Un templo en el oído – Rafael Guardiola Iranzo

Un templo en el oído – Rafael Guardiola Iranzo

Un templo en el oído

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Rafael Guardiola Iranzo – Turbulencias [2019]

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Me gusta reconocer el calor desnudo de tus manos en mis manos, casi tanto como el guiño azul de tu sonrisa, espejo milimétrico de la sonrisa de mi abuela. Siempre he sospechado que ese misterioso calor no podría proceder más que de la música, de tu abrazo amante a los sonidos. Me contaste de niño que tu primera composición infantil recreaba los movimientos torpes de un minúsculo pato que habían adoptado, como un polluelo más, las gallinas de la abuela. Esas manos querían ser también las de un meticuloso y pulcro carpintero, tal vez. Ahora mismo tengo entre mis dedos el pequeño violín que modeló tu paciencia con maderas poco nobles, de posguerra. En él se reproducen hasta los últimos detalles. No le falta más que hablar o incluso cantar. Como los Stradivarius del Palacio Real que tuviste ocasión de tocar hace tanto tiempo.

Hasta esa mañana no he sido consciente de lo que he venido a hacer aquí. Hace casi veinte años, con el cambio de siglo, comenzamos tu y yo un diálogo interminable sobre la música. Siempre en silencio. Es el mejor vehículo del que dispongo para recuperar tu calor. ¿Te gusta esta obra, papá? ¿Qué te parece la orquestación? ¡Fíjate en la intensidad de este movimiento! Y así, todos los días, casi sin descanso, con una voracidad generosa, sin importarnos que nos pudieran descubrir y nos tomaran por locos. He descubierto, papá, que llevo mucho tiempo siguiendo el rastro de tu pensamiento, tratando de comprender tus sueños abstractos, sonoros, brillantes y nítidos, como las melodías que tocabas al piano como respuesta. Quiero saber qué pájaros revoloteaban por tu cabeza y, sobre todo, el rumbo de tu idilio sostenido con la música, aun en tiempos de guerra, cuando apretaban el hambre y el miedo. Hoy se lo he confesado a dos grandes compositores, a Tomás Marco y a Mauricio Sotelo en el Salón de Grados de la Real Maestranza de Caballería de Ronda, al final de los debates del XVI Encuentro Música-Filosofía sobre “Physis y música”. Ya es un secreto a voces que he venido siguiendo tu rastro.

¿Y si la música se leyera en el agua? Esta es la propuesta arriesgada de Mauricio Sotelo que habría hecho las delicias de mi padre. Nos habla con su mente sobre turbulencias, fluidos y atractores extraños con la física como metáfora, salpicando los signos lingüísticos con sonidos sincopados, con los ritmos variables del flamenco. Nos habla, en definitiva, de física, sin recurrir ni a lenguajes artificiales ni a conceptos teóricos, encarnando el latido de la physis, sintiendo el chapoteo incesante de Heráclito en el río habitado que certifica el devenir de lo físico. Nos sumerge en las raíces de su propuesta artística que aboga por la comunicación entre palabra, imagen y sonido como si fueran capaces de intercambiar sus papeles. Y al igual que los adolescentes que dibujan al interpretarse una de sus obras con vocación física, no puedo evitar, al ver y escuchar el vídeo de esta singular experiencia, ponerme a dibujar turbulencias, casi como un derviche, con la esperanza de poder leer la música en el agua y asistir al maridaje de las artes.

Tomás Marco nos habla de psicología de lo físico desde las vísceras de la composición musical y, en particular, desde el camino de una experimentación que comenzara a finales de los años 60. Su cuarteto Áura (1968), o Transfiguración (para 16 voces) de 1974 son claros ejemplos. ¿Hay fenómenos físicos, como los armónicos graves, inaccesibles a nuestro oído, pero que pueden ser construidos por nuestro cerebro y, por tanto, percibidos? ¿Está el mundo escrito en lenguaje matemático, como porfiaba Galileo? ¿Podemos trazar fronteras entre lo real y lo aparente en el entorno de la música? Y como la composición contemporánea no dispone de modelos formales, el compositor se ve en la necesidad de crear dichos modelos en la composición misma. Por el contrario, músicos como Beethoven, el preferido de mi padre, sabía lo que tenía que hacer a la hora de componer una sonata, porque disponía de este modelo formal.

La compositora Teresa Catalán está comprometida con la tesis de la música como modo de conocimiento y la búsqueda de un lenguaje musical con vocación ética. La música se piensa a sí misma y el creador musical debe ajustar su labor a dos parámetros: el tiempo y la memoria. Con la inscripción del tiempo en la materia en la física contemporánea, la música incorpora no sólo a aquel en una dimensión objetiva, mensurable, sino también una vertiente subjetiva, que modifica la escala de la percepción a través de un discurso vital, como nos recuerdan científicos como Prigogine, en sintonía con los hallazgos de la termodinámica, o filósofos tan reputados como Aristóteles o Bergson. La memoria, por su parte, hace posible la transformación del tiempo cronológico en tiempo psicológico y sostiene con firmeza la comprensión de los fenómenos cualitativos. Por otra parte, si el gusto por el escándalo y la obsesión por la novedad hicieron del siglo XX una época caracterizada por la falta de comunicación, el siglo XXI alumbra, tal vez, un mundo nuevo, que apuesta por la creación, a través de la música, de un campo de relaciones coherentes, de un sistema de comunicación, como lo fue en su día el sistema tonal en el que fue educado mi padre por maestros como Conrado del Campo o Jesús Guridi.

Aunque, como nos recuerda la pianista Isabel Puente, hay quien sostiene que no es lícito ofrecer teorías sobre instrumentos concretos es un privilegio escuchar el testimonio del intérprete a la hora de examinar las complejas relaciones existentes entre música y physis. Más aún, cuando la interpretación se siente tan cercana como lo fue el concierto de la propia Isabel Puente en la Biblioteca de la Real Maestranza, con obras de Gabriel Erkoreka, Tomás Marco, José María Sánchez-Verdú y Mauricio Sotelo. Isabel Puente nos explica el peculiar entramado que teje sobre la partitura desnuda del compositor (a veces, plagada de anotaciones) en un doble movimiento de análisis y síntesis, especialmente en las obras contemporáneas. Hay que mantener la fidelidad al compositor cueste lo que cueste. No obstante, las características “físicas” del instrumento –un producto de la técnica- aparecen como una mediación insalvable. Así sucede, por ejemplo, cuando se examina la técnica vienesa de fabricación de los pianos, de teclados livianos que únicamente requieren el uso de los dedos para la producción del sonido, en contraste con la técnica inglesa, en la que la mecánica afecta a todo el brazo. Y como caso extremo, podemos pensar en la identificación de la mano de Chopin con el teclado de su piano Pleyel de sonoridad reducida, pero ajustada a su “physis”. Son muchas las lenguas que puede hablar un piano.

El músico y filósofo Gotzon Arrizabalaga se pregunta si la música es uno de los rasgos de lo humano, de nuestra “physis” como “esencia”. ¿Es la música un fenómeno objetivo, cuantitativo y reducible a los sonidos, a las ondas sonoras “físicas” o a las vibraciones? En caso afirmativo, la música podría caer en los brazos de la fonología y lo matemático. Pero tal vez nos encontremos ante un rasgo innato capaz de discernir la “altura” musical y con ello, la percepción de lo grave y lo agudo. Además, piensa Gotzon Arrizabalaga que el sentido rítmico por sí solo, sin presencia de sonidos, puede generar música y que si hay música en el mundo natural no humano –en los animales, por ejemplo- lo es por casualidad y no hay pulsos, no hay ritmos, aunque oigamos notas. La lectura de la ponencia “Sonido, instinto, impulso” del pensador y poeta Ramón Andrés, por el contrario, parece saldar una deuda necesaria con los animales a través de los textos clásicos y el testimonio de la historia de la cultura. Los sonidos melodiosos de los ciervos o la proximidad de la figura de algunos animales a la de la cítara o la lira son buenos argumentos de Aristóteles para rubricar el nexo entre la música y lo animal. También lo es la mitología gestada en torno a Orfeo, las danzas con pieles de animales, o la revelación de lo divino en el canto de los pájaros. Cierra acertadamente Ramón Andrés su pintura gozosa con uno de los Sonetos a Orfeo de Rainer María Rilke:

Y se elevó un árbol. ¡Oh pura elevación!
¡Oh canto de Orfeo! ¡Oh gran árbol frondoso en la oreja!
Y todo calla. Sin embargo, en el vasto silencio 
hay un nuevo principio, una señal y un cambio.

Animales de quietud salen de la clara 
y liberada selva de guaridas y de nidos; 
y entonces revelan que no por astucia 
ni por angustia se han callado,

sino para escuchar. Rugidos, gritos, bramidos
parecían pequeños a sus corazones. Y ahí donde apenas
había una choza para acoger el canto,

un humilde refugio nacido del más obscuro anhelo, 
con una entrada de temblorosos quiciales,
ahí creaste tú un templo en el oído.

El musicólogo Polo Vallejo consiguió borrar de un plumazo con su voz entusiasta los vestigios del etnocentrismo de la mano de las polifonías vocales de los wagogo de Tanzania y de algunos habitantes de Georgia, y la descripción de una selección eficaz de anécdotas del trabajo de campo. El afán universalista de muchos de los que nos dedicamos a la filosofía debe ser moderado gracias a un sano relativismo cultural. ¿Y si no existiera el tiempo y, por tanto, la memoria, de los que nos hablaba Teresa Catalán, en el pensamiento de los wagogo? ¿Y si el conocimiento no fuera más que el resultado de la escucha atenta? ¿La música debe tener siempre principio y fin para ser música, para crear en nosotros “un templo en el oído”? ¿Es posible que los sonidos estén tan ligados a la vida y a la physis, permitiendo el intercambio de papeles entre intérpretes y receptores? ¿Nos gustaría fabricar nuestro propio instrumento, con su timbre peculiar, sin necesidad de buscar una afinación común? ¿Y si la physis como cosmos y como esencia a la que apelaba Gotzon Arrizabalaga careciera de unas coordenadas compartidas, extrapolables a cualquier cultura? Muchos de nuestros problemas intelectuales se convierten, sencillamente, en pseudoproblemas. Los wagogo se reían de Polo Vallejo cuando trataba de explicarles que trabajaba como etnomusicólogo, entre otras cosas, porque para ellos la música es indisociable de la vida y no es un objeto de reflexión ni proporciona conocimiento. En esta manera de concebir el mundo como un todo relacional no hay forma de tomar distancia, de hacerse preguntas sobre la naturaleza de la música o de la filosofía. Estoy deseando volver a Málaga para adquirir el libro de Polo Vallejo sobre su experiencia africana (Acaba cuando llego, se titula) y esa música que no tiene ni principio ni fin y que no sabe siquiera que es música.

El filósofo Francisco Jarauta tiene una clara vocación cosmopolita, pero no puede ocultar su devoción por el legado de la cultura occidental. Es capaz de crear las condiciones para guiarnos hipnóticamente por los productos del nomos, rumbo hacia la physis. Quiere que pensemos construyendo mapas y hablar de Lulú, del relato de Wedekind que inspirara la ópera de Alban Berg prácticamente sin hablar de estos últimos, avanzando en círculos concéntricos a través de la physis y el Expresionismo tardío, con no pocas turbulencias, hasta desembocar en la música. Francisco Jarauta elabora una tupida tela de araña con los hilos de la literatura, el teatro, la filosofía y la música para iluminar las sombras del “fin de siglo” vienés en el que late la dualidad insalvable entre individuo y sociedad que rubrica la crisis de la conciencia burguesa. Karl Kraus es un testigo privilegiado de este mar emocional. La imagen preclara de esta contradicción dialéctica es la de los amantes en el precipicio. Y los goznes sobre los que gira la visión descarnada de la physis son los libros Sexo y carácter y La interpretación de los sueños de Otto Weininger y Sigmund Freud, respectivamente. ¿Estamos todavía en este precipicio?

Para el filósofo Javier Echeverría nuestros precipicios más escarpados del presente han sido erigidos por los “señores del aire”, por los dueños del ciberespacio. Y al igual que se puede hablar de la aparición, por efecto de las tecnologías digitales, de una pléyade de realidades extendidas, se podría pensar en el advenimiento de una “música extendida” que nos permitiría acceder a nanocosmos y macrocosmos, a mundos virtuales de sonidos imperceptibles en la physis por medio de “tecnosentidos” digitales. No obstante, en la actualidad es muy difícil que el aire, el canal de comunicación por excelencia, lo único que nos quedaba de la physis, no se vea atravesado e invadido por las redes. Respiramos, hablamos, hacemos música en aires digitalizados, como resultado de un complejo proceso de colonización de tintes alienantes. Estamos atrapados en las “nubes” y éstas dependen de las grandes empresas y de redes militares poco democráticas. A pesar de su atractivo, el aire digitalizado nos ha cercenado el vacío. Por ello, no podemos olvidar que estamos al borde de un precipicio tanto para la physis como para la polis.

Correspondió al filósofo Víctor Gómez Pin la difícil tarea de cerrar los trabajos del encuentro, retomando el doble significado que tuvo el término “physis” para los antiguos griegos gracias al concepto lógico-matemático de función. ¿La música es una función de las múltiples concepciones del entorno natural, del cosmos, y de la esencia o naturaleza humana? A nadie se le escapa que es ésta la cuestión central de la reflexión filosófica sobre música y physis. Gotzon Arrizabalaga, huyendo del reduccionismo fonológico afirma que es posible la música sin sonidos; Polo Vallejo, marcando las distancias con el etnocentrismo, nos recuerda que para algunas culturas la música es inseparable de la vida y que no se concibe como objeto de reflexión universal e independiente; Víctor Gómez Pin se suma al sentimiento general de que no hay comunidad humana sin música, de que es parte irrenunciable de la condición humana. Un buen comienzo para el debate, un debate que “acaba cuando llego”, como dicen los wagogo.

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Rafael Guardiola Iranzo

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Categories: Filosofía, Música

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