Ortega resucitado [Réplica al artículo de Ignacio Sánchez Cuenca publicado en el diario El País el 23 de Julio de 2024] – Luis Martínez de Velasco
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Ortega resucitado [Réplica al artículo de Ignacio Sánchez Cuenca publicado en el diario El País el 23 de Julio de 2024]
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Ortega resucitado [Réplica al artículo de Ignacio Sánchez Cuenca publicado en el diario El País el 23 de Julio de 2024]
Han pasado casi 100 años desde que José Ortega y Gasset escribió su libro más polémico, La rebelión de las masas. El principal problema abordado en este libro se ha mantenido, enquistado, hasta nuestros días y se encuentra conectado con el eterno problema de la democracia, su naturaleza y sus límites. Estableciendo una distinción fundamental entre la democracia y esta democracia (democracia bajo condiciones capitalistas), el proceso de debilitamiento de esta forma de organización social, su creciente complejización y lentitud han terminado provocando una indiferencia (cuando no una franca antipatía) de los ciudadanos hacia ella. Como resultado encontramos la proliferación de discursos populistas (a derecha y a izquierda) que prometen zanjar de un golpe, a base de imágenes y discursos sencillos e impactantes, todo el “embrollo” que representa la vieja política democrática al uso. En nuestra época hemos heredado este problema sin haberle dado una solución mínimamente convincente, lo que nos aboca a contemplar el recrudecimiento de discursos engañosamente sencillos y radicales y amenazadoramente preñados de acciones directas y presumiblemente violentas. Veamos un caso reciente.
En el diario El País del 23 de julio de 2024 (p. 13) encontramos un artículo de Ignacio Sánchez Cuenca titulado “Cuanto peor, mejor (para la derecha radical)”. Es un artículo excelente (como todos los suyos) que intenta ofrecer una explicación sobre un fenómeno social que últimamente ha vuelto a recrudecerse en la actualidad política, el fenómeno de la desafección. Según el autor del artículo, tal desafección no sólo refleja un profundo e inquietante desapego de la ciudadanía frente a aquellas instituciones que deberían ser las garantes de un estado de justicia y bienestar entre los miembros de la sociedad, sino que representa, además, la posibilidad de injerencia de un discurso ultraderechista en el argumentario habitual de la ciudadanía. El desprestigio de la política y de los políticos gobierna hoy con creciente naturalidad la vida pública de nuestros tiempos y es el responsable del carácter errático e incierto de los desarrollos políticos que vienen a rodear hoy la vida pública.
Ésta es la explicación ofrecida por Sánchez Cuenca ante la aparición y creciente hegemonización del fenómeno de la desafección:
Los proyectos emancipadores o de progreso sólo son viables cuando la gente confía en la política como instrumento de cambio. Hay que creer primero en la política para poder apostar luego por líderes y organizaciones que prometen reformas profundas de la economía y la sociedad. En este sentido, la ciudadanía puede estar de acuerdo con muchas propuestas de la izquierda, pero no actuar en consecuencia (votando por ellas) si piensa que la política está averiada
Este texto de Sánchez Cuenca refleja su voluntad de reconducir el análisis de la desafección ciudadana con respecto a las instituciones políticas dentro de los límites de un marco teórico liberal, lo que viene a emparentar este análisis con el llevado a cabo casi un siglo atrás por José Ortega y Gasset. Este marco sólo parece poder ofrecer un importante rendimiento teórico a condición de situarse al margen de cualquier constatación o interpretación deudoras de la noción de falsa conciencia propia de la denominada “filosofía de la sospecha”. El concepto habitual de democracia, aquél con el que operamos y pensamos todos los días, ha de partir necesariamente del supuesto de que los ciudadanos saben perfectamente lo que hacen y cuáles son sus intereses verdaderos. De ahí el recurso sistemático a lo que podemos entender por la “cláusula de Hobbes” y su constatación de que el individuo es consciente de lo que hace y deja de hacer (por oposición al recurso propio de la ya mencionada filosofía de la sospecha del “lo hacen, pero no lo saben”). El individuo tal y como lo concebimos cotidianamente acepta por su propio interés (que ni cuestiona ni pone en duda) el esquema de conducta liberal cuyas dos determinaciones principales asume con enorme naturalidad, casi con la fuerza de un prejuicio, a saber: por un lado, la exclusión de cualquier tipo de decisión democrática sobre la existencia de ricos y pobres o sobre si resulta beneficioso o perjudicial para todos el que unos trabajen para otros. Y, por otro lado, nos estamos refiriendo al hecho de que los deseos y preferencias de los individuos, máxima expresión del egocentrismo de los individuos, constituyen datos de hecho que no admiten dudas ni cuestionamientos.
Poner el acento en la desafección supone colocar el desarrollo del análisis en unos derroteros exclusivamente sentimentales en los que viene a quedar silenciada toda apelación a la práctica de un cuestionamiento racional (no digamos ya moral) por parte de los miembros de la sociedad. Elementos como “simpatía”, “antipatía”, “lealtad” o “deslealtad” vertebran un análisis sencillo y opaco que exige una profunda adhesión por parte de los ciudadanos, que pasan así, casi imperceptiblemente, a ostentar el carácter de súbditos. La conocida lógica binaria de Carl Schmitt es un buen ejemplo de todo esto.
Eso, en cuanto a la forma. Por lo que se refiere al contenido, la existencia de un yo libérrimo e inmediato atento exclusivamente a sus propios intereses y opiniones y la necesidad, para contrarrestar esta tendencia, de algún género de institucionalización encargada de manejar -pero sin superar- la cada vez más frecuente conflictividad de un entramado social liberal o “sociedad avispero” entran en una inevitable contradicción que añade más y más tensión hasta llegar a convertirse en una seria amenaza de desgarramiento y autodestrucción (el perpetuo “estado de excepción” del que habla Walter Benjamin).
Sin embargo, no es posible esperar que un sujeto troquelado por una lógica liberal de individuos egocéntricos y casi ensimismados necesitados a la vez de un relato omniabarcante, uniforme e incuestionable -el entramado legal, por ejemplo-, constituya un sujeto capaz de salir por sí solo del embrollo de la sociedad liberal donde fuerzas centrípetas y centrífugas generan una interminable sucesión de tensiones y conflictos. La razón de ello no escapa a nadie. La congelación del “yo” en la diminuta esfera de su interés particular le impide generar una relación con el entorno institucional que no refleje una adhesión sin fisuras (sea en su forma exaltada o sea en la forma de una astucia subjetiva obsesionada con evitar castigos o con obtener premios y reconocimientos).
Sin leyes ni instituciones -se nos suele decir- es imposible la convivencia, pero sin poner sobre el tapete que estamos hablando desde un plano muy concreto en un doble sentido: por un lado, obviando la posibilidad de que la adhesión ciudadana a las leyes e instituciones vigentes adquiera una forma racional que, superando la mera adhesión afectiva, dé lugar a procesos de duda y cuestionamiento de su naturaleza y sus límites y, por otro lado, esquivando el hecho de que, en realidad, se está hablando aquí no de instituciones y leyes en general, sino de estas instituciones y estas leyes. Esta última distinción resulta crucial aquí. De no prestar la debida atención, los análisis concretos pasan por ser abstractos y nos conducen a importantes confusiones. Así, por ejemplo, la conclusión extraída por Sánchez Cuenca viene a expresarse en los términos siguientes:
El principal caldo de cultivo de la derecha radical [es] el descontento generalizado con la política. Y por eso mismo esta derecha invierte tanta energía en desprestigiarla
Hay que insistir. No se trata de la política, sino de esta política, de una concepción liberal de la política que sólo puede admitir adhesiones inmediatas precisamente porque, al separar las esferas de lo económico del resto de esferas, genera unas estructuras irracionales que impiden o dificultan extraordinariamente las tomas de posición racionales y críticas. Pero adviértase bien: no se trata aquí de una conjetura paranoica donde viene a ponerse en marcha un engaño consciente y malintencionado de una mayoría ignorante e ingenua (como algunos ateos del siglo XVIII al hablar de la religión como “cuentos de viejas”). No. Esta mayoría ingenua -estamos hablando de las poblaciones gobernadas y dirigidas por principios democráticos liberales- sabe o, mejor, intuye que le interesa mantener su estructura de subjetividad egocéntrica y ventajista (que tanto recuerda a la “culpable minoría de edad” de que hablaba Kant) ante una cada vez más sospechada ilegitimidad moral de las estructuras dominantes. Si a esto se añade que dicha ilegitimidad esconde además crecientes dosis de complejidad e incertidumbre para las que el sujeto, troquelado según moldes liberales, no está preparado en absoluto, se comprende con facilidad la proclividad de éste a volver la mirada a planteamientos sencillos y muy gratificantes (pues no sólo le exime de toda culpa y le ahorra la necesidad de reflexión, sino que, además, le permite disfrazarse con los ropajes del victimismo).
La democracia liberal ha pasado a convertirse en una caricatura, la de reducirse a representar el simple “imperio de la ley” (lo que, como nos recuerda Daniel Innerarity, no es más que una forma de degradar la noción de democracia). Los orígenes democráticos de la democracia liberal y del entramado legal que le sirve de cobertura pueden encontrarse, en el mejor de los casos, en el establecimiento de una Carta Magna elegida por una mayoría de ciudadanos, pero esto no impide que en el interior de la democracia, en sus desarrollos y recovecos, se registren fenómenos cada vez más alejados de los orígenes, cada vez más “extraños” a ojos de un espectador imparcial. Mas todo eso viene a recibir una justificación formal remitiendo precisamente a dichos orígenes, a los límites del sistema. (Todo lo que ocurra en su interior, por extraño e injusto que pueda llegar a ser, resulta ser democrático por definición). Esta democracia, en resumidas cuentas, no es la democracia. Otras democracias son posibles (democracias en las que, por cierto, los asuntos vinculados al reparto de riqueza y su largo cortejo de reparto de oportunidades de alimentación, cobijo, salud, cultura, etc., no crecen y se desarrollan en la oscuridad, sino a la luz de los focos y bajo el control de instituciones verdaderamente democráticas y transparentes). Otras democracias son posibles, decimos, y es que lo específicamente democrático, como señala Cornelius Castoriadis, no consiste en adherirse a determinados entramados jurídicos e institucionales encargados de regir la sociedad, sino precisamente en la posibilidad de cuestionarlos.
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Luis Martínez de Velasco
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