India Sutra – II – Arturo García Ramos
Overview
India Sutra – II
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India Sutra – II
Viajeros: Norman Douglas, Henri Michaux, Octavio Paz
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Norman Douglas
De entre los incontables viajeros que han dejado constancia de sus vislumbres indias el perverso
Norman Douglas es acaso el más deleznable. Viajó por primera vez en 1900 y de entre las pocas
notas que ha dejado de sus impresiones esta le retrata como uno de los viajeros más
abominables que ha proporcionado el Imperio Británico. Entre las impresiones de su viaje
destacan las de mayor degradación moral. Los niños nativos eran «tan suaves y elegantes, tan
desnudos y alegres», que anhelaba robar media docena y llevarlos a casa como recuerdos.
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Conviene recordar que hubo de huir de Londres porque le amenazaba una denuncia por
pederasta tras haber sido sorprendido atrayendo a los niños con la excusa de estar escribiendo
un libro sobre juegos infantiles. La policía, alertada, lo siguió hasta el Museo de Ciencias
Naturales donde se había citado con un niño de diez años -la edad que el consideraba más
deseable- y lo metió en la cárcel. Mientras esperaba el juicio, en libertad condicional, se fugó del
país. Fue sólo la primera de las tres veces que lo expulsarían de otros tantos países, siempre por
la misma causa.
Impúdicamente recuerda también que se alojaba en el lujoso Galle Face Hotel de Colombo [Sri Lanka] y se hacía servir un desayuno pantagruélico a base de curry que, una multitud de encantadores “niños nativos” miraban con apetito insaciado colgados de las ventanas del restaurante. Saber que era un pederasta y que quiso prolongar su deseo sexual investigando los efectos de las recetas culinarias que reunió en su libro Venus in the Kitchen, or Love’s Cookery Book no añade amabilidad a su imagen, ni hace su personalidad más tolerable.
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Volvió a viajar allí en compañía de su fiel amante italiano, Orioli, con el propósito de visitar los
grandes reclamos turísticos: el Taj Mahal, Fatehpur Sikri, el fuerte de Sha Jahan. Preparó el viaje
con ansiedad culinaria (recordaba los exquisitos curries de su primera visita) y le gustaba
levantarse para darse un baño en agua fría con un vaso de whisky en la mano (deseo imaginar
que esta vez sin la presencia de aquellos encantadores mirones al otro lado de la ventana).
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Pero en su faceta de escritor no era tan repudiable. En 1928 la escritora norteamericana Katherine Mayo había publicado un libro que alcanzó celebridad en la época con el título de Mother India. Su contenido era de un predecible punto de vista de superioridad propio de una norteamericana rica que desdeñaba la inferioridad y el atraso de aquel pueblo miserable. Douglas reaccionó publicando su libro más controvertido y menos apreciado: How about Europe? En realidad, le fue muy fácil oponer a aquellos argumentos tópicos y superficiales un retrato de la sociedad que se presumía más desarrollada del planeta, pero que, entre otras cosas, acababa de ser devastada por una Gran Guerra y llevaba camino de enfrentarse a otra aún peor.
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A pesar de lo que Mayo opinaba, Douglas creía que Europa no era en aquel tiempo otra cosa
que un continente fracturado y que para cualquier joven europeo era mejor ir a la India que
quedarse en el seno de este mundo acabado y decadente.
Los argumentos principales del libro tenían que causar escándalo en la época (nada en la vida de
Douglas escapaba a esa intención). Su ataque a la civilización europea era de furibunda violencia
contra el Cristianismo, la educación, la justicia, la guerra… El politeísmo cristiano no le parecía
menos inconsistente y fabuloso que el hinduista: dividía a dios en tres partes y proliferaban los
Santos y “Madonnas”. Ninguna otra religión había degradado a las mujeres como la religión
cristiana. Recuerda los dicterios de San Pablo que luego fueron adoptados por San Agustín para
configurar el canon que enaltecía la virginidad sobre el matrimonio, tanto que la pareja debería
dar las gracias a Dios por la ausencia de hijos y no por haberlos concebido. También las palabras
de Juan Crisóstomo, que consideraba a la mujer un demonio necesario, hubieran escandalizado al
mismo Moisés. Otros padres de la Iglesia, como San Bernardo opinaban de ellas que sus caras
eran un viento abrasador y sus voces el silbido de serpientes, y consideraba más que execrable
un consejo de San Pedro a una viuda que pretendía volver a casarse en que comparaba su acto
al de un perro que vuelve a su propio vómito o una cerda que se revuelca en el cieno, mientras
que San Jerónimo decía de las mujeres que eran la puerta del infierno. ¿Había en la India un trato
tan vejatorio para las mujeres? De ningún modo.
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Al contrario de lo que Mayo opinaba a propósito de los cientos de miles de analfabetos que se sembraban por la India, Douglas argumenta que la educación tal como era la de su tiempo -no hubiera cambiado su opinión si hubiera considerado la del tiempo presente- producía efectos más negativos que el vivir en libertad en la calle sin pisar una escuela. Se ha creído, señalaba, que la educación era la panacea del desarrollo y el bien de la humanidad y quiere presentar contra ella alguna pizca de reparo. Su fin es el de crear personas estereotipadas, acaba con la individualidad en pro de la uniformidad. Es, sobretodo, un intento del gobierno por fomentar el nacionalismo, que es la mayor peste de su tiempo, el que ha engendrado la Gran Guerra, entre otros monstruos. Los efectos negativos no compensan los inconvenientes devastadores porque anulan el carácter y sólo algunos privilegiados logran superarlos cuando llegan a los cincuenta años. La educación destruye la originalidad, la iniciativa, el sentido de la curiosidad y hasta la libertad para pensar por sí mismos. Los impulsos, los sueños, las conversaciones son estereotipados y estandarizados. “La educación es una fábrica de ecos controlada por el estado”, termina. Hay algo que me hace simpático a Douglas: su capacidad de tolerancia para las debilidades humanas. Hay algo que me hace desconfiar de él: ¿su manera de pensar era una estrategia para tolerarse a sí mismo? Una de las acusaciones o elogios que le persiguen es la de haber sido una de la personas que más se amó a sí mismo. No sé si la reflexión trasciende su época.
¿Qué pintaba en la India Douglas? Era un turista decadente, aficionado a los placeres más
exquisitos, y enemigo del dolor y la renuncia. Aunque al mismo tiempo, para comprenderlo, hay
que observarlo como un individuo que no quería pertenecer a su sociedad: se desligó de su país,
excepto para sobrevivir publicando -obligado por la subsistencia-, renunció también al país que
había acogido a su familia (Austria), se dejó invitar por todos cuantos conoció y si se enfadó con
D. H. Lawrence fue por que era aún más aprovechado que él. Decidió vivir al margen de la
sociedad entre Nápoles, la costa amalfitana y Capri -el recóndito y populoso reducto de artistas,
exiliados políticos y corruptos sexuales que Douglas contribuyó a convertir en un paraíso del
pecado-. Las visitas que realizó a la India le sirvieron como instrumento para fustigar las formas
de vida de su época, en especial: el puritanismo sexual, la santurronería, el complejo de
superioridad de la civilización europea.
Me gusta imaginarlo cruzando sus pasos con los de Mircea Eliade en París. Quizá alguien los
presentó y ellos hablaron y se contaron uno a otro que habían estado en la India. Douglas
presumiría de haber disfrutado de sus sabores, del colorido atuendo de las mujeres hindúes, de la
bondad y afabilidad de las gentes (quizá, con la debida confianza, de sus placeres más
degradantes). A Eliade le asomaría un fondo de nostalgia en la mirada y callaría la invasión de recuerdos que le afloraban con alguna frase circunstancial para salir del paso y pensaría que… la
técnica del yogui consiste en tomar conciencia de las existencias anteriores y en desenrollar el tiempo al revés.
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Henri Michaux
Henri Michaux viajó casi a la vez que Eliade y escribió Un bárbaro en Asia para dejar constancia
de unos vislumbres que a veces son los de un visitante extranjero y, otras, la deplorable expresión
de un monstruo.”En la India, nada para ver, todo que interpretar”, comienza. Calcuta, la ciudad más populosa del mundo, se le representa repleta sólo de canónigos. Esa muchedumbre le parece al mismo tiempo insolente, cobarde “si la atacan” y estúpida. Su idiosincrasia es reflejo de los animales a los que toleran, pues según él no los aprecian, en concreto de la vaca. El hindú y la vaca tienen la misma pose, meditan igual -en nada- y tienen la misma filosofía, la vacuidad absoluta. Además, la irreverencia de Michaux es profundamente irrespetuosa, no considera que los hindúes tengan una religión, sino más bien, una serie de fórmulas o mantras que les acercan a la magia como quien pronuncia puerilmente un abracadabra. Así lo ejemplifica con una cita de los Upanishad:
Los que abandonan este mundo sin haber descubierto el Atman y su verdadera vida, no serán libres en NINGÚN MUNDO. … Es como para quedarse helado
No razonan, adoran (a Gandhi, a la madre, a los elefantes, a la fotografía de un ser querido), todo es allí sagrado, y ante todo les gusta prosternarse. Por esa vía llega el panteísmo o, como lo llama el “bárbaro” Michaux, “ponerse en comunicación con la fornicación universal”.
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El hindú no tiene prisa, su esencia es la lentitud, la pausa. En la vida como en el pensamiento: “Su antípoda es el espasmo”, asegura el bárbaro. No le sorprenden los doscientos cincuenta mil versos del Mahabbarata -que apenas bastan al hindú para resumir el argumento, asegura-. En apenas doscientas páginas de amplios márgenes en la impresión y grandes caracteres Michaux compendia su paso por India, Ceylán, China, Japón y Malasia, al menos. El occidental es parco, contenido y ascético en la expresión si se lo compara con el hindú, que es aluvional, multiplicador, abundante. Michaux desconfía de los silogismos y no puede aceptar sino como una burla la refutación que hace Gautama de “las 62 herejías primordiales concernientes al ser”. Jamás he leído una descripción más racista y despreciativa que la de Michaux sobre el hindú:
“La mayoría altos y flacos, sin hombros, sin pantorrillas, femeninos, con la cabeza a menudo
achatada, con los ojos de sapo que no lo dejan a uno y de los que no hay nada que sacar. No
meditabundos, sino pegajosos”. Y concluye, brutal: “Ninguna humanidad.” De las mujeres
bengalíes corrobora la impresión de uno de sus compañeros de viaje: “Entre mil, ni una bonita”.
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Como la mirada de Douglas, la de Michaux contiene cierto cinismo y también una sinceridad
impúdica y bestial: nunca finge que su mirada es la de un intelectual que sabe que aquel mundo
le es ajeno, por más que lo interprete con la mayor atención. Le asombran la sacralización del
sexo (Douglas tenía razón respecto a nuestro puritanismo) y el deplorable sistema de castas del
que culpa a los brahmanes (quienes “…pueden jactarse de no haber trabajado en vano. Durante
más de mil años, han conseguido envilecer a más de 250 millones de hombres”) que ha
extendido la sumisión de la no violencia. Michaux es extraordinario en su cinismo (lo leo en la
colección de otro cínico que presumió de haberlo conocido en Buenos Aires en 1935 donde se
hizo su amigo, Jorge Luis Borges) y no puedo dejar de admirar su sarcasmo y la provocación de muchas de sus reflexiones:
“Imposible volver de la India sin dejarse ganar por el comunismo. La cuestión social es tal vez de importancia relativa. Pero el envilecimiento , la falta de dignidad humana que resulta de una sociedad con dos pesas y dos medidas es tal que el hombre queda manchado en todo lo que es, dice y hace, y más que el envilecido, el honrado, los brahmanes y los rajás, y quizá todos nosotros.”
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Octavio Paz
Su visión contrasta con la de Octavio Paz (Vislumbres de la India). El mexicano se deja avasallar por aquella experiencia que le llevó varios años de trabajo oficial, conoció personalmente a los máximos dirigentes y expresó sus evidentes deslumbramientos en ensayos, poemas y narraciones autobiográficas. Paz sabía que el río más importante de la India contradecía a Heráclito y su presencia era intemporal. Ganges: “El agua es más poderosa que la historia”.
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La visón de Octavio Paz es itinerante, expansiva, difuminada. Cuando se dispone a hablarnos de Delhi se fuga a Afganistán, adonde viajaba en vehículo. Se detiene en Peshawar, y confronta la historia con el presente. El islam ha suplantado el arte de los kafires, anota. Viaja a través del Paso Khyber como quien atraviesa por varios milenios de historia, en Gandhāra descubre a veces la cabeza de un bodhisattva. En Bamiyán visita los budas gigantes. En Balj, busca las reminiscencias de una de las ciudades que erigió Alejandro y que Heródoto llamó Oxus. Desde Delhi viaja al sur. Y a otros países. En Ceilán se encuentra con el lugar que acogió a Pablo Neruda y que a él le parece paradisíaco y al chileno le pareció infernal.
Un parte del budismo afirmó la identidad última entre el mundo fenomenal y la vacuidad. El ascetismo se reconvirtió por ello en un erotismo. Que en el caso del poeta mexicano se transmudó en erotismo verbal, poético.
Vi las apariencias.
Y llame a esa media hora:
Perfección de lo Finito.
Felicidad en Herat
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Felicidad en Herat
Vine aquí
como escribo estas líneas,
sin idea fija:
una mezquita azul y verde,
seis minaretes truncos,
dos o tres tumbas,
memorias de un poeta santo,
los nombres de Timur y su linaje.
Encontré al viento de los cien días.
Todas las noches las cubrió de arena,
acosó mi frente, me quemó los párpados.
La madrugada:
dispersión de pájaros
y ese rumor de agua entre piedras
que son los pasos campesinos.
(Pero el agua sabía a polvo.)
Murmullos en el llano,
apariciones
desapariciones,
ocres torbellinos
insubstanciales como mis pensamientos.
Vueltas y vueltas
en un cuarto de hotel o en las colinas:
la tierra un cementerio de camellos
y en mis cavilaciones siempre
los mismos rostros que se desmoronan.
¿El viento, el señor de las ruinas,
es mi único maestro?
Erosiones:
el menos crece más y más.
En la tumba del santo,
hondo en el árbol seco,
clavé un clavo,
no,
como los otros, contra el mal de ojo:
contra mí mismo.
(Algo dije:
palabras que se lleva el viento.)
Una tarde pactaron las alturas.
Sin cambiar de lugar
caminaron los chopos.
Sol en los azulejos
súbitas primaveras.
En el Jardín de las Señoras
subí a la cúpula turquesa.
Minaretes tatuados de signos:
la escritura cúfica, más allá de la letra,
se volvió transparente.
No tuve la visión sin imágenes,
no vi girar las formas hasta desvanecerse
en claridad inmóvil,
el ser ya sin substancia del sufí.
No bebí plenitud en el vacío
ni vi las treinta y dos señales
del Bodisatva cuerpo de diamante.
Vi un cielo azul y todos los azules,
del blanco al verde
todo el abanico de los álamos
y sobre el pino, más aire que pájaro,
el mirlo blanquinegro.
Vi al mundo reposar en sí mismo.
Vi las apariencias.
Y llame a esa media hora:
Perfección de lo Finito.
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Perpetua encarnada
Tiemblan los intrincados jardines
juntan los árboles las frentes
cuchichean
El día
arde aún en mis ojos
Hora a hora lo vi deslizarse
ancho y feliz como un río
sombra y luz enlazadas sus orillas
y un amarillo remolino
una sola intensidad monótona
el sol fijo en su centro
Gravitaciones
oscilaciones de materia impalpable
blancas demoliciones
congregaciones de la espuma nómada
grandes montañas de allá arriba
colgadas de la luz
gloria inmóvil que un parpadeo
vuelve añicos
Y aquí abajo
papayos mangos tamarindos laureles
araucarias excelsas chirimoyos
el baniano
más bosque que árbol
verde algarabía de millones de hojas
frutos negruzcos bolsas palpitantes
murciélagos dormidos colgando de las ramas
Todo era irreal en su demasía
Sobre la pared encalada
teatro escrito por el viento y la luz
las sombras de la enredadera
más verde que la palabra marzo
máscara de la tarde
abstraída en la caligrafía de sus pájaros
Entre las rejas trémulas de los reflejos
iba y venía
una lagartija transparente
Graciosa terrible diminuta
cambiaba de lugar y no de tiempo
subía y bajaba por un presente
sin antes ni después
Desde mi ahora
como aquel que se asoma a precipicios
yo la miraba
Mareo
pululación y vacío
la tarde la bestezuela mi conciencia
una vibración idéntica indiferente
Y vi en la cal una explosión morada
cuántos soles en un abrir y cerrar de ojos
Tanta blancura me hizo daño
Me refugié en los eucaliptos
pedí a su sombra
llueva o truene
ser siempre igual
silencio de raíces
y la conversación airosa de las hojas
Pedí templanza pedí perseverancia
Estoy atado al tiempo
prendido prendado
estoy enamorado de este mundo
ando a tientas en mí mismo extraviado
pido entereza pido desprendimiento
abrir los ojos
evidencias ilesas
entre las claridades que se anulan
No la abolición de las imágenes
la encarnación de los pronombres
el mundo que entre todos inventamos
pueblo de signos
y en su centro
la solitaria
Perpetua encarnada
una mitad mujer
peña manantial la otra
Palabra de todos con que hablamos a solas
pido que siempre me acompañes
razón del hombre
el animal de manos radiantes
el animal con ojos en las yemas
La noche se congrega y se ensancha
nudo de tiempos y racimo de espacios
veo oigo respiro
Pido ser obediente a este día y esta noche
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El balcón
[…]
Vieja Delhi fétida Delhi
Callejas y plazuelas y mezquitas
Como un cuerpo acuchillado
Como un jardín enterrado
Desde hace siglos llueve polvo
Tu manto son las tolvaneras
Tu almohada un ladrillo roto
En una hoja de higuera
Comes las sobras de tus dioses
Tus templos son burdeles de incurables
Estás cubierta de hormigas
Corral desamparado
mausoleo desmoronado
Estás desnuda
como un cadáver profanado
Te arrancaron joyas y mortaja
Estabas cubierta de poemas
Todo tu cuerpo era escritura
Acuérdate
recobra la palabra
[…]
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Cuento de dos jardines
[…]
Llovía,
la tierra se vestía y así se desnudaba,
las serpientes salían de sus hoyos,
la luna era de agua,
el sol era de agua,
el cielo se destrenzaba,
sus trenzas eran ríos desatados,
los ríos tragaban pueblos,
muerte y vida se confundían,
amasijo de lodo y de sol,
estación de lujuria y pestilencia,
estación del rayo sobre el árbol de sándalo,
tronchados astros genitales
pudriéndose
resucitando en tu vagina,
madre India,
India niña,
empapada de savia, semen, jugos, venenos.
A la casa le brotaron escamas.
[…]
Ladera Este – Hacia el comienzo – Blanco [1962 – 1968]
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Arturo García Ramos

