Plantas amantes de los yesos: ¿candidatas naturales para los primeros cultivos en Marte? – Miguel de Luis López
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Plantas amantes de los yesos: ¿candidatas naturales para los primeros cultivos en Marte?
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Plantas amantes de los yesos: ¿candidatas naturales para los primeros cultivos en Marte? [1]
1. Bienvenidos al planeta rojo
Siento decirlo, pero estás metido en un buen lío. Eres miembro de un equipo de exploración en el planeta Marte y los sensores de la nave han detectado que se aproxima una violenta tormenta. Según el protocolo de la misión, la tripulación debe abandonar el planeta de inmediato. Pero hay un “problemilla”: en medio de la confusión y las prisas de la partida, tú te has quedado fuera de la nave. Tus compañeros tratan de localizarte, pero no hay tiempo. El cohete despega sin ti y ahora estás completamente solo. Solo, sin posibilidad de rescate, en un planeta terriblemente hostil. Probablemente, muchos de quienes leen estas líneas hayan reconocido el argumento de la novela “El marciano”, de Andy Weir. Quizás sean aún más los que hayan visto la película homónima, cuyo título en español era simplemente “Marte”. Ambas son obras muy recomendables, tanto por su veracidad científica como por su emocionante trama argumental.
Bueno, en lo que respecta a la credibilidad científica, hay algún detalle que aclarar. Uno de ellos es que, en Marte, la atmósfera es tan poco densa que incluso los vientos a velocidades como las que menciona la novela no representarían un peligro para la estabilidad de la nave. Pero hay algo de mayor trascendencia que afecta seriamente al argumento. Tras leer la novela o ver la película, es probable que se acabe con la idea de que cultivar patatas u otras hortalizas en Marte es relativamente fácil. Parece que nos bastaría un poco de suelo marciano, algo de agua y… sí, materia orgánica y bacterias (no entraremos en detalles). Todo esto suena bastante creíble, pero hay un detalle importante: no es en absoluto cierto.
En 2002, una revista científica perfectamente seria, publicó un artículo con el título “Marte es un lugar horrible para vivir” (Mars is an awful place to live, por C. Cockell). No solo se trata de un título clarividente. Es, además, un axioma que debe tenerse en cuenta siempre que se considere la posibilidad de enviar seres humanos al Planeta Rojo. Por supuesto, no estaríamos hablando de una colonización masiva. Actualmente, no hay razones para emprender tal empresa ni medios para hacerlo. En cambio, una estación habitada por una pequeña tripulación parece un objetivo viable en un futuro no demasiado lejano. Pero…¿valdría la pena ese esfuerzo y ese riesgo? Aunque los Rovers, como Perseverance, están enviando datos relevantes sobre el planeta, hay ciertas investigaciones que se llevarían a cabo de forma mucho más eficiente si las realizaran seres humanos. Por ejemplo, perforar el subsuelo para estudiar la posibilidad de encontrar microorganismos sería difícil para una sonda robotizada. En especial, si lo queremos hacer a cierta profundidad. Investigar in situ en aquel planeta podría brindarnos información valiosa sobre la evolución de las atmósferas planetarias y sobre los cambios climáticos. Además, y ahí es nada, podría darnos pistas sobre el origen de la vida, un problema sobre el que la comunidad científica está bastante a oscuras. Hoy por hoy, tampoco se puede descartar que descubra algún organismo vivo o restos de él.
No obstante, si decidimos ir a Marte, deberemos ser muy cautos y no precipitarnos. El viaje es muy peligroso y podría suponer un coste en vidas humanas: alcanzar la superficie de Marte no es un asunto trivial. Son largos meses de viaje (actualmente un mínimo de 6) en los que la tripulación podría estar expuesta a altas dosis de radiación y a los efectos de la falta de gravedad. Estos son dos de los problemas que deben resolverse antes de emprender ese viaje. Los efectos psicológicos de permanecer durante todo ese tiempo en un habitáculo cerrado, con espacio muy limitado y en condiciones de estrés, suponen otro desafío nada desdeñable.
Pero supongamos que has llegado sano, salvo y razonablemente cuerdo a la superficie de Marte. Aun así, mucho me temo que tus problemas no han hecho más que empezar. En este planeta hay muchas circunstancias dispuestas a hacerte pagar cara la osadía de hacerle una visita sin invitación. De entrada, la atmósfera es irrespirable. Consiste básicamente en dióxido de carbono a una presión tan baja que, sin el equipo adecuado, acabaría rápidamente con nosotros. El entorno actual del planeta es extremadamente frío y seco, con un promedio anual de temperaturas de unos -60 °C y sin extensiones superficiales de agua líquida. En nuestra casa, la Tierra, disfrutamos de un maravilloso campo magnético, una especie de paraguas invisible frente a la radiación solar y cósmica que podría resultar fatal. Pero en la superficie del Planeta Rojo estaríamos expuestos a altas dosis de este tipo de radiación; también echaríamos mucho de menos esa capa de ozono que nos libra de buena parte de la radiación ultravioleta. Si no os parece un panorama lo suficientemente desolador, esperad, aún hay más. Sabemos que la mayor parte del suelo marciano es tóxico tanto para plantas como para animales y personas.
Con todo y con eso, no es imposible que algún día una tripulación humana explore ese planeta. De hecho, varias agencias están proyectando enviar seres humanos allá. Si queremos establecer una estación permanente o realizar una misión de larga duración en ese planeta, necesitaremos los llamados soportes vitales. Además de protección frente al frío, la radiación y la baja presión, un hábitat debe contar con sistemas que suministren oxígeno, eliminen el exceso de CO₂, reciclen los desechos y, a ser posible, proporcionen alimento. En la Tierra, existen sistemas que se las arreglan de maravilla para cumplir estas funciones. Además, son capaces de hacer copias de sí mismos: se llaman plantas y algas. A la luz de estas consideraciones, parece claro que es necesario desarrollar un sistema agrícola en Marte. Pero ¿hay esperanza para las plantas en un ambiente tan terrible como el de Marte?
2. ¿Un huerto a 54 millones de kilómetros de casa?
El desarrollo de la agricultura en Marte es un elemento crucial si se pretende una presencia humana permanente o a largo plazo en ese planeta. Esta presencia sería mucho más segura si se basara en la estrategia de utilizar recursos del propio planeta. Debe recordarse que el coste de poner en órbita cada kilogramo de carga en una misión espacial es extremadamente alto. Para la Luna, a 384.000 km (unos 4 días de viaje), este coste ya es prohibitivo. Si tenemos en cuenta que un viaje a Marte requeriría al menos 6 meses, podemos hacernos una idea de la magnitud del problema. La solución parece clara: utilizar suelos nativos del planeta.
Pero realmente, ¿Qué necesitaríamos para poder cultivar este inhóspito lugar, a 54 millones (como mínimo; la máxima distancia ronda los 400 millones de km) de kilómetros de casa? Bien, lo primero sería contar con un sustrato de cultivo. En otras palabras, suelo cultivable. También necesitaríamos contar con agua de riego, por supuesto. Y, dadas las particulares condiciones climáticas de este sitio, necesitaríamos algún tipo de invernadero con una atmósfera con presión y composición similares a las terrestres.
Empezaremos por el final. Se han propuesto múltiples estrategias para diseñar hábitats adecuados para el cultivo de plantas en entornos cálidos con exposición reducida a la radiación ultravioleta (UV). Un enfoque prometedor consiste en el uso de invernaderos construidos con aerogeles de sílice. Se trata de un material muy prometedor, porque es transparente para la luz visible, al tiempo que bloquea eficazmente la radiación UV. En las condiciones ambientales de Marte, en latitudes medias, una capa de 2-3 cm de este material protegería contra la radiación UV dañina, al tiempo que permitiría una transmisión adecuada de luz para la fotosíntesis. Además, lograría diferencias de temperatura con el exterior superiores a 45 K bajo un flujo solar habitual en esas regiones.
Una de las opciones que se barajan para futuros asentamientos humanos en Marte son los tubos de lava. Al igual que en las erupciones volcánicas de la Tierra, en Marte también pueden formarse los llamados tubos de lava. Estos constituyen largas cavernas subterráneas que brindarían una excelente protección frente al problema de la radiación. Si quisiéramos construir invernaderos en esas condiciones, deberíamos contar con luz artificial. En la Tierra, los diodos emisores de luz (LED) han demostrado ser fuentes de luz eficientes en aplicaciones hortícolas, ya que ofrecen un menor consumo de energía y menores costes de inversión. Este tipo de iluminación también sería muy útil en asentamientos polares, que no contarían con un suministro continuo de luz durante todo del año marciano. Por otro lado, los hábitats también deberían estar presurizados. Esto generaría una enorme diferencia de presión con la atmósfera, imponiendo una tensión mecánica considerable a los invernaderos, que deberían contar con componentes estructurales de alta resistencia a la tracción.
Bien, supongamos que estamos en Marte y contamos con un hábitat con una atmósfera respirable y con temperatura y presión adecuadas para nosotros y nuestras queridas plantas. Lo que necesitamos ahora es un sustrato de cultivo adecuado. La idea, claro está, sería contar con recursos disponibles en el propio planeta. En ese sentido, hay una larga serie de experimentos que han ensayado el cultivo de diferentes especies en sustratos que simulan la composición mineralógica de suelo marciano o lunar. Algunos de los resultados obtenidos parecían bastante esperanzadores y sugerían que una mezcla de un sucedáneo de regolito marciano y de materia orgánica podría servir como un medio de cultivo adecuado. Sin embargo, y muy juiciosamente, los propios autores recomendaron no lanzar las campanas a vuelo y seguir investigando aspectos cruciales del suelo, como la representatividad de los sucedáneos empleados, la capacidad de retención de agua y la influencia de la gravedad o de la luz marciana.
Este optimismo inicial se vio pronto empañado por la llegada de los datos enviados por las sondas que exploraron el planeta. Los resultados de los análisis realizados in situ por los módulos de aterrizaje Viking 1 y 2 de la década de 1970, dedujeron la presencia de percloratos (ClO4-) tanto en Utopia Planitia como en Chryse Planitia. Y esas eran malas noticias para la agricultura marciana. Los percloratos son sustancias altamente tóxicas tanto para las plantas como para nosotros, los seres humanos. Bueno, podía ser que solamente hubiera percloratos en zonas muy localizadas del planeta. Pero las nuevas exploraciones continuaron dando malas noticias al respecto. Estas pérfidas moléculas volvieron a detectarse tanto en el lugar de aterrizaje de la sonda Phoenix como en el cráter Gale. Para colmo, las observaciones obtenidas desde la órbita por el espectrómetro de rayos gamma de la Mars Odyssey apuntaban a una presencia global de percloratos en los primeros centímetros de regolito.
3. Esos dichosos percloratos
La presencia de percloratos supondría un obstáculo importante para el desarrollo de la agricultura marciana. Estos compuestos químicos son tóxicos tanto para las plantas como para los seres humanos. Cuando se realizaron nuevos experimentos añadiendo percloratos a concentraciones similares a las del suelo marciano, ninguna planta pudo germinar. En conclusión, los percloratos son un gran problema si quieres cultivar algo en Marte.
Pero, ¿no podría, simplemente, limpiarse ese suelo de percloratos? De hecho, ya tenemos cierta experiencia en ello. Los percloratos son un contaminante común en terrenos donde se prueban cohetes y otros sistemas de propulsión a chorro. Esto se debe a que el perclorato de amonio es un componente clave de los combustibles sólidos de cohetes y misiles. Se han propuesto muchas ideas para eliminar percloratos de un suelo. Por ejemplo, hacer pasar un flujo constante de agua ultrapura a través de tubos sellados que contuvieran las muestras, o utilizar plantas que absorban estas sustancias. También podrían utilizarse microorganismos para este fin. Sin embargo, en Marte, la disponibilidad de agua y la supervivencia de plantas y microorganismos imponen limitaciones significativas que requieren una mayor investigación. Por desgracia, la cosa todavía es más complicada. Incluso si los percloratos se eliminan de manera eficiente, su influencia en la disponibilidad de iones metálicos en el suelo requiere una consideración cuidadosa. En este sentido, los percloratos tienen un efecto ambivalente. Aunque pueden movilizar algunos nutrientes clave para las plantas como el calcio, el magnesio o el potasio, también solubilizan metales pesados tóxicos. Esto aumenta el riesgo de contaminación, de toxicidad para las plantas y de problemas de salud humana.
Y aún hay más. Independientemente de la estrategia de remediación empleada, sería esencial evaluar si las plantas cultivadas en regolito marciano tratado (si fuera posible) son seguras para el consumo humano. En definitiva, la disponibilidad de un sustrato libre de perclorato en Marte podría mitigar, o incluso eliminar de un plumazo, varios de estos problemas. Pero ¿existe tal cosa? Como se verá más adelante, puede que así sea.
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4. Interludio: el yeso marciano
La exploración de la superficie de Marte ha revelado que es rica en azufre, lo cual es relevante para varios procesos geológicos. La mayor parte existe en forma de sulfatos, entre los que predomina el yeso (CaSO4·2H2O), también conocido como sulfato de calcio dihidratado. Este material nos resulta bastante familiar. Se usa en la construcción y es probable que las paredes de la estancia donde el lector se encuentra ahora mismo estén cubiertas de yeso. Los datos recabados por varias misiones indican claramente la presencia de este mineral en una amplia gama de latitudes marcianas. Pero ¿Por qué estamos hablando de yesos?
La respuesta es simple: porque es posible que algunos afloramientos de este mineral estén libres de percloratos. Cerca del polo norte marciano, hay una enigmática región que ha llamado la atención de los equipos científicos desde hace décadas. Olympia Undae es un vasto campo de dunas situado a aproximadamente 80° de latitud norte. Además, parece ser uno de los afloramientos más ricos en yeso marciano. Algo muy interesante de estas dunas es que en ellas puede leerse un asombroso mensaje. La dirección de las crestas nos indica la dirección dominante de los vientos que las modelaron. Y esto puede resultar clave.
Aunque las concentraciones de percloratos parecen similares en todo Marte, debido a la mezcla generalizada causada por las tormentas de polvo globales, hay algunas pruebas que sugieren la ausencia o, al menos, una presencia limitada de percloratos en Olympia Undae. Este inmenso campo de dunas se encuentra bajo la influencia del vórtice polar norte. Los vórtices polares marcianos son regiones de aire frío y aislado sobre los polos, circunscritas por potentes chorros de viento procedentes del oeste que pueden actuar como barreras para el transporte de polvo, agua y especies químicas. Por lo tanto, parece razonable pensar que los vientos asociados al vórtice polar podrían haber impedido el transporte de materiales desde latitudes más bajas, incluidos los percloratos. En definitiva, hay buenas razones para creer que el yeso de Olympia Undae está libre de percloratos.
5. Pero…¿hay algo que pueda crecer en el yeso?
Decididamente, sí. Aunque los suelos con altas concentraciones de sulfatos de calcio no son entornos ideales para la mayoría de las plantas de la Tierra, algunas especies pueden tolerarlos e incluso prosperar en ellos: son las llamadas plantas gipsófilas (también denominadas gipsófitas). Estas plantas habitan en las estepas de yeso de diversas partes del mundo, a menudo en climas extremos que incluyen períodos de aridez severa. Estos entornos han generado presiones selectivas que han obligado a estos organismos a desarrollar una amplia gama de adaptaciones a medida para estos hábitats. Las gipsófitas sobreviven donde pocas plantas son capaces de hacerlo.
¿Cuál es su secreto? En realidad tienen varios trucos para burlar las amenazas de un suelo tan inclemente. Según varias investigaciones, estas plantas pueden acumular algunas sustancias como sulfatos, calcio o magnesio. Estas especies absorberían grandes cantidades de sulfatos para almacenarlos en ciertos compartimentos celulares para impedir que altas concentraciones de este ión interfieran en procesos vitales del metabolismo. Las altas concentraciones de sulfatos pueden ser tóxicas. Por otro lado, los iones de calcio podrían “engañar” a los transportadores de magnesio. Competirían así con este vital elemento y disminuirían su captación. Las plantas reaccionarían desarrollando proteínas transportadoras que permitieran un almacenamiento eficiente del magnesio en los cloroplastos, estructuras celulares responsables de la fotosíntesis. Esto no es casualidad, ya que el magnesio es un componente esencial de la clorofila.
Además, poseen una amplia panoplia de adaptaciones morfológicas y anatómicas clave para hacer frente a diversos tipos de estrés en entornos extremos. Las gipsófitas suelen presentar una estrategia conservadora de uso del agua, es decir, se concentran en minimizar todo lo posible su pérdida. Es común que estas plantas tengan superficies foliares rugosas y cubiertas de ceras, y con una distribución estratégica de los estomas. Todo ello ayuda a reducir la transpiración y optimizar el uso del agua. Como resultado, pueden conservar el agua durante las sequías y continuar la fotosíntesis en la estación seca aprovechando las lluvias esporádicas. Esta estrategia implica regular estrictamente la apertura de los estomas para minimizar la pérdida de agua.
Organismos como estos son verdaderas cajas de sorpresas para quienes se han dedicado a estudiarlas. Una muestra de ello fue el encontrar pruebas de que algunas gipsófitas pueden utilizar el agua de cristalización del yeso por sí mismas. Los estudios demuestran que el agua cristalina del yeso (que puede representar alrededor de una quinta parte del peso del yeso) puede ser una fuente importante de agua para las plantas. Debe recordarse que el yeso es un mineral hidratado. Esto significa que contiene moléculas de agua inmovilizadas en sus cristales. Parece ser que la absorción de agua de cristalización alcanzaría su máximo durante el verano (ya que el calentamiento del suelo aumenta la deshidratación del yeso), lo que puede dificultar su uso como fuente de agua en Marte, que no es precisamente un lugar con un clima cálido; sin embargo, las plantas gipsófitas pueden obtener moléculas de agua de cristalización del yeso a través de procesos que no dependen de la temperatura. Las plantas y los microorganismos asociados pueden acceder al agua de cristalización del yeso mediante mecanismos químicos y biológicos. Se sabe, por ejemplo, que las raíces y ciertos microbios modifican el pH del suelo al liberar ácidos orgánicos y protones, facilitando así la disolución del yeso y la conversión a anhidrita, lo que libera agua unida estructuralmente.
Todas estas habilidades han sido adquiridas a lo largo de una larga historia evolutiva. Actualmente, son plantas muy bien adaptadas a su entorno. Pero lo mejor de todo esto es que esa historia evolutiva podría haber constituido una especie de entrenamiento para crecer en yeso marciano. En casos así, decimos que un organismo esta preadaptado a su nuevo entorno. Habilidad para lidiar con condiciones climáticas extremas, suelos con déficits de nutrientes y exceso de iones dañinos, pueden ser claves para estas plantas puedan prosperar en un suelo de yeso marciano.
6. Qué especies utilizar y por qué
Los suelos de yeso a menudo se describen como “secarrales”. A veces se tiene la impresión de que no hay nada interesante en ellos. Pero esto es una impresión profundamente equivocada. En estos hábitats hay muchas plantas endémicas; es decir, no crecen en ningún otro lugar. Una de estas plantas, que solo vive en los suelos yesíferos de la Península Ibérica, es una especie de Clark Kent del mundo vegetal. Como es sabido, este apocado periodista es, en realidad, el mismísimo Superman. Y en eso se parece a la humilde “hierba jabonera”. Aunque produce unas preciosas y delicadas flores blancas, no se trata de una planta especialmente llamativa en cuanto a la vistosidad de sus flores u hojas. Pero si uno se detiene a su lado, puede comprobar que, incluso en los meses más secos del verano, cuando casi todas las demás plantas están agostadas, ella se mantiene fresca y floreciente. Y eso se debe a que también está dotada de algunos “superpoderes” que le permiten resistir en condiciones en las que pocas plantas sobreviven.
La hierba jabonera, también llamada Gypsophila struthium, añade a las asombrosas capacidades de las plantas amantes del yeso, algunas habilidades más. La maquinaria molecular responsable de llevar a cabo la fotosíntesis parece resentirse del estrés térmico e hídrico en menor medida que en otras plantas. Además, sus semillas no parecen presentar un periodo de dormición, a diferencia de otras especies. Nuestra protagonista es capaz de germinar tan pronto como recibe suficiente humedad. Y la cosa no queda aquí. Esta especie tiene una alta capacidad colonizadora; es decir, es capaz de crecer en suelos donde todavía no está presente ninguna planta. Si se cultiva en suelo marciano, esta capacidad le vendrá muy bien. Ya se ha utilizado con éxito en la restauración de canteras de yeso abandonadas. Por otro lado, Gypsophila struthium también destaca por su amplio nicho climático en comparación con otras especies próximamente emparentadas con ella. Esto quiere decir que es menos tiquismiquis en cuestión climática. Siendo esto así, sería más tolerante a las condiciones que estableciéramos en un posible hábitat marciano.
¿Se mantendrían viables las semillas de esta planta durante la larga travesía hasta el Planeta Rojo? Hasta donde sabemos, de sobra. Las semillas de la hierba jabonera pueden mantenerse capaces de germinar hasta dos años en condiciones de deshidratación o de baja temperatura. Tiempo más que suficiente para alcanzar el planeta. Otro aspecto de su germinación, es que parece ser estimulada por la presencia de yeso. En fin, parece claro que Gypsophila struthium estaría muy bien posicionada en una posible lista de plantas candidatas para experimentar su cultivo en yeso marciano.
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Una vecina frecuente de la hierba jabonera es Ononis tridentata. Es fácil de identificar por sus flores rosadas y los tres pequeños “dientes” que pueden apreciar en el limbo de sus hojas. Si es vecina de la hierba jabonera, es porque también es una planta amante de los suelos yesíferos. Esta especie tiene varios nombres populares, entre ellos “garbancillo” o “garbancillo de conejo”, porque produce semillas con cierta similitud con las de garbanzo. Sobre todo porque, como los guisantes o las alubias, son plantas leguminosas. En cuestión de nutrición, las plantas de esta familia tienen un as en la manga: la capacidad de fijar nitrógeno. El aire es casi el 80 % de nitrógeno molecular. Este elemento es esencial para las plantas porque forma parte de proteínas y del ADN, entre otros compuestos. Pero ese nitrógeno es difícil de utilizar porque es extraordinariamente inerte y reacio a participar en reacciones químicas. Pero las leguminosas, Ononis tridentata incluida, pueden hacerlo gracias a una simbiosis con microorganismos. De esta manera, hacen que el nitrógeno del aire se integre en moléculas asimilables por ellas y por otras plantas, prestando un servicio inestimable a los ecosistemas de los que forman parte. Por ello, nuestra apreciada Ononis tridentata sería una fantástica compañera de aventuras en Marte para la “hierba jabonera”.
7. ¿Qué es lo siguiente?
Son muchas las incertidumbres que plantea el proyecto de cultivar alimentos en otro mundo. Y probablemente muchas de ellas solo podrán aclararse mediante la experimentación. No sabemos cómo afectaría la gravedad de Marte a la germinación, al crecimiento, al momento de floración o de fructificación de las plantas que se cultivarán allá. Por lo tanto, es esencial que, algún día, se puedan llevar a cabo estos experimentos en el propio planeta.
Para ello, primero deberíamos conocer en detalle la composición de los yesos de Olympia Undae. Una misión de retorno de muestras permitiría alcanzar tres hitos muy importantes. Primero, conocer en detalle la composición, la textura y las propiedades de ese material. De ese modo podrían fabricarse simulaciones de suelo muy fiables y precisas. También podría descartarse definitivamente (o medirse su concentración, si fuera el caso) el perclorato en ese material. Por último, y dependiendo de la cantidad de material recolectado, se podrían realizar ensayos de germinación de nuestras plantas en suelo marciano real por primera vez.
Una vez logrado este objetivo, sería necesario realizar los cultivos en el propio Planeta Rojo. Una sonda robotizada podría realizar los ensayos necesarios para llevar a cabo esta tarea in situ. Esta sonda debería ser capaz de recolectar el sustrato y de controlar todas las condiciones de iluminación, temperatura y humedad necesarias para los experimentos.
Sería genial conseguir que estas plantas crecieran en Marte. Tendríamos una fuente de oxígeno, un sumidero para el CO2 producido por la respiración de la tripulación y de las propias plantas y una buena fuente de diversas moléculas antioxidantes. Pero nos gustaría algo más. Hemos hablado de tener un huerto en Marte. Eso supone plantas como los tomates, los pimientos, las patatas, etc, que son mucho más apetitosas. Tampoco estaría mal disponer cultivos de cereales como el trigo o el centeno. Entonces…¿qué hay de esas otras plantas? ¿Debemos encontrar otro tipo de sustratos donde ellas puedan crecer?
La respuesta es que probablemente no. Como en el caso de las personas, uno de los activos más valiosos de las las plantas amantes del yeso es su “experiencia”. Es decir, las adaptaciones que han desarrollado a lo largo de su historia evolutiva. La cuestión sería transferir esa experiencia, que les permite crecer en los yesos, a otras plantas que no pueden hacerlo. Pero…¿Es que una planta puede enseñar a otra? ¿Deberíamos organizar seminarios o congresos para plantas en los que Gypsophila struthium dictara clases que podrían llevar como título algo parecido a “cómo aprendí a amar los yesos”? La respuesta es que sí, un sí matizado, claro. Esa transferencia de experiencia no se haría mediante ponencias o conferencias. Lo que podemos hacer es utilizar las adaptaciones de las plantas gipsófilas para incorporarlas a otras plantas de interés alimentario o medicinal. Esto puede hacerse mediante diferentes técnicas de ingeniería genética. En concreto, la conocida como CRISPR-Cas9 permite modificaciones muy precisas. De este modo y en principio, podríamos “gipsofilizar” cualquier otro tipo de especie vegetal.
El trabajo que aquí se plantea es básicamente una hipótesis (los yesos de Marte se pueden usar como suelo de cultivo) y un propuesta de investigación. Si se dan los pasos necesarios y se llevan a cabo los experimentos adecuados, puede ser que en un futuro no muy lejano, podamos desarrollar un sistema viable de agricultura en el planeta rojo. En ese momento, podríamos repetir las palabras del protagonista de la novela de Andy Weir: “Marte, prepárate para temer nuestros poderes botánicos”.
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Miguel de Luis López
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Nota
[1] Miguel de Luis, Jordi López-Pujol, Juan Mota, M. Encarna Merlo, Julio Álvarez-Jiménez, Jose Ignacio Aparicio, Carmen Bartolomé, Jens Ormö, Laura M. Parro. «Gypsophytes and the use of Martian Gypsum: A review of their potential for agriculture on Mars». Life Sciences in Space Research [Available online 25 September 2025: https://www.sciencedirect.com/science/article/pii/S2214552425001087 / https://doi.org/10.1016/j.lssr.2025.09.009]

