Lecciones de los sabios sobre el gobierno igualitario – José Biedma López
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Lecciones de los sabios sobre el gobierno igualitario
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Lecciones de los sabios sobre el gobierno igualitario
Platón suponía o especulaba con la posibilidad –a modo de relato o mito- de que la mente o el alma humana procediese de un Reino de verdades completas. Por eso, la verdad se nos representa en este mundo como recuerdo difuso y reminiscencia (anamnesis). No creo que la Memoria, aun siendo Mnemosyne la diosa madre de las Musas y con ser tan importante como software del conocimiento, sea su única fuente; no obstante, podemos aprender mucho simplemente recordando lo que escribieron otros, e. d., dialogando con los muertos, que siguen vivos en nuestros textos clásicos.
Es el caso de las Moralia de Plutarco. Hacia el ochenta de nuestra era, el gran humanista de Queronea inventó un Banquete de los siete sabios [1], cuyo número el sabio educador y moralista multiplicó por dos. Los legendarios sabios se juntan en la mansión de Periandro, tirano de Corinto (625-585 a. C.). Debo anotar la participación en este Symposion de dos mujeres: Melisa, esposa del anfitrión y la célebre Cleobulina (Eumetis)[2], hija del sabio Cleóbulo, maestra del enigma y poetisa filantrópica.
En el diálogo se acusa a Tales de Mileto de odiar a reyes y tiranos (lo que no deja de ser paradójico pues están banqueteando gracias a la hospitalidad de un tirano), se alega que Tales había dicho que la cosa más extraordinaria que había contemplado era un tirano viejo y que “el tirano es el peor de los animales salvajes; y el adulador, el peor de los domésticos”. Enseguida, Tales descarga de infamias al Anfitrión diciendo que Periandro “a pesar de haberse visto atrapado en la tiranía como un mal paterno”, gracias a sus sanas compañías de hombres sensatos no ha sido un mal tirano.
En cualquier caso, “un tirano que prefiere gobernar a esclavos más que a hombres libres en nada se diferencia de un agricultor que prefiere recolectar cizaña en lugar de trigo y cebada”, pues “sólo una cosa buena tiene el poder…: honor y gloria si los gobernantes gobiernan a hombres buenos, siendo mejores que ellos, y entre los grandes, parecen ser ellos más grandes” (147 C-D).
Dialogan los sabios sobre el gobierno más justo y comienza Solón la plática por haber dado a los atenienses sus leyes, y opina que un rey y un tirano alcanzarían la gloria si establecieran una democracia… Haríamos tal vez al gobernante más moderado y al tirano más razonable si les convencieramos –sigue Solón- de que es mejor no gobernar que gobernar. A lo que Esopo contesta: “Mas, ¿quién te iba a obedecer en esto más que a la divinidad, que dijo, según el heraldo que te dirigió [o sea el oráculo]: ‘Bienaventurada la ciudad que sólo escucha a un solo heraldo’?”. Es importante esta alusión de Esopo a una instancia superior que inspira a Solón y cuyo intermediario (lo metaxy) es el oráculo, análogo a la voz de la conciencia ética, significada y dignificada por el daimon socrático.
El problema sigue resistiendo, planteado con toda su dramática crudeza por Platón: ¿Quién vigila al que vigila? ¿Quién gobierna al que gobierna? ¿Quién pone límites al mandamás? Sólo la buena educación moral y la buena intención universalizadora del dirigente nos garantizan un buen gobierno. Sólo quien se sabe gobernar (autarca) debe aspirar a gobernar a otros. Modernamente, este problema se ha resuelto parcialmente mediante la relativa separación de poderes que siempre peligra, mucho más si los Mass Media dependen para su supervivencia de las subvenciones del poder y conforman la opinión pública al dictado del mandamás [3], o si los jueces consienten en definirse por su sesgo ideológico y se normaliza el oxímoron “juez progresista” o “juez conservador”, de modo que se les ve el plumero, al mostrarse más interesados por el poder y los intereses de su secta, que por guardar la ley e impartir justicia.
“Realmente –dijo Solón-, ahora los atenienses escuchan a un solo heraldo y a un solo gobernante: La Ley, ya que tienen un régimen democrático”. ¡Dura lex, sed lex! Más adelante, Mnesifilo, seguidor de Solón, dice a Periandro que la conversación no debe repartirse como el vino, de acuerdo con la riqueza y el linaje, sino a todos a partes iguales, como en la democracia, y debe ser un bien común. La libertad de expresión, ese imprescindible bien común, entendida como diálogo.
Dan los sabios su opinión sobre el gobierno igualitario. Comienza otra vez Solón: “Me parece que obra perfectamente y conserva mejor que nada la democracia la ciudad en la que las personas que no han sufrido injusticia alguna no menos que la que ha sufrido persiguen al malhechor y lo castigan”. A lo que Bías añade: “la mejor democracia es aquella en la que todos temen a la ley como a un tirano”. A continuación, Anacarsis “dijo que aquella en la que, siendo consideradas las demás cosas iguales, la mejor se define por la virtud y lo malo por el vicio”. Cleóbulo, en quinto lugar, añade que es sensato un pueblo donde los gobernantes temen más la censura que la ley. El sexto en intervenir, Pítaco, cree que el gobierno más igualitario es aquel donde no es posible a los malos gobernar y a los buenos no gobernar. Quilón opina que “la mejor forma de gobierno es aquella que escucha, principalmente, las leyes y, mínimamente, a los oradores”. El último, Periandro, con una observación final, dice que a él le parecía que todos alababan una democracia que se parece mucho a una aristocracia (154D-E). Este parecido será un tema corrente en la filosofía ática, sobre todo en Aristóteles, más partidario de la democracia que su maestro. Ninguna de aquellas opiniones tiene desperdicio, a la vista de que la crisis es estado natural de la Democracia, aunque tal vez se acentúa con el populismo diestro y siniestro en nuestros días.
La crítica de Platón a la democracia en Politeía, debe ser matizada como un ataque a los peligros que corre ésta al corromperse en demagogia populista, esa “feria de constituciones” en la que la libertad se vuelve libertinaje, el maestro teme al alumno, el hijo malcriado subordina al padre (oa la madre) y el halago, mecanismo esencial de la publicidad comercial y la propaganda política, se convierte en el instrumento principal de los turiferarios de la “gran bestia”, gárgola descabezada y caprichosa del populacho ignaro.
La aristocracia, entendida como gobierno de los que saben y poseen autoridad, resulta imprescindible si queremos conservar y mejorar el orden social. Es perfectamente absurdo que en un hospital elijan los pacientes sus dietas; que las decisiones de una familia con hijos inmaduros se adopten democpráticamente; que sean padres, conserjes y alumnos quienes decidan por mayoría los programas de estudios en las escuelas…
Potestas no es lo mismo que Auctoritas, la Autoridad depende del reconocimiento de superiores competencias, como la autoridad que tiene el médico o la médica sobre sus pacientes, mientras que el Poder ha estado, está y estará expuesto a una compleja microfísica de chalaneos, casualidades, contingencias naturales, fuerzas sociales, violencias (legítimas e ilegítimas), manipulaciones y nepotismos…
Lo peor de la corrupción de la democracia -y no es la menor de sus corrupciones la confusión e indivisión de sus cuatro poderes-, es que -según Platón y de acuerdo a la experiencia histórica- cuando se extiende la impunidad y se naturaliza la inseguridad cotidiana entre ciudadanos honrados y productivos, cuando las leyes pierden su autoridad o estima (o dejan de ser justas), la gente asustada puede preferir el orden negro de la tiranía, régimen este al que él filósofo ateniense considera -no lo olvidemos- ¡el peor de los regímenes políticos! (aún peor que la democracia degenerada que condenó a Sócrates), porque la tiranía degrada en esclavos del tirano a los ciudadanos y sacrifica tanto su autonomía e isonomía (igualdad ante la ley) como la isegoría (libertad de expresión), pero tiene la ventaja de reducir el miedo y la inseguridad de muchos, porque acaba con «la feria de las constituciones» al imponer el dictado único del tirano como ley (cfr. República VIII), el poder se consagra entonces como voluntad del «dictador», supuesta encarnación de la voluntad popular.
La destrucción cuantitativa de la clase media, o la cualitativa de su diversidad y centralidad política, imprescindible en una democracia saludable (dixit Aristóteles) coadyuva a dicho desastre. Al fin, «el pueblo» aclama al dictador, verbi gratia, en la Plaza de Oriente o delante de la estatua chavista del «Salvador». Quienes prefieren libertad a seguridad, quienes resisten “no son pueblo, sino enemigos del pueblo”. Para sostenerse, el dictador purgará a los críticos o disidentes y regará con gabelas y privilegios a la tribu de sus lacayos y sayones. El caudillo señalará un contrapoder, real o ficticio, como origen de todos los males: el comunismo, la masonería, el imperialismo Yankee o la «ultraderecha»… También vale el «España nos roba» para consolidar una fórmula totalitaria regional, imponer un idioma a la fuerza y exigir un orden territorial arbitrario.
Ojo, porque Platón no se equivocaba en esto: de la decadencia de la democracia, de la impunidad y la “feria de las constituciones”, de la demagogia populista, de la crisis de autoridad de jueces, padres y maestros, emergen la tiranía y el totalitarismo, con todos sus horrores.
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José Biedma López
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Notas
[1] Hay dudas sobre la autoría plutarquea de este Symposio, pero eso no mengua ni su actualidad ni su valor. Usamos la edición de las Obras morales y de costumbres (Moralia), vol. II de la ed. Gredos (n°98).
[2] Sobre Cleobulina o Eumetis, cfr. mi entrada en el blog Ateneas: https://mujeresparalahistoria.blogspot.com/2024/06/cleobulina-eumetis.html
[3] En una conferencia publicada por el CSIC (Madrid 1979) Fernando Savater explica que hay motivos egoístas y altruistas para preferir la interrelación ética a la manipulación política. En Simbolismo, Sentido y Realidad.
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