Ricardo es sueño [Fantasía «shakespeariana» para dos personajes varones con ecos difusos del Barroco teatral español] – II – Susana Cantero Garrido

Ricardo es sueño [Fantasía «shakespeariana» para dos personajes varones con ecos difusos del Barroco teatral español] – II – Susana Cantero Garrido

Ricardo es sueño [Fantasía «shakespeariana» para dos personajes varones con ecos difusos del Barroco teatral español] – II

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Ian Richardson (as Bolingbroke) and Richard Pasco (as Richard II), in Richard II, where they alternated the roles nightly [1973 – John Barton – RSC – Stratford-up-Avon – England – UK]

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Ricardo es sueño [Fantasía «shakespeariana» para dos personajes varones con ecos difusos del Barroco teatral español] – II

Octavo cuadro

Ricardo ha colocado la calavera en algún lugar visible y habla con ella como si fuera un interlocutor real, pero creando una ficción grotesca y muy exagerada de una representación teatral, en la que él interpreta todos los personajes.

RICARDO (como si fuera teatro).-

– ¡Oh, permitidme que os bese la mano! – Esperad que la limpie; huele a muerto.

Ríe de manera demente su propia gracia, se aplaude a sí mismo en actitud infantil y después cambia de actitud y remeda a un sabio fatuo y prepotente.

Son las estrellas: las estrellas que se ciernen sobre nosotros determinan nuestro carácter; si no, uno mismo con su igual no podría engendrar criaturas tan diferentes.

Ríe y cambia de tono. Ahora, ayudándose con algún jirón de tela que le sirva de pañuelo que agitar en la mano, interpreta a un dilettante afectadísimo y ridículo.

Mi padre se revolcó con mi madre bajo la cola del dragón; y mi navidad se produjo bajo la Osa mayor; de donde se sigue que soy pendenciero y lascivo.

Aplaude de nuevo en actitud infantil. Coloca el jirón de tela en la calavera y luego se dirige a ella y pondera el trabajo con halago excesivo, como si fuera un espectador fascinado.

Mirad, ¿no tiene acaso la color demudada y lágimas en los ojos?

Por Dios, mi señor, bien declamado, con buen acento y buena escansión. Seguid: decid lo de Hécuba…

Ricardo depone momentáneamente la ficción en un alfilerazo de consciencia desencantada.

¿Y quién es Hécuba?

Vuelve a dirigirse a la calavera, en actitud reprobatoria, como si fuera ella el dilettante que culpaba de su sino a las estrellas.

Ésta es la suprema necedad del mundo: que, cuando la Fortuna nos vuelve la espalda –casi siempre debido a excesos de nuestra propia conducta–, hacemos responsables de nuestros desastres al sol, a la luna y a las estrellas, como si fuéramos malvados por decreto; necios por coacción celestial; truhanes, ladrones y traidores por influjo de las esferas; borrachos, mentirosos y adúlteros por obediencia forzosa a la influencia planetaria; y todo aquello en lo que somos indecentes, lo fuéramos por impulso divino: ¡admirable disculpa la del hombre putañero, cargar su rijosa inclinación a cuenta de una estrella!

Iracundo.

¿Por qué azotas a esa puta? Desnuda tu propia espalda; ardes en deseos de utilizarla para hacer en ella eso mismo por lo que la flagelas.

Remedando su interpretación anterior de modo ridículo.

Mi padre se revolcó con mi madre bajo la cola del dragón; y mi navidad se produjo bajo la Osa mayor; de donde se sigue que soy pendenciero y lascivo.

Y le brota, airadamente, un nuevo alfilerazo de realidad que se superpone con su teatrillo.

Bah, habría sido lo mismo que soy aunque la estrella más virginal del firmamento hubiese contemplado parpadeante mi bastardización.

De malos modos, le quita el trapo a la calavera, con lo que da por terminada la escena. Pero vuelve a la alegría forzada y mundana del tono inicial para reanudar el diálogo con ella.

Así, en una sola persona interpreto a mucha gente, y ninguno satisfecho: a veces soy rey; luego las traiciones me hacen desear ser un mendigo, y en eso me convierto.

Como si representara.

– Dos palabras con este docto tebano. ¿Quién es?

– Tom el Pobre, que come ranas nadadoras, sapos, renacuajos, salamandras y tritones; que en la locura furiosa de su corazón, cuando se enrabieta el fétido demonio, come boñigas de vaca por ensalada; engulle ratas viejas y perros de cuneta; se bebe el verdín de los pilones; le corren a cintarazos de parroquia en parroquia, le meten en el cepo y en la cárcel; el que tenía tres capas para la espalda y seis camisas para el cuerpo.

Utiliza el personaje para transmitir su verdad interior.

Tom el Pobre tiene frío.

Consigue sobreponerse, abandona la caracterización del personaje y reanuda en el mismo tono de antes la conversación con la calavera.

Entonces, la demoledora indigencia me convence de que me iba mejor de rey; y me enreino otra vez.

Como si representara, imbuido de majestad.

Estamos atónitos; y por eso hemos esperado largo rato para ver la genuflexión temerosa de tu rodilla, porque pensábamos que éramos tu rey legítimo: y, si lo somos, ¿cómo osan tus articulaciones olvidarse del inexcusable tributo que deben a nuestra presencia? Si no lo somos, muéstranos la mano de Dios que nos ha despedido del cargo; porque sabemos muy bien que ninguna mano de carne y hueso puede asir la sagrada empuñadura de nuestro cetro, a no ser que lo profane, lo robe o lo usurpe.

Pero se ha prendido en su propio juego y, a su pesar, va creciendo en intensidad, arrastrado por la implicación emocional de su propia historia, que se superpone de manera más que equívoca con la supuesta representación.

– Levantad el ánimo, mi señor; ¿por qué está vuestra gracia tan pálido? – Hace un instante la sangre de veinte mil hombres resplandecía triunfante en mi rostro, y han huido. ¡Oh, infames! ¡Víboras, condenados sin redención!

¡Perros que de buen grado os arrastráis ante cualquiera!

¡Serpientes a las que calenté en mi corazón, y que me muerden el corazón! ¡Tres Judas, cada uno tres veces peor que Judas!

Eso mismo hizo Judas con Cristo: pero él, entre doce, halló lealtad en todos menos uno: yo, entre doce mil, ninguno.

Alcanzado el clímax, recuerda y repite, con mayor intensidad aún que antes.

¡Ninguna mano de carne y hueso puede asir la sagrada empuñadura de nuestro cetro a no ser que lo profane, lo robe o lo usurpe…!

Pero se interrumpe. Jadeante, vuelve a la realidad y recita el texto siguiente ya sin ninguna distorsión teatral, con la verdad interior procedente de la consciencia real de sí mismo y de su situación, tal como ocurrió de hecho. Ya no se dirige a la calavera.

¿Con tan penoso aspecto, hablar tan digno? ¡Oh, Dios, oh, Dios! ¡que ésta mi lengua, que pronunció la sentencia del terrible destierro contra ese orgulloso, tenga ahora que retirarla con palabras conciliadoras! ¡Oh, ójala fuera yo tan grande como mi dolor, o más pequeño que mi nombre!

¡O, si no, ójala pudiera olvidar lo que he sido o no recordar lo que he de ser ahora!

Vuelve a la realidad, mira alrededor, recuerda su propia historia desde la inequívoca conciencia de que él mismo mereció acabar como acabó, porque su soberbia desoyó las voces que intentaron advertirle.

… lo que se inicia por mal camino mal puede alcanzar buen fin.

No os canséis, ni gastéis aliento en balde, pues vuestro consejo llegará en vano a sus oídos. No; están taponados con otros sonidos lisonjeros, halagos, cuyo sabor tienta incluso a los sabios.

Se juzga a sí mismo y se condena.

Malgasté el tiempo, y ahora el tiempo me malgasta a mí… Maldición sobre aquél que se arrepiente demasiado tarde.

Se serena como puede y reanuda el hilo de su explicación dramática, pero ya no es capaz de adoptar el tono mundano en el que hablaba antes con la calavera, y habla con verdad, completando de modo totalmente consciente, y con total consciencia de lo que implica, el discurso que antes pronunció fragmentado.

Los pensamientos proclives a la ambición maquinan

milagros inverosímiles. (Se mira las uñas, sonríe, vuelve al hilo del discurso) Los pensamientos proclives a conformarse se consuelan pensando que no son los primeros esclavos de la Fortuna, ni serán los últimos.

Así, en una sola persona interpreto a mucha gente, y ninguno satisfecho: a veces soy rey; luego las traiciones me hacen desear ser un mendigo, y en eso me convierto: entonces la demoledora indigencia me convence de que me iba mejor de rey; y me enreino otra vez: y al cabo vengo a dar en que Bolingbroke me ha desreinado, e inmediatamente no soy nada: pero, sea yo lo que sea, ni yo ni ningún hombre que sea tan sólo un hombre se contentará con nada, hasta que saboree el descanso supremo de no ser nada.

Mira a la calavera, que sigue donde estaba, exhibiendo su inexpresiva pero cruda e inequívoca realidad.

Oscuro.

Octavo proscenio

Soplan ráfagas de viento, se oye un gran aguacero, pero sin truenos.

Es de noche. El Otro tiembla de frío, aunque se muestra resignado y paciente.

EL OTRO (sin solemnidad, pero con consciencia inexorable).-

Esta noche heladora nos convertirá a todos en bufones y locos.

Oscuro

Noveno cuadro

Es de noche también en la celda. Llueve fuera. En silueta recortada sobre un contraluz grisáceo y difuso, vemos a Ricardo, que se ha aupado de algún modo hasta un ventanuco enrejado, y está recogiendo el agua de lluvia en un cuenco. Baja con cuidado para no derramarla y deja el cuenco en lugar seguro. Mira al ventanuco otra vez. Vuelve la mirada sobre sí mismo.

RICARDO.-

Tú mismo eres la viva muestra, tal cual: el hombre reducido a sí mismo no es más que un pobre animal, en cueros y dislocado como estás tú.

De pronto, en un arrebato, se despoja de casi toda su ropa.

¡Fuera, fuera, galas postizas!

Rasga un paño de su camisa, que aún conserva algo de su color blanco, lo coge entre los dientes, vuelve a trepar hasta el ventanuco y procura recibir la lluvia en la cara, el pecho y los brazos, que extiende hacia afuera con gozo. Saca al exterior el paño para que se empape de agua. Se frota con fruición el pecho y los brazos con él. Vuelve a empaparlo, baja del ventanuco y se enjuga la cara. Y de pronto, se queda mirando sobrecogido. Su efigie ha quedado grabada en el paño, como la de Jesucristo en el lienzo de la Verónica. Lo arroja espantado.

Oscuro.

Noveno proscenio

Sigue el aguacero.

EL OTRO.-

Pobres menesterosos desnudos, dondequiera que estéis, soportando el jarrear de esta tormenta despiadada, ¿cómo podrán vuestras cabezas sin techo y vuestros vientres desnutridos, vuestros harapos llenos de boquetes, guareceros de estaciones como ésta? ¡Oh, no he prestado atención suficiente a esto! Prueba tú esta medicina, boato cortesano; expónte a sentir lo que se siente en la desdicha, a ver si aprendes a privarte de lo superfluo y dárselo, y mostrar cielos de mayor justicia.

El Otro, en silencio, come parsimoniosamente un mendrugo de pan.

Oscuro.

Décimo cuadro

Sube poco a poco la luz de un amanecer dudoso. Fuera, sigue lloviendo con fuerza.

Ricardo está durmiendo. Se despierta bruscamente, se incorpora, toma conciencia, se despereza. Repara en el paño, que está en el suelo, en el mismo sitio en el que quedó en la secuencia anterior. No sin aprensión, se acerca, lo recoge y lo despliega. El paño está limpio, no hay en él resto ninguno de la efigie. Ricardo, no sabemos si reconfortado o decepcionado, se pasa la mano por los ojos. Después se acerca al cuenco, bebe con visible consuelo un sorbo largo y lento, y por fin se queda mirando el reflejo de su rostro en el agua.

RICARDO.-

¿Aún no hay arrugas más hondas? ¿Ha asestado el dolor tantos golpes en ésta mi cara, y no ha hecho heridas más profundas? ¡Oh, cristal lisonjero, igual que los que me rodeaban en la prosperidad, me engañas! ¿Era esta cara la cara que día tras día, bajo el techo de su propia casa, albergaba diez mil hombres? ¿Era ésta la cara que, al igual que el sol, hacía guiñar los ojos a los que la miraban? ¿Era ésta la cara que plantó cara a tantos despropósitos, y finalmente fue desbaratada por Bolingbroke?

Se revuelve en un esfuerzo supremo.

¡Sé quién soy!

Iracundo, altera la superficie del agua con la mano, y el agua salpica. Al mirar al lugar donde cae la salpicadura, Ricardo ve algo en el suelo que capta inesperadamente su atención. Es una cucaracha. Ricardo va cogiendo agua en el hueco de la mano y derramándola en veces sucesivas, obligando a la cucaracha a correr para defenderse. Disfruta hostigándola con crueldad, ríe mientras lo hace. Por fin, derrama el resto del agua de una sola vez, provocando lo que para la cucaracha es un cataclismo cósmico. Ríe, arroja el cuenco vacío y, aprovechando la indefensión aturdida en la que ha quedado la cucaracha tras caerle encima la catarata, la pisa retorciendo el pie con saña.

Suena un trueno. Ricardo mira al ventanuco, mira a los restos de la cucaracha, vuelve en sí.

Lo que las moscas para los críos traviesos, eso somos nosotros para los dioses. Nos matan para entretenerse.

Oscuro. Sigue lloviendo.

Décimo proscenio

Deja de oírse la lluvia.

EL OTRO.-

Estos últimos eclipses del sol y la luna no presagian nada bueno: si bien la naturaleza, en su sabiduría, puede darles su razón de ser de un modo u otro, aun con todo queda minada por los efectos subsiguientes: el amor se enfría, la amistad se rompe, los hermanos se separan: en las ciudades, revueltas; en los campos, discordia; en los palacios, traición; y se ha quebrado el vínculo entre hijo y padre.

Igual que en el primer proscenio, depone su actitud.

Supersticiones de viejas…

Y entra realmente en materia.

Los ojos de los hombres se posaban con el ceño fruncido en el dulce Ricardo; ni un solo hombre gritó “¡Dios le salve!” Ni una sola lengua alegre le dio la bienvenida a su hogar: sino que arrojaban polvo sobre su cabeza consagrada: el cual él se sacudía con un pesar tan manso, con el rostro combatiendo aún entre lágrimas y sonrisas, emblemas de su dolor y de su paciencia, que si Dios, con algún poderoso designio, no hubiera convertido en acero los corazones de los hombres, por fuerza tendrían que haberse derretido, y la propia barbarie tendría que haberse compadecido de él.

Oscuro.

Undécimo cuadro

Ya no llueve. Por el tragaluz entra un rayo de luz amarilla, como la que suele acompañar a las nubes negras que amenazan lluvia. El rayo de luz ilumina a Ricardo, que aparece semidesnudo, totalmente inmóvil en actitud de Cristo crucificado, con la espalda apoyada contra la pared de la celda y el rostro cubierto por el paño de la Verónica (sin efigie).

RICARDO.-

Oh, dolor, ¿por qué se me llama a presencia de un rey antes de que me haya sacudido los pensamientos regios con los que reinaba? Apenas he aprendido aún a insinuar, adular, hacer reverencias y doblar la rodilla: dad algún tiempo al dolor para que me inicie en el aprendizaje de esta sumisión.

Le vence la emoción. Se sobrepone con violencia.

¡Que nadie me hable de consuelo! Quiero desesperarme, y enemistarme con la embaucadora esperanza: es una aduladora, un parásito, un guardaespaldas de la muerte.

Pausa. La resistencia de la ira no da más de sí, y Ricardo se rinde.

¿He de mostrarme con la cimera humillada ante los ojos de mi padre?

Pero se sobrepone de nuevo y obliga a su nobleza a afrontar la situación con dignidad.

Un rey esclavo del dolor servirá al dolor como un rey.

Hace caer el velo con un giro brusco de cabeza y, a rostro descubierto, reanuda su letanía con la conmovedora serenidad de una fortaleza moral absolutamente regia.

Observad ahora cómo me deshago a mí mismo; entrego este gran peso que me quito de la cabeza, y este incómodo cetro que suelto de la mano, de mi corazón el orgullo del ascendiente regio; con mis propias lágrimas lavo el óleo que me ungió, con mis propias manos entrego mi corona, con mi propia lengua niego mi dignidad consagrada, con mi propio aliento renuncio a todos los vasallajes que se me deben: Abjuro de todo el aparato y la majestad; renuncio a mis mansiones, rentas y beneficios; niego mis actos, decretos y estatutos:

¡Perdone Dios todos los juramentos que se han roto para conmigo! ¡Conserve Dios intactos todos los votos que te juran a ti!

¡Él haga que a mí, que nada tengo, nada me aflija, y que tú, que todo lo has logrado, quedes complacido con todo! Y todos los que estáis ahí mirando, mientras éste mi infortunio me atormenta a mí, –aunque algunos con Pilatos os laváis las manos fingiendo compasión–; pero vosotros, Pilatos, me habéis entregado a mi cruz de amargura, y no bastará el agua para lavar vuestro pecado. Mis ojos están llenos de lágrimas, no alcanzo a ver: y, con todo, el agua salada no los ciega tanto que no puedan ver ante sí todo un surtido de traidores. Y si vuelvo los ojos a mí mismo, me hallo traidor junto con los demás; porque he dado aquí el consentimiento de mi alma para despojar el soberano cuerpo de un rey; he convertido a la gloria en una criatura vulgar y a la soberanía en una esclava, a la orgullosa majestad en un súbdito y a la realeza en una plebeya. No soy señor tuyo, hombre que me insultas con arrogancia, ni soy señor de nadie; no tengo nombre ni título, no, ni siquiera el nombre que me impusieron en la pila, porque me lo han usurpado: ¡ay de este penoso día, pues, tras haber consumido tantos inviernos, ahora no sé ni qué nombre darme a mí mismo!

La emoción le impide definitivamente seguir hablando.

Oscuro.

Undécimo proscenio

El Otro contempla, conmovido, el sufrimiento de Ricardo.

EL OTRO (con voz ahogada de emoción, como quien recordase).-Cordelia…

Silencio.

Tuve un hijo, lo amé como ningún padre amó jamás a su hijo.

Por cierto, una o dos veces se le escapó el nombre de ‘padre’ en el jadeo del sollozo, como si le oprimiera el corazón.

Pero, al igual que Ricardo, domina su emoción y se alza en majestad para maldecir al traidor. Se dirige al público en tono acusador y de profecía inexorable.

Northumberland, que eres la escalera por la que el ascendiente Bolingbroke sube a mi trono, el flujo del tiempo no contará muchas horas antes de que el absceso de tu nauseabundo pecado reviente y esparza su gangrena: pensarás, aunque él divida el reino y te dé la mitad, que es muy poco, pues tú le ayudaste a obtenerlo todo; y él pensará que tú, que conoces el camino para plantar reyes ilegítimos, sabrás también, por poco que se te apremie, otro camino para derribarlo a él del trono usurpado.

El afecto de los hombres retorcidos se transforma en miedo; ese miedo en odio, y el odio acaba en una de estas dos cosas, o las dos: peligro merecido y muerte justa.

Oscuro.

Duodécimo cuadro

Ricardo, extenuado, aparece tendido en el suelo, con la calavera en la mano o junto a sí. Sigue semidesnudo.

Ha recuperado el juego dramático con la calavera, pero está demasiado agotado para realizar acciones y ya sólo se limita a fingir las voces, con indolente desmayo.

RICARDO.-

– ¿Qué edad tienes?

– No tan joven, señor, como para prendarme de una mujer por oírla cantar, ni tan viejo como para chochear por ella sin motivo.

Ríe.

– ¿Quién es esa dama que enriquece la mano de aquel caballero?

– Lo ignoro, señor.

– ¡Oh, de ella aprenden las antorchas el resplandor de su fuego! Parece que cuelga sobre la mejilla de la noche igual que una rica arracada en la oreja de un etíope; ¡belleza demasiado valiosa para ser gozada, demasiado cara para la muerte! Tal como se muestra una paloma nívea entre cuervos, así destaca esa dama por encima de sus pretendientes.

Le traiciona la emoción. Buscando cobijo para su llanto desamparado, se incorpora como puede y se aferra a la calavera como a una tabla de salvación.

No te hermanes con el dolor, noble mujer, no, o adelantarás mi final: enséñate, alma generosa, a pensar que nuestro estado anterior fue un sueño feliz; despertados del cual, la verdad de lo que somos se muestra como es: esto no más.

Besa a la calavera en la frente.

Bondadosa reina que un día fuiste, disponte a marchar a Francia: piensa que he muerto y que aquí mismo me has dado, como si fuera mi lecho de muerte, tu último adiós en vida. En las tediosas noches de invierno, siéntate junto al fuego con buenas gentes de mucha edad, y que te cuenten cuentos de tiempos dolorosos de antaño; y antes de darles las buenas noches, para aliviar sus pesares, cuéntales tú el lamentable cuento de mi vida y que los que te escuchen se vayan llorando a la cama.

Déjame romper con un beso el juramento pronunciado entre tú y yo; aunque no será así, pues se hizo con un beso.

Un beso ha de callarnos, y separarnos en silencio; así te doy mi corazón, y así recibo el tuyo.

Besa a la calavera en la frente. Después en las órbitas de los ojos, en los pómulos, en la boca. Crece en él un deseo desesperado, se aferra a la calavera, rueda con ella, jadea.

Oscuro.

Duodécimo proscenio

EL OTRO.-

El insidioso diente del dolor nunca exaspera más que cuando muerde pero no revienta el absceso.

El Otro escucha inmóvil el jadeo de Ricardo, que se remata finalmente, en la oscuridad hermética de la celda, en un clímax ambiguo, que tiene mucho de sollozo.

Pausa. El Otro evoca, conmovido.

Pero véate yo y muera, que no sé, rendido ya, si el verte muerte me da, el no verte qué me diera.

Oscuro.

Décimotercer cuadro

Llueve con fuerza. Ricardo, algo menos postrado que en el cuadro anterior, sigue dialogando con la calavera, a la que ha vuelto a colocar en el sitio en el que estaba cuando jugó con ella al teatro por primera vez.

RICARDO.-

¿O por qué no jugamos a hacer travesuras con nuestros lamentos, y hacemos un concurso de verter lágrimas? Por ejemplo, dejándolas caer todas encima de un sitio fijo, hasta que nos hayan excavado un par de tumbas en la tierra; y nos tumbamos en ellas y ponemos “aquí yacen dos primos que excavaron sus tumbas con llanto”.

Ríe por lo peregrino de su propia ocurrencia.

Ya, ya, ya veo que no digo más que sandeces y os reís de mí.

Se pone a decir sandeces conscientemente, interpretando para la calavera.

Guárdate del espíritu maligno: obedece a tus padres; mantén lealmente tu palabra; no jures; no te juntes con la prometida de otro; no engalanes a tu amada con vano exceso, no pongas pie en burdel ni mano en solapa, ni pluma en libro de prestamista, y resiste al espíritu maligno. El viento frío sopla aún por entre el majuelo. Uuh, uuh, uh.

Ríe destartalado.

Uuh, uuh, uh.

Esto es romero, es para el recuerdo; reza, ama, recuerda: y esto son pensamientos. Valen para pensar. Esto es hinojo para vos, y aguileñas: para vos, ruda; y esto poco para mí: lo podemos llamar hierba santa del domingo; o usadla vos con la intención que os plazca. Esto es una margarita; quería regalaros unas violetas, pero se marchitaron todas cuando murió mi padre: dicen que tuvo un buen final.

Uuh, uuh, uh.

Abajo, abajo voy; como un Faetón resplandeciente que no consigue domeñar a los corceles rebeldes.

¿Al patio de abajo? Patio bajo, donde los reyes se rebajan hasta el punto de acudir a la llamada de los traidores y servirles. ¿Al patio de abajo? ¿Bajar? ¡Abajo, patio! ¡Abajo, rey!

Porque donde deberían cantar alondras están aullando los búhos.

Empieza a desvariar de verdad.

¡No, no, no, no! Ven, vámonos a la cárcel: los dos solos cantaremos como pájaros en la jaula: cuando me pidas que te bendiga, yo me arrodillaré y te pediré que me perdones: así viviremos, y rezaremos, y cantaremos, y contaremos cuentos antiguos, y nos reiremos de las libélulas doradas, y oiremos a los pobres diablos comentar las noticias de la corte;

Con un dedo índice atravesado encima de la boca, le indica a la calavera que las intrigas cortesanas exigen que guarde silencio y proceda con cautela.

y hablaremos con ellos también, quién pierde y quién gana; quién es admitido, quién despedido; comprenderemos el misterio de las cosas, como si fuéramos espías de Dios: y desde nuestra cárcel amurallada, veremos pasar las ligas y los partidos de los poderosos, que fluyen y refluyen al albur de la luna.

Queda sumido en una ensoñación mental, como si recordara experiencias vividas pero las valorase desde la sabiduría de una madurez desengañada.

Sueña el que a medrar empieza… sueña el que afana y pretende…

Deniega con la cabeza, con la sabiduría compungida, casi caritativa, del que ya sabe que no es ése el camino, que todas esas cosas no tienen valor.

Arrecia la lluvia, se oye un trueno. Ricardo sale de su ensoñación.

¡Soplad, vientos, hasta reventar vuestras mejillas! ¡Enfurecéos! ¡Soplad! ¡Cataratas y huracanes, bramad hasta que hayáis inundado los campanarios y ahogado a las veletas! ¡Fuegos sulfurosos, veloces como el pensamiento, ruidosos precursores de los rayos que hienden los robles! Y tú, trueno que todo lo sacudes, ¡aplana la oronda redondez del mundo! Que los grandes dioses, que ciernen esta espantosa agitación sobre nuestras cabezas, encuentren ahora a sus enemigos. Tiembla, miserable, tú que guardas en tu interior delitos inconfesados, que se han librado de la justicia.

Pausa. Jadea con un dolor emocional que está en el límite del dolor físico.

La tempestad que está en mi cabeza acalla toda sensación de mis sentidos, excepto la que palpita aquí.

Flaquea, pero se repone.

No, no pienso llorar más.

Diluvia lo que quieras, aguantaré.

Se rodea el cuerpo con los brazos intentando darse calor. Desvaría.

Tan tullido y desfigurado que me ladran los perros cuando me… (Le interrumpe un escalofrío) Tom el Pobre tiene frío.

Al oírse decir esto, vuelve en sí, toma conciencia de dónde está y hace un supremo esfuerzo por no perder la razón.

¡Levanta esa sangre joven!

Los hombres sabios nunca se quedan sentados llorando sus penas, sino que previenen los modos de remediarlas.

Me había olvidado de mí mismo; ¿no soy rey? ¡Despierta, majestad cobarde! Estás dormida.

¡Sé quién soy!

Pero comprende que su esfuerzo, por sobrehumano que sea, no le va a llevar a ninguna parte.

Sometido a tanta servidumbre, ¿cómo podéis decir…?

Acepta su derrota y se entrega.

El hombre reducido a sí mismo no es más que un pobre animal, en cueros y dislocado. ¡Fuera, fuera, galas postizas!

Se arranca la poca tela que le quedaba encima y queda totalmente desnudo. Levanta el rostro con gran dignidad y mira al público. Habla conscientemente al recuerdo real de Bolingbroke, no a la calavera.

¡Sé quién soy!

Puedes destronar mis glorias y mi majestad soberana, pero no mi dolor; de ése todavía soy rey.

Oscuro.

Décimotercer proscenio

EL OTRO.-

Tuve un hijo. Lo amé como nunca padre alguno amó a un hijo. Para decirte la verdad, el dolor me ha enloquecido el entendimiento.

Pausa.

Yo también tengo frío.

Oscuro.

Décimocuarto cuadro

Sigue lloviendo. Ricardo está durmiendo, y se debate en su sueño, dando muestras de agitación terminal.

RICARDO.-

¿Está privada la desdicha del consuelo de acabarse con la muerte? ¿No habrá un amigo que me libere de este miedo que no cesa?

Se despierta bruscamente. Toma conciencia de dónde está, se serena.

Mi dolor está alojado dentro de mí; y estos modos externos de la desesperación son meras sombras del pesar que no se ve, que puja en silencio dentro del alma torturada.

Ya no llora, ni se rebela. Está en paz y sereno. Finge voces, pero no mira a la calavera ni la introduce en la acción.

¿Estáis dispuesto a renunciar a la corona? Sí, no; no: sí, porque debo no ser nada;

Así que no no, porque renuncio en tu favor.

– A ver, buen caballero, ¿quién sois?

La respuesta es conscientemente irónica, pero no es un juego.

Un compuesto de hombre y fiera.

Ríe levemente con compasiva indulgencia. Después deniega con la cabeza y se corrige, no sin cierto alivio, en una lucidez iluminada.

Un hombre paupérrimo, amansado por los golpes de la fortuna; que, gracias al arte de conocer y sentir pesares en carne propia, quedó preñado de generosa compasión.

Estoy atado a una rueda de fuego sobre la que gotean mis propias lágrimas, abrasándola como plomo fundido.

Malgasté el tiempo y ahora el tiempo me malgasta a mí. Pero, sea yo lo que sea, ni yo ni ningún hombre que sea tan sólo un hombre se contentará con nada, hasta que saboree el descanso supremo de no ser nada.

Suena música. Ricardo presta oído.

¿Es música eso que oigo?

La música va cobrando cuerpo, y se oye cantar a una voz de mujer. Ricardo recuerda, con tierna indulgencia.

No tan joven como para prendarme de una mujer por oírla cantar…

Ríe levemente, con ternura, pero su fragilidad emocional se rinde al recuerdo de su esposa, sublimado en el consuelo de la música.

Hacéis mal en sacarme de la tumba: eres un alma que goza del paraíso.

Esta música me enloquece; que deje de sonar; porque, aunque ha ayudado a algunos locos a recuperar la cordura, en mí se muestra que volverá locos a los hombres sabios.

¡Pero, con todo, bendito sea el corazón que me la ofrece! Porque es muestra de amor, y el amor a Ricardo es una joya difícil de encontrar en este mundo lleno de odio.

Adiós, adiós… acuérdate de mí. Lo demás es silencio.

Muere. Crece la música.

Oscuro.

***

Susana Cantero Garrido

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Referencias y citas textuales

William Shakespeare* – Ricardo II, El rey Lear, Romeo y Julieta, Hamlet, Ricardo III.

* La traducción de los textos de Shakespeare empleados en esta fantasía teatral ha sido realizada por la autora.

Pedro Calderón de la Barca – La vida es sueño.

Baltasar Gracián El político.

Padre MarianaDel rey y la institución real.

Pierre Boaistuau Theatrum mundi.

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