La locura y Don Quijote [Con motivo del tema de las XIII Olimpiadas Filosóficas “La locura. Don Quijote en el mundo actual” – Final de Andalucía – 7 de marzo de 2026 / Biblioteca Pública Antonio Garrido Moraga de Alhaurín de la Torre – Málaga] – Sebastián Gámez Millán
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La locura y Don Quijote [Con motivo del tema de las XIII Olimpiadas Filosóficas “La locura. Don Quijote en el mundo actual” – Final de Andalucía – 7 de marzo de 2026 / Biblioteca Pública Antonio Garrido Moraga de Alhaurín de la Torre – Málaga]
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La locura y Don Quijote [Con motivo del tema de las XIII Olimpiadas Filosóficas “La locura. Don Quijote en el mundo actual” – Final de Andalucía – 7 de marzo de 2026 / Biblioteca Pública Antonio Garrido Moraga de Alhaurín de la Torre – Málaga]
A pesar de que es una de las novelas modernas que ha inspirado a más escritores, críticos y filósofos desde hace más de cuatro siglos y, por tanto, es una de las obras literarias más universales, no sabemos a ciencia cierta si Don Quijote de la Mancha estaba loco. Gracias a su rico lenguaje, a su sentido de la ironía y del humor, a su dimensión simbólica, la novela es de una ambigüedad que se adapta y resiste múltiples lecturas generación tras generación. El sentido de toda la novela depende de si lo consideramos loco. Alonso Quijada o Quesada o Quijana o Quijano, que de todas estas formas se le llama, era un hidalgo que frisaba los cincuenta años y que en sus largos ratos de ocio había engendrado el sueño tardío de ser caballero andante.
De modo que antes de que la muerte lo venza posee el coraje de convertirse en Don Quijote de la Mancha. ¿Quiénes somos, el nombre con el que se nos identifica en el registro civil o las acciones que realizamos? Y como las ficciones no se sostienen solas, necesita un escudero, Sancho Panza, andamio que mantiene sus sueños durante la aventura, que al principio no lo entiende, pero que tras mucho caminar y conversar se va quijotizando, hasta el punto de que poco antes de morir, recobrando la razón Quijano, le recuerda Sancho en el lugar suyo: “la mayor locura que pueda hacer un hombre en esta vida es dejarse morir sin más ni más, sin que nadie le mate ni otras manos le acaben que las de la melancolía”.
Sin embargo, Don Quijote advierte misteriosamente: “Yo sé quién soy, y quién podría ser, de desearlo”. Un verdadero loco, ¿va y viene a su antojo, retorna a la realidad conforme su voluntad, entendiendo por ella la experiencia intersubjetivamente compartida del mundo? Sospecho que no. Francisco Mora, Doctor en Medicina y Neurociencia, señaló que “la locura de Don Quijote médicamente no se ajusta a ningún patrón patognomónico descrito en la Psiquiatría”. Aún más: si Don Quijote estuviera realmente loco carecería de valor el hecho persistente de defender con acciones y palabras ideales humanos como la libertad, la igualdad, la justicia…
Don Quijote encarna paradigmáticamente aquello que Erasmo de Rotterdam, en Elogio de la locura, denominó “cuerdas locuras”, es decir, la idea de que cierta locura es imprescindible para la felicidad y que la razón sin pasión está incompleta. Así, describe la conducta de una persona cuya locura le llevaba a pasar días enteros sentado en el teatro, viendo, gozando y aplaudiendo obras que no se representaban sino en su imaginación. Me atrevería a decir que en muy variable medida los seres humanos, gracias a nuestro lenguaje e imaginación, que nos permite trascender nuestra animalidad y sublimarla en humanidad, pero a la vez, paradójicamente, cometer probadas atrocidades y locuras, poseemos estas cuerdas locuras.
Al final de Annie Hall, Woody Allen cuenta este chiste: “aquel tipo que va al psiquiatra y le dice: `Doctor, mi hermano está loco, cree que es una gallina´. Y el doctor responde: `¿Por qué no lo mete en un manicomio?´ Y el tipo contesta: `Lo haría, pero necesito sus huevos…´”. ¿Quién puede prescindir de esos huevos imaginarios? Ni Don Quijote ni ninguno de nosotros. Revela, pues, aspectos quijotescos, profundos e incorregiblemente humanos. En esto consiste lo quijotesco, en “ejercitarse”, verbo que aparece en el primer capítulo de esta obra de Cervantes. Voltaire lo comprendió acertadamente cuando ya de viejo declaraba: “Yo, como Don Quijote, me invento pasiones para ejercitarme”. De lo contrario estamos muertos en vida.
Ahora bien, la sabiduría de Don Quijote no reside sólo en ilusionarse, sino en vivir ilusionado y en “soñar sabiendo que se sueña”, pues “el auténtico vértigo es la ausencia de locura”. Organizadas por la Asociación Andaluza de Filosofía y, entre otros, su Presidente de honor, Rafael Guardiola, espíritu quijotesco empeñado en que los valores de la filosofía sigan resistiendo, “La locura. Don Quijote en el mundo actual” es el tema de las XIII Olimpiadas Filosóficas, cuya final de Andalucía se celebrará el 7 de marzo de 2026 en la Biblioteca Pública Antonio Garrido Moraga de Alhaurín de la Torre.
¿Locuras actuales? Demasiadas: el giro sentimental, que nos impulsa a confundir la realidad con nuestros sentimientos o nuestros deseos, incurriendo en multitud de falacias: whisful thinking, sofisma patético…; la razón instrumental, que pierde de vista los medios y fines éticos; la tiranía de la inmediatez provocada por la aceleración de la modernidad y las tecnologías; las redes sociales, los sesgos de confirmación y la falta de pensamiento crítico; el individualismo sociológico; la posverdad, como si pudiéramos prescindir de la verdad… los nacionalismos excluyentes, el enredo de las identidades en la cultura de la cancelación, los anacronismos por falta de perspectiva histórica y el eclipse de las humanidades y la educación, los populismos… ¿Qué Don Quijotes lucharán contra tantos gigantes?
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Sebastián Gámez Millán

