«Beau Geste»: un entierro vikingo en el infierno – José Miguel García de Fórmica-Corsi

«Beau Geste»: un entierro vikingo en el infierno – José Miguel García de Fórmica-Corsi

Overview

Beau Geste: un entierro vikingo en el infierno

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Beau Geste: un entierro vikingo en el infierno

No existe una sola película en la historia del cine que posea un inicio más atractivo, misterioso y bello que el de Beau Geste (1939). Un destacamento de legionarios se acerca a un fuerte que se alza en medio del desierto, silencioso y solitario, cuyas almenas están cubiertas de soldados. Sin embargo, cuando el comandante rodea la muralla descubre que todos cuantos a ellas se asoman son muertos con la expresión desencajada. El voluntario enviado al interior inexplicablemente desaparece sin dejar rastro, por lo que el mismo comandante es quien acaba entrando en el fuerte, para descubrir un dantesco rastro de cadáveres, entre los cuales destaca el de un oficial con una bayoneta clavada en el pecho y una carta cuyo autor se declara autor del robo de un diamante en tierra inglesa. No cesan los enigmas: al volver al mismo sitio, el cuerpo del oficial se ha desvanecido; por último, cuando los legionarios se refugian en el oasis cercano ante la llegada de los tuareg, todo el conjunto arde en llamas, condenando al misterio a quedar inexplicado para los restos.

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Beau Geste no sólo es un clásico del cine de aventuras, sino una obra maestra del cine en general, que ha sufrido el menosprecio por su integración aparente en el conjunto de películas de aventuras con las que Hollywood glorificó el colonialismo europeo. Y sin embargo, una visión atenta del film nos descubre un planteamiento fascinante, que propone, en el escenario de la mítica Legión Extranjera, una fábula que acaba deslizándose hacia lo existencial a partir del crudo choque entre los sueños de honor de unos muchachos y la sórdida realidad.

Si la película hoy es sobradamente conocida por los cinéfilos, en cambio el libro en que se basa, escrito por el británico P. C. Wren —y que en su día fue muy popular entre toda una generación de lectores: dos adaptaciones al cine, ambas muy bien acogidas, en sus primeros quince años de vida así lo reflejan—, está bastante olvidado. La novela fue publicada en 1924. No pertenece por tanto a la generación dorada de la literatura de aventuras (la de Stevenson, Conan Doyle, Conrad, Salgari o Verne) sino a la de sus epígonos, muchos de los cuales publicaron en el ámbito de las revistas pulp, los Rafael Sabatini, Edgar Rice Burroughs o C. S. Forester, cuyas obras hoy son más recordadas por las películas que las adaptaron que por sí mismas, fuera del círculo de incondicionales que cada día reivindica más a aquellos autores, en muchos casos con completa justicia.

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Gary Cooper, como Michael «Beau» Geste, Ray Milland, como John Geste, y Robert preston, como Digby Geste, en dos fotogramas de Beau Geste [1939 – William A. Wellman]

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Beau Geste cuenta la historia de tres huérfanos, los hermanos Geste —Michael, llamado Beau, y Digby (que en la novela son gemelos) y John, el menor—, educados por una pariente adinerada, lady Brandon, en una solariega casa rural del Devonshire, Brandon Abbas. En ella, los tres hermanos, acompañados por dos niñas, Claudia (inexistente en la película) e Isobel, y por Augustus, el desagradable heredero de la propiedad, pasan una infancia de juegos marcados por los ideales de honor, trátense de las hazañas de los vikingos o de las gestas de los caballeros de la Mesa Redonda. Cuando todos alcanzan la juventud, un incidente grotesco acaba con tal paraíso. La única riqueza de su protectora, un zafiro fabuloso llamado el Agua Azul, es robado cuando está siendo examinado por todos: uno de ellos a la fuerza ha de ser el ladrón. Queriendo exculpar a los otros (difícilmente se puede imaginar que él sea el culpable), Michael huye en secreto de la casa, seguido raudamente por los otros dos Geste. Todos acaban reuniéndose en el seno de la Legión Extranjera, el cuerpo colonial del África francesa que siempre fue para los chicos la encarnación de todos los ideales bélicos con los que crecieron. Allí, sin embargo, sus sueños sufren un tropezón con la realidad. La Legión no es sino un sumidero de desheredados, bandidos e infelices que malviven entre un sol sofocante —que provoca cafard, la locura del desierto—, la arena sin fin y el despotismo de los suboficiales. La historia del diamante robado no tarda en llegar a oídos de Lejaune (Markoff en el film), el implacable suboficial del que dependen sus vidas en la lejana plaza de Fort Zinderneuf a donde son enviados dos de ellos, en los confines del Sahara. Y será allí donde se desarrolle el drama final de los Geste.

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Ray Milland, como John Geste, y Susan Hayward, como Isobel Rivers, en un fotograma de Beau Geste [1939 – William A. Wellman]

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El hallazgo de que la historia se inicie por el final procede de la novela. Ahora bien, si el prólogo sigue siendo igualmente extraordinario, el resto del libro, aun siendo muy estimable, no está a la misma altura, sobre todo en términos dramáticos: la nobleza de los Geste resulta aquí demasiado ostentosa, a ratos incluso algo cargante.

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Y si es magnífica la descripción de la Legión como un cuerpo formado por los desechos de la sociedad tanto francesa como europea, la mirada supuestamente crítica sobre la institución militar acaba siendo demasiado superficial. Aun asumiendo que con semejante reunión de delincuentes, asesinos y depravados de toda ralea es lógico que la Legión no sea un cuerpo ejemplar, al final la moralista conclusión es que la corrupción del ejército en cuanto institución no se debe tanto a los condicionantes que lo impregnan de modo indeleble —el desahogo legal de los instintos violentos que permite, la posibilidad de que la jerarquía sea el campo abonado para dar rienda suelta a la humillación que anida en el interior del ser humano, la tentación de querer imponer al resto de la sociedad unos principios que solo tienen sentido en un contexto determinado, además con carácter absoluto— como a la actuación de algunas manzanas podridas que, una vez extirpadas, permitirán la regeneración de todo el cuerpo. En cine, es el caso de títulos tan conocidos como De aquí a la eternidad (1953), El motín del Caine (1954) o Algunos hombres buenos (1992).

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En la película, dos virtudes impiden que esto suceda: el genial sentido de la abstracción que, desde el prólogo, se extiende por toda la película, trasladando sus peripecias al campo de la fábula, y el formidable espíritu de síntesis que recorre la adaptación, haciendo que sus cuantiosas peripecias transcurran como en un sueño. Debe añadirse que el encanto del trío de actores formado por Gary Cooper, Robert Preston y Ray Milland libra a los tres hermanos Geste de que su nobleza caiga en el empalago. Y por supuesto, el fascinante contraste que produce el choque de sus sueños con su materialización real: el lugar que tantas veces recrearon en sus juegos infantiles de honor y guerra resultará estar en realidad en el infierno.

De modo insólito, Beau Geste, película, encierra dentro de sí tanto el más notable mensaje antimilitarista como la más lírica reivindicación del honor asociado al espíritu guerrero, y lo hace sin incurrir en la contradicción, equilibrando de modo admirable ambas dimensiones, haciéndolas igualmente válidas. Es decir, y dentro de los límites obligados por Hollywood, la película respeta el retrato realista y por tanto sórdido que efectuó Wren de la Legión Extranjera, pero consigue salvaguardar los sueños de los Geste dentro de un universo propio e irrenunciable, en el que siempre queda un rincón donde refugiar los viejos sueños de honor. Es decir, los hermanos Geste, sin engañarse sobre la realidad efectiva de lo que han encontrado, no renuncian a su propio entramado idealista.

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La clave de que esto se consiga tiene su raíz, en primer lugar, en la propia incrustación del film dentro del arte popular. Es decir, Beau Geste no pretende ser un film reflexivo sino un relato aventurero concentrado en la exposición de una peripecia de acción. Otra cosa es que, como en los mejores ejemplares del género —de los mencionados Stevenson a Kipling pasando por clásicos supuestamente menores del cine como Cuando ruge la marabunta (1954) o Scaramouche (1952)— consiga hacer reflexionar, y ello sin caer en ningún momento en el énfasis o el didactismo. La segunda clave radica, por supuesto, en ese carácter de fábula onírica de fuerte componente abstracto. Por decirlo de otro modo, es una aventura que juega sus bazas en el terreno de las ideas sin aparentar que lo hace así.

De ahí que el simbolismo que expresa esa condición infernal, pareciendo simple, incluso tópico, deviene arquetípico, que no es lo mismo. Por ejemplo, frente a la nobleza químicamente pura de los Geste se contrapone la maldad absoluta encarnada en el personaje del sargento Markoff (un genial Brian Donlevy), y es lo más coherente que este exprese su villanía interior mediante su misma caracterización física, marcada por una terrible cicatriz y por la altiva crueldad de sus gestos. Del mismo modo, su principal sicario, el rastrero Rasinof, que nunca parece capaz de caminar erguido, es revestido de un modo repulsivamente animal: si hasta revelará risa de hiena…

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Brian Donlevy, como Sergeant Markoff, en un fotograma de Beau Geste [1939 – William A. Wellman]

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En el fondo, los hermanos Geste son tan inmunes a la degradación moral como ese diamante robado lo es al deterioro físico. Sin embargo, el ambiente a su alrededor no puede ser más degradado, y aquellos que, sin caer en la villanía como Markoff o Rasinof, poseen una voluntad más débil se convierten en víctimas natas. El aroma existencial que impregna también Beau Geste encuentra su más memorable encarnación en el que supone mi instante favorito de toda la película, una escena cuyo protagonista no es curiosamente ninguno de los Geste, sino el comandante del destacamento, mientras agoniza en su camastro. El guión pone entonces en sus labios una frase formidable (que no se halla en la novela de Wren), y cuyo único oyente, irónicamente, es Markoff: «Me muero, me moriré solo y me enterrarán en la arena; cuando era pequeño creía que todos los soldados morían en batalla. No sabía que había tantos soldados, tanta fiebre y tan pocas batallas» ¿Hay mejor forma de expresar el espejismo épico que durante tanto tiempo fue la institución militar, la desolación del hombre que —también él, que no es uno de los caballerescos Geste— ha asistido al desmoronamiento de sus sueños idealistas?

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James Stephenson, como el Major Henri de Beaujolais, moribundo, y Brian Donlevy, como el Sergeant Markoff, en una secuencia de Beau Geste [1939 – William A. Wellman]

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La implacable concisión narrativa del film confluye hacia una parte final —el asedio del fuerte por los tuareg, que van eliminando uno por uno a todos sus defensores— que acaba impregnándose de un hálito de grandiosidad moral cuasi conradiana. Impresiona la insólita ecuanimidad con que se trata a Markof, quien a la vez que no pierde de vista la busca del diamante hace un alarde de valor y de cualidades militares que obliga al espectador a sentir en esos momentos una malsana admiración por él. Es él quien deposita personalmente todos los cadáveres en las almenas, sin aceptar la ayuda de nadie, para que el enemigo crea que siguen combatiendo en sus puestos, él quien se mueve de un lado a otro sin desmayo arengando a sus hombres, él quien hace sublime ese momento, que ya existía en el libro, en el que obliga a sus hombres a romper a carcajadas para hacer creer a los atacantes que la moral de los asediados está por las nubes… «Es el mejor soldado que conozco», señalará, admirado, quien es su perfecta antítesis moral, o sea, Beau Geste.

El ritmo de esta parte final es perfecto; la acumulación de peripecias, implacable. Y todo ello lo puntea la excitación que domina al espectador puesto que sabe que se acerca el momento en que todos los enigmas del prólogo serán revelados. Y el principal, el más desolador, será descubrir que el primero de los hermanos en caer fue Beau, que John consiguió huir en el último momento, que el voluntario que desapareció del destacamento que llegó al fuerte al principio de la película era Digby y que, al ver el cuerpo caído del hermano adorado, decidió rendirle el último homenaje según sus sueños infantiles. O sea, un entierro vikingo (con un perro a los pies, como indica la peculiar tradición nórdica de sus juegos: el sargento Markoff), cuyas llamas serán las que devoren el fuerte.

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Gary Cooper, como Michael «Beau» Geste», en un fotograma de Beau Geste [1939 – William A. Wellman]

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Es indudable que esta decisión, juzgada por la fría razón y en ese instante de la trama, no parece sino el colmo de la cursilería. Pero hay que estar dentro de Beau Geste, dejarse atrapar por sus imágenes, comprender que esa sublimidad moral de los hermanos se alimenta de la ingenua materia de los sueños y no de la lógica aséptica de la realidad. Ellos sí creen, sí pueden creer, y es verosímil, que todo se reduce a unas manzanas podridas. Es por eso que el idealismo sin tacha de los Geste no puede ser destruido, aunque hayan tenido que interiorizarlo: existirá en sus almas, si no puede existir en la realidad. Es por eso que la escena del entierro emociona de modo imborrable, pues es el símbolo de esa cualidad que los hace inmunes a la degradación. Es por eso que no puedo asistir a los instantes en que Digby mira por última vez el rostro de Beau antes de cubrirlo con la bandera o en que entona con su trompeta un himno fúnebre sin emocionarme yo también. Un entierro vikingo en el infierno: en su paradójica grandiosidad, no se me ocurre ningún final mejor para el noble Beau. Yo también lo hubiera seguido al fin del mundo.

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José Miguel García de Fórmica-Corsi

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