Lecturas – XVII – Rafael Massa

Lecturas – XVII – Rafael Massa

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Lecturas – XVII

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Lecturas – XVII

Francisco de Quevedo

El Buscón

2025-01-05

Un clásico –autor, obra- lo es por múltiples motivos. Entre ellos, y unánimemente destacado, es el de su vigencia, que proviene de tratar los problemas de los hombres y las mujeres, los de hoy y los de hace dos mil quinientos años; son siempre los mismos. En gran medida, y a veces a su pesar, son también textos filosóficos. No parece “El Buscón” una novela de ese género, aunque viniendo de Don Francisco de Quevedo –de quien Borges afirmó que más que un hombre era toda una literatura- y ya que la obra ha sido objeto de tanto análisis -en general vinculados obviamente a la literatura-, también es posible el abordaje filosófico.

Si alguna virtud tiene la filosofía, es su persistencia para repetir las preguntas que sabe que no tienen respuestas. Pero hay un área, algo devaluada, también mercantilizada, que quizá sea la única que pueda mostrar resultados. Es la moral, que trata de cuestiones que pueden parecer menores, que no responde ninguna pregunta acerca del universo, pero sí responde las cuestiones que hacen sufrir a los seres humanos.

La novela, publicada hace cuatrocientos años, narra desde la infancia hasta su madurez, la peripecia de Don Pablos de Segovia, el pícaro que través de su lucidez y de la mentira –pasa por clérigo, por actor, poeta, hidalgo- alimenta su codicia para salir de pobre. Don Pablos va de fracaso en fracaso –mala suerte, traición, lo desmedido de la tarea para sus fuerzas- pero su código será siempre el mismo; hay ahí una moral –que se podrá discutir; toda moral es individual- que está expuesta. Hasta se permite el lujo, sobre el final, de darnos a los lectores todas las prevenciones que hay que tomar en un juego de cartas para no ser burlados. La genialidad de la narración, es que bastante más que de la moral de Don Pablos, lo que se expone es la codicia de aquellos que son engañados –que codician lo superfluo, no como Don Pablos que pasa hambre durante toda la novela-; son los mismos que hoy se sienten estafados luego de colocar sus billetes a tasas insólitas. Desconfían sí, pero la codicia puede más.

Es, por sobre todo, una novela humorística, cuyo remate es también la única burla que recibiremos los lectores de Don Pablos. Se despide de su país; se va a Las Indias; lo persigue el fracaso. Nos deja, al final, un estoico consejo: “nunca mejora su estado quien muda solamente de lugar, y no de vida y costumbres”. No le crean. Es su último engaño.

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Rafael Massa

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