De la ciudad de los cuidados a la sociedad cuidadora – Una reflexión de Fabio Vélez Bertomeu

De la ciudad de los cuidados a la sociedad cuidadora – Una reflexión de Fabio Vélez Bertomeu

De la ciudad de los cuidados a la sociedad cuidadora

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Алекса́ндр Миха́йлович Ро́дченкo / Aleksandr Mijáilovich Ródchenko – Лестница. Москва, 1929 / Stairs, Moskow, 1929 [MoMa – New York – USA]

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De la ciudad de los cuidados a la sociedad cuidadora

Para Marta Ferreyra,
quien hace años me habló
por primera vez de los cuidados

Hace unos años, mientras iniciaba un acercamiento diletante a los estudios de la arquitectura y el urbanismo, tuve la suerte de toparme con una literatura, poco frecuentada en las Facultades de Arquitectura y Urbanismo, catalogada usualmente como Sociología urbana. Páginas jugosísimas de Lefebvre, Garnier, Jacobs, Harvey, Davis, y tantos otros (y otras), pasaron por mis manos. En español, hay una obra que siempre me ha resultado un referente insorteable, y con la que, según creo, hay que batirse en algún momento. Me refiero a la de Manuel Delgado. Aunque todos sus libros de sociología y antropología urbana me parecen imprescindibles (recuerdo el shock, por ejemplo, que me produjo El animal público), hay uno que suelo releer periódicamente pues supone una de las lecturas obligatorias en mis clases: El espacio público como ideología.

Aunque el título ya avanza en gran medida el proyecto, hay un pasaje que siempre me ha parecido una objeción a la totalidad de lo que, por regla general, suele presuponerse tácitamente en los talleres de las Facultades antes referidas: «resulta ingenua e injustificada la pretensión, que desde el diseño de la ciudad suele sostenerse, de que la constitución desde el proyecto de una morfología urbana determina de manera automática la actividad social que se va a desarrollar en su seno» (p. 73). A esta pretensión, corregible por lo demás, Delgado le da el nombre de “idealismo urbanístico”. Sin embargo, para asombro del lector o la lectora, Delgado matiza de inmediato el pasaje citado para hacer la aclaración siguiente: el diseño «no es un factor determinante, pero sí condicionante» (p. 74).

Pues bien, me gustaría comentar, a propósito de lo señalado, la opera prima de una joven y prometedora arquitecta: La ciudad de los cuidados, de Izaskun Chinchilla. De su lectura, según aventuro, pueden formularse una serie, espero que interesante, de cuestiones. Ahí van.

Después de unos capítulos introductorios y antes de un desideratum final en forma de declaración de derechos de los y las ciudadanas, la autora propone fundamentalmente siete transformaciones objetuales corrientes en la infraestructura urbana (señalética urbana y vial, bolardos, plazas duras, espacios destinados al tráfico rodado, etc.) seguidas, en cada caso, de una propuesta alternativa y, en la mayoría de las ocasiones, surgidas de su propio despacho: Izaskun Chinchilla Architects.

El propósito de Chinchilla, conviene advertirlo cuanto antes, es meridiano: impulsar un diseño afín a una ciudad de los cuidados, es decir, un diseño que «que puede empoderar a usuarios con condiciones diversas» y «contribuir a la satisfacción de los derechos de todas las personas» (p. 63). Huelga registrar adecuadamente, y no despachar apresuradamente, la cautela evidenciada por la autora: “puede empoderar…”, “contribuir a…”. Más adelante, ahora sin menos reparos, la autora confiesa abiertamente, a un presunto público de recién licenciados y licenciadas, la sabiduría acopiada por la experiencia:

Estos problemas [de diseño urbano], como casi todos los que se perpetúan en la ciudad, tienen un origen y un desarrollo influido por factores múltiples, y ninguna acción en solitario puede “resolverlos”. Lo que se puede conseguir con proyectos bien desarrollados tácticamente es alterar las condiciones en las que se producen los vínculos y nexos entre los diferentes actores y actantes y generar nuevas oportunidades que den lugar a resultados un poco distintos en las cadenas de acción (p. 142)

¿Recuerda a algo? Probablemente, al factor condicionante pero no determinante (so pena de incurrir en idealismo ingenuo), antes apuntado por Delgado. Si esto fuera así, podríamos tal vez concluir que es posible reconocer una suerte de afinidad electiva entre sendos textos (de hecho, la autora cita a Delgado, aunque para otro menester). Manifestada esta similitud, hay cierta inquietud que, pese a lo anterior, me ha suscitado la lectura de este libro y que, curiosidades aparte, en parte es compartida con la desazón que suele ocasionarme la lectura Delgado, si bien en un sentir contrario. Trataré de resumirlo en pocas palabras: aunque Delgado asume ciertamente que el diseño puede condicionar la dinámica social, el peso de lo social es tan fuerte en su obra, entraña un grado tal de protagonismo, que a uno le queda siempre la impresión de que esta declaración ha sido realizada más para neutralizar posibles críticas que por convicción propia. Algo similar, aunque en un tenor contrario, me genera la lectura de Chinchilla. Pese a las cautelas y los comedidos alcances expresados, y todavía más, pese a la crítica tecnocrática que realiza en algún momento en su obra (p. 162), me da la sensación de que, así y todo, Chinchilla sigue presa de un cierto, dicho con Delgado, “idealismo urbanístico”.

¿A que se debe esta sensación? Intentaré brevemente explicitar cuál es, a mi entender, el supuesto que hace que Chinchilla siga presa de este prejuicio. En las primeras páginas, Chinchilla saca a relucir sus credenciales teóricas, poniendo un especial énfasis en la sociología de la técnica de Bruno Latour. Es más, llama la atención la advertencia antepuesta a la presentación de este autor:

Puede resultar chocante que, aspirando a una gran transformación de carácter social y político, el texto comience con una invitación a mirar los objetos (…) Esta forma de empezar a caminar comparte la perspectiva de la sociología de la técnica y la innovación, entre ellos Bruno Latour, que han sostenido que los objetos materiales, quizá incluso más que las ideologías, condicionan nuestro modo de actuación (p. 64)

Páginas más adelante, vuelve sobre la cuestión, con Latour nuevamente de la mano: “adaptando nuestras vidas y nuestra percepción de la ciudad a la ideología implícita que ostentan esos objetos” (p. 106). Mi escepticismo toma como punto de partida el presunto poder que la autora hace exhibir a estos objetos por lo que atañe a la divulgación de una ideología concreta.

Sobre esto último, me vienen a la mente múltiples proyectos que, a pesar de su sensatez y/o pertinencia, fracasaron estrepitosamente por no encajar con la ideología dominante de su tiempo. Por mencionar uno clásico relacionado con los cuidados, que conozco gracias al libro de Zaida Muxí, Mujeres, casas y ciudades, cabría rememorar el fiasco de las “viviendas sin cocina” que propuso Melusina Fay Peirce en el S. XIX para liberar a las mujeres del yugo doméstico (pp. 115 y ss). Por recuperar otro extraído de un reciente libro de Victoria Camps, Tiempo de cuidados, podría traerse a colación la propuesta legislativa de las mujeres del partido comunista italiano, en la década de los ochenta del siglo pasado, para hacer más humanos y conciliables el trabajo, la ciudad y la vida. Como concluye Camps: «no hace falta añadir que el proyecto no llegó a prosperar legislativamente. Las costumbres no se modifican a golpe de ley, aunque la iniciativa era inteligente y loable» (p. 35). Es más, a raíz de estos y otros tantos ejemplos, donde se evidencia el papel que las ideologías, las mentalidades y las creencias desempeñan en la dinámica social, me llama poderosamente la atención que Chinchilla otorgue tanto peso a los objetos. Y no porque los objetos no reflejen implícitamente una determinada concepción del mundo, que por supuesto lo hacen, sino porque es justamente esta particular concepción del mundo la responsable tanto de crearlos como hacerlo de una determinada manera y no de otra. Dicho de otro modo, los objetos no vienen al mundo sin un contexto previo. Los hábitos, los usos y las costumbres dotan de sentido a los objetos, aunque ciertamente se dé una retroalimentación inevitable entre ellos. Desde esta perspectiva, podríamos interrogarnos lo siguiente: ¿tienen los problemas sociales soluciones técnicas? ¿No late una subrepticia pulsión tecnocrática en esta postura y otras de índole similar? En suma: ¿diseñamos para habitar de una determinada manera o porque habitamos de una determinada manera diseñamos, o ninguna de las dos porque ambas a la vez?

No me cabe la menor duda de que los proyectos propuestos por Chinchilla “condicionarían” la vida de las personas, detonando puntualmente “cadenas de acción” más justas y equitativas que las presentes, pero ¿cómo van siquiera a aceptarse si la ideología imperante (patriarcal, capitalista, etc.) silencia o desoye sus pretensiones? ¿Es plausible incorporar súbitamente la perspectiva de género al diseño cuando hemos naturalizado e internalizado las relaciones de opresión patriarcales? ¿Cómo acercarnos a ciudades y arquitecturas sostenibles si nuestra economía legitima todos y cada uno de nuestros actuales hábitos de consumo? Para el caso presente, ¿quién espera que se tomen en consideración a las personas vulnerables y dependientes en el diseño, así como a sus mayormente abnegadas cuidadoras, si nuestra ética y nuestra política están cimentadas desde un falso sujeto autónomo y autosuficiente? Por último, se me ocurriría preguntarle a Chinchilla, ¿a qué atribuir si no un hecho tan significativo como que la mayoría de los proyectos alternativos propuestos en su libro para estos objetos −el grueso de ellos emanados de su despacho− hayan sido rechazados, no materializados, etc. en concursos, premios, etc.?

Esto me conduce a pensar, más cercano en este punto a Delgado que a Latour, en una observación que expone Camps en uno de sus primeros capítulos:

Si queremos que cambie el paradigma reduccionista y divisorio (…) un paradigma que desconoce el cuidado, debemos avanzar hacia una sociedad cuidadora. Una sociedad donde los más desvalidos no se sientan abandonados, una sociedad menos arrogante, en la que sus miembros, sin excepciones y dispensas de ningún tipo, estén dispuestos a hacerse cargo de la contingencia humana en todas sus manifestaciones (p. 52).

Estos comentarios y digresiones me inspiran una plétora de preguntas: ¿Y si no se trata tanto de diseñar una ciudad de los cuidados como de auspiciar una sociedad cuidadora? ¿Puede diseñarse la primera sin lograr antes la segunda? ¿Una vez alcanzada la segunda no se dará de suyo la primera? Y, acaso la más importante y compleja, ¿cómo hacer realidad la segunda? Es decir, ¿cómo impulsar una sociedad cuidadora?

Se me ocurre que, por lo pronto, leyendo el revelador ensayo de Camps…

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Fabio Vélez Bertomeu

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Bibliografía

Camps, V., Tiempo de cuidados, Arpa, Barcelona, 2021.

Chinchilla, I., La ciudad de los cuidados, Catarata, Madrid, 2020.

Delgado, M., El espacio público como ideología, Catarata, Madrid, 2011.

Muxí, Z., Mujeres, casas y ciudades, dpr, Barcelona, 2018.

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