Saber estar con uno mismo [Con motivo del Día Internacional del Libro] – Sebastián Gámez Millán

Saber estar con uno mismo [Con motivo del Día Internacional del Libro] – Sebastián Gámez Millán

Saber estar con uno mismo [Con motivo del Día Internacional del Libro]

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Château de Montaigne – Tour [Saint-Michel-de- Montaigne, Dordogne, France]

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Si naufragara en una isla solitaria, de todos los libros que conozco, el que preferiría llevar conmigo es Los ensayos, de Michel de Montaigne. Hay pocos que puedan comparársele en cuanto a un saber que no aparece recogido en ninguna ley educativa y en casi ninguna otra parte y, sin embargo, considero esencial: saber estar con uno mismo. Montaigne pensaba que “lo más grande de este mundo es saber estar con uno mismo”.

Al fin y al cabo con nadie pasamos tanto tiempo como con nosotros mismos, de manera que si no sabemos mantener una adecuada y provechosa relación con nosotros difícilmente conseguiremos sentirnos bien. Y esto, desde luego, afectará a nuestra forma de relacionarnos con los otros, nuestros semejantes, siempre diferentes, de lo que depende otra buena parte de nuestra felicidad o infelicidad.

Entre 1569 y 1570 una violenta caída de caballo estuvo a punto de llevarle a perder la vida. No fue sin embargo su dolor más grande. El 18 de agosto de 1563 murió, asistido por Montaigne, su mejor amigo, La Boétie, de quien recogió sus últimas palabras y voluntades, y se las comunicó por carta al padre del amigo. El 28 de febrero de 1571, día en el que cumple 38 años, “hastiado ya hace tiempo de las esclavitudes del Palacio y de las tareas públicas” (recordemos que Montaigne formó parte del Parlamento de Burdeos hasta 1570, y más tarde fue elegido y reelegido Alcalde de Burdeos, cargo que desempeñó desde 1581 a 1585), se retira a una torre redonda del siglo XVI, los restos que todavía sobreviven hoy de un castillo que mandó a construir su padre.

Dedicada a su amigo La Boétie, “el más dulce, agradable e íntimo de los amigos, el hombre mejor, más docto y encantador”, allí custodia su biblioteca, adonde se retira del mundanal ruido para estar consigo mismo leyendo y escribiendo Los ensayos:

“En casa, me aparto un poco más a menudo a mi biblioteca, desde donde, con toda facilidad, dirijo la administración doméstica. Estoy a la entrada, y veo debajo de mí mi huerto, mi corral, mi patio, y dentro de la mayoría de las partes de mi casa. Ahí, hojeo ahora un libro, luego otro, sin orden ni plan, a retazos. A veces pienso, a veces registro y dicto, mientras paseo, mis desvaríos, que tenéis delante. La biblioteca se encuentra en la tercera planta de una torre. La primera es la capilla; la segunda, una estancia y su anexo, donde duermo con frecuencia, para estar solo. Encima tiene un gran guardarropa. En el pasado era el lugar más inútil de la casa. Paso ahí la mayor parte de los días de mi vida, y la mayor parte de las horas del día”.

A Montaigne le gustaba leer “mariposeando”, volando de aquí para allá, sin una dirección fija o establecida de antemano. Paradójicamente, no se va a la torre-biblioteca para huir de la vida, pues, tal como confesará, “mi único oficio y arte es el de vivir”. Se va a ponerla en claro mediante la lectura y la escritura. Se va a pensar cómo vivir mejor, si es que pensar no es ya una forma de vivir, de ampliar e intensificar la existencia. El fin de la vida no es la felicidad, a menudo un fin demasiado elevado si tenemos en cuenta la naturaleza y las contingencias de la misma. Vivir, saber vivir, es quizá el fin más razonable dentro de la variable medida humana.

Uno de sus principales herederos, Emerson, aquel que contribuyó a forjar “la confianza en sí mismo”, decisiva para el espíritu estadounidense, escribió acerca de Los ensayos de Montaigne en el capítulo que le dedica en Hombres simbólicos: “No conozco otro libro que parezca “menos escrito”; quiero decir que el lenguaje que emplea es el de la conversación corriente, transferido a sus páginas. Si cortásemos sus palabras, sangrarían, pues son vasculares y tienen vida”.

Hasta tal punto es así que, leídos por generaciones y generaciones de grandes lectores, desde Descartes y Pascal a Shakespeare y Quevedo, desde Hume y Montesquieu a Rousseau y Flaubert, desde Emerson y Nietzsche, hasta André Gide y Stefan Zweig, desde Azorín y Lampedusa a Proust y Josep Pla, Los ensayos de Montaigne no dejan de interpelar a los lectores. Y esa vida sigue intacta.

¿De dónde proviene esa vitalidad? Según Harold Bloom, “que el primero de los ensayistas siga siendo el mejor tiene menos que ver con su originalidad formal (aunque sea considerable) que con la abrumadora franqueza de su sabiduría”. A lo largo de Los ensayos Montaigne se interpela a sí mismo con tal franqueza que, de manera recíproca, nos la suscita a nosotros, sus lectores. Quizá, en la estela de los ejercicios filosóficos, Montaigne escribía para sí mismo, pero ese “sí mismo” se abre al mundo con una naturalidad y potencia inusitadas.

Y así nos abrimos a sus ensayos como raras veces lo hacemos a otras personas, tal vez por temor a ser juzgados, por miedo a ser incomprendidos, o bien por que usen nuestras confesiones con otras personas, y nos debiliten. No sin cierta exageración, Borges denominó a Montaigne “inventor de la intimidad”. Como casi siempre en el curso de la historia, creo que hay precursores. Pero ciertamente pocos alcanzan a convocar una intimidad semejante en el cuerpo de sus escritos, que equivale a su yo ahora que no está de cuerpo presente. Entre aquellos que han alcanzado semejante grado de intimidad se encuentran algunos lectores suyos: Emerson, Whitman, Proust o Pla.

Los ensayos de Montaigne son incomparables en el despliegue de una serie de habilidades humanas introspectivas. Saber estar consigo mismo implica saber hablar con uno y escucharse; comprenderse y aceptarse naturalmente, sin indulgencias, pero tampoco de manera intransigente; saber juzgar y valorar, absteniéndose y suspendiendo el juicio en no pocas ocasiones. Es una voz que nos acompaña, un amigo. No es casual, pues, que pensadores como Savater hayan hablado a propósito de los efectos de la obra de Montaigne de “compañía”: “la cercanía inteligente de alguien que comparte con nosotros perplejidades, descubrimientos y hasta caprichos”.

Quien más ha desarrollado las consecuencias de la metáfora del libro como un amigo es Wayne Booth en Las compañías que elegimos. Una ética de la ficción. Allí escribe que “las amistades más completas, las “amistades de virtud” que la tradición saluda como las mejores, probablemente se encuentren en las obras que el mundo ha llamado clásicos. (…) obras con las que experimentamos “una vida más rica y plena que aquella que podría procurarme por mí mismo. (…) tu compañía es incluso mejor que la mejor compañía que puedo llegar a descubrir entre la gente real con la que vivo”.

Puesto que no hay raison sin comparaison, como revela la lengua francesa, Montaigne también comparó lo que le procuraban la lectura, la amistad y el amor: “Estas dos relaciones (el amor y la amistad) son fortuitas y dependientes de los demás. Una es enojosa por su rareza; la otra se marchita con la edad. Por lo tanto, no habrían proveído bastante a la necesidad de mi vida. La de los libros, que es la tercera, es mucho más segura y más nuestra. Cede a las primeras las otras ventajas, pero tiene a su favor la constancia y la facilidad de su servicio”.

El ejercicio de leer o escribir, que es otra esclarecedora forma de leer la inagotable realidad, se parece bastante a estar consigo mismo. Pessoa decía que “ser poeta no es una ambición mía; es mi manera de estar solo”. Solo y consigo mismo, que no es realmente solo, sino acompañado del otro o de los otros que conviven con nosotros. Acerca de su relación con la lectura escribió Montaigne: “Esta acompaña toda mi vida, y me asiste por todas partes. Me consuela en la vejez y en la soledad. Me descarga del peso de una molesta ociosidad; y me libra, a cualquier hora, de las compañías que me fastidian (…) Me reciben siempre con el mismo semblante”.

“¿Qué sé?” Era una de las preguntas recurrentes de Montaigne. Guarda cierto aire de familia con las tres célebres preguntas de Kant, vinculadas entre sí: “¿Qué puedo conocer? ¿Cómo debo comportarme? ¿Qué me cabe esperar?” Preguntas que desembocan en esta: “¿Qué es el ser humano?” Si el ser humano fuera únicamente un ser natural tal vez llegaríamos a responder de manera definitiva a esta pregunta. Pero al mismo tiempo es un ser cultural y, por lo tanto, histórico. De modo que no podemos responder de forma definitiva a esta pregunta. El ser humano está siendo y definiéndose en continuo movimiento histórico y dialéctico.

Ahora bien, Los ensayos nos ofrecen un conocimiento extraordinario de uno de los hombres que más ha ahondado en sí mismo. Paradójicamente, en este sentido es una obra muy valiosa para conocer la condición humana o, si se prefiere, lo que otro destacado filósofo escéptico, David Hume, pretendió en Tratado de la naturaleza humana. De hecho, la anterior pregunta, ¿qué sé?, en el fondo se remonta a Sócrates, cuyo nombre aparece unas ciento cuarenta veces a lo largo de los ensayos, el espejo y el ejemplo de conducta donde se mira, para quien es un imperativo vital inexorable conocerse a sí mismo, ya que no es posible cuidar bien de uno, ni de los otros, desde el desconocimiento. Siempre necesitamos el conocimiento, por finito y falible que sea. Y a su vez necesitamos, no la ignorancia, sino el reconocimiento de la ignorancia, que nos lleva al deseo de saber sin cesar.

“Toda la infelicidad de los hombres proviene de una sola cosa: no saber estar dentro de una habitación”. Desde el confinamiento circula por las redes sociales esa frase de Pascal. El autor de Los pensamientos se inspira en Montaigne, contra el que arremete: la apuesta por la fe frente al escepticismo moderado. Con todo, Montaigne hizo de ese modo de vida en la biblioteca de la torre una escuela de filosofía abierta al mundo.

Leer nos ayuda a estar con nosotros mismos, leer nos permite conocernos mejor a nosotros y, por analogía, a nuestros semejantes, con quienes podemos relacionarnos más enriquecedoramente. Leer nos ayuda a escucharnos, a comprendernos, a aceptarnos, pero también a criticar, a juzgar, a distinguir las ineludibles diferencias, en suma, leer nos ayuda a transformarnos.

Cedámosle la palabra para concluir a Montaigne, que hacia el final del que sigue siendo mi ensayo preferido, “De la experiencia”, observa: “Perseguimos otras condiciones porque no entendemos el uso de las nuestras, y salimos fuera de nosotros porque no sabemos qué hay dentro. Con todo, podemos muy bien montarnos sobre zancos, pues aun sobre zancos hemos de andar con nuestras piernas. Y en el más elevado trono del mundo, estamos sentados sobre nuestro trasero”. Podemos tener o representar en el teatro de la vida muchas apariencias, pero como una sombra inseparable en todo tiempo nos acompaña quienes somos. No podemos desprendernos de ello; cultivémoslo. Feliz aquel que sabe estar consigo mismo.

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Sebastián Gámez Millán

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