de la personalidad nacional española, bajo la careta de Santiago Apóstol, cuyo nombre Jacobo, significa precisamente “suplantador”.

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También el Cid será llamado por los moros Señor recordando al que en el Apocalipsis es llamado Rey de reyes y Señor de señores. Y lo que su personalidad no consigue en el poema del juglar de Medinaceli (Puerta del Cielo o de Dios) lo alcanza en el Romancero, ganando una batalla post mortem, todo ello en una literatura que entraña una teología sui generis

“Porque lo profundamente español es ganar la batalla ulterior o lucha nocturna de Jacob con el Ángel que se inicia tras el Finisterre, la batalla metafísica del cielo o conciencia del Ser universal. O sea, la batalla por esa conciencia que está más allá y más arriba del individuo, al modo como el caballero está por sobre el caballo y, aunque asociado con él, no es, como en el centauro pagano, parte de él, sino distinto de él; que éste y no otro es el valor teológico del símbolo”.

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Tragedia teologal de España

Lo propio de España fue “nuestra vocación desaforada de colonizar los reinos ultra mortem”. De ahí nuestro “vivo sin vivir en mí”, nuestro “muero porque no muero”, nuestro despertar al reino de “La vida es sueño”, nuestro “reinar después de morir”: el horizonte que se abre al desaparecer el estado de inconsciencia universal del Medievo, esa existencialidad corpórea pide la muerte para transponerse al reino espiritual del Ser verdadero, donde tras la noche mística brille la aurora del imperio sin ocaso, la ciudad de la paz, característica del Nuevo Mundo conquistado al amparo del Apóstol Hijo del trueno.

También Quijote al montar en Clavileño para volar por el cielo y desencantar a Don Clavijo –nombre de la batalla donde se dice que apareció el Apóstol- está siendo su caricatura y siguiendo mímicamente el camino de Santiago. Como intuyeron Ganivet y Unamuno, Quijote es el caballero ideal que personifica al pueblo español, su locura es el modo dialéctico natural de afirmar el Universo de la Suprema Razón a que por naturaleza nuestra lengua tiende. “Yo sé quién soy” –dice don Quijote- afirmando el Ser en oposición al existir llegado hoy día a su apogeo crepuscular con el existencialismo. No extrañe que el resurgimiento espiritual iniciado en España en el 98 rinda culto al héroe quijotesco, augurando su salida definitiva del sepulcro; y que esta salida corresponda a la que sufrió desde 1939, al amor de sus poetas, el pueblo en quien se encarna el lenguaje para hablar con Dios.

Ahora bien, Santiago Matamoros o Mataquechuas o Mataaztecas o Mata-republicanos-españoles, traduce una situación de violencia material, exterminadora, más mahometana que cristiana, que sólo puede corresponder a una fase preliminar y blasfematoria del proceso poético de sublimación.

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Ultreja, esuseja. “Más allá, más arriba”

“El sepulcro de Santiago es el de España toda” –como escribe Unamuno en su Vida de Don Quijote y Sancho. Y ese sepulcro atribuido a Santiago en esa proa del alma occidental que es España es el sepulcro de Prisciliano [24] y sus compañeros mártires, sacrificados ignominiosamente a fines del siglo IV por el catolicismo institucional triunfante que, de ser mártir y víctima como en los siglos de las catacumbas, pasaba, como aliado del cesarismo, a ser verdugo. Y Prisciliano es el germen de nuestra internacionalidad, la condensación histórica de la España ulterior y universal. En el entusiasmo pre-quijotesco de Prisciliano encarnaron, al frente de un gran movimiento popular, los afanes más puros, ascéticos, místicos y evangélicos del cristianismo.

Por los pocos escritos que de Prisciliano conservamos podemos verlo –según Larrea- como un precursor de la Reforma, que fuera torturado y ejecutado en la ciudad de Tréveris, donde nacería Marx, es visto también como un presagio. Conforme a las enseñanzas paulinas, Prisciliano fue un defensor a ultranza del Espíritu, frente al sensualismo de sus enemigos, un defensor del caballero en oposición al caballo.

Este Prisciliano aparece como cordero victimado, como fenómeno determinado por una providente sabiduría orgánica y trascendental, muy superior a la de la conciencia llamada humana. La esencia universal se expresa por nuestro mártir, ligado intrínsecamente al Verbo de Dios, cuyo orden nuevo, futuro, justificará poéticamente todo el pasado de nuestra cultura judeo-cristiana.

He aquí la epopeya de la tragedia teologal de España que rinde su espíritu derramando su emigración poética por el orbe, en este valle babélico de confusión, a las puertas de Dios, cuando se acerca el fraguado de la ciudad de la paz, de la cultura democrática y liberal del Espíritu, la Nueva Jerusalem que el Apocalipsis titula “esposa del cordero”, de nuestro cordero victimado, el antiguo y el reciente.

Larrea dibuja esta utopía de la Ciudad de la Paz como una cultura universal y democrática en la que las cosas materiales se hallen gobernadas no por su particular automatismo ni por los instintos animales de dominación, sino trascendidas, cabalgadas por el inmanente Ser universal cuyo Verbo es el que, como Adán a los animales, puede poner nombre domesticante a las máquinas.

“Que no sólo de pan vive el hombre, sino de la palabra, del Verbo de Dios. Y el español parece ser el único lenguaje que posee y fisiognomiza estas dos dimensiones de la ciudad perfecta”

La ciudad del Plus ultra del escudo español inscrito en el águila del Apocalipsis. Y es que hacia el mundo nuevo, verdadero y justo, de la estrella compostelana nos movemos. “La ciudad divina de la paz se halla al alcance de nuestra vida”…

“L’immobilité d’une fleur comme domicile”

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Nota bene:

Para saber más sobre Juan Larrea: Los papeles de don Cógito (blog):

http://papelesdedoncogito.blogspot.com.es/2013/11/juan-larrea-i-una-entrevista-de.html

Este artículo resultó acreditado como comunicación para el I Congreso Internacional “El Exilio Filosófico e Intelectual español de 1939″, celebrado en la Facultad de Filosofía de la Universidad de Salamanca (24-27 sep. 2019). Por motivos de salud no pudo ser presentado allí personalmente por su autor.

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José Biedma López

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Notas

[1] Subrayo “instrumental” a la vista del paralelismo entre esta crítica bergsoniana a la razón moderna y la de la Escuela de Frankfurt.

[2] Deportivismo, dietas, cirugía estética, planes antienvejecimiento… Si somos sólo cuerpo, cambiamos de identidad cuando mudamos de células, lo cual es absurdo. La identidad es más bien comprensible hoy como un patrón de ordenación de la materia, in-formación. Ahora bien, ¿qué o quién in-forma?

[3] Rubén Darío leyó este poema en la Universidad de Columbia en 1915, poco antes de su muerte.

[4] Juzga al anglicanismo como herejía decadente en que el hombre trata de salvar su espíritu relativo renunciado al universal. También el progreso de la tecno-ciencia es un valor a favor de la cultura judeocristiana, pues favorece la unificación material del mundo.

[5] Acostumbrados como estamos a explicar el logos a partir de la crisis del mito nos resulta difícil comprender el punto de vista de Carlyle y de Larrea para los cuales es más bien la filosofía la que prepara el camino a la religión cuando el poeta hace suya “la razón de la locura”. “La sociedad resulta posible por la religión” (Carlyle). “Nunca ha habido sociedad sin religión” (Bergson).

[6] A. J. Toynbee. Civilization on Trial.

[7] “Toda conciencia histórica, es siempre explícita o implícitamente mesiánica” (Berdyaev).

[8] Spirit and Reality.

[9] La expresión es de Rubén Darío. A propósito de la analogía entre ciencia poética y teología, Larrea cita a Tomás de Aquino, quien en Commentum in Liber I Sententiarum dice que el modo simbólico le es común a ambas (a la poesía y a la teología), puesto que ni una ni otra son “proporcionadas a la razón”.

[10] Al que Baudelaire llamó « aigle et boeuf tou à la foi », dos animales todo ojos del Apocalipsis.

[11] Larrea cita también al milenarista jesuita chileno Manuel Lacunza, muerto en Italia en 1800 y lamenta con sorna que el Santo Oficio romano condenara su milenarismo mitigado, pronunciándose así contra las creencias genuinas de la cristiandad preconstantiniana.

[12] El “Reino de los Mil Años” (de donde “milenarismo”).

[13] La expresión es de Plutarco.

[14] L. Bloy. Constantinople et Byzance, Zurich, 1917, prólogo.

[15] Entrevista de 1977 con Santiago Amón, publicada en EL PAÍS.

[16] Y una metafísica, como vislumbró acertadamente Nietzsche.

[17] Podríamos ver aquí el motivo de por qué el lenguaje embruja, según Wittgenstein.

[18] Según Larrea, Div- es luz en indoeuropeo.

[19] “España, aparta de mí ese cáliz”, México 1940, XIV.

[20] Niebla, XXXI.

[21] La expresión es de Becquer.

[22] Américo Castro. España en su historia, IV, BBAA. 1948.

[23] A los 54 años, en 1949, abandonado por su mujer y separado de Cuadernos Americanos, Larrea consiguió una beca para investigar, entre otras cosas, si tenía fundamento el rumor histórico según el cual el culto a Santiago fue una deformación ortodoxa de otro más antiguo inspirado por Prisciliano, un obispo de Ávila del siglo IV, condenado por hereje y ejecutado en Tréveris por el emperador Magno Máximo. Larrea se fue con sus hijos a Nueva York para seguir la pista del asunto en las bibliotecas de la ciudad. Renovó la beca Guggenheim y al tercer año tuvo la fortuna de que la empresa Bollingen le financiara para que siguiera estudiando varios años más. Por Prisciliano derivó hacia el estudio de los Evangelios, estimulado por las publicaciones sobre los manuscritos de Qumran (“Retratos de la otra vida de Luis Buñuel, J. Rubio: https://javierrubionavarro2.wordpress.com/.)

[24] Puede encontrarse una excelente y bien documentada apología de Prisciliano en el segundo volumen de Gárgoris y Habidis. Una historia mágica de España, de Sánchez Dragó, Hiperión, 1981.


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