Cuando existía el subjuntivo – Antonio Costa Gómez
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Cuando existía el subjuntivo
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Cuando existía el subjuntivo
Word ha prohibido el subjuntivo. No lo conoce y por tanto es erróneo. Como todos nosotros somos erróneos. Como toda la vida es errónea.
El puto Word no me deja escribir Porque todo lo que no está en su programa lo rechaza. Me subraya tantas cosas, me subraya “vi” del verbo ver, cree que la palabra “como” es siempre interrogativa, tiene sus normas estrechas, porque los programas siempre son estrechos, porque no es más que algo mecánico y la vida es mucho más que lo mecánico.
Porque la vida es mucho más que un programa, es algo imprevisible y cambiante, es imaginación continua, es fluidez como decía Bergson, es creación continua, y no cabe en ningún programa. Pero el Word me subraya todo lo que no conoce, todo lo que le han metido en su programa, igual que algunas personas creen que lo que ellos no conocen no existen, y el ignorante cree que el mundo es del tamaño de su ignorancia.
«Hay más cosas en el cielo y en la tierra, amigo Horacio, que las que caben en tu filosofía», le dice Hamlet a Horacio. Había que decirle lo mismo al puto Word con sus programas. El programa que te subraya como erróneo todo lo que no sabe. Empezando por el subjuntivo de los verbos. Y puestos a eso, el subjuntivo de la vida. No sabe nada pero pretende saber más que tú.
Porque Shakespeare era un genio y sabía lo que era la vida, y porque las filosofías, y las ideologías todas, no son más que programas miserables y limitados, y la vida contradictoria los supera a todos, se ríe de todos.
Al menos la Olivetti sabía que no sabía. Y no me subrayaba nada, tenía la humildad de hacer su trabajo y nada más. Sabía que solo era una máquina y nada más. Pero con sus teclas yo podía escribir el infinito tumbado en la hierba.
Mi Olivetti podía escuchar a Hamlet. Sabía que hay muchas más cosas que técnica y un puto programa en el cielo y en la tierra. Mi Olivetti era humilde y por eso en ella cabía toda la infinitud del mundo. Toda la libertad, todos los libros.
Pero estamos en la era de la miseria mecánica, y lo reducimos todo a programas, a mecanismos, y por eso el Word discute conmigo, se niega a hacer cosas que yo quiero porque los contextos son infinitos y no caben todos en su programa, porque la lengua y yo desbordamos sus programas, y no digamos la literatura. Al menos la Olivetti hacía lo que yo quería, me dejaba total libertad, me permitía la locura de la literatura, pero el Word con su miseria programada se asombra de todo, y todo lo que no conoce lo subraya, y giros imprevisibles no sabe programarlos. E instaura la corrección impersonal e inexpresiva, y mete a todos en su programa miserable y cerrado, y no se entera de nada. Pero es el progreso, señores, el progreso es estrecharnos cada vez más.
Me imponen esos putos programas. Quiero escribir Matala, palabra aguda, el nombre de una ciudad de Creta, y el Word se empeña en ponerme Mátala, esdrújula, del verbo matar. Para el programa Word todo lo que no conoce no existe. Y así es con los programas mecánicos en general. Todo cuanto ellos no conocen no existe. Y se empobrece la vida continuamente.
Word tampoco conoce el subjuntivo y me lo subraya como error. Y se empeña en que la palabra “como” es siempre interrogativa. Y prohíbe puntuaciones creativas, que uno pone porque le da la gana, para producir un efecto. Una Olivetti no discutía conmigo, me dejaba libertad. Pero ahora una máquina ignorante pretende mandar en mí e imponerme su puto programa. Y así en esta mecanización absoluta se sustituye la vida imprevisible e infinita por programas limitados y pobres. La vida creativa sustituida por un programa mecánico. Que nos convierte a todos en robots programados. Y nos encierran a todos en jaulas de programas. Magnífico progreso.
Las máquinas ignorantes pretenden dar lecciones a las personas cultas. (También hay personas que funcionan como máquinas. Y los ignorantes se burlan de los cultos. Y pretenden imponer su ignorancia a todo el mundo). A base de programas no existiría el expresionismo, ni Picasso ni los fondos de la Gioconda. Ni el olor inefable de mi tía. Y este empobrecimiento y encierro lo llamamos progreso.
El universo entero programado y reducido. Y la gente se indigna contra las chocolatinas, contra no sé qué, pero no se indigna contra esto. Nos roban la vida, y la gente dice que está muy bien. La máquina te da instrucciones en lugar de darle tú instrucciones a la máquina. Y se niega a escribir lo que tú quieres. Aleluya.
Mi Olivetti escuchaba a Hamlet. Sabía que hay muchas más cosas en el cielo y en la tierra que un puto programa que subraya todo lo que no conoce. Que no conoce el subjuntivo ni conoce tantas cosas. Y encima pretende corregirte y pretende encerrarte. Y sustituimos la infinitud del mundo por la limitación ignorante del Word. Pero mi Olivetti no pretendía encerrar nada, era como el alfabeto, que con 28 letras podía sugerir infinidad de infinitos y todas las invenciones posibles de Borges. O todos los sentimientos cruzados de Walt Whitman tendido sobre la hierba.
Pero preferimos los encierros. Y ya no queremos saber si afuera es de día o de noche. Y dejamos de hacer cosas vivas para que las hagan las máquinas muertas. Y eso es un progreso, seguro, para ellos.
Pero yo reivindico el subjuntivo. Y todo aquello que el Word no conoce. El deseo, la posibilidad. El sueño, el interior. Las opciones, la imaginación. La libertad interior.
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Antonio Costa Gómez
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