Deslizando morosamente el cálamo por entre las huellas cidianas: aproximación a la pieza teatral titulada «Vida y muerte del Cid Campeador, y el noble Martín Peláez»,  obra de «Un ingenio de esta Corte» – Gloria Jimeno Castro

Deslizando morosamente el cálamo por entre las huellas cidianas: aproximación a la pieza teatral titulada «Vida y muerte del Cid Campeador, y el noble Martín Peláez»,  obra de «Un ingenio de esta Corte» – Gloria Jimeno Castro

Deslizando morosamente el cálamo por entre las huellas cidianas: aproximación a la pieza teatral titulada Vida y muerte del Cid Campeador, y el noble Martín Peláez,  obra de Un ingenio de esta Corte

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Deslizando morosamente el cálamo por entre las huellas cidianas: aproximación a la pieza teatral titulada Vida y muerte del Cid Campeador, y el noble Martín Peláez,  obra de Un ingenio de esta Corte

Uno de los tópicos literarios más cultivados, y a los que se vuelve, una y otra vez,  en épocas convulsas como la que hemos vivido estos últimos años, debido a la problemática de la pandemia y del coronavirus, es el de “menosprecio de Corte y alabanza de aldea”. Amamos la urbe, su vida cosmopolita, la modernidad y avances científicos que llevan aparejados; el ritmo frenético que nos invita a vivir y a disfrutar cada acontecer, y que surge al doblar cada esquina de nuestro amado Madrid.

Mas de modo inesperado una pandemia lo cambia todo, apela a nuestras conciencias y nos impele a mirar hacia la vida agreste, a huir al campo, a retirarnos a buscar la paz, a huir de los miedos que lleva intrínseca la moderna existencia global, que también es global para las epidemias.

El verano pasado, tras mucho desearlo, yo también escapé de la Corte, y anduve oculta por tierras burgalesas, tras los pasos de Rodrigo Díaz de Vivar.

Siguiendo las huellas cidianas, acabé recalando en el bellísimo entorno del convento de San Pedro de Cardeña (Burgos), escenario de tantos hechos de la apasionante vida del Cid y de su amada doña Jimena.

La quietud que destilaba el entorno, la paz que envolvía el monasterio fundado en el siglo IX, con ese claustro románico forjado con llamativos arcos, cuyos capiteles traen a las mientes la mezquita de Córdoba, toda vez que se realizaron a base de piedra de arenisca roja, y fueron engalanados con motivos vegetales,  adormecieron todos mis temores, el estrés acumulado en la vida urbana durante un largo año y curso escolar.

Antes de comenzar mi inmersión histórico- literaria en el entorno cidiano, me senté en un banco corrido de piedra, junto al monasterio, rodeada de sauces, de trigales, de juncos, que se mecían al arrullo de un viento fresco, levantando una sonora marea herbácea, con un murmullo de chocar de hojas, de frotar de espigas doradas doblegadas por la corriente, que se prolongaba con su eco por todo el entorno, sin que ruido alguno quebrase la más armónica y melódica sinfonía que un paisaje rústico pueda gestar.

Ese oleaje de mieses áureas, de la arboleda esmeraldina, envolviendo al monasterio,  me tuvo por más de una hora en silencio contemplativo, y con expresión de sumo placer, y con el alma henchida de lo hermoso de la naturaleza, de la sencilla y humilde vida que bullía dentro de aquellas piedras centenarias y cidianas.

Tras este paréntesis de sosiego, entro en el monasterio leyendo los fragmentos más señalados del Poema de mío Cid, grabados en piedra, que me escoltan hacia el pórtico por el que el Cid un día saliera, contrito, camino al destierro, dejando entre aquellas paredes santas a su amada familia, a su gran tesoro.

Estremece pisar por allí por donde caminase el Cid, posar los pies sobre las vetustas y enterradas huellas de don Rodrigo, roto por la separación y por la partida.

Al entrar en la iglesia del monasterio, sobrecoge el silencio sepulcral, me provoca reparo, incluso, susurrar unas palabras a los que me rodean, puesto que el silencio imperante resulta ser el mejor tributo que rendir a quienes allí reposan en descanso eterno: toda la familia de Rodrigo Díaz de Vivar.

Los altos techos de las naves despiertan admiración, parece que el alma se elevase buscando gozar de la grandeza artística e histórica de esas piedras, que fueron testigo de los episodios históricos y literarios más relevantes de Castilla y España.

Un monje trapense  de sonrisa beatífica nos muestra los secretos del monasterio, incidiendo en la huella indeleble que allí dejará el Cid.

Como primera parada obligada, nos conduce a la capilla en que se hallan los sepulcros de doña Jimena y del Cid, hoy enterrados en la catedral de Burgos.

Sus sepulcros en mitad de la capilla lo presiden todo como eje articulador, que da sentido a todo lo que allí se halla alrededor del matrimonio: las tumbas de sus hijas doña Sol y doña Elvira, pues tales son los nombres que figuran en sus lápidas, los nombres literarios que aparecen en el Poema del Mío Cid, y no los reales de doña María y doña Cristina.

Allí también encontramos la tumba de su hijo, Diego, del que nada se señalaba en el Poema del Mío Cid, curiosamente, y eso que su noble sangre guerrera lo llevó a luchar contra los musulmanes, y a realizar tan heroicas empresas como las de su padre, de hecho, murió a edad temprana, y como reza en su lápida, lo “mataron los moros” en batalla en Consuegra.

Junto a él, padres, abuelos, tíos y sobrinos del Cid, todos juntos como núcleo familiar, reposando inseparables en lugar religioso, por el que tanto apego y devoción sintieron.

Este monasterio fue testigo de la dura separación  familiar del Cid y doña Jimena, pero también lo es de cómo toda su progenie y ancestros volvieron a unirse para no separarse jamás durante siglos y siglos.

Entre las lápidas que rodean la capilla llamó mi atención, por razones que ignoro, la de su sobrino y fiel mano derecha, “Martín Peláez el asturiano”, tal como señala la lápida, cercana  a la del hijo del Cid.

El hecho de que quien rubricase estas páginas de espíritu cidiano firmase con pseudónimo, ya nos hace sospechar que algo escondía o algo temía, tal como estamos acostumbrados a observar en la historia de literatura, por miedo a los rigores de la Inquisición .

No es casual, además, que este dramaturgo que obtuvo sonados triunfos sobre las tablas de algunos de los corrales de comedia madrileños más frecuentados, trabara amistad y relación literaria con Lope de Vega.

Como se ha indicado ya, nos consta que era un decidido admirador de Lope de Vega, y que, precisamente, para nutrir de títulos a los corrales de comedias madrileños,  pergeñó numerosas  comedias de corte histórico,  como por ejemplo, El cardenal de Albornoz, o Fernán Méndez Pinto, con las que alcanzó, sin duda alguna, cierta preeminencia.

Por dichos motivos, lógicamente, se le vincula a la escuela teatral de Pedro Calderón de la Barca.

Como es bien sabido, la escuela dramática de Calderón junto a la de Lope de Vega, constituían las dos grandes escuelas de dramaturgos del siglo XVII, cuyo éxito se prolongó en el tiempo hasta la primera mitad del siglo XVIII.

Ahora bien, ello no es óbice, para que dichas composiciones, lejos de carecer de interés, poseyesen notables aciertos estilísticos, así como una estructura formal interesante, encaminada a permear de la impronta característica de cada autor esa pieza teatral, antaño presentada por otros escritores desde una perspectiva distinta.

Es lógico pensar, por tanto, que cada dramaturgo, al refundir aquellos títulos que ya pasaron por la pluma de otros escritores, tratasen de encaminar el fondo de la obra a su voluntad creadora, a su idiosincrasia e inventiva poética y dramática.

En lo concerniente a Antonio Enríquez debemos poner de manifiesto que en Vida y muerte del Cid Campeador, y el noble Martín Peláez, con un cierto humor y tono irónico ahonda en el desdén primero, demostrado por Martín por las armas y por seguir las huellas y la brillante carrera militar de su padre, y, sobre todo, de su tío, Rodrigo Díaz de Vivar, llegando, incluso, en ciertos momentos, a ser tachado de cobarde. Aunque, progresivamente, el joven va a sufrir una experiencia transformadora, a raíz de la convivencia con ese héroe sacrificado y sin parangón, que era su tío el Cid.

Principia la obra situando en Valencia al rey Búcar, que mantiene un largo diálogo con su hija,  acerca de los últimos triunfos de los ejércitos musulmanes sobre los cristianos.

A fin de expresar el fragor intenso en la batalla, el autor emplea un estilo forjado a base de acumulación de recursos, que origina un tono grandilocuente que, por otra parte, es característico de esta escuela teatral.

Los periodos oracionales son amplios y ondulantes, acumulan sustantivos, epítetos, hipérboles en unos densos y sonoros versos:

“Descubrióse la inmensa muchedumbre,

y pareció que el cielo nos llovía

hombres al valle,  o que según rodaban

por los aires turbantes, granizaban (…)

Dispararon los dardos y saetas,

poblando la región del aire pura

dos nubes parecieron, dos cometas.

Subieron el nivel las pardas metas

y al baxar a la esfera más segura,

las puntas por los rumbos sucesivos,

se clavaron en cuerpos medio vivos.

Encendióse la guerra poderosa,

tocó a muerte el impulso de las vidas,

inundóse de sangre belicosa

el arroyo inmortal de las heridas,

arrojáronse al agua tenebrosa

las escuadras más fuertes y atrevidas,

y como su sangre les brindaron,

Este estilo, en exceso florido en ciertos momentos, sin embargo, es lo cierto que resulta muy adecuado en los fragmentos descriptivos como el que nos ocupa, en el que como se ve, además, no huye el autor de las tintas crudas de la violencia, intrínseca a los hechos bélicos.

La opulencia verbal es rasgo característico de esta obra barroca, pródiga en paralelismos, toda vez que hay una clara predilección por la elaboración de oraciones plurimembres, haciéndose uso del isocolon. Asimismo, las enumeraciones logran una notable sugestión del lector, que cree ver de modo vívido a aquellos ejércitos y aquellas escenas bélicas, que se van sucediendo y se van sumando en el texto, merced al incisivo polisíndeton:

“Fue el despojo, señor, mil prisioneros,

cien carros de marlotas y turbantes,

treinta elefantes de África guerreros

y mil arcos flecheros de diamantes,

quatrocientos fortísimos aceros,

cien Alfarras  jordánicas volantes,

y seiscientos caballos andaluces,

hypógrifos del carro de las luces (…)

Todo, señor, se debe a tu Corona,

triunfa, conquista, emprende, solicita,

postra, rinde, sujeta, perfecciona,

tala, reforma, da, castiga, quita,

Las hipérboles que  también jalonan esta primera parte de la obra, junto con la acumulación de innumerables verbos de movimiento y el concurso de abundantes sinónimos, que dotan de cohesión y de un tono reiterativo y poético a estos versos, contribuyen a crear un ritmo trepidante, merced al cual, se sitúa al receptor del texto en medio de la batalla. El autor parece convertirlo en un espectador privilegiado de aquellas batallas épicas que la tradición oral y la historia nos han recordado, y que siempre han logrado desatar nuestra imaginación y fantasía para hacernos partícipes de aquellos hechos memorables.

Seguidamente, aparecen en escena el rey Alfonso y don Bermudo, quien difama al Cid, y expone al soberano todas aquellas hazañas realizadas por Rodrigo Díaz de Vivar, que, sin embargo, él muestra como afrentas hacia la voluntad real, como claro signo de desobediencia y soberbia.

El rey Alfonso, predispuesto en contra del Cid, tras lo ocurrido por la jura de Santa Gadea, ordena su destierro, e, incluso, se lo comunica en persona a don Rodrigo:

“En primer lugar presento

a vuestra soberbia idea,

que dentro en Santa Gadea

me tomasteis juramento

sobre si parte tenía

en la muerte de mi hermano,

desacato soberano

y especie de alevosía (…)

Vasallo tan atrevido

No ha de vivir en mi tierra,

aliméntele la guerra,

Empero, el rey no se conforma con traer a colación los famosos acontecimientos acaecidos en la iglesia de Santa Gadea, con cierta saña e ira subraya que el proceder del Cid, al entrar en liza sin su autorización contra el rey de Toledo, le había contrariado enormemente. Amén de ello, enumera  otra serie de circunstancias, que a su parecer, eran una clara muestra de desapego hacia la autoridad del monarca, y signo inequívoco de su altanería y desobediencia. Le recuerda que cuando fue llamado a Cortes  no acudió, y que, por el contrario, sin su permiso acudió a visitar a doña Jimena, olvidándose de los mandatos reales.

El rey igualmente le censura por el hecho de haberle impedido que le acompañase a librar batalla en Cuenca,  alegando que don Alfonso carecía de suficiente experiencia para batallar contra el  enemigo musulmán.

El Cid trata de defenderse una a una de las acusaciones,  lamenta amargamente semejante injusticia cometida, por causa de la envidia e inquina sentida por don Bermudo hacia él,  debido, fundamentalmente,  a su fama de héroe y de valeroso y noble guerrero. Por ende, intenta explicar su proceder al rey, promete,  incluso, por todo lo que más respeta y venera, tal es el caso de San Pedro de Cardeña, que el jamás pretendió menospreciar  el poder del rey:

“El traidor que os dixo, sí,

que a Bellido no maté

y que de miedo no entré

la puerta (¡pesar de mí!)

de Zamora, vive Dios,

que os ha engañado en Toledo,

decidle que busque al miedo,

porque hablando entre los dos,

si en mi valor se repara,

por San Pedro de Cardeña

que si el miedo no me enseña,

“Y sabed, por maravilla,

que os conquistó mi persona

desde Toledo a Pamplona,

desde Galicia a Castilla,

quince reyes he vencido,

diez castillos he ganado,

un reyno os he conquistado,

y una provincia rendido.

Y finalmente, aunque vos

me desterréis por estado,

no tenéis ningún soldado

La ardorosa defensa del Cid ante los cargos presentados contra él, como se puede apreciar, es expresada certeramente en estos versos, merced a un estilo reiterativo, que enfatiza sus argumentos con las estructuras paralelísticas y las anáforas, con versos simétricos, dotados de una estructura hiperbática, que, sin duda alguna, confiere enorme expresividad y carga dramática a los parlamentos del héroe castellano.

Tras pronunciar estas palabras, el Cid se marcha de palacio desairado, para cumplir tan severa e injusta sentencia del rey, y , como consecuencia de ello, además, determina reunir un ejército, del que formarían parte, entre otros soldados Álvar Fañez y Martín Peláez:

“para cercar a Valencia,

conquistemos, castellanos,

al rey Alfonso otro Imperio,

Dado que el Cid hace llamar a su sobrino, la atención de la obra recae entonces en él, en un joven de vida sosegada en sus tierras de Asturias, que nada ambiciona y no siente interés alguno hacia las armas, ni hacia la trayectoria heroica de sus antepasados y familiares.

El pergeño de este personaje nos obliga a reflexionar, por otro lado, sobre el hecho de que en estas comedias de la escuela calderoniana se aprecia una mayor observancia de los preceptos clásicos, de honda raigambre aristotélica, en especial en lo referente al decoro, toda vez que los personajes a los que se da vida en estos escritos han obrar conforme a su clase social y lo que se espera de ellos. A la postre, ello determina que surjan profundos conflictos personales, complejos dilemas, en los que los personajes se debaten entre seguir con los deberes exigidos, en virtud de su noble progenie, u obrar libremente, conforme a los dictados de su corazón y conciencia, desoyendo los consejos y preceptos de sus mayores.

Es en este momento, cuando el autor se detiene a tratar con delectación el clásico tópico, que arranca de los versos de Horacio: beatus ille.

Martín Peláez realiza una sentida defensa de las bondades de la vida en el campo, una loa a la sencilla existencia de las gentes que habitan aquellos lugares en perfecta comunión con la naturaleza, a la par que se muestra contrario a las guerras, defendiendo la paz de los pueblos y las naciones:

“Estas montañas de Asturias,

que por los altivos montes

de León si no atalayas,

del océano son Torres,

son mi patria (…)

Aquí me habéis enseñado

a sembrar la tierra torpe

a encanecer esa sierra

de los ganados menores;

y desde que vi la luz

del gran padre Faetonte,

y me mecieron los hados

en la cuna de ese bosque,

de esta silvestre provincia,

de este rudo imperio, donde

me crié, nunca he salido

a extranjeros horizontes;

y en su reino, coronado

de peñascos y de flores,

valles, arroyos y fuentes,

buen Pastor, y mal Adonis,

buen Labrador, mal soldado,

Me albergó dichoso joven,

en cuya segura vida,

por no tener ambiciones,

por no envidiar las riquezas,

por no aprobar los rigores,

por no agraviar los pueblos,

por no robar a los hombres,

por no matar por estado

ni desagraviar pasiones,

la justicia con que vivo

me colmó de favores.

Parece ser que he llevado

vos de aquella sangre noble,

que os dio el cielo , pretendéis,

porque el Cid la vuestra goce,

siendo  tan cercano deudo,

que yo sea, o que yo logre,

debajo de su bandera

el triunfo marcial, ganando

El padre no comprende el proceder de su hijo, no juzga adecuado esa forma de concebir la vida, que tacha de cobarde, y trata de hacerle entrar en razón,  apelando a su origen noble y a los deberes y obligaciones que ello comporta:

“Martín Peláez, hijo advierte

que hombre noble nunca ha sido

cobarde porque ha nacido

peleando con la muerte.

La nobleza es un diamante;

nace bruto el hombre, y luego,

 si es noble descubre el fuego

Martín, pese a que no quiere contrariar y disgustar a su progenitor, trata de hacerle entender que su espíritu es el de un filósofo, el de un poeta, el de un hombre de paz que no se siente llamado a seguir el camino de sus familiares. No es hombre de armas, por ello insiste en  realizar unas sinceras declaraciones sobre su ideal de vida, que curiosamente muestran concomitancias con  Fray Luis de León y su Oda a la vida retirada:

“Yo no pretendo, señor,

ir del campo a los salones

de Palacio, a pretender

(por haber muerto a los hombres)

plaza de fiera, ni quiero

que se vistan mis pasiones

de la túnica de Marte.

Vístanse los Ricos- Hombres,

los guerreros, los valientes

y los bravos Infanzones,

que a mí me basta, señor,

aquella túnica pobre

que nos da la muerte cuando

Mas los ruegos del padre acaban por convencer a Martín, quien toma las armas enviadas por su tío, y acepta su sino. Asegura a su padre que cumplirá con su deber, y tras despedirse de su prometida, Elvira, marcha al campamento del Cid para unirse a su valeroso ejército,  escoltado por su criado Chaparrín.

En la jornada II se da cuenta del ansiado encuentro entre el Cid y su sobrino, que es presentado a Laín y Alvar Fañez.

Poco tiempo después,  se produce una escaramuza inesperada entre musulmanes y cristianos, y Martín huye de forma vergonzosa, abochornando a su tío públicamente.

El Cid decide hablar con su sobrino, trata de averiguar la razón de tal afrenta y desvarío, y le ofrece una lección exponiéndole su ideario de vida, su concepto del honor, valores todos que aprendió de su familia valerosa, que también era la de Martin:

“Volver el ímpetu atrás,

ser noble, y salir huyendo

de la batalla, no entiendo

que se haya visto jamás.(…)

Amigo, saber morir

con honra, vida se llama,

que en la gloria de la fama

Martín se siente avergonzado por los reproches de su tío, que le hace ver que su cobardía ensucia la fama de sus antepasados,  que es un oprobio que han de sobrellevar los suyos por culpa de su proceder infantil y egoísta,  por su cobardía y falta de experiencia.

Los reproches del Cid, la exposición que le realiza de cuál ha sido si trayectoria y cuánto sufre por el destierro injusto resultan ser como un revulsivo que transforma a Martín, que le hacen madurar, por lo cual, al entrar en Valencia lucha como valeroso soldado, émulo de su noble tío.

El Cid no cabe de gozo al observar la valentía en la lucha de Martín,  su destreza defendiéndose y atacando al enemigo, y lo nombra como premio a aquel acto capitán del tercio de los leoneses:

“por san Pedro de Cardeña,

Elvira, la prometida de Martín,  de modo irresponsable e imprudente  decide ir en su busca a Valencia,  siendo interceptada por el enemigo. Sin embargo, la hija del rey Búcar, se ocupa de ella y le dispensa un trato preferente.

El Cid recibe una misiva del rey, pidiéndole acuda a Burgos. Él decide ir primero a ver a su esposa, y envía a Martín a Burgos con unos presentes para don Alfonso para ganar el favor real.

Martín realiza una ardorosa defensa de su tío en Burgos,  mas todos esperan al Cid para que dé explicaciones ante el rey y sus detractores.

Rodrigo Díaz de Vivar no elude la confrontación verbal, expone su verdad, y recuerda al rey cómo su padre le estimaba y confiaba en él:

“Hónrome Fernando aquí,

pero Alfonso me deshonra;

mudanzas son los tiempos,

vanidad son las glorias

de este mundo,  pero a mí

ni me alteran, ni me postran,

el que fui soy, y he de ser,

ante la fortuna loca

El rey empieza a comprender que el Cid ha sido difamado y ha concedido veracidad a las habladurías provenientes de sus enemigos, por lo que le permite llevarse con él a su esposa e hijas , y asevera que si gana Valencia, obtendrá nuevamente el favor real.

En la jornada III se da cuenta de la batalla librada en Valencia,  de cómo cercada la ciudad, Martín es enviado a parlamentar con el rey Búcar para que rinda la ciudad y evitar un mayor derramamiento de sangre, pero no atiende a las palabras de enemigos cristianos.

El Cid inesperadamente se encuentra indispuesto tras la última batalla, sueña con San Pedro, que le anuncia que su fin está próximo:

“Amigos, el Cid se muere,

ya la sentencia está dada

en el Tribunal Divino,

acudamos luego al alma,

que es la joya más preciosa

El Cid ordena que, una vez muerto, sea puesto sobre Babieca y lo lleven a batallar, ante la certidumbre de que su sola presencia intimidaba al enemigo.

El rey Alfonso llega a tiempo para reconciliarse definitivamente con el Cid antes de abandonar la vida terrenal, y ambos zanjan sus problemas y rencillas y dejan atrás todo lo pasado.

El Cid muere y cumplen su voluntad, es puesto a lomos de Babieca y logran rendir Valencia.

El rey nombra virrey de Valencia a Martín Peláez, y ordena llevar los restos del Cid a San Pedro de Cardeña para descansar eternamente.

De este modo acaba la grata lectura de esta obra, que el azar y mi inolvidable viaje a San Pedro de Cardeña propiciaron. Un viaje y una lectura que me lleva a refrendar una vez más, que la sociedad actual menosprecia en demasía su pasado, que olvida el saber acumulado  por tantas generaciones de españoles, cuyos sufrimientos, experiencias cristalizaron en miles de manuscritos, de romances, de dichos proverbiales para ponernos en aviso de qué es lo importante del vivir, qué es lo esencial de la existencia humana. Nos alertan, tratan de evitarnos sufrimientos y errores recurrentes, pero obviamos el valor de su saber centenario, enterramos sus mensajes, su arte bajo el polvo de los años, bajo el desdén del olvido, ufanos de que lo sabemos todo y de que la sociedad contemporánea nada tiene que ver con la de antaño.

Y erramos en tal pensamiento, el ser humano no cambia,  sus problemas, sus miedos, sus sentires hoy como ayer son los mismos. Todo está escrito desde los albores de la humanidad y la literatura.

¿Por qué nos empeñamos en olvidarlo y menospreciar nuestro patrimonio histórico-cultural?

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Gloria Jimeno Castro

Doctora en Lengua Española y sus Literaturas

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