Sunt lacrimae rerum – Θερσίτης γενναία καρδιά / Tersites: corazón valiente – II – Santiago Blanco del Olmo

Sunt lacrimae rerum – Θερσίτης γενναία καρδιά / Tersites: corazón valiente – II – Santiago Blanco del Olmo

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Sunt lacrimae rerum – Θερσίτης γενναία καρδιά / Tersites: corazón valiente – II

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Red-figured attic volute-krater [with figure scenes on confined to a narrow, frieze-like band that encircles the lower element of the neck] [Detail] – Combat of Achilles and Hector in the presence of Athena and Apollo [ca. 490 BC – 460 BC – Cerveteri [Caere] – Roma – Lazio – Italia / British Museum – London – UK]

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Sunt lacrimae rerum – Θερσίτης γενναία καρδιά / Tersites: corazón valiente – II

ENEIDA

  Hay un personaje de la Eneida de Virgilio que guarda varias similitudes a juicio de muchos estudiosos con el Tersites homérico, se trata del rútulo Drances, que inteviene en el libro XI  y que es también citado en el XII y último canto.

  En el libro XI sucede que los latinos solicitan una tregua que Eneas no sólo no duda en conceder, sino que manifiesta además su voluntad y deseo de firmar la paz definitiva con los ausonios, ésa misma que en un principio pareció garantizada por el rey latino antes de su cambio de opinión. Pues bien, en el verso 122 se nos presenta por vez primera a Drances. Ofrezco aquí mi traducción:

  “Entonces el anciano Drances, que siempre se había mostrado hostil al joven Turno con odio y con acusaciones, toma de nuevo así la palabra.”

  Y a continuación Drances pronuncia un discurso absolutamente favorable a los designios de los troyanos y entregado a su caudillo Eneas, a quien incluso propone construir las murallas que el destino les ha prometido con su ayuda.

  Aquí de primeras observamos dos similitudes con Tersites y una diferencia. Se parece al personaje de cabeza puntiaguda en su actividad como orador; en el fragmento de más arriba se dispone a pronunciar un discurso en calidad de embajador de los latinos ante Eneas y se mostrará en todo punto colaborador con la causa de los troyanos. Cuando se nos dice que siempre había sido enemigo de Turno, “infensus iuueni Turno”, nos recuerda el verso de la Ilíada II 220 en donde nos recuerda que Tersites “echthistos d’ Achillei malist’ en ed’ Odyssei”.

  Tan solo la palabra senior  (mayor, más viejo, anciano) aparta al latino del griego, del que consta que era un guerrero joven.

  Posteriormente, en el verso XI 220, tiene lugar una asamblea en la capital del rey Latino en la que se respira un ambiente contrario a la guerra y en la que el propio Drances interviene para solicitar un enfrentamiento singular entre Eneas y Turno para evitar así el derramamiento de sangre que siega las vidas de los ciudadanos. Curiosamente la idea del duelo entre ambos caudillos ya había sido propuesta por Eneas ante la embajada latina que acudió a su campamento en petición de una tregua para enterrar a los muertos.  En mi versión castellana nuevamente:

  “Agrava esto el cruel (saeuus) Drances  declarando  que se le llame a él solo, que únicamente a Turno se le solicite para el combate.”

  A continuación la situación de los latinos se ve todavía un poco más comprometida por la llegada de la embajada enviada a Diomedes y su respuesta, en la que el etolio deja meridianamente claro que no piensa iniciar una nueva guerra contra los troyanos. Es en ese momento cuando se nos ofrece un semblante de Drances, verso 336 343:

  “Entonces el mismo Drances, enemigo de Turno, cuya gloria lo escarnecía con torva envidia y aguijones amargos, rico en bienes y mejor con la lengua, pero de mano fría en la guerra, tenido por no fútil orador en las asambleas, muy capaz a la hora de tramar sediciones (la nobleza materna le daba una altanera alcurnia, aunque desconocía el linaje de su padre), se levanta, lo carga con estas palabras y amontona las iras.”

    Se vuelve a repetir en estas palabras la idea de enemistad con Turno, que ya hemos visto más arriba, así como el carácter envidioso de Drances. Ambas cosas las tiene en común con Tersites, de manera que podríamos equiparar las descripciones de uno y otro que hacen Homero y Virgilio, éste último mirando de reojo siempre al primero: ἀμετροεπής(charlatán desaforado) frente a lingua melior del latino;  ἔπεα φρεσὶ ᾗσιν ἄκοσμά τε πολλά τε ᾔδη, μάψ, ἀτὰρ οὐ κατὰ κόσμον, ἐριζέμεναι βασιλεῦσιν (ése sabía muchas palabras groseras para disputar temerariamente, no de un modo decoroso, con los reyes) se corresponde con seditione potens y con infensus quem gloria Turni/ obliqua inuidia stimulisque agitabat amaris; ambos personajes son tímidos en la batalla, así de Tersites dice Homero que fue  χερειότερον βροτῶν (el peor hombre) que acudió a Ilión, y Ulises le achaca νόστον τε φυλάσσοις (estar dispuesto a la fuga), y de Drances se nos dice sed frigida bello dextera o el pedibusque fugacibus. También se pueden contar entre las similitudes la voluntad común de detener la guerra, o sea el hecho de mantener un discurso pacifista que en el caso del primero le lleva a cometer un motín detenido tan sólo por la energía de Ulises en sofocarlo, y en el caso del segundo, forzar en todo momento una alianza de los latinos con los troyanos simbolizada con un matrimonio entre Lavinia y Eneas.

  Por último también podemos establecer aquí las diferencias entre ambos personajes. En primer lugar la fealdad de Tersites no se corresponde con el aspecto exterior de Drances, de cuya apariencia tampoco se dice nada en concreto. La estirpe de Drances es noble por parte de madre, aunque se desconocía el linaje de su padre, y disponía de riquezas; en cambio Homero nada dice acerca de la genealogía de Tersites, aunque por el ciclo épico sabemos que era hijo de Agrio, el etolio, y emparentado con Diomedes. Pero no figura entre los caudillos griegos que estaban al mando de naves y contingentes según el catálogo de las naves. De su naturaleza ridícula, hasta el punto de que se asemeja a un bufón, tampoco hay nada en común con Drances. Aquí se me viene a la memoria una intuición de Shakespeare en Troilo y Crésida en la que, poniéndolo en boca del mismo Tersites, dice que es un bastardo. En efecto los bastardos tenían una posición equívoca e insegura siempre, pues no eran aceptados entre los nobles ni tampoco entre el pueblo llano. Tal vez esta condición permitiera hasta cierto punto a Tersites acercarse a la asamblea de los reyes para dar su opinión, protegido en parte por ser el hijo natural de un aristócrata etolio, en parte por su condición de bufón. Por otro lado, además de su deformidad, precisamente el hecho de no ser aceptado entre los nobles y caudillos pudiera ser la causa de su envidia y de su odio a los basileusi tan característico del personaje. De todo esto nada dice Homero, no obstante. Mas si seguimos tirando del hilo, aunque sólo sean meras elucubraciones, de la misma manera que sólo los burgueses del siglo XIX tenían la educación y la capacidad para liderar la causa del proletariado y arrogarse la defensa de la clase trabajadora frente a la burguesía (recuérdese que ya Marx decía que los comunistas eran los nuevos Tersites), pues así también sólo un noble desclasado dispondría de la suficiente capacidad oratoria como para dirigirse al λαός, a la tropa y a los soldados de a pie, con intención de defender sus derechos y suscitar, llegado el caso, una revuelta.

  Reproduzco aquí el discurso de Drances en mi propia versión: (XI versos 343-375)

  “Buen rey, sometes a deliberación un asunto claro para todos y que no necesita de mi verbo: todos confesarán que saben qué cosa traiga la fortuna del pueblo, pero titubean a la hora de decirlo. Que nos dé libertad para hablar y abandone su orgullo  aquél por cuyo infausto presagio  y siniestras costumbres (finalmente lo diré, aunque me amenace de muerte con sus armas) han caído tantos caudillos y vemos a toda la ciudad sumida en el luto, mientras hace intentonas contra el campamento troyano fiando en la fuga y aterroriza el cielo con sus armas. Uno solo todavía quisiera que añadieras a esos regalos numerosos que ordenas sean enviados a los dardánidas y proclamados en público, uno solo, oh el mejor de los reyes, y que no te venza la violencia de nadie, que entregues tú, que eres su padre, a tu hija a un yerno sin igual y en unos dignos himeneos, y que esta paz la vincules con un pacto eterno. Y si un terror tan grande se apodera de las mentes y de los cuerpos, supliquémosle a él mismo y pidámosle esta gracia: que ceda, que devuelva su derecho propio al rey y a la patria; ¿por qué arrojas tantas veces a los pobres ciudadanos a peligros manifiestos, oh tú, adalid y causa de estos males para el Lacio?

  No hay ninguna salvación en la guerra (nulla salus bello), todos te pedimos la paz, Turno, y al mismo tiempo la única prenda inviolable de la paz. He aquí que yo, a quien tú supones enemigo (y no pongo en duda serlo) vengo suplicante el primero. Apiádate de los tuyos, depón tu propósito y, vencido, márchate.

  Asaz de muertes hemos visto ya en nuestra derrota y hemos asolado inmensos campos. Mas si la fama te incita, si tanta fuerza concibes en tu pecho, y si hasta tal punto te mueve una dote real, atrévete y pon tu pecho frente al enemigo con confianza. Es evidente que, para que a Turno le toque en suerte una novia de la realeza, nosotros, espíritus viles, chusma que cae a tierra sin entierro y sin luto, nos habremos de esparcir por las llanuras. Tú también, si tienes alguna fuerza, si te resta algo del patrio Marte, mira de frente a aquél que te reta.”

  Pues bien, en este perfecto discurso desde el punto de vista de la retórica, Drances dice tener miedo al hablar porque el otro, Turno, lo amenaza. Es partidario de firmar la paz y de entregar a la princesa Lavinia al recién llegado. Habla de los desastres de la guerra y los narra en primera persona del plural, como uniéndose él mismo a los guerreros caídos, derrotados y desbandados, y en esta misma primera del plural nos recuerda el discurso de Tersites ante el rey Agamenón, pues en efecto ambos se identifican con los males del común, cuando, sin embargo, ni el griego ni el latino han combatido nunca en primera línea. El discurso de Drances se podría resumir en este eslogan nulla salus bello, frese rotunda y breve que trae a la memoria el verso del libro II una salus uictis nullam sperare salutem  (sólo hay una salvación para los vencidos: no esperar ninguna). Finalmente le dice a Turno que si no es capaz de soportar la paz, al menos tome la decisión de batirse él solo en duelo personal con Eneas para de esta manera ahorrar penas al pueblo. Drances emplea palabras al final de su discurso muy similares a las pronunciadas por Aquiles en el libro I de la Ilíada, en el sentido de que él no ha sido ofendido personalmente por los troyanos ni ha sido su mujer la raptada por el rubio Paris.

(Ilíada A 297 y ss.  y A 152 y ss.)

  “Otra cosa te diré que fijarás en la memoria: no he de combatir con estas manos por la moza, ni contigo, ni con otro alguno.” (Luis Segalá y Estalella)

  “No he venido a pelear obligado por los belicosos teucros, pues en nada se me hicieron culpables –no se llevaron nunca mis vacas ni mis caballos, ni destruyeron jamás la cosecha en la fértil Ptía, criadora de hombres, porque muchas umbrías montañas y el ruidoso mar nos separan- , sino que te seguimos a ti, grandísimo insolente, para darte el gusto de vengaros de los troyanos a Menelao y a ti, cara de perro.” (idem)

Al discurso de Drances se sucede otro muy bien estructurado de Turno, que sigue la senda también aquí de los guerreros homéricos evidenciándose como un excelente orador, es decir, no sólo bueno con la lanza, sino también en el ágora. A Drances lo tilda de hábil con los discursos, pero de cobarde en la guerra:

  “sed non replenda est curia uerbis,

   Quae tuto tibi magna uolant…”

En la traducción de Luis T. Bonmatí: “mas no es ahora el momento de llenar este recinto con palabras vanas que tú echas a volar pomposamente porque te hallas a salvo…”

Y

  “An tibi Mauors

   Ventosa in lingua pedibusque fugacibus istis

   Semper erit?”

Nuevamente traduce Bonmatí: “¿es que tienes valor sólo en tu lengua inflada y en tus pies que huyen tan bien?”

  En el libro XII hay por último otro par de menciones a Drances; en el verso 643 y siguientes Turno se dirige a Yuturna, que ha intentado, la pobre, salvar repetidamente a su hermano. Él se da cuenta y se decide a morir. En estas palabras hace de nuevo referencia al orador cobarde y pacifista:

  “Excindine domos (id rebus fuit unum)

   Perpetiar, dextra nec Drances dicta refellam?

   Terga dabo et Turnum fugientem haec terra uidebit?

   Vsque adeone mori miserum est?”

  En castellano: “¿Pero es que voy a sufrir que las casas sean destruidas (sólo ha faltado esto) y no voy a refutar las palabras de Drances? ¿Daré la espalda y verá esta tierra a un Turno que huye? ¿A tal punto el morir es cosa triste?”

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P. Ovidii Nasonis operum tomus tertium, in quo Fasti, Tristia, Epistolae Ponticae, Ibis [1715 – Londini: Ex officina Jacobi Tonson & Johannis Watts] [Source: https://library.missouri.edu/specialcollections/exhibits/show/anniversaries/ovid]

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PÓNTICAS

  En torno al año 13 d.C. el poeta Publio Ovidio Nasón escribe sus Elegiae ex Ponto o Pontica, que forman un conjunto de poemas con forma de cartas en dísticos elegíacos dirigidos a diversas personas influyentes de Roma con el objeto de, si ya no conseguir el indulto para el poeta de los tiernos amores, sí al menos mudar el lugar de exilio por otro más cercano a Roma y menos rodeado de enemigos.

  La carta III, 9 está dirigida a Bruto, quizá Bretedio Bruto, orador famoso o tal vez pseudónimo de Marco Junio Silano. En cualquier caso este admirador y amigo de Ovidio habría de encargarse de la edición del poemario. En esta carta Ovidio se lamenta de que la opinión general sobre sus poesías es que siempre versan sobre un único tema: conseguir el cambio de su lugar de exilio por otro más cercano y pacificado. Si sólo es esto lo que se le reprocha, piensa el poeta, no está mal. Y continúa diciendo: (versos 7-10)

  “Ipse ego librorum uideo delicta meorum,

   Cum sua plus iusto carmina quisque probet.

   Auctor opus laudat: sic forsitan Agrius olim

   Thersiten facie dixerit esse bona.”

En mi versión castellana ahora: “Yo mismo me doy cuenta de los defectos de mis libros, aunque cada cual aprecie sus propios poemas más de lo justo. El autor alaba su obra: así tal vez en otro tiempo Agrio haya dicho que Tersites tenía una cara bonita.”

(Nota: Agrio era padre de Tersites)

  Como se ve, el único rasgo de nuestro protagonista a que se hace referencia en estos versos  es la fealdad. Fealdad siempre relativa en el caso de los poemas para su autor, o de un hijo para su padre. Un detalle interesante es que Ovidio nos ofrece el nombre del padre de Tersites, Agrio, que es algo que Homero no dice. Ya veremos que en la Etiópida, una obra del ciclo épico atribuída a Arctino de Mileto, Tersites goza de una noble estirpe que lo vincula con Etolia y con Diomedes. Este dato lo haya obtenido probablemente el de Sulmona leyendo resúmenes de mitógrafos, pues es muy posible que el poema original ya fuera de muy difícil localización, en efecto, la gloria de Homero opacó al resto de composiciones épicas.

  En Pónticas IV, 13, en los versos 15 y 16 Ovidio vuelve a citar en una carta dirigida a Caro, amigo y poeta perteneciente al círculo de Germánico:

  “Tam mala Thersiten prohibebat forma latere

   Quam pulchra Nireus conspiciendus erat.”

  En nuestra lengua: “La fealdad impedía que Tersites pasara desapercibido tanto como Nireo atraía las miradas por su belleza.”

  Nuevamente se alude al guerrero etolio con el único rasgo característico de su fealdad, no sin cierta atenuación o litotes: mala forma, y se le opone a la belleza del caudillo Nireo. Nireo fue, después de Aquiles, el más hermoso guerrero que acudió a la Guerra de Troya, rey de Sime, y que sin embargo aportó un número exiguo de naves a la armada griega. Si para los antiguos, como afirma Caroline Vout en Al desnudo, el cuerpo griego y romano,la belleza del cuerpo humano reside en la proporción y en la simetría, y en el estado armonioso de la mente que, supuestamente, era prueba de un físico sin defecto alguno. Ser bello era ser bueno, incluso divino. Sin embargo, en el Olimpo también había espacio para la divergencia tanto física como moral. La belleza necesita un sparring: sin la fealdad, sin la decadencia, la belleza deja de ser sublime y no logra retener su estatus de rasgo elevado y envidiable. Pues bien, siguiendo este razonamiento, Hefesto vendría a ser el sparring de Apolo, y Tersites, el de Nireo.

  Curiosamente sabemos de un elogio perdido perteneciente a Eneas de Gaza, escritor del siglo VI d. C., titulado Tersites y Nireo, cuyo argumento es que fue convocado un concurso de belleza ante el pueblo de Atenas al que concurrieron ambos guerreros, y Tersites resultó vencedor. Esta paradójica victoria parece encuadrarse dentro de un topos propio de la diatriba filosófica y está atestiguado también en época imperial en Luciano de Samósata (DM 25 y Menip. 15) y Máximo de Tiro (diss. 407 Trapp). Quién sabe si este tipo de elogios no fuera también contemporáneo o anterior a Ovidio, pues se ponen en relación dos personajes cuya contraposición es harto conocida.

FAVORINO DE ARLÉS

  Favorino de Arlés fue un orador y filósofo perteneciente a la Segunda Sofística, discípulo de Dión de Prusa que floreció en tiempos del emperador Adriano, de quien sabemos que escribió dos textos (de los que no queda nada) englobados dentro de un género epidíctico denominado adoxoi hypotheseis o infames materias titulados Elogio de Tersites y Elogio de la fiebre cuartana. Junto con las endoxoi, las amphidoxoi y las paradoxoi son las cuatro distinciones de Hermágoras o genera causarum en la retórica judicial. En nuestro caso se basa en un ensayo sobre un personaje indigno o ridículo. Estos escritos fueron ya tratados en la Antigüedad clásica y especialmente entre los miembros de la Sofística, recordemos el Elogio de Helena y el Elogio de Palamedes de Gorgias de Leontinos.  Ya según Polibio no era raro proponer a un joven estudiante como tema de ejercicio el elogio de Tersites. Este género había sido cultivado por Dión de Prusa, Luciano de Samósata y lo sería por Sinesio de Cirene. Es posible que este género bebiera de la manera de hacer de los cínicos, siempre abiertos a echar por tierra las jerarquías establecidas.

  Hacer alabanza de un personaje muy mal considerado por la Antigüedad supuso tal vez para Favorino dar muestras fehacientes de su prodigiosa capacidad dialéctica y de su inventiva. Probablemente no se tomara la molestia de encomiar en él su fealdad, su insolencia y su violencia verbal, sus taras físicas y la total ausencia de heroísmo o su pretensión de hablar incluso como Aquiles. Tal vez loara en él su valentía a la hora de defender los intereses del laos  o tropa, convirtiéndolo así en un paladín de la parresia o de la libertad de expresión, cosa esta tan necesaria para el cumplimiento de las funciones de orador y, siguiendo por este camino, es muy posible que Favorino encontrara afinidades con Tersites por haber sido él también castigado por el emperador a una especie de relegatio o exilio duradero, o bien porque se identificara también con él mismo, quien, a juicio de Polemón, su rival contemporáneo, era más bien feo. Tal vez recurriera a la etimología de Tersites, haciéndola derivar del verbo θαρσέω, ser valiente, estar animoso, afrontar.

  A continuación expongo un fragmento de las Noches Áticas de Aulo Gelio, que fue su discípulo en Roma, en donde se da noticia de estas cosas que hemos dicho acerca de él: (NA 17, 12, 1-2)

  “Infames materias, siue quis mauult dicere inopinabiles, quas Graeci adoxous hypotheseis appellant, et ueteres adorti sunt non sophistae solum, sed philosophi quoque, et noster Fauorinus oppido quam libens in eas materias se deiciebat uel ingenio expergificando ratus idóneas uel exercendis argutiis uel edomandis usu difficultatibus. Sicuti, cum Thersitae laudes quaesiuit et cum febrim quartis diebus recurrentem laudauit, lepida sane multa et non facilia inuentu in utramque causam dixit eaque scripta in libris reliquit.”

 Hago a continuación una traducción del texto de Gelio: “No sólo los antiguos sofistas, sino también los filósofos le echaron el diente a los temas de poco crédito, o si alguno prefiere llamarlos paradójicos, esos que los griegos denominan adoxous hypotheseis; incluyo también a nuestro Favorino, con qué gusto se volcaba sobre esos temas, ya fuera porque considerara que eran idóneos para despertar el ingenio, ya para desarrollar la agudeza, o bien para domeñar las dificultades con la práctica; así como cuando puso en su punto de mira la loa de Tersites o cuando alabó la fiebre cuartana, en que dijo muchas cosas ingeniosas y de no sencilla invención sobre ambos asuntos, y las dejó por escrito en libros.”

  El Elogio de Tersites de Libanio de Antioquía no pudo beber del tratamiento hecho por Favorino de Arlés porque ya en el siglo IV sus escritos no había manera de encontrarlos. Por lo tanto nos quedamos en la ignorancia de si el origen de la fealdad y taras de Tersites era de nacimiento, o resultado de una enfermedad, como aducirá Libanio, o bien el resultado de la caída desde un barranco a causa de su cobardía, como decía Euforión. Nos es imposible saber al respecto lo que diría el texto perdido de Favorino.

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Luciani Samosatensis dialogi selecti. Cum nova versione et notis. Ab uno e patribus Societatis Iesu. Ad usum collegiorum eiusdem Societatis. Editio quarta aucta et emendata [1636 – Edité par Lyons, Claude Obert / Étienne Moquot, Editor] [Source: https://www.abebooks.fr/Luciani-Samosatensis-dialogi-selecti-Cum-nova/32243429815/bd]

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DIÁLOGOS DE LOS MUERTOS

  Los diálogos de los muertos son una llamada de atención de Luciano de Samósata, escritor del siglo II d. C., acerca de la vanidad de las glorias humanas ante la muerte, que sirve para igualar a todos los hombres una vez acogidos en su seno. Por ellos desfilan personajes famosos y encumbrados en vida, como Alejandro, Aníbal, Escipión, Mausolo, Nireo o Helena. En ellos se expone la vacuidad de todo lo terreno y nos trae a las mientes la mataiotes mataioteton kai panta mataiotes o “vanidad de vanidades y todo es vanidad”, del Eclesiastés, como también el sic transit gloria mundi, “así pasa la gloria del mundo”, de la pintura barroca o la medieval danza de la muerte. Hay en estos escritos un algo de crítica hacia los mitos griegos y un mucho de nihilismo. El personaje que se repite en varios de estos diálogos es Menipo de Gadara, filósofo cínico del siglo IV-III a. C. Fue famoso por su actitud ácida frente a la sociedad a la par que hedonista. Fue el creador de una serie de escritos medio en prosa, medio en verso, que se denominaron en su honor sátiras menipeas y que Marco Terencio Varrón imitó en lengua latina, pero que la incuria del tiempo ha borrado.

  Estos diálogos fueron probablemente escritos en Atenas entre 165 y 170 d. C. A continuación ofrezco una versión propia del diálogo titulado Nireo, Tersites y Menipo.

DIÁLOGO DE NIREO, TERSITES Y MENIPO

NIREO: Mira, Menipo, que anda por ahí, va a juzgar quién de los dos es el más hermoso. Di, Menipo, ¿no te parezco más bello?

MENIPO: ¿Quiénes sois? En primer lugar hay que saber esto, creo yo.

NIR: Nireo y Tersites.

MEN: ¿pero quién de los dos es Nireo y quién Tersites? Pues eso no está claro en absoluto.

TERSITES: Yo me quedo con esto, con que me parezco a ti, y que no te diferencias tanto como aquel Homero, el ciego, que te alabó diciendo por ahí que eras el más hermoso de todos. Pero yo, que tengo la cabeza puntiaguda y soy medio calvo, no le he parecido al juez peor. Mira tú, Menipo, a quién consideras más hermoso.

NIR: A mí de cierto, al hijo de Aglaya y Cáropo “El hombre más bello que acudiera a Ilión”.

MEN: Mas no el más hermoso, según creo, de los que vinieron bajo tierra, puesto que los huesos son semejantes y encima tu cráneo sólo en una cosa podría distinguirse del de Tersites, en que el tuyo es más frágil. Lo tienes delicado y nada viril.

NIR: pues entonces pregúntale a Homero cómo era cuando combatía en compañía de los aqueos.

MEN: Me hablas de sueños, yo veo lo que eres ahora; de aquello los de antes sabrán.

NIR: ¿Entonces yo no soy el más hermoso, Menipo?

MEN: Ni tú ni ningún otro es hermoso, pues en el Hades no existen categorías y son todos iguales.

TER: Esto me basta.

  En este breve diálogo, la veleidad de Nireo, de haber sido el más hermoso de los aqueos que acudieron a Troya, se convierte en polvo, en nada. Reducido a un mero esqueleto y una calavera, mantiene sin embargo incluso en el Hades la misma presunción que detentaba en vida y pretende contender en un concurso de belleza nada más y nada menos que con Tersites, el más feo de cuantos fueron a Ilión, siempre según Homero (que, por cierto, era ciego, como el buen Tersites no deja de recordar).

  Menipo es elegido como juez y en unas pocas palabras rebaja las expectativas del otrora bello guerrero diciéndoles a ambos que en el Hades hay isotimia, igualdad de privilegios, y que por lo tanto allí son todos iguales. La misma igualdad de privilegios que para Nireo sirve de recordatorio de la pérdida, de oneirata  (sueños) lo califica Menipo, y a un lector curioso de la poesía le vienen involuntariamente a la memoria el σκιᾶς ὄναρ ἄνθρωπος de Píndaro, El hombre es el sueño de una sombra, o en el caso de Nireo, que recuerda el célebre verso de Homero que celebraba su belleza, aquel  otro verso del mejor poeta de la Pléiade que rezaba:

  “Ronsard me célébrait, du temps que j’étais belle.” (Ronsard me alababa en el tiempo en el que era hermosa)

  Para Tersites, sin embargo, significa la consecución de un deseo que siempre tuvo en vida, ser considerado como uno más. Por eso a él le basta el empate. Parece que la muerte hace justicia al fin con Tersites.

PSEUDO CALÍSTENES

El profesor Carlos García Gual sitúa a este escritor a comienzos del siglo III d. C. En el pasaje que aquí ofrecemos (I, 42) se nos transmite una anécdota que se pone en boca de Alejandro Magno, anécdota que la Antigüedad nos ha transmitido no sin variantes. En ella se echa de ver la inmensa estima que el joven rey macedonio sentía hacia la obra de Homero.

  Este texto novelesco nos relata un episodio de Alejandro en Frigia en el que emulando a Aquiles, también él saltó el río Escamandro. Poco después observó con aflicción lo pequeño que era el escudo de siete capas de piel de buey que la tradición atribuía a Áyax en comparación con la brillante descripción que de él se hace en la Ilíada; ante lo cual, exclamó:

  “¡Bienaventurados vosotros los que tuvisteis un heraldo tal como Homero, que en sus poemas os habéis hecho magníficos, aunque por los testimonios visibles no fuisteis dignos de sus versos!”

  Entonces un poeta se adelantó y dijo:

  “¡Rey Alejandro, nosotros escribiremos tus hazañas mejor que Homero!”

  Y el interpelado contestó:

  “¡prefiero ser el Tersites de Homero que el Agamenón (otras fuentes dicen Aquiles) de tu obra!”

La traducción es de Carlos García Gual. En este fragmento podemos ver cómo en manos de un rapsodo inigualable como Homero, incluso un personaje tan controvertido y ajeno al mundo caballeresco de la aristocracia adquiere una cierta grandeza, diríamos que da de sí. Nosotros opinamos en el mismo sentido: de todos los tratamientos literarios del mito de Tersites en la Antigüedad, es el de Homero en la Ilíada el que descuella con mucho sobre todos los demás.

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Santiago Blanco del Olmo

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