El limbo de las fotos – Antonio Villalba Moreno
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El limbo de las fotos
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El limbo de las fotos
Estoy sentado en mi despacho frente a la estantería donde tengo ordenados libros, cuadernos de apuntes y álbumes de fotos. Mi ahijado me ha pedido una fotografía en la que él, con seis o siete años, está vestido de nazareno. Según Javi fue en 2003 o 2004. Pregunto a mi paciente esposa. La recuerda perfectamente y me dice que, en ella, está con Inmita, mi hija. Me levanto y comienzo a repasar páginas de esos años. No hay manera: no la localizo. Entro en el ordenador y busco en las carpetas de principios de siglo, ahí están mis primeras fotos digitales, pero sigo sin dar con ella.
Medito que debo añadirla a mi lista de fotos perdidas en el limbo. Como la del equipo de futbito que formamos en Calle Gavilanes en nuestra adolescencia. Aquella la hizo Andrés, un novio de una prima al que perdimos la pista cuando riñeron, y me quedé sin la copia que me había prometido. Esa instantánea se quedó extraviada en los años ochenta, a veces pienso en ella, en lo jóvenes que éramos, en las camisetas amarillas con la que posamos y que nos regalaron los dueños del taller de carpintería metálica que había en la calle y me digo que cuarenta años no son nada.
Recuerdo que en mis cursos de instituto apenas se hacían fotos, al menos en mis clases y lo corroboré hace unos meses cuando en noviembre de 2024 me topé con la exposición de fotografías organizada en el centro de Torremolinos para conmemorar el 50 aniversario del Instituto Los Manantiales. Emocionado le contaba anécdotas a mi mujer de mis cuatro años a principios de los ochenta en lo que fue el Instituto de Torremolinos (no recibió el nuevo nombre hasta los años 90). En 1980 íbamos varias tardes a recibir clases. A los de primero de BUP nos tocaba los viernes como buenos novatos y además éramos pocos, así que los autobuses Paco Pepe, aprovechaban para ahorrarse vehículos utilizando el mismo para los trayectos de los alumnos de Arroyo la Miel, Churriana y Alhaurín de la Torre. Si esto hubiera ocurrido en la actualidad seguro que tendríamos numerosos selfies de aquellos trayectos interminables pero no es el caso así que me busqué entre las instantáneas que se exhibían en las cartelas que poblaban la Plaza Costa del Sol. Encontré algunos profesores como don Mariano, don Florencio o el de Inglés de 2º de BUP del que no recuerdo su nombre pero sí el mote con el que todos le conocíamos, el Keegan (por su parecido con el jugador de fútbol británico), pero ni rastro de mí ni de mis compañeros.
Yo sí hice algunas instantáneas de mis maestros para enviárselas a los amigos que aún conservo de aquellos tiempos. Una de ellas, Antonia, había visto la exposición pero tampoco se había encontrado. A los pocos días un antiguo colega me envió una foto de grupo en la que estaba yo junto a otros cuarenta jóvenes delante de la puerta de entrada del salón principal, es la única que conservo y aparece en el libro editado para el aniversario donde unas 500 imágenes lo completan. Se había perdido en el fondo de mi memoria y hoy, observándola, evoco aquellos días de adolescencia. La amplío al máximo pero la calidad es nimia, sin embargo veo a ese niño que era a pesar de mis quince o dieciséis años, intuyo en mi cara la timidez de entonces, esa inocencia que, a veces, echo en falta.
Pero no solo las fotografías en papel se extravían, también las digitales. La que tengo más presente es una con mi perro labrador en uno de mis paseos en la pandemia. Drako, majestuoso y precioso posa en solitario en medio de un jardín repleto de rosas rojas en el cercano Retiro, una magnífica instantánea que utilicé durante semanas de perfil en mi whatsapp y que sin embargo se perdió cuando mi penúltimo móvil se actualizó. Tengo cientos de fotos de él, mi hija se las hacía continuamente pero ahora, cuando hace poco más de un año que nos dejó, me alegraría bastante encontrarla. Me gustaría rescatarla del limbo de las fotos.
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Antonio Villalba Moreno

