La decisión – Un relato de Arturo del Río Rodríguez

La decisión – Un relato de Arturo del Río Rodríguez

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La decisión

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Arturo del Río Rodríguez – La decisión

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La decisión

Alfonso volvió a mirar el reloj. Había imaginado cada pormenor de aquella última cita con semanas de antelación, pero, aun a pesar de las tilas consumidas, era incapaz de sujetar sus nervios. Lo hizo comparando aquel encuentro con una visita al dentista y trató de imaginarse a sí mismo dentro de unas horas, ya acabado el día, molesto, dolorido tal vez, pero satisfecho de haberse quitado un peso de encima.

A las ocho llegaría ella, sonriente, mirándolo todo con el rabillo del ojo, sin sospechar siquiera un run-run del cataclismo que se le venía encima. Pero Alejandra no era una caries que se pudiese arreglar con un empaste. Para bien o para mal, Alejandra era la mujer con la que Alfonso había convivido en los últimos cinco años, y aunque lo que empezó como una explosión de fuegos artificiales era ahora pólvora mojada, él no podía despacharla sin otra explicación que un sms o un WhatsApp. No. Alejandra no era una mercancía caducada, pero a juicio de Alfonso, la relación no daba para más. “No es que nos llevemos a matar – pensó – pero las cosas no pueden aplazarse indefinidamente, y tampoco sirve de nada dejar de pensar en ellas.” Era obvio que no podían seguir viviendo con la certidumbre del amor fracasado; la ruptura iba a llegar de todos modos. Mejor que llegase cuanto antes. Eran pensamientos que debiera habérselo explicado a Alejandra mucho antes, pero las navidades, que ahora solo eran un recuerdo desmantelado en los escaparates de los centros comerciales, se habían interpuesto en sus caminos.

– ¡Ah, ¡qué fácil parecía todo cuando éramos felices sin saberlo! – pensó.

Y, encogiéndose sobre sus hombros, metió las manos en los bolsillos de su abrigo y comenzó, de nuevo, a desgranar para sí las razones que le habían llevado a aquella encrucijada sin salida. El primer punto que aconsejaba la ruptura era obvio, y Alejandra no era del todo culpable. Era cosa sabida, en realidad más propia de un documental de animales. Las mujeres, pensó Alfonso, atraen al macho con el reclamo del sexo y luego, una vez consolidada la relación y asumidas las responsabilidades, este pasa a un segundo plano hasta desaparecer casi por completo. Y el sexo era algo importante para él. Tanto o más que el fútbol. Por eso, su relación con Alejandra, tal y como estaba planteada, era como una obra de arte fosilizada en un souvenir. El segundo punto estaba intrínsecamente relacionado con el anterior: la convicción católica, casi masoquista, de Alejandra – cuya ilusión última era morir como Cristo en la cruz -, le hacía anhelar el matrimonio por encima de todas las cosas, cosa que, según Alfonso, no resolvía sino que agravaba el problema sexual. Estaba convencido: Alejandra solo volvería a hacer el amor con la castidad de la luz apagada y, por supuesto, para procrear. Así se lo había dado a entender ella en los últimos meses. La familia de Alejandra era tan conservadora que cuando veían alguna película de Star Wars se ponían siempre de parte del Imperio en lugar de con los rebeldes. Recordó cuando Alejandra y él no eran sino dos amantes; entonces se comportaban como forajidos, igual que dos románticos asaltantes de diligencias; ahora, a punto de institucionalizada la relación, las aventuras se habían acabado, casarse sería como ser detenido en mitad de un atraco para acabar inmovilizado con el hierro pesado de unos enormes grilletes sociales.

Alejandra era una buena chica, no cabía duda, pero la ruptura era obvia. ¿Cómo no era ella capaz de verlo? ¿Cómo podía vivir con la venda en los ojos? El tercer punto era más prosaico: todo se gasta. El cuerpo se gasta. Pero, por encima de todo, aparece el tedio. Cuando la mujer que amas se convierte en una extraña, un simple cabello caído en la bañera desemboca en una guerra. Cinco años eran cinco años. No iban a ser jóvenes para siempre, pero aparte, ¿quién necesita hablar de bodas de oro? Continuar con esa relación era como quemar billetes para encenderse un cigarrillo en una época en la que nadie fuma.

El reloj ya había dado las ocho. Alejandra llegaría en cualquier momento; le abrazaría – el mismo abrazo tenue de siempre -, le besaría apresuradamente en los labios y lo asiría del brazo en dirección al escaparate más próximo. Pero aquella vez el día acabaría de una forma completamente distinta. No es que deseara hacerle daño a la que había sido su compañera desde la facultad, pero no podía hacer otra cosa que hablarle claramente: ¡la relación ya no da más de sí! Había que deshacer gordianamente el nudo que les asfixiaba, antes de que fuera demasiado tarde. No se trataba de ser egoísta, también lo hacía por ella. No había ninguna comunicación entre ellos, a pesar de que Alejandra hablaba siete idiomas. ¿Cómo habían llegado a ese punto de no retorno? se preguntó.

De pronto Alfonso tuvo miedo de la posible reacción de Alejandra. ¿Qué haría ella? La forma de afrontar los problemas denota nuestra actitud vital, pensó, caminando de un lado a otro de la avenida; cada uno reacciona de una manera distinta. Cuando asesinaron a John Lennon en Nueva York, David Bowie contrató a un guardaespaldas. Keith Richards se compró una pistola. ¡Ah, siempre con esos músicos antiguos a cuestas!, solía quejarse Alejandra, pues para ella el rock era algo tan caduco como un madrigal de Monteverdi. ¿Qué harían una vez consumada la ruptura?, se preguntó también Alfonso. De cualquier manera, no había sido una buena idea citarse cerca del viaducto. No es que Alejandra tuviera tendencias suicidas, pero lo primero que debía hacer era tratar de dejar las cosas claras cuanto antes.

Las necesidades solo conllevan esclavitud” – pensó -. “No quiero volver a depender de nadie. No volveré a enamorarme”. Y luego, otra vez: “pasaré el mal trago y mañana empezaré una nueva vida, libre, sin ataduras.”

Pero esa noche iba a ser como ir al dentista. Alejandra ya llegaba tarde. Ya habían dado las ocho y diez. Alfonso miró las ramas de un árbol y le entró una especie de congoja. “Todos los pájaros han hecho sus nidos”, pensó, “y yo, que no soy sino un simple lechón de la piara de Epicuro, aún sigo juntando ramitas”.

La mitad de sus amigos ya estaban casados. ¿Por qué se había torcido todo de aquella manera? ¿Por qué Alejandra no podía ser un poco más pasional? Alejandra ni siquiera tenía ideas propias sino que coreaba sin cesar las enseñanzas de su madre, como quien repite cantarinamente lo que lee en su periódico de cabecera. ¡Ah! ¿En qué momento se habían empezado a espaciar los besos?

El sol esparció sus últimos destellos, y cuando el runrún de los pájaros se hizo casi inaudible, Alfonso volvió a mirar el reloj. Ya eran las ocho y media. ¿Dónde se había metido Alejandra? ¿Cómo podía llegar tarde precisamente aquel día? Ni siquiera podría regañarla, con el mal trago que se iba a llevar después. Entonces empezó a pensar. ¿Y si le ha pasado algo? Alejandra siempre suele ser muy puntual. Así pasaron quince minutos, hasta que se decidió a llamarla al teléfono móvil, pero resultó que no lo tenía conectado. Tal vez se le había olvidado que habían quedado a esa hora, o tal vez sospechara algo, aun cuando esto último era casi imposible, pero ¿por qué tenía el teléfono apagado? El tronar de una ambulancia le hizo imaginarse una desgracia, y se sintió despreciable. “Le ha pasado algo. Ha muerto mientras yo pensaba en cómo deshacerme de ella”.

Tengo que pensar positivamente, – se dijo -. En breve Alejandra vendrá por el puente, me abrazará lánguidamente, besará mis labios, me asirá del brazo hacia el escaparate más próximo, y más tarde iremos a cenar y le soltaré la bomba lo más cortésmente posible”.

Pero pasaron otros veinte minutos y Alejandra seguía sin llegar. ¿Cuánto más debía esperar? El teléfono seguía apagado. Otra duda inundó el fluir intranquilo de las neuronas de Alfonso: Alejandra había sospechado sus intenciones y se le había adelantado. Porque, obviamente, si él no estaba bien con ella, ella tampoco debía estar bien con él. Recordó una frase que ella le había soltado la semana pasada: “no te fíes de nadie que camine erguido.” Ahora estaba claro: se refería a él. Alejandra no le amaba y había decidido dejarle. ¡Las casualidades existen, vaya que sí! Interpretó la desgana de su última conversación telefónica como otra prueba clara. Alejandra no había querido asistir a las últimas salidas nocturnas con sus amigos y había preferido quedarse en casa también durante las eliminatorias del mundial de fútbol. No va a venir, pensó. “Es la mujer de tu vida y te ha dejado plantado”.

No”. El presente nunca es definitivo. Alejandra vendrá. Tiene que venir. No puede dejarme colgado de esta manera. Nunca lo ha hecho. ¿Por qué debería hacerlo hoy? Recapacitó: “¿dónde iba yo a encontrar una mujer tan guapa, tan a la moda? La cabeza – y el cuerpo – mejor amueblados de la facultad”. La vida sin ella, una vida libre pero sin contornos, empezó a asustarle. ¿Qué iba a ser de él? Entre un Don Juan o un padre de familia hay una buena travesía por el desierto: recordó los años transcurridos antes de conocer a Alejandra; las noches frías y los silencios esparcidos sobre un solar de días desperdiciados cuya salida en forma de embudo bien podría haberle llevado a la más absoluta indigencia amorosa. ¿Y qué iba a ser de Alejandra? Ella no lo tendría mucho más fácil: su belleza no le impediría buscarse a otro con un solo chasquido de dedos. Entonces Alfonso comenzó a caminar contracorriente, puente arriba, mientras un grupo de hinchas de fútbol comenzaba a invadir las aceras con sus estandartes. Se imaginó a sí mismo en la vejez, atrapado en una vida desahuciada, como una mosca atrapada en el papel adhesivo de los días sin amor.

Y cuando la clásica riña entre el deseo y la razón se desató con toda su furia dentro de la cabeza de Alfonso, dieron las nueve y media, y Alejandra llegó como dando saltitos entre olas. “Pensaba que habíamos quedado a las nueve”, se excusó, sin darle mucha importancia a la nariz fría de su novio. “¿Me has llamado, cariño? Te lo digo porque mi móvil se ha quedado sin batería…”, dijo también, y luego lo abrazó mustiamente, besó sus labios ligeramente y lo asió del brazo hacia el escaparate más próximo.

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Arturo del Río Rodríguez – La decisión – 2

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Arturo del Río Rodríguez – La decisión – 3

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Arturo del Río Rodríguez

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