Situaciones e insinuaciones – IV [4. Cordura y calma] – José Biedma López

Situaciones e insinuaciones – IV [4. Cordura y calma] – José Biedma López

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Situaciones e insinuaciones – IV [4. Cordura y calma]

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José Biedma López – Granadas [Maduran al sol del membrillo]

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Situaciones e insinuaciones – IV

4. Cordura y calma

A Lope le encantaba espiar a las currucas cabecinegras que se introducían clandestinamente en el matorral muy crecido de la lantana para robar sus preciosos frutos: drupas tóxicas para el metabolismo humano, pero, al parecer, buen alimento para estos pajarillos ágiles y melanocéfalos. Las bolitas de lantana toman en su envero precioso tono metalizado, joyas de platino arracimadas. El obscuro capirote de la curruca alcanza negro intenso en machos y se extiende por debajo del ojo. Su anillo ocular rojo la diferencia específicamente y confiere a su semblante distinción vistosa de ira aparente…

Recordó Lope los versos del vate Macrinus, dicho el Cuchichí por ser calé bastardeado: “Sinrazón del aire que delira / es ira, / orgullo herido creyéndose huracán”… Esa cólera que ciega también a racionales, pensó Lope… Mas, ¿colérica la curruca? ¡Ca, ni una! Si la curruca pudiese hablar no se quejaría de la presencia silente de Don Lope, aunque sí del acoso de los gatos. Griso, felino cachorro, sigue con las órbitas de los ojos el vuelo prodigioso y veloz de una libélula rojísima alrededor de la alberca en la que nada docena de peces encarnados que no dejan larva de mosquito viva.

Finaliza el verano. Cuelgan como precursores de adornos de navidad caquis, higos, granadas, madroños y nueces en los árboles que cercan la huerta… El paisaje reluce como estampa de lugar ameno, siendo civilizado y primitivo a un tiempo: lantana cultivada, podada con mimo en cada invierno…, y curruca silvestre, primitiva, cimarrona; dejan jardineros delectantes que crezca menta donde quiere, así como otras plantas espontáneas: amarantos, verdolagas, verbenas, daturas, estramonio, beleño, verrugueras…, comestibles o venenosas, eso no importa, todas son hijas del Tiempo, de sus situaciones e insinuaciones. El jardín, a la vez exultante y contrito, pequeña arcadia, égloga ostensible mientras se oye un sonido lejano de esquilas de cabras o de corderos pastando en la pradera próxima al Arroyo del Yelo.

Sólo queda un pastor en el pueblo, Lope le compró un animal para el sacrificio de la fiesta del cordero. Se lo entregó a Salah, que le hace trabajos necesarios en la huerta, un moro del Atlas fácil de identificar por la chirla que le cruza la mejilla izquierda, recuerdo de antigua disputa a navajazo limpio. La cara guapa de Salah, curtida por el sol, podría ser también la de un indio americano. Lope lo tiene por formal y por tranquilo. Cuenta que engendró hija en hembra mallorquina. A la madre y a la hija las dejó atrás por vocación trashumante, por nomadismo congénito.

Dos semillas porta en su interior la drupa de lantana. La semilla, substancia que origina el nacimiento ‒decía Clemente Alejandrino‒, posee agrupadas las ideas de Naturaleza, es decir, sus formas esenciales. Claro que en su logos, inspirado por el Logos encarnado, también decía el padre de la educación cristiana que la liebre gana un ano cada año y que por eso tiene tantos orificios como años de vida. ¡Pobres liebres! Arrastran fama de lascivas. Por eso, para Clemente, la prohibición de ingerir liebre significa que debemos evitar la pederastia. De la hiena se decía entonces, hacia el 200 de nuestra era, que cambia cada año de sexo: un año es macho, y al otro, hembra, lo que viene a significar que quien se abstiene de comer hiena, no debe lanzarse a la fornicación, según el Alejandrino.

Lope había visto como Rocco y su madre, la podenca Nela, cazaban liebres. Nela comparecía  perra grande que husmeaba, acosaba y asustaba a la presa metiéndose temeraria bajo bardas de matorral y zarzales, poniendo a la de largas orejas en desesperada fuga, el macho atento, fuera de la maleza y a la espera. Nada más saltar la liebre, o el conejo, ambos canes, madre e hijo, acorralaban al raudo lagomorfo, hasta darle muerte. Lope se divertía exigiéndole con ademanes y amenazas al perro Rocco parte del trofeo, pero el animal, grande, blanco con pinta de malamute nórdico, a pesar de su nobleza, se hacía de rogar y no soltaba presa fácilmente, en la lucha entre su instinto y su devoción al amo sufría conflicto su escasa conciencia. 

Cuando recordaba estos lances a Berna, ella relajaba ordenadamente el rostro sereno, como si fuese instrumento musical, de acuerdo con una armonía que recibe el nombre de sonrisa, esa operación que reduce distancia entre personas y amista provisionalmente.

‒¿Cambia la hiena de naturaleza porque cambie de sexo? –pregunta Berna.

Lope esquiva primero la cuestión y luego responde:

‒Pocos imaginan que las hienas son más gatunas que perrunas… Bueno, el mismo animal no posee al mismo tiempo ambos sexos, salvo por una anomalía monstruosa o hermafrodita, ni cabe inventarse una tercera naturaleza andrógina, intermedia entre la masculina y la femenina… No comprendemos el alcance de la naturaleza, “madre abnegada y creadora” (mostró Lope las comillas con las manos)… Aristóteles, perspicaz observador, desmintió la creencia popular del cambio de sexo de las hienas, explicando que el error proviene de la peculiar anatomía genital de la hembra, del “pseudopenis”, glándula anal que simula órgano masculino… El Estagirita señalaba que la hiena es capaz de emitir sonidos semejantes al vómito o al llanto humano para atrapar perros, los cuales acuden atraídos por el ruido y caen en sus garras… A causa del desconocimiento del falso pene, antaño se creía que los machos de hiena copulaban entre sí con excesiva lubricidad y que los partos de este animal no era continuos dada la frecuencia y facilidad de estos coitos “contra naturaleza”.

‒¡Qué atrevida la ignorancia! Con lo fácil que Mamá Natura se contradice a sí misma, como en un dolor de muelas, natura madrastra.

‒Ah, Naturaleza…, ¿“madre abnegada y creadora”?

‒¡Y una mierda, Lope!, ¡te estoy diciendo que me duele la muela!

‒¡Vaya un ripio feo!.., un pareado grosero. ¡No te pinta nada, querida camarada! Pero lo siento, siento que sufras y que me grites por eso… Pero bueno, ¡te comprendo, amiga, para pensar bien, mejor no sentir la carne, sus lamentos y cuidados. “No me siento la carne, luego existo plenamente” (volvió a entrecomillar con los dedos).

‒No te enrolles. ¿Hay algo peor que un dolor de muelas?

‒¡Todo es empeorable, rica!

‒Y lo vacío desea ser rellanado, y esto vale para justificar roto y descosido.

‒Máxima etnocéntrica… Ese tenaz horror vacui occidental. Cero, Vacío, Tao, he ahí la fuente de todo sentido, ¡qué pena no haber podido leer a los budistas del zazen antes, en mis tiempos de ilustración, cuando la Razón comenzaba a parir guillotinas! El no-ser es el hiato entre el Yin y el Yang. Tengo para mí que ese no-ser es la energeia de Aristóteles, el puro ser-en-acto. Rellenar, rellenar, todos los armarios llenos de cosas innecesarias, ¡qué occidental manía! Vaciarse, he ahí la cuestión…

‒He dicho “rellanado”, no rellenado, Lope. ¡No me escuchas! Pero calla, ¡que me rallas! No puedo seguirte, ¡porque me duele la muela!

‒¡Pobrecita!

‒Y no me la pueden sacar hasta que no desaparezca la infección. Esta es la situación, lo que está pasando, el espacio concreto que crea nuestra miseria, la extensión que resulta de nuestra incómoda posición que manifiesta la insuficiencia del diseño de nuestra miserable raza, la limitación sin salvación de nuestro imperfecto existir… ¡Ay, Lope! No me hagas caso, no quiero fastidiarte… El dolor me aflige y ensimisma, me descoloca. Me insinúo para darte pena, Lope, ¡mírame!, me apago en situación, en este efímero campo de fuerzas, me desadapto porque mi propia boca me es hostil…

‒Calla amiga, tranqui, calla… Callo también yo, chitón, ¡chist! Sssssss…

Callaron los dos.

Caía una lluvia mansa. Lope le preparó a su amiga una infusión y un vasito con el mosto de las granadas que él mismo había exprimido, ya abiertas por el sol del membrillo. Añadió un analgésico. Berna se recostó en el sofá, el dolor le hacía entornar los párpados, cerrar los ojos…

Lope quiso distraerla de su mal con un relato viejo:

TRES DOCTORES Y UN CUERDO

En una apartada aldea de la India vivían cuatro doctores con categoría de brahmanes. Eran responsables de la preservación y transmisión oral de textos védicos y de la realización de ritos y sacrificios. Se empleaban en la enseñanza de la filosofía y en la aplicación del derecho tradicional. Los cuatro estaban unidos por vínculos familiares, amigos desde chicos y dedicados por casta y vocación al estudio. Ejercían como austeros líderes espirituales de su comunidad.

Tres de ellos habían alcanzado el confín de todo saber, una altura y profundidad de las ciencias más que humanas, pero el cuarto desdeñaba la erudición científica, pues prefería sobresalir como paladín de sensatez y cordura. Vagaba por los campos, todo lo más herborizaba, y gustaba de observar la naturaleza en lugar de buscarla en las páginas de los libros antiguos. Algo tenía de poeta, pero no demasiado, pues tampoco exageraba.

Estando un día reunidos, el mayor de los cuatro doctores se lamentó: “¿Para qué tantas vigilias y esfuerzos de atención, para qué tantas lecturas, si no viajamos al centro del Reino y logramos en la corte el favor del Maharajá? ¿Para qué tanta sapiencia si no logramos hacernos con poder, gloria, fama, oro y caras bonitas?

‒¡Pues viajemos! ‒replicó el segundo de los sabios, que confiaba mucho en el criterio del primero al que tenía por hermano mayor y mentor.

‒¡Viajaremos! ‒soltaron los cuatro doctores al unísono con moral de aventura y esperanza de victoria.

Ya llevaban varias jornadas de marcha cuando, cansado, dijo el segundo:

‒El cuarto de nosotros es un simple, no atesora sino la cordura de la moderación, una especie de sentido común, tan común como vulgar, que no sirve para nada. Mi inteligente amigo –añadió dirigiéndose al cuarto, que era el más joven‒. Vuélvete a casa. No añadirás nada notable a esta empresa.

Pero el tercero replicó:

‒¡Compañeros, no seáis tan duros con el amigo! Desde jóvenes nos ha unido un mutuo afecto y un sentimiento de proximidad y camaradería, hemos jugado juntos, paseado juntos, conversado amistosamente, intercambiado ideas y regalos… Ven, noble amigo ‒añadió dirigiéndose al cuerdo‒. También tú participarás de nuestras ganancias.

El primero y el segundo aceptaron a regañadientes la conciliación propiciada por el tercero de los sabios, mientras el cuarto, el menos docto de todos, agachaba la cabeza y callaba discreto.

En esto, atravesaban un bosque con claros, cuando hallaron los enormes huesos de un tigre que habría sido sin duda enorme cuando rugía vivo.

El mayor, dijo:

‒Hermanos, se nos presenta ocasión para ejercitar nuestros recursos, artes y conocimientos. He aquí lo que ha dejado el tiempo de un magnífico animal. Resucitémoslo.

Y agregó:

‒Sé recomponer el esqueleto.

Y el Segundo de los sabios no tardó ni un segundo en acompañarlo:

‒Puedo suministrar piel, carne y sangre.

Cuando el tercero se disponía a lo más difícil, como era infundirle vida al felino, el Cuerdo observó:

‒Es un tigre. Si lo resucitáis, nos matará a todos.

‒¡Eres un simple! ‒dijo el doctor principal‒. No frustremos la labor de la sabiduría, la obra de nuestras ciencias.

‒En tal caso ‒adujo el hombre cuerdo‒, espera a que me suba a este árbol.

Cuando lo hubo hecho, resucitaron al tigre; este se levantó con hambre de seis semanas o más y, tralará, con facilidad mató a los tres doctores engreídos. El hombre sensato esperó a que se alejara el tigre. Se fue por fin la fiera muy satisfecha y campechana después del banquete de sabiduría que se había dado.

Triste, el Cuerdo bajó del árbol y regresó a casa.

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José Biedma López – Miel de caqui [Charaxes jasius, mariposa del madroño]

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SUEÑO Y SILENCIO

No pudo comprobar Lope la impresión y efecto que el final de su fábula había hecho en su amiga, porque ahora sí, a pesar del inclemente dolor de muelas, Berna dormía. Lope le echó por encima una manta procurando no despertarla.

Miró por la ventana, seguía lloviendo… Las hojas del caqui, limpias por el agua, brillaban. Iban pasando ya del amarillo dorado al naranja intenso y le asomaban tonos bermejos. Una jasona, mariposa del madroño a la que llaman “de cuatro colas” hundía su trompa en el naranja y una mosca verde se daba en otro fruto abierto gran banquete. Oíase el batir de alas de una torcaz peleando por la percha en un almez y la charla de un mirlo escapando entre las ramas del nogal hacia la parra, un granado asomaba brazos cargados de esferas coronadas por la tapia del huerto. Da gozo verlo abrasarse en agosto tras haberse incendiado en junio con estrellitas de fuego. Hubo artista capaz de oír las cien lengüecitas que cantan la alegría de consumirse inútilmente, porque nunca granaba su aliento en los gordos cristales bermejos donde el agua de mayo se hace miel…

Todas esas percepciones temporales en incesante flujo conforman serie como ramo de rosas otoñales en la mente de Don Lope. De extraño modo cristalizan insinuantes en las sinapsis de su sesera, añadiéndoseles la ilusión vehemente de que fueran suyas, como si él pudiera ser dueño de situaciones tan sugestivas, como si hubiera algún tipo de sustancia firme y permanente, a parte del haz que unía esas hermosas impresiones a su alma, ahora triste por el dolor de muela de su amiga, un poco mustio por todas aquellas sensaciones que le afectaban, pero más por la añoranza de aquel pasado remoto que también creía haber sido suyo… Todo eso experimentaba su cuerpo mientras caía la tarde como tibio telón de gris ocaso en el abismo insondable de la noche.

Pronto reinó Silencio en recuerdo de Sijé, evocando aquella calma que reinó, cual Madre del Universo, antes de que aflorara la Palabra, en reminiscencia nostálgica de un pensar sin logos…, hasta que al pentagrama de la noche saltaron chirridos de grillos y ululatos del Señor Búho.

Continuará…

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José Biedma López – Caquilero o Palosanto (Diospyros kaki) en traje de otoño & Banquete de mosca verde en carne de caqui.

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José Biedma López

San Miguel, 2026

Categories: Caffè Monteverdi

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