Cardiología de las aves – Luis del Gozo
Overview
Cardiología de las aves
***

***
Cardiología de las aves
A mi tatarabuelo Armando siempre le gustaron los pájaros, aunque su padre le obligó a estudiar medicina. Y él también parecía gustarles. Cuando de niño salía al jardín de su casa, muy pronto le rodeaban gorriones, mirlos, ruiseñores y, a pesar de que la costa quedaba lejos, a veces hasta se acercaba algún cormorán despistado. Entonces su tata salía a todo correr con la escoba a espantarlos, toda colorada y sujetándose a duras penas la cofia.
—¡Señorito, métase dentro que cualquier día le sacan los ojos!
Luego, entre vanos intentos de limpiarse las cagarrutas que le jaspeaban el uniforme, le contaba historias sobre terribles ataques de aves allá en su tierra. A su madre tampoco le hacían gracia: se comían las semillas de hortensias y petunias que plantaba, y, tras su paso, en el jardín solo quedaban los jazmines y plantas salvajes.
—Armandito —se lamentaba con desconsuelo ante su hijo—, tenemos el jardín con menos clase de la vecindad.
Aunque a veces el jardín también se cubría de plumas de todos los colores y a Armando le gustaba caminar descalzo por aquella alfombra mullida. En una ocasión se encontró un ruiseñor muerto en mitad de aquel prado colorido. Lo cogió entre sus manos, se lo acercó a la boca y le susurró «Despierta, despierta». El pájaro movió la cabeza de un lado a otro antes de salir volando. Ni su madre ni su tata le creyeron, aunque, cuando él no estaba delante, no dejaron de repetir la historia a familiares y conocidos.
Pero mi tatarabuelo disfrutaba con los pájaros y estos jamás lo abandonaron. En sus tiempos de universidad, nunca faltó un buen trinar en la ventana al levantarse. Los domingos, se sentaba en un banco del parque a estudiar, ajeno al estruendo que formaban aves de todo tipo a sus pies, en sus hombros y sobre su sombrero.
Al poco de finalizar sus estudios, estalló la Gran Guerra y lo enviaron al frente. Se acababa de casar con una enfermera que tenía dos periquitos y había colocado su placa de doctor en la puerta, cuando le llegó la carta de reclutamiento. Se despidió de su mujer y de los dos pájaros y partió entre lágrimas y graznidos tristes.
En sus cartas contaba que todo era gris en las trincheras: los uniformes, la tierra y el cielo; las caras de los hombres cuarteadas por el barro y con los ojos apagados. Solo el rojo de la sangre de los heridos aullando de dolor desentonaba con el lodo y la mugre. Los gritos se alzaban sobre los disparos y, sobre estos, las frecuentes descargas de cañones y obuses. Ningún pájaro sobrevolaba aquel lodazal. Nunca.
El primer herido grave le llegó después de una carga frustrada contra las trincheras enemigas. El soldado estaba inconsciente y probablemente dejaron que le atendiera él, a pesar de su corta experiencia, porque parecía insalvable. El tatarabuelo Armando le abrió el pecho con un bisturí y con poca esperanza. Entre sus costillas se encontró con un nido de golondrinas. Las ramitas se enredaban y se confundían con las venas y arterias palpitantes y tres crías, con los ojos cerrados, piaban sin descanso. Armando miró a su alrededor: todos sus colegas estaban ocupados con pacientes y pedían cloroformo o morfina a gritos. Blandían sierras de amputar, tijeras enormes, algún martillo. Las explosiones provocaban una lluvia de polvo casi continuo desde el techo. Nadie iba a ayudarlo. Rebuscó en sus bolsillos y encontró los restos de un mendrugo de la noche anterior. Lo desmigó como pudo, lo mojó con saliva y se lo dio a los polluelos. Le picotearon las yemas de los dedos mientras se tragaban el pan. Dejaron de piar y se quedaron con los cuellos muy estirados hacia él, como si a pesar de su ceguera lo pudieran ver. El tatarabuelo cerró al soldado, cuidando de no aplastar el nido, y salió al aire libre. Había terminado el ataque y flotaba un silencio cargado de olor a pólvora. No llovía.
El herido sobrevivió y, a partir de entonces, le mandaban siempre los casos más desesperados. El tatarabuelo no dejó de encontrar nidos dentro de los soldados que operaba. Golondrinas, gorriones, palomas o torcaces —nunca se aclaraba—; incluso uno de abubilla. Siempre tenía un trozo de pan para las crías. Cuando no encontraba polluelos dentro de un herido, sabía que no había nada que hacer. Se santiguaba después de cerrar los pechos vacíos.
Se lo contó todo a su mujer en el único permiso que disfrutó lejos del frente. Ella lo consoló como pudo mientras pensaba que ya se le pasaría aquella locura cuando acabara la guerra.
La última carta de la tatarabuela llegó demasiado tarde, un par de meses después de aquel permiso. En ella le contaba que se había encontrado tres huevos en la jaula de los periquitos y que ella misma estaba en estado de buenísima esperanza. Así le decía. El tatarabuelo no pudo leerla porque un martes de noviembre, un proyectil cayó en su trinchera mientras escrutaba el cielo.
Lo llevaron con urgencia a la enfermería y, cuando lo abrieron, una pareja de aves del paraíso le brotó entre sus costillas. Los compañeros se echaron atrás sorprendidos y se apartaron cuando las aves volaron hacia la salida. A continuación, del pecho de los soldados que el tatarabuelo había operado surgieron golondrinas, torcaces o palomas, abubillas y estorninos. El ataque se detuvo en las trincheras. Los dos bandos dejaron la batalla para mirar aquella nube que se elevaba hacia el cielo. Un incendio de pájaros piaba, trinaba, graznaba.
[Microrrelato incluido en el volumen colectivo Concursos UAM de Creación 2024: Cerillas tormenta y otros cuentos. Emociones de la niñez y otros poemas. ¿Otra vez? y otras pieza de teatro breve. No hay galletas y otros microrrelatos]
*

*
***
Luis del Gozo

