«Blast of Silence». Un cuento de Navidad – II – Alberto Ruiz de Samaniego

«Blast of Silence». Un cuento de Navidad – II – Alberto Ruiz de Samaniego

Overview

Blast of Silence. Un cuento de Navidad – II

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Blast of Silence. Un cuento de Navidad – II

En 1960, cuando se rodaron las escenas finales de la película, el lugar era poco más que un esqueleto de casas de madera arrumbadas y palos a la deriva deslizándose por las aguas de canales estrechos, puentes de madera que crujían bajo el peso de cualquiera que se atreviera a cruzarlos y una atmósfera gris que parecía devorar la luz. La cámara captó perfectamente esa tristeza mineral: el viento ululando entre las hierbas altas, la lluvia golpeando como si quisiera borrar el paisaje, y la nieve comenzando a caer, lenta y definitiva, como un telón.

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Frankie, tras cumplir su encargo, solo debía recoger el dinero pendiente. Un trámite. Pero en ese mundo del crimen los trámites rara vez son inocentes. Dos hombres del sindicato lo sorprenden y lo obligan a huir por uno de aquellos puentes estrechos, suspendidos sobre el agua oscura. La tormenta se cierra sobre él, envolviéndolo en un remolino gris. No hay escapatoria. Un disparo. Un cuerpo que cae. Y el agua helada que lo recibe sin compasión. Aun así, Frankie intenta levantarse, aferrarse a la orilla embarrada, pero ya no queda nada reconocible en él: solo un hombre agotado, reducido a lodo y sombra. Unos disparos más, y su figura se desploma, vencida al fin por el peso de todo lo que arrastraba.

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Blast of silence resulta, a todas luces, un perverso cuento de Navidad. Un film cargado de negrura y fatalismo: debe ser encuadrado, sin duda, dentro de la tradición milenaria de la tragedia. También, en tanto que tragedia de una muerte anunciada – como es común en el género – transita por el terror y la piedad. Primero por el terror, luego por la piedad. A veces, conjuntamente. De manera que, como todo espectador trágico sabe, la resolución del drama exige un acontecimiento funesto. Será el sacrificio del chivo expiatorio al que el propio sentido etimológico del término tragedia remite: el canto del tragos.

¿Canto, sin embargo, o grito purificador – queja y anatema, como decimos – de la víctima criminal, sacrifícial?

En Blast of silence la aniquilación del protagonista se produce, como todo nacer humano, entre aguas. Como si la muerte misma estuviese inscrita en el instante del nacimiento. Igual que se conmemora también, y precisamente en toda natividad, el alumbramiento del dios que habrá de morir en manos de los hombres. En el caso concreto del film se nos presenta la muerte en tanto que retorno a las corrientes – ahora residuales – del lodo originario. Vuelta al hogar: los propios recuerdos de infancia de Baron de algún modo lo confirman. Regreso al útero entre los desechos y la pestilencia gélida de los suburbios: una hermosa y salvaje naturaleza primera, viejo paisaje bucólico en los márgenes de la gran urbe que la depredación humana ha corrompido y sumido en el abandono. Con la colaboración, por cierto, de las propias fuerzas elementales que, al modo del Rey Lear shakespeariano, se desatan en nieve, viento y tormenta en el instante postrero del protagonista.

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Pero no otro podía ser el final de la criatura trágica: nefanda, ese asesino llamado “Baby Boy” Frankie Bono: acaso el fruto fatal ya para su propio vientre materno en el mismo acto naciente. Luego adversario, antagonista de la sociedad entera, resumida o reunida en la gran ciudad a la que un día él llega para matar, por las pascuas.

El círculo, en efecto, se ha cerrado sobre “Baby boy”. Del oscuro grito primordial de la existencia (y ha de entenderse este término tal como fue expuesto en la secuencia inicial del film, o sea: en todo el sentido heideggeriano: como la condición de ser o estar arrojado, Geworfenheit) hemos desembocado en la deyección y el silencio. Y del alumbramiento en medio de la sombra del túnel retornamos finalmente a las aguas negras del abismo. En el transcurso, la angustia y la queja de la criatura sola, tal vez el ansia de lo pre-natal, la nostalgia del no-ser.

Únicamente queda, pues, que la voz imponga una conclusión y un final consuelo a toda esta experiencia cruel, de crimen y derrota: «Dios actúa de maneras misteriosas, decían. Quizá esté de tu lado, viendo cómo ha acabado todo. Recordando otras Navidades, deseando algo, algo importante, algo especial. Y esto es lo que hay, “Baby boy” Frankie Bono. Ahora estás solo. Completamente solo. El grito ha muerto. No hay dolor. Estás en casa otra vez. De vuelta al frío, al silencio negro.»

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Solo ahora comprobamos que aquella voz no era otra que la del destino. Un destino superior, implacable y mordaz, a cuya ley está supeditada cualquier existencia.

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Alberto Ruiz de Samaniego

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Nota

Texto publicado originalmente en y por la revista digital Frontera D [https://www.fronterad.com/]

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