India Sutra – I – Arturo García Ramos
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India Sutra – I
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India Sutra – I
Ir a la India es ir más allá del fin, más allá del origen. Sin saber qué pueda significar lo uno y lo
otro, pero con la fe cierta de que se trata de un destino al que nos dirigimos porque hay algo
desconocido que nos solicita. Se viaja a la India por una llamada interior. Ningún otro lugar del
mundo reclama ese misterio. Pero viene, ¿de dónde? No es la arquitectura, los arcos sostenidos
por un punto como si recogiesen la tela de una cortina mayúscula. Ni el río inmenso, cuyo caudal
destila el Himalaya, ni la jungla ubicua de la que se diseminan monos y elefantes, cobras, tigres y,
otra vez monos.
Es, tal vez, un nirvana de inconsistente presencia, que solo se intuye como un aleteo en el
espíritu, un afán ligero, una cadencia y al fondo… un desligamiento del tiempo. La India nos
aproxima al abismo de abandonar todo lo que somos, de desposeernos de cuanto nos posee,
como una grieta por la que entreviéramos otra sustancia, el éter del comienzo del Cosmos, la
fuga del presente alucinado que va a caer ingrávido en una realidad anónima. Octavio Paz llamó
“vislumbres” a esas percepciones parciales y ajenas.
Comparado con éste, todo viaje es inocuo. Su exceso de realidad nos llega a través de los
sentidos, no del intelecto: el color, los sonidos, los olores -que subyugaron a Pasolini-. Esa
realidad nos hiere a fuerza de luz, de deslumbramiento, nos afecta, nos modifica. Nadie con algo
de sensibilidad vuelve a ser el de antes. Quien escribe sobre la India, lo hace porque necesita
explicarse cómo ese viaje lo ha modificado.
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Mircea-India-Ashram
Sin saber cómo una idea se extiende en su interior: visitar un āśrama [áshram] a orillas del río al que se
llega después de un camino tan largo que no tiene distancias. El camino se ofrece y acaso se
mueve para dirigir los pasos a un destino. No lejos del final un anciano se une al visitante.
También él busca un lugar para la meditación.
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Visto desde la escalinata del monasterio, el anciano es la imagen repetida de tantos que, como él,
llegan a la orilla de la vida y dejan atrás su historia de piel vieja de serpiente moteada de errores, de extravíos y desengaños. Al fin del bosque, el āśrama [áshram] se alza sobre un ghāṭ, como figuración
de mâya. Nada más sólido que el pasado evanescente, onírico espejismo de la vida, nada más
concluyente e irrefutable, nada que justifique con mayor substancialidad el carácter ilusorio de la
realidad. El peregrino oculta su nombre, pero declara con pelos y señales las minucias de sus muchas
vidas. Fue comerciante de pieles en Persia guiando una recua de camellos que vendió para abrir
un taller de orfebrería en Afganistán, del que huyó siguiendo el hechizo de unos ojos que
iluminaban un hiyab de seda negra por la península de Arabia. Se entregó al placer sin
moderación, a la satisfacción, a la embriaguez y la promiscuidad hasta desembocar en el llanto
que le provocaron unas prostitutas en Basora. En este punto decidió acudir a refugiarse al
āśrama [áshram]. A medida que cuenta su historia, interrumpe el paso para limpiarse los ojos
humedecidos de sombras de lujos, de los deseos consumidos hasta el hartazgo. Más que de
arrepentimiento o renuncia, podría pensarse que ha topado con el muro de la extinción.
El mahant los recibe con una guirnalda de flores naranjas al pie de la escalinata.
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La bienvenida al Svarga Ashram tiene como contrapartida el cumplimiento de ciertas normas :
vestir de blanco o amarillo, calzar sandalias, alimentarse únicamente de vegetales. Cada uno
dispone de un kutiar o cabaña. Los lujos son limitados: una cama y una lámpara de petróleo. Es
el comienzo de una nueva vida: la de la meditación a través del yoga, el alimento se mendiga, se
vive en un silencio cósmico, sin otra compañía que los monos. Un bienestar interior anuncia, sin
embargo, que se ha alcanzado una vida más auténtica, su camino es una senda de perfección
vigilado siempre por el Swami Sivananda.
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Yo no soy más que un swami, poco puedo enseñarte. Puedo decirte cómo puedes oponerte a la muerte, al dogmatismo. Voy a ayudarte a recuperar tu vida interior. Ligado al yoga te desligarás de la materia. Tu camino es hacia el renacer. Despréndete de lo material y de lo inmaterial. No confundas lo verdadero con lo pensado. Conocer es despertar el Yo verdadero.
Los mensajes van cayendo en su interior como un rocío, como una lluvia suave y constante. El Yoga es una práctica corporal también: una postura para estar en el mundo, una respiración cuyo fin es la disolución del cuerpo en el espacio, una integración plena en la naturaleza. El yogui, desnudo, abandona su instinto animal y persigue su esencia vegetal. Se yergue como el tronco de un árbol, respira por cada poro del cuerpo, como si fuera compuesto de hojas. El cuerpo es un templo. El maithuna regula el rito del placer.
El maithuna prescribe: boddhicitta notsrejt, el semen no debe ser emitido. Para meditar, se ayuda de palabras-mantra: om, arahan, pram. No significan nada, porque su significado es absoluto. Una idea preside el camino de purificación: sarvam dukham, sarvam anityam, todo es doloroso, todo es pasajero. El absoluto al que aspira, la liberación, el nirvana.
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Un día, después de su ingreso en el āśrama [áshram] descubre el atardecer sobre el Ganges. Es rojo
como una brasa, los montes que lo rodean se disuelven en púrpura. La luz se filtra a través de
los montes, allá en el Himalaya perdido. Allí comprende que es ya otro.
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India-Mircea-Sutra
“Hay que ir a la India para asombrarse de quienes pueden vivir ajenos a la realidad ontológica del
mundo”. Fueron las palabras que hormiguearon en el joven Eliade cuando apenas contaba con
20 años, en 1928. Solicitado por el destino o la magia, concibió en una biblioteca de Roma la
absurda idea de escribir al benefactor del sabio hindú al que leía y admiraba, Surendranath
Dasgupta. Sabe que es su mecenas el maharajá Namindra Chandra Nandy, de Kassimbazar, en
Bengala -todos estos nombres los escribo, no como prueba de erudición, sino con el temblor de
quien pronuncia abracadabras- y le dirige una carta con la inocencia y el escepticismo que echa
una botella al mar. Y milagrosamente recibe una respuesta que parece venir del otro lado, del
lado sobrenatural de las cosas. Había rezado para que se le concediera un año y le regalaron
cinco; además, el maharajá le ofrece fijarse su propio sueldo, y Dasgupta se presta a dirigir sus
estudios sobre filosofía india.
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La realidad ontológica del mundo se llamaba miseria y lepra, palabras que allá adquirían el valor
de un mantra. Aunque su presencia ubicua era impotente para aplacar la belleza de las tumbas
de Humayún, de la mezquita incompleta de Kutab, de la ciudad interminable de Jaipur o el fuerte
Amber. Y por encima de todo: el río Ganges desde el puente de Dufferin y el ghāṭ. Así, una
escalinata de mármol blanco que se hundía en el río, un descenso a profundidades inverosímiles.
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Por un instante, que tal vez fueron semanas o meses, o años, creyó que podía reencarnarse y
que su vida se asimilaría a la de los hindúes. Pero los dioses lo quisieron de otro modo. Primero
murió su generoso maharajá y, a los pocos meses, se vio sin medios. Y una mañana, Dasgupta,
que lo había acogido generosamente en su casa, en Bhowanipore, lo sorprendió besando a su
hija y lo expulsó fulminantemente.
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Decidido a sumergirse en lo más profundo de aquella cultura indescifrable emprendió un
peregrinaje remontando las aguas del Ganges desde Benarés hasta los monasterios de Rishikesh
cruzando su destino con los shadhus naranjas y los peregrinos que habían encontrado su
camino en la renuncia. Su propósito era ascender hacia la pureza, pero en verdad ese tránsito
suponía un descenso a los infiernos. Hubo de superar la hemorragia provocada por una
insolación que le llevó a las puertas de la muerte, una tormenta apocalíptica en el inicio de los
monzones de la que se salvó milagrosamente tras haberlo perdido todo, un ataque de
sanguijuelas que como una lluvia de gotas negras le caían para morderle por todo el cuerpo; y
hasta debió sortear las mordeduras letales de las cobras negras con las que convivió durante
meses en su kutiar cuando su vida espiritual se puso en manos de Swami Jnananda.
Ha visto el final tan cerca. Siente perdida su vida. Apenas un año antes, le gustaba imaginarse
como los occidentales con los que se ha topado, convertidos en hindúes después de treinta años
de abandono y meditación.
Compasión-sutra
La historia de la compasión humana tiene en la India algunos de sus capítulos más importantes.
En su manifestación más modesta descubrimos a protagonistas como Pier Paolo Pasolini, quien
en compañía de Alberto Moravia y Elsa Morante recorrió en 1961 las calles de Calcuta, Bombay y
Delhi estremecido por las vidas de los niños que les salían al paso en tumulto, como si fueran
seres llegados de más allá del mundo para quienes fuera posible el milagro de acabar con su
miseria. La aureola de la Madre Teresa le descubrió a Pier Paolo el rincón más oculto de la
miseria: el de los leprosos. Se contaban por miles, decenas de miles, cientos… y vivían fuera de
los raíles que permitían coger el tren de la realidad. Pasolini se acerca a ellos, tiene trato con
alguno y casi amistad, llega incluso a prestar su ayuda a un joven a quien encuentra refugio en el
hospicio del padre holandés Wilbert (otro capítulo más para esta historia inédita) y le promete
enviarle dinero desde Italia.
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En el Swarga Ashram alguien, tal vez, Swami Jnanananda, le contó la vida del médico filántropo
inglés Hari Singh quien, lleno de idealismo humanitario y fe en la ciencia y en la filosofía
“positiva”, viajó desde Londres hasta Pauri Garhwal, en el estado de Uttarakhand con el fin de
encontrarse con los leprosos del valle. Había dejado a su familia en Lahore y se prometió no
volver a reunirse con ella hasta no haber encontrado un refugio a aquellas almas abandonadas.
Incansablemente, fue reuniéndose con las autoridades, viajando de una ciudad a otra, con los
directores de instituciones y organismos y, and yet and yet, se fue a vivir con los enfermos a los
que nadie quería acercarse. Al fin, la donación de un rajá le permitió comprar un āśrama [áshram] para alojarlos y desde Delhi le enviaron suministros para poder acometer su imposible empresa
humanitaria.
Su familia, mientras, presionaba por todos los medios para que regresara. Sucesivamente fueron
llegando a visitarlo para convencerlo de que regresara una hermana, un hermano y un hijo. Hari
Singh se resistió a los ruegos, las promesas y los llantos de todos ellos. Después de medio año
de fatigas junto a los enfermos, una carta de su esposa logró doblegarlo: había dado a luz una
niña. Quebrada su resistencia, la víspera de su regreso sus amigos los leprosos se abalanzaban
sobre él para suplicarle que no los dejara. Descubrió entonces que unas escamas de pescado le
estaban apareciendo en las muñecas. Por la noche, se despidió de su enfermera india y abrazó
con lágrimas a algunos de sus colaboradores y se retiró a su cuarto. La noticia del suicidio se
publicó días después. Acaso el hijo que lo había visitado compró el diario en que aparecía
resumido el deceso de su padre y se lo pasó al hermano que también lo había visitado y, este a
su hermana (id.). Juntos pensarían cómo podían ocultar los hechos a la esposa. Siquiera, por un
tiempo breve.
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Swamis-Yoguis
Los eremitas esconden celosamente su pasado. Los que no lo esconden acaso lo inventan.
Todo es ilusorio, la frontera entre lo soñado o lo imaginado y lo vivido ha sido borrada por la
meditación y el ayuno. Desde su kutiar, Eliade puede ver a unos cientos de metros a Swami
Advaitananda. Algunas tardes se sientan juntos a tomar un té. Advaitananda se doctoró en
Londres y se lanzó a viajar por Europa, de la que pocos países ha dejado de visitar. Alcanzó una
posición social privilegiada gracias a sus contactos europeos de Singapur, donde ejercía la
medicina. Y repentinamente lo abandonó todo para refugiarse en las entrañas del Himalaya.
Apenas había cumplido treinta y cinco años cuando su mujer y su hijo murieron y él… lo
abandonó todo para refugiarse en las entrañas del Himalaya. Caminaba hasta la extenuación por
el borde de la carretera, dormía en las cunetas o entre los arbustos y se alimentaba
exclusivamente de lo que mendigaba. Superó el reumatismo y la malaria gracias a la práctica
del yoga. Ha conseguido abolir el dolor y la muerte y predica constantemente su verdad: el
dualismo no existe y la única realidad es Brahman-Atman, el alma, que es una en el hombre y el
cosmos.
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Un poco más lejos, Eliade visita algunas tardes a Swami Narayan, que vive en un kutiar de piedra,
junto al ashram. Fue juez en Gwalior, pero cinco años antes de su jubilación abandonó todo para
refugiarse en Rishikesh. Se quitó todas sus ropas y con sólo un taparrabos, en pleno invierno,
fue andando hasta Badrinath, un lugar de nieves perpetuas. Eso es todo lo que de él se sabe. El
resto es un misterio. Narayan duerme sobre una tabla, se levanta cuando aún no ha amanecido ,
se baña en el Ganges y se sumerge en el sadhana-yoga. No rompe su voto de silencio más que
para pronunciar una palabra, el mantra om! con que saluda a todos. Y en todos reconoce un dios.
Pero el sueño de Mircea, asimilarse a todos ellos, vino a desvanecerse cuando conoció a una
violoncelista de Johannesburgo que, decidida a encontrar lo absoluto abandonó la música y viajó
por la India para encontrar la luz en la filosofía vedanta. Después de perseguir a Eliade,
perdidamente enamorada, un día lo encerró en una cueva y se plantó ante él desnuda dispuesta
a ejercitarse en todos los ritos del tantrismo y la maitheia. Acaso por despecho, porque él, Eliade,
eludió la trampa, le espetó que su destino estaba en Occidente, adonde pertenecía.
Comienza entonces una huida hacia adelante en compañía de Swami Jnananda, en realidad,
Arthur Young, con quien viajará a Peshawar, Khyber y , finalmente, Afganistán, en cuya frontera
son detenidos por sospechar las autoridades que son espías. Eliade ha perdido el rumbo:
“¿Puedo seguir escribiendo lo que he visto?”, se pregunta. “No tengo la menor idea de dónde me
encuentro ahora”. Esa errancia sin fin la interrumpirá la urgencia de una carta de su padre. Mircea
pone fin a su vida en la India, cierra una puerta y abre otra a las numerosas existencias que aún le
quedaban por vivir, alguna de ellas en el interior de una novela de su compatriota Manea.
En el barco, ya en el viaje de vuelta, despidiéndose para siempre de aquellos años que ha pasado
en el continente de sus sueños juveniles, tendrá más que nunca conciencia de que su vida es
maya, de que todo es ilusión y destino. Va repitiendo mentalmente algunos mantras que esa vida
supletoria le ha grabado: Son iguales el bramán culto y erudito, la vaca, el elefante, el perrro y el
paria. Quien puede dominar en su cuerpo la violencia del deseo y la cólera es un yogui.
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Arturo García Ramos

