Paraíso perdido – Rafael Baeza Rodríguez
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Paraíso perdido
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Paraíso perdido
Decía el poeta Rilke que la patria es la infancia. No estoy muy conforme con esa definición, ya que siempre he tenido un concepto muy laxo de la palabra “patria”; uno nace en un lugar lo mismo que podría haberlo hecho en otro, y ser blanco, negro o asiático es una casualidad. Tengo cierto respeto hacia mi país y su gente, pero no me gustan las banderas ni la gente que alardea y se enorgullece por haber nacido en tal o cual lugar, como si ese hecho fuese determinado por ellos mismo o te hiciese superior moralmente. Como dice Serrat: No me siento extranjero en ningún lugar. Donde haya lumbre y vino tengo mi hogar. A lo largo de mi vida he visitado diversos países y nunca me he sentido un extraño. Para mí es casi como cambiar de barrio. Incluso el problema que supone tener que manejarme con un idioma diferente no han supuesto más que meras anécdotas divertidas, la mayoría de las veces.
Uno es un patriota cuando paga los impuestos, cumple con las normas sociales y, además, es buena persona. Por eso, mezclar patria e infancia no tiene para mí ningún sentido.
La infancia es un refugio en la vejez. Es un fuerte sentimiento, como la nostalgia, que en dosis adecuadas, es sanadora y reconfortante. Puedes viajar en el tiempo contemplando una vieja fotografía, que, al igual que un aroma, te transporta al paraíso perdido de tu infancia, a la casa donde fuiste niño, donde estaban tus juguetes, tus amigos que aún recuerdas, donde querías de verdad y odiabas con furia, donde estaban tus padres que te amaban. Era el tiempo sin tiempo, infinito, único e inabarcable. Era la dicha eterna, el goce supremo de estar vivo, de sentirte amado, protegido, inmortal.
Y la soledad está también en esa ajada fotografía que contemplas con nostalgia, porque ahora sí sabes, y te alejas cada vez más, pero al menos, durante unos instantes, has vuelto a ser aquel intrépido espadachín que gobernaba naves piratas. Fuiste el Capitán Trueno luchando contra los sarracenos y también peleabas contra los indios porque tú llevabas siempre dos pistolas y eras el más rápido del salvaje oeste.
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Rafael Baeza Rodríguez

