Sombras nada más [Sobre Federico Fellini y «El viaje de G. Mastorna, detto Fernet»] – César Rodríguez de Sepúlveda

Sombras nada más [Sobre Federico Fellini y «El viaje de G. Mastorna, detto Fernet»] – César Rodríguez de Sepúlveda

Sombras nada más [Sobre Federico Fellini y El viaje de G. Mastorna, detto Fernet]

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Sombras nada más [Sobre Federico Fellini y El viaje de G. Mastorna, detto Fernet]

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Cada vez que un artista da a luz a una nueva obra, experimenta el alivio de haberse liberado de una carga. Aquello que sólo habitaba en su interior, que chocaba contra las paredes de su mente pidiendo salir, está ya fuera. Su responsabilidad termina: el hijo de su imaginación vuela libre. El padre de la criatura vigilará su vuelo, por supuesto, con más o menos atención, pero el centro de su interés no estará en él, sino sus hermanos nonatos, que se remueven exigiendo su turno.

¿Qué ocurre si la criatura no llega a nacer, si la obra no encuentra su camino hacia el mundo exterior, si la obsesión no puede ser compartida? Entonces, el fantasma de lo que no llegó a ser crecerá, probablemente, como un cáncer: seguirá, impaciente, intentando salir, ofreciendo a su frustrado no-creador testimonio continuo de su incompetencia. Amargándole la vida. Hasta lograr por fin existir, o hasta que sea el propio creador el que ya no exista.

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Fellini. En el mundo del cine, pocos directores han logrado una conexión tan feliz entre su mundo interior y el celuloide. La expresión «cine de autor» adquiere en la obra de Fellini su sentido más pleno. Fellini es siempre Fellini, a pleno pulmón. El cine de Fellini trata siempre de él mismo. Incluso cuando no lo pretende.

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En el principio, una visión. Lo cuenta el propio Fellini, entrevistado por Charlotte Chandler.

« La idea se me ocurrió en 1964 en un avión, cuando nos disponíamos a aterrizar en Nueva York. Era invierno, y tuve una repentina visión de nuestro avión estrellándose en la nieve. Afortunadamente, se quedó sólo en eso, una visión, y aterrizamos sin incidentes».

En su interesantísima biografía de Fellini, Tullio Kezich señala otra posible fuente del proyecto: una novela breve de Dino Buzzati, El extraño viaje de Domenico Nolo. Es posible. No lo he leído. Sí es cierto que el director corrió en busca de Buzzati para que lo ayudara en la escritura del guion. Por algo sería. En una entrevista, Fellini menciona otro relato como origen de la historia, «Universo de locos», de Fredric Brown.

El cineasta recuerda haber vivido una época de actividad febril escribiendo esta historia. Por entonces acababa de estrenar Giulietta de los espíritus y estaba obsesionado con la parapsicología y con el más allá. El al di là, como dicen, con mucha más musicalidad, los italianos.

La historia, el viaje de G. Mastorna, es una especie de sueño vago, neblinoso. Giuseppe Mastorna es un violonchelista que viaja en avión a una ciudad alemana, inspirada, según cuenta el propio Fellini, en Colonia. El avión ha de efectuar un aterrizaje forzoso a causa de una tormenta de nieve. Mastorna continúa su viaje en tren hasta llegar a un misterioso motel en el que se desarrollan extrañas ceremonias. En cierto momento, se hace pensar al lector que en realidad el protagonista ha muerto en el accidente, y que ese extraño motel es una estación de tránsito hacia el más allá. Todo es deliberadamente borroso. Un sueño.

Por influencia de Jung y del psicoanalista Ernst Bernhard, Fellini llevaba años dibujando sus sueños. Tampoco sorprende mucho: casi todas sus películas parecen, no traídas del sueño, como la flor de Coleridge, sino soñadas directamente en el celuloide. Hace unos años se expusieron en Madrid estos dibujos fantásticos de Fellini. Se podía ver cuán cómodamente se movía el maestro por ese otro  «más allá» que es el mundo de los sueños.

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El chelista, mientras lleva a cabo su búsqueda, se descubre a sí mismo y descubre la ciudad, que se le aparece bajo semblanzas múltiples y cambiantes, bajo perspectivas siempre nuevas y diferentes, se convierte en Florencia, en Bolonia, en Milán, Ámsterdam, Berlín, Roma, todas proyecciones imaginarias de la fantasía del protagonista.

                              (Fellini. Les cuento de mí. Conversaciones con Costanzo Costantini)

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No solo se escribió el guion (que se ha publicado y traducido al castellano). Se iniciaron los preparativos para el rodaje. Se llegó a construir en Cinecittà una cuidada maqueta en cartón de la catedral de Colonia. Costó bastante más cara de lo que al productor, Dino De Laurentiis, le habría gustado. (Cuando entre el dinero y el arte empieza a haber tensiones: la cosa pinta mal). Para el papel protagonista, tras haber descartado otras opciones, recurre el cineasta a su actor fetiche, su alter ego al otro lado de la cámara, Marcello Mastroianni.

La tensión entre Fellini y De Laurentiis va creciendo. También crece la aprensión del director. ¿No será una osadía abordar con tal desenfado el tema de la muerte? ¿No la estará llamando con su imprudencia? Hay quien dice que sus ocultistas de cabecera le aconsejaron abandonar el proyecto. No lo sé, pero algo hay de extraño en esa indecisión del maestro al afrontar por fin un proyecto tan querido.

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El día antes de comenzar el rodaje, Fellini sufre una trombosis. El proyecto se cancela. Di Laurentiis, furioso, demanda al director por incumplimiento de contrato. Consigue una reparación económica, aunque muy por debajo del desembolso ya efectuado.

Fellini se olvida de Mastorna.

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¿Se olvida? Nos imaginamos que Mastorna, dentro de su cabeza, sigue pidiendo salir. En alguna ocasión Fellini anuncia que va a retomar el proyecto, pero luego se vuelve atrás. ¿Superstición? El caso es que van pasando los años, Fellini va creando nuevas obras maestras, geniales: Satyricón, Roma, Amarcord, Casanova, E la nave va… ¿Y Giuseppe Mastorna? Ni está ni se le espera. Se le pregunta de vez en cuando por el proyecto fallido. Da largas, pero nunca lo descarta de forma tajante. Nunca renunció del todo a ese fantasma que continuaba acezando en su cabeza.

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Hasta que Mastorna terminó naciendo, pero no en celuloide, sino en papel.

Fellini se había ganado la vida como dibujante antes de dedicarse al cine. Siempre le había fascinado el cómic, una forma mucho más directa de plasmar sus ensoñaciones. Conoce a Milo Manara, gran autor italiano que estaba entonces en la cresta de la ola a causa del éxito de su historieta El clic, de corte erótico, un auténtico bestséller. De su amistad surge primero el cómic Viaje a Tulum. El tándem funciona, y cómo.

Así surge la idea de retomar el viejo proyecto arrumbado, de resucitar al pobre Mastorna. De dejar salir por fin al impaciente fantasma, casi treinta años chocando contra las paredes de su cráneo.

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Así se publica, en 1992 y en la revista Il Grifo, el cómic, con guion de Fellini y dibujos de Manara. Es de suponer que el cineasta se hubiera hecho asegurar previamente por sus asesores en el tema del al di là que una publicación en papel sería inocua. O igual no fueron con él del todo sinceros. En todo caso, Fellini murió al año siguiente, el 31 de octubre de 1993. Pura casualidad.

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El tebeo es una maravilla. El protagonista ya no es un violonchelista, sino un anciano clown: G. Mastorna, llamado Fernet (aunque el instrumento musical sigue teniendo su importancia en la historia). El protagonista no es Mastroianni, sino el cómico Paolo Villaggio: no un galán, sino un gracioso. Y Manara logra darle al relato una inapelable textura onírica evitando su habitual trazo limpio y utilizando como técnica la aguada. La atmósfera de un sueño.

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El relato parece interrumpirse abruptamente. Son muchos los cabos sueltos, y por eso precisamente desasosiega más.

El televisor de la habitación de Mastorna se enciende de pronto, tras de un apagón, y una locutora relata la noticia de un accidente de avión. ¿Será el avión en el que él viajaba? Mastorna no se lo pregunta, porque la locutora habla en alemán. Lo que Fellini quiere es que nos lo preguntemos nosotros.

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El fantasma de una película, pero la gloriosa realidad de un tebeo. Lo que Fellini atisbó del mas allá espiando por la mirilla, el más temido de sus sueños. La criatura que no quiso resignarse a no nacer, aunque fuera en el papel y no en la luz esculpida del cine.

Y la capacidad extraordinaria de Manara para poner en imágenes los sueños inquietantes del maestro.

No sé si obra maestra o no. No busca serlo: es un relato deliberadamente inacabado, intencionadamente borroso. Pero ahí, precisamente, en esa buscada indefinición, reside su fantasmagórico encanto.

Algo sí sé seguro: una brumosa maravilla.

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César Rodríguez de Sepúlveda

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Lecturas recomendadas

Charlotte, Chandler. Yo, Fellini. Traducción de Rosa María Bassols. Barcelona, Seix Barral, 1995. ISBN 9788432247323 .

Tullio Kezich. Fellini.  Traducción de Juan Manuel Salmerón. Barcelona, Tusquets, 2007. ISBN 9788483103715. 

Constanzo Constantini. Fellini: Les cuento de mí. Conversaciones con Constanzo Constantini. Traducción de Fernando Macotela. Sexto Piso, 2006.

Federico Fellini. El viaje de Mastorna. Traducción de César Palma Hunt. Madrid, Ollero & Ramos, 1995. ISBN 9788478950416.[Traducción recuperada en 2011 por Editorial Planeta. ISBN 978-84-08-10336-3

Federico Fellini y Milo Manara. El viaje de G. Mastorna (cómic). Traducción de Juanjo Sarto. Ediciones B, 1996. ISBN 78-8440663290

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